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CENTS a day thereafter. It was taken out on 
the day indicated below: 






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FRANCISCO BILBAO 



OBRAS COMPLETAS 



Es PROPIEDAD DEL EdITOF^ 



FRANCISCO BILBAO 



OBRAS COMPLETAS ' > j 






EDITADAS I CON UNA INTRODUCCIÓN 



POR 



PEDRO PABLO FIGUEROA 



TOMO I 



SANTIAGO DE CHILE 



IMPREIN-T-A. DES " E¡ Xj CORREO" 
Delicias 108 A. entre Fíat i Serrano 

1897 

CUADERNO 1.» 



o- 



DEDICATORIA 



A las Sociedades Obreras i a las Lojias Masónicas de Chile 



El ilustre reformador chileno Francisco Bilbao fué el funda- 
dor en nuestro país de las primeras sociedades populares i de los 
talleres masónicos, en 1850, que desde la capital se ramificaron 
en todos los pueblos i centros de sociabilidad de la República. 

La Sociedad de la Igualdad fué la iniciadora de las insti- 
tuciones de ciudadanos i de las lojias sociales, con carácter de 
asambleas públicas las primeras i de corporaciones secretas de 
solidaridad fraternal las últimas, para propagar i sostener los 
principios de progreso i de libertad en el seno del pueblo de nues- 
tra patria. 

Fué así como el eminente pensador procuró educar la sociabi- 
lidad de su tiempo en las nobles doctrinas de fraternidad repu- 
blicana, preconizando i difundiendo en las muchedumbres cole- 
padas los dogmas del derecho humano i de la soberanía de los 
ciudadanos. 

Al emprender la edición de sus obras completas, para nacio- 
nalizar el espíritu de sus ideales i de sus doctrinas de reforma 
social en nuestro país, consideramos de nuestro deber dedicar la 
recopilación de sus escritos i la historia de su vida — de abnega- 
ción i sacrificio por la cultura i la regeneración del pueblo — a las 
Sociedades Obreras i a las Lojias Masónicas que continúan su 
obra de progreso i de civilización en la sociabilidad de nuestro 
país. 

Es este el homenaje mas glorioso que podemos tributar a su 
memoria, estableciendo la mancomunidad de propósitos de sus li- 
bros con las sociedades i las lojias que él iniciara para conquistar 
a su patria el progreso de la democracia. 

Pedro Pablo Figueroa. 

Santiago, a 14 de Julio de 1897. 



PROSPECTO 



Con la debida autorización de don Manuel Bilbao 
legatario i glorificador del ilustre filósofo Francisco Bil- 
bao, dada en vida desde Buenos Aires, iniciamos la pu- 
blicación de las obras completas del eminente reforma- 
dor como un homenaje a su memoria i a las ideas de 
progreso i libertad que proclamó en su gloriosa existen- 
cia. 

Hemos creído que el mejor i mas duradero monumento 
que se puede erijir a la memoria del ilustre proscrito, 
es la publicación de sus obras, en las que palpitan sus 
ideales patrióticos i jeniales i su vida con todos sus es- 
fuerzos i dolores por redimir al proletariado de nuestra 
patria con los jenerosos i fecundos principios de la ra- 
zón i la democracia. 

Ya ha pasado la época de luchas ardorosas, en que 
se combatía la iniciativa de popularizar sus escritos i 
difundir los nobles i levantados sentimientos que ate- 
soró su alma. 

El sentimiento de nacionalismo reclama esta obra de 
reparación i de justicia, a la vez que de cultura, como 



VIII — 



espresiori de gratitud i de admiración por sus sacrifi- 
cios i por su jénio. 

Si bien es verdad que sus cenizas descansan todavia 
en la proscricion, que sus obras rescaten la patria a 
su nombre memorable i a sus doctrinas. 

Cuando, en 1866, publicó en Buenos Aires su digno 
hermano don Manuel Bilbao, la edición de sus escritos, 
solo 15 ejemplares de sus obras se introdujeron en Chile. 

I al iniciar la publicación de su vida i de sus escritos 
en 1876 don Máximo Cubillos, la edición quedó incom- 
pleta. 

No siendo, por consiguiente, conocidas las obras del 
esclarecido pensador, hemos acometido esta difícil em- 
presa animados del propósitode tributar un homenaje de 
gloria i de justicia a su recuerdo, i de nacionalizar las 
ideas civilizadoras que vertió su jénio en sus libros. 

Habiendo sido el pueblo, el proletariado, las clases 
obreras i la sociabilidad culta la constante i laudable 
preocupación de Bilbao, tanto en los actos públicos de 
su vida de propagandista como en sus libros de refor- 
mador, hemos considerado que era de nuestro deber de- 
dicar esta recopilación de sus escritos a las sociedades 
de obreros i artesanos i a las lojias de la República, es- 
tableciendo así un vínculo de solidaridad entre sus ideas 
i las colectividades que se las inspiraron. 

Las obras se publicarán por cuadernos de 32 pajinas", 
en cuarto, llevando el primero el retrato de Bilbao, al 
precio de 30 centavos cada cuaderno. 

Cada volumen constará de 10 cuadernos i la edición 
será de tres tomos, con la Historia de la Vida de Fran- 
cisco Bilbao. 

Se coleccionarán en el primer volumen las Memorias 



— II — 



del Destierro de la esposa de Mr. Edgard Quinet, pu- 
blicadas en Bruselas en 1869, madre espiritual de Bil- 
bao en Europa; un estudio de polémica de Bilbao con 
don Emilio Castelar, relativo a la conquista de España 
eñ América i una admirable pajina del proscrito deno- 
minada El Desterrado, aparte de la Sociabilidad Chilena, 
su Defensa en el Jurado de 1844 i los Boletines del Espí- 
ritu. , 

Pedro Pablo Figueroa. 

Santiago, a 14 de Julio de 1897. 






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INTRODUCCIÓN 



Al hacer la publicación de las obras completas del 
esclarecido filósofo chileno Francisco Bilbao, realiza- 
mos una de las mas vehemeates aspiraciones de nues- 
tra vida literaria. 

El ilustre reformador fué, en sus libros, nuestro 
primer maestro, enseñándonos a pensar i a escribir la 
verdad sobre los deberes sociales i la relijion de los 
derechos humanos, cuando comenzábamos a ensayar 
nuestra inesperta pluma en la lejana prensa diaria de 
la provincia histórica i progresista de Atacama. 

Sus doctrinas moralizadoras i republicanas, de la 
mas correcta pureza i elevación filosófica, formaron 
nuestra razón de niños, guiándonos en nuestros escri - 
tos para el diario liberal que nos alentó en las letras 
con sus nobles estímulos en aquellos dias inolvidables 
del aprendizaje en el hogar. 

En sus pajinas empapadas de ternura infinita, entu- 
siasmadoras i elocuentes, vibrantes como luminosas i 
bronceadas láminas de un instrumento musical, apren- 
dimos a conocer los fundamentos de la justicia huma- 



— III — 

na i a amar i respetar los fueros de la conciencia 
libre. 

Aprendiendo de memoria los capítulos de su primera 
obra, La Sociabilidad Chilena, que recitábamos eu el 
círculo de nuestros condiscípulos i de nuestros amigos 
de la niñez, tuvimos la noción exacta de la soberania 
del hombre i de los pueblos i de la pi-eeiosa con- 
quista de nuestros derechos democráticos en la revo- 
lución de la independencia. 

De sus nobles i brillantes ideas sentíamos nacer un 
profundo i conmovedor sentimiento de fraternidad que 
nos trasmitia poderosa simpatía hacia los oprimidos, 
un deseo de lucha i de protesta contra los opresores i 
un vivo anhelo de preconización de sus ideales para 
levantar el nivel moral de nuestra sociabilidad deteni- 
da en su camino de progreso por el atraso jeneral de 
nuestro pueblo. 

Debiéndole la fé inquebrantable en las convicciones 
republicanas, de igualdad política i de justicia universal, 
nos propusimos, como un voto de solemne adhesión a 
sus principios, propagar sus obras para enseñanza del 
pueblo chileno, por cuya rejeneracion perdió la patria 
i sucumbió en el ostracismo. 

Tuvimos la suerte gratísima de realizar en parte este 
propósito íntimo publicando la historia de su vida i 
de sus sacrificios por la libertad social del pueblo chi- 
leno i americano, en un libro que ha sido acojido i 
apreciado con patriotismo por todos los hombres de 
criterio ilustrado que lo han leido en nuestro pais i en 
el continente de América como en España. 

Ahora acometemos con íntima satisfacción la edi- 
ción de sus obras, para hacerlas conocer de sus con- 



ciudadanos i que sus doctrinas sean provechosas para 
la juventud de su patria que no ha meditado aun en 
sus grandes concepciones filosóficas i sociolójicas. 

Las obras de Francisco Bilbao han debido estar, 
hace muchos años, en manos de todos los chilenos, por- 
que son el reflejo de sus propias aspiraciones republi- 
canas. 

Acaso este ha sido el motivo porque no se han dado a 
conocer a nuestro pueblo, para que no tengan la noción 
fiel de las injusticias de que es víctima i no posea la nor- 
ma de su emancipación política i social. 

Las clases privilejiadas llamadas dirijentes, han te- 
mido siempre que el pueblo se eduque, que la masa 
obrera, que da riquezas i sirve de pedestal a los pode- 
rosos i a los poderes públicos, no llegue a dirijirse así 
misma, porque el dia que esto suceda el verdadero so- 
berano será el pueblo. 

Las clases dirijentes en el presente siglo, como lo de- 
muestra Herbert Espencer en Inglaterra, las forman las 
colectividades mas aptas, intelijentes e ilustradas en 
todas las naciones civilizadas i progresistas de Europa 
i América. 

Solo en nuestro pais, como lo han reconocido i censu- 
rado pensadores de otros países del continente, las cons- 
tituyen los círculos pudientes del capital, que ejercen 
influjo social i político por la propiedad territorial, pero 
sin que exhiban ninguna de las cualidades civilizadoras 
de la iniciativa patriótica i de la independencia de las 
preocupaciones públicas. 

La crisis intensa que ajita a nuestro pais en estos mo- 
mentos, es la mas elocuente comprobación de estos he- 
chos desastrosos para nuestra estabilidad política i social. 



XIV 



Mientras la crisis se precipitaba, las clases dirijentes, 
que lian tenido el privilejio del gobierno i de la repre- 
sentación nacional desde la revolución de 1891, no tu- 
vieron la menor previsión para conjurarla i solo han 
venido a manifestar su inquietud al contemplar al pue- 
blo devorado por la miseria i convulsionado por la aji- 
tacion social. 

Los elementos intelijentes, dotados de cualidades in- 
telectuales poderosas, que impulsan el desenvolvimiento 
jeneral i que ilustran la opinión pública, no tienen entre 
nosotros la dirección del Estado ni la representación 
nacional. 

De ahí el estado de evidente desequilibrio público en 
que nos ajitamos, que precipita al pueblo chileno hacia 
la crisis social. 

Tenemos, como dice Paul Leroy Beaulieu, que modi- 
ficar todas nuestras tradiciones, apelando a la ciencia 
para desarrollar las industrias, i ensanchar nuestros ho- 
rizontes intelectuales para comunicar vigor a nuestras 
enerjias i a nuestras costumbres. 

La situación desquiciadora de nuestras instituciones 
fundamentales, que amenaza nuestras mas caras con- 
quistas, que hace imperar síntomas alarmantes en los 
poderes públicos, que conduce al Estado al socialismo 
político i administrativo, proviene de la absorción que 
los círculos dirijentes ejercen en todas las manifesta- 
ciones públicas de nuestro pais. 

El único medio de que el pais progrese, será el de 
restablecer el mayor ensanche de la cultura popular, 
interrumpido por la revolución de las clases dirijentes 
de 1891, reconociendo a todos los ciudadanos el ejercicio 
de sus derechos lejítimos i llevando a la representación 



XV 



nacional i a la dirección del Estado la intervención pro- 
porcional de los elementos mejor preparados por su ilus- 
tración i por sus aptitudes. 

Hágase la historia crítica de nuestra lejislacion i se 
verá que los elementos sociales privilejiados no han 
contribuido jamas a la formación de nuestras leyes de 
progreso i libertad. Ellas se hanjenerado en el seno de 
los partidos republicanos i demócratas, por iniciativa 
del mismo pueblo que las ha reclamado p por acción 
laudable de los hombres pensadores que han sentido su 
imperiosa necesidad para desarrollar las ideas jenerosas 
en la patria. 

Contados son, en nuestros anales políticos, los nom- 
bres de hombres de fortuna que han trabajado por el 
bienestar del pueblo, entre los que descuellan el emi- 
nente repúblico Pedro León Gallo i el heroico estadista 
José Manuel Balmaceda. , 

A este mismo rol perteneció Bilbao i las clases diri- 
jentes lo arrojaron "al destierro para que no hiciese fruc- 
tificar en el pueblo la simiente de la reforma social i 
política. 

El combatió, por medio de la revoluciou moral pri- 
mero, en 1844, i de la revolución armada después, en 
1851, esta condición ominosa de nuestro pueblo i el 
predominio absolutista de las clases privilejiadas. 

Animado de este mismo sentimiento patriótico, no- 
sotros tuvimos el propósito de esparcir sus doctrinas sin 
encontrar cooperadores en el curso de la crisis política 
de 1890. 

La víspera de la revolución de 1891 adoptamos la 
resolución de publicar las obras de Francisco Bilbao, 



XYI 



animados del deseo de ilustrar al pueblo que veíamos 
estraviado por las tituladas clases dirijentes. 

Acto continuo dos publicistas nacionales ilustres, uno 
que es muerto i otro que es hombre de Estado al pre- 
sente, procuraron disuadirnos de esta idea, persuadién- 
donos de que el momento no era oportuno i que una 
publicación de esta naturaleza podría producir un mo- 
vimiento social en el pais. 

Muchos dolores ha sufrido la República desde enton- 
ces i el que estas líneas escribe los ha esperimentado 
mayores si cabe, puesto que ha soportado cinco años dé 
persecuciones después de haber visto su hogar despe- 
dazado. 

El pueblo es siempre el mismo, la víctima de las cl a " 
ses privilegiadas, sin que se le eduque con el patriotis- 
mo con que Bilbao quiso forinar su conciencia i dirijirlo 
por el sendero de su rejeneracion política i social. 

El pueblo para ser soberano, el arbitro de sus pro- 
pios destinos públicos, no necesita de revoluciones ni 
de pronunciamientos socialistas. 

Le basta el ejercicio de su derecho lejítimo de su- 
fra) io. 

Con el voto público bien aplicado, emitido solo en 
pro de representantes ilustrados i de probidad acrisola- 
da, podrá sancionar su independencia i ejercer el go- 
bierno propio. 

Para conseguir este resultado justiciero, que fué el 
ideal de Francisco Bilbao, es menester que se instru- 
ya en los deberes que imponen los principios republi- 
canos i que aprenda como un credo de moral el dogma 
de la democracia preconizado por el eminente reforma- 
dor §nsu,9 libi'Ví' 



— IYII 



El secreto de la eterna proscricion de Bilbao está en 
el propósito de mantener lejos del contacto del pueblo 
su nombre i sus obras. 

Cuando se decretó la amnistía para los proscritos de 
1851, se negó a Bilbao el derecho de rescatar la patria, 
porque se consideraba peligroso por las clases privi- 
lejiadas i dirijentes que así disponían de la vida de un 
patriota tan ilustre i tan glorioso. 

Hace poco se ba inaugurado en el edificio de la So- 
ciedad Union de Artesanos, de Santiago, una hermosa 
estatua, trabajada por el escultor nacional Nicanor 
Plaza, que representa al popular reformador en el acto 
de hacer su defensa en el jurado de 1844. 

Pues, bien, este monumento, que debia haberse eri- , 
jido en una plaza pública, se levantó en privado en el 
vestíbulo de una sociedad como homenaje de la clase 
obrera. 

Estos hechos demuestran que se persiste en mantener 
eternamente proscrito al ilustre filósofo, para que no se 
eduque el pueblo con su ejemplo i con sus enseñanzas. 

Por nuestra parte venimos a protestar de este cruel 
olvido i de este castigo implacable de mas de me,dio si- 
glo, publicándolas obras del glorioso proscrito para que 
en su lectura se fortalezca el espíritu popular de nues- 
tra patria. 

Las obras de Bilbao encierran un estenso i univer- 
sal cuerpo de doctrina moral i filosófica que ha sido 
reconocida por los mas eminentes pensadores chilenos. 
Don José Victorino Lastarria, en sus Recuerdos Li- 
terarios, considera que su Discurso sobre la Lei de la His- 
toria es el estudio filosófico mas completo i mas basto 
que se ha escrito en el presente siglo. 



— iviii —■ 

I don Jacinto Chacón en su reciente libro de El Ca- 
tolicismo de la Edad Media, enaltece el notable estudio 
sobre Los Evangelios que Bilbao publicó sobre la moral 
cristiana. 

En las obras de Francisco Bilbao se encuentra la 
moral mas pura i la relijion mas elevada del raciona- 
lismo. 

La Vida de Santa Bosa de Lima, es una historia reli- 
jiosa de ejemplarizadora moral. 

Este precioso libro de Bilbao es una filigrana litera- 
ria i artística i el mas elocuente testimonio de la pureza 
i la elevación de sus sentimientos relijiosos. 

No se ha escrito en América una obra mas delica- 
da ni mas conceptuosa sobre el espíritu de la fé cris- 
tiana, que patentice con mas sublimidad de pensamiento 
la grandeza de la abnegación re'lijiosa i de la austeri- 
dad de las creencias divinas. 

De sus obras de doctrina filosófica, aparte de La 
Sociabilidad Chilena i Los Boletines del Espíritu, La Amé- 
rica en Peligro i El Evanjelio Americano i el discurso 
sobre La Lei de la Historia, alcanzan el mas elevado 
concepto moral, en el sentido de propender al desarrollo 
de la civilización republicana en el pueblo. 

A estas obras se agregan Los Mensajes del Proscrito 
i La idea de un Congreso Americano, que serán comple- 
mentadas con los escritos sueltos que publicó en El 
Plata, El Orden, El Pueblo i en La Revista del Nuevo 
Mundo, de Buenos Aires. 

Sus artículos de La Revista del Nuevo Mundo, que 
nos proponemos coleccionar en sus obras, no se inser- 
taron en la edición que publicó don Manuel Bilbao en 
1866. 



— XIX — 



La Bevista del Nuevo Mundo, cuya colección poseemos, 
era una publicación en turma de libro, de la que cada 
cuaderno era una obra completa. 

Su programa era: «la idea fundamental de la civili- 
zación republicana», propendiendo «alas reformas que 
debian revestir en el continente americano i especial- 
mente en la República Arjentina.» 

Su pensamiento capital era la unificación de la na- 
cionalidad i de la raza, a semejanza de los Estados 
Unidos. 

Dicbo programa lo babia publicado en Los Debates 
como idea de su periódico. 

El primer número de La Bevista del Nuevo Mundo 
contenía un detenido estudio sobre La América i la 
República. 

Sus artículos siguientes, aunque breves, mantenían 
la idea americana, 

En la sección Bibliografía Americana incluia el céle- 
bre escrito del ilustre sacerdote del Perú Francisco de 
Paula González Vijil, Paz Perpetua en América o Fede- 
ración Americana. 

En los ejemplares subsiguientes continuó su labor 
de propaganda sobre la organización política republi- 
cana de la República Arjentina i de la América, tenien- 
do por colaboradores de su campaña racionalista i 
democrática continental a Manuel A. Matta, Manuel 
Nicolás Corpancbo, José Casimiro Ulloa, Manuel Bilbao, 
Guillermo Matta i Mariano Fragueiro. 

Su labor fué constante, fecunda, intensa i erudida en 
la Bevista, sin dejar de recordar a Chile, ya en sus ani- 
versarios de gloria o en sus necesidades de reforma. 
En ella se encuentra su preciosa joya literaria deno- 



— XX — 



minada La Trajedia Divina, pieza de corte griego i de 
espíritu filoso tico heroico. 

Haciendo hablar a Jesús en ella, coloca en su boca 
estas espresiones tan profundas como valientes: 

«Yo soi el que funda una Roma en todo hombre. 

«Cayó el Capitolio de la historia, pero levanto el tro- 
no de la humanidad en todo pueblo. 

«Mi república abraza los cielos i la tierra.» 

La Revista del Nuevo Mando es, por si sola, una de 
las mas bellas i variadas obras de Bilbao, en la que se 
encierran tantas ideas nuevas como conocimientos uni- 
versales de historia i filosofía. 

La edición de las obras del ilustre reformador cons- 
tituirán el mejor monumento elevado a su memoria i 
formaran así en forma do libro la verdadera cartilla re- 
publicana para el pueblo chileno. 

Al publicarlas, cumplimos i tributamos ud voto de 
gratitud i de patriotismo a su glorioso recuerdo. 

Pedro Pablo Figueroa. 



Santiago, 14 de Julio de 1897. 



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I 



FRANCISCO BILBAO 



MEMORIAS DEL DESTIERRO 



La intelijente esposa de Quinet ha publicado en Suiza un 
libro que lleva el rubro de este escrito. 

En sus pajinas brillantes encontramos que consagra un recuer- 
do a la memoria de un ser inolvidable. Creemos que nuestros 
lectores verán con gusto las siguientes líneas: 

\ Un gran patriota americano 

' i 
(trad jcido para "la república" de buenos aires en enero de 

1869) 

Francisco Bilbao era el vínculo entre Edgard Quinet i la 
América: era el eco fiel del Oolejio de Francia cuya propaganda 
continuaba al otro lado del Océano. 

Jamas maestro alguno tuvo un discípulo cuyo pensamiento se 
identificase mas con el suyo. Algún dia Quinet pagará su deuda 
a la memoria de ese bijo intelectual, pero desde ahora evocamos 



-2- 

aquí la noble figura de uno de los mas grandes patriotas de la 
América del Sur. La Francia le debe un recuerdo. ¡Mucho la 
amó i la sirvió! 

Hombre de acción, pensador, escritor, Bilbao reunía en un 
grado supremo a la intrepidez del pensamiento, el amor a la 
verdad i a la libertad. El elemento natural de su alma era el 
heroísmo. Participaba del Cid i del araucano, la altivez caste- 
llana en una naturaleza primitiva, indómita. Aparecía en él yo 
no sé qué reflejo de los tiempos antiguos; sin duda porque como 
él solia decir, Homero i Platón eran su escuela de acción i de 
belleza. 

Su vida fué una constante lucha por la libertad en Chile, en 
el Perú, en las repúblicas orientales, en todas partes donde se 
combatía por la independencia. 

Nacido en Santiago de Chile, de donde su padre fué intenden- 
te, a los 20 años tiene un proceso político en el que se mezclaban 
ya las cuestiones relijiosas. Tiene que salir de su pais, i llega a 
Paris en los momentos en que el Colejio de Francia inflamaba a 
la juventud. 

La primera vez que asistió al curso de Bdgard Quinet, oyó 
estas palabras que parecían dirijidas a él: 

«Chile solamente parece que conserva el alma de los antiguos 
araucanos.» 

Al día siguiente, Bilbao se presenta en la calle de Mont- Par- 
nasse, número 4. Bdgard Quinet ve entrar a un hermoso joven 
de aspecto i de palabra algo espartana, que le dá una carta pro- 
nunciando esta sola palabra: «Leed». 

Era una profesión de fé ardiente de entusiasmo, animada del 
ambiente de las cordilleras. 

La adopción moral estaba hecha, i duró hasta la muerte. 

Grande era su autoridad sobre los jóvenes de los colejios. Es- 
tos sentian por él mas respeto que ternura. Todos presentían el 
elevado porvenir que esperaba a su condiscípulo. 

«La fuerza i la luz componían el fondo de esa naturaleza pri- 
mitiva, virjinal i señalada con el sello de los grandes destinos. 






— S — 

El erijia el ideal de la justicia i de la verdad en lei para las na- 
ciones i los individuos». 

Talerael sentimiento que Bilbao adolescente todavía, inspiraba 
a sus amigos franceses. i 

Ligado intimamente conLamennais,Mickiewiz,Michelet, Qoi- 
net; conservó toda su vida correspondencia con los que él llama- 
ba sus maestros i amigos. 

En su primer viaje a París, publicó en la aRevue Independan' 
tev i en la aTribuner des Peuples» algunos trabajos en los que 
el espíritu filosófico se unía al mas puro patriotismo. 

El advenimiento de la República, le pareció a esa alma jene- 
rosa, la realización de su ideal, la aurora de ana humanidad 
nueva, la rejeneracion de la Francia i de todas las patrias. ¡Cuan 
grande fué mas tarde su dolor, cuando la derrota de la libertad! 
Dolor patriótico, porque Bilbao amaba a la Francia como su ver- 
dadero hijo adoptivo. 

Estaba dotado de un poder de concentración i de concisión sin- 
gulares. Tenia de esas palabras en las que se grababan como so- 
bre una medalla los rasgos proí'iuidos de su naturaleza. Sus ami- 
gos repetían estas palabras: a la Bilbao, cuando venia el caso. 

(¡.Miguel Anjel, tú me entiendes!» Eu esa sola palabra, en Ro- 
ma, en la capilla Sixtiun, se exhalaba la indignación de su alma 
estremecida; i ponía por testigo de sus esperanzas frustradas al 
héroe del arte. 

También decía: —«Cada uno de nosotros es un artista encar- 
gado de esculpir su estatua para su tumba; cada uno de nuestros 
actos es uno de los rasgos de que se forma nuestra imájen. Tra- 
temos que sea bella i digna de atraer las miradas.» 

Sus decepciones en el Viejo Mundo no amortiguaban la obra 
patriótica de su vida, la libertad de la América del Sur. 

Atravesando de nuevo el Océano, en medio de las tempesta- 
des equinoxiales que casi sumerjieron la débil cascara de nuez 
en que hizo la travesía, se arrojó de nuevo en la lucha llevando „ 
a los campos de batalla a sus hermanos, por todas partes donde 
había que combatir por el buen derecho. 

Su familia, se vio obligada a establecerse en Buenos Aires, 



— i — 

Pero el proscrito volvia sin cesarsus ojos hacia su bandera que 
rida. «Ved, escribía, la estrella de los araucanos, en el hermoso 
« azul de nuestro cielo! mas abajo la roja sangre de nuestros 
« padres que nos han dado la independencia! Tan solo con mirar 
« ese símbolo sagrado, siento las brisas de mis grandes valles i 
« el soplo de una juventud inmortal! Soplo vivificante que ha 
« borrado los rastros de la conquista sobre la tierra i el Océano. 

«¿Qué es la muerte cuando se siente en si mismo al alma de 
un pueblo? Adelante.» 

En las horas de prueba, Bilbao no faltó a ese deber ante si 
mismo. La intrepidez que llevaba al campo de batalla lo acom- 
pañaba en todos los actos de su vida. Esa intrepidez debia can- 
sarle la muerte. A fines de 1857, encontrándose en el Rio de la 
Plata, una mujer cayó al agua, eu un lugar en que el rio es mui 
peligroso. Bilbao se arroja al agua, consigue salvar aesamujer, 
pero sus esfuerzos sobrehumanos le causaron una lesión eu los 
vasos del pecho, i le produjeron vómitos de sangre. 

La mujer fue salvada, pero la vida de su salvador fue desde 
entonces una lenta agonia, 

Esto lo vinimos a saber mucho tiempo después i por su fami- 
lia. La carta de él que nos avisaba de su grave enfermedad, ape- 
nas decia una palabra: 

«Maestro i amigo.» 

«En momentos bien tristes, me ¡lega vuestra carta; como pa- 
« labra vuestra, es una infusión de vida. 

«Estoi mui enfermo. No se lo que puede suceder. He tenido 
« una gran aventura en el rio. Me he preparado en silencio para 
« el gran viaje, he pasado revista de mis años, de mis hechos i 
« de mis gustos. 

«He pensado en vos, porque es imposible que tengáis una al- 
« ma mas inmediata a la vuestra que la mia. 

«¡ Morir joven! Una gran voluptuosidad he encontrado en este 
« pensamiento. Sé que estamos en la bne ia via, i nos amamos 
« tanto, querido maestro, que jamas la tierra satisfará nuestra 
« necesidad de unión. A pesar de todo, mi pensamiento no hace 
€ sino revolver proyectos, ideas, campanas. 



— 5 - 

«Ya puedo volver a mi patria; pero no parto todavía. 

«La última obra vuestra (1) me señala el puesto que debo 
« ocupar en la gran línea de operaciones contra Boma. 

«Habéis cenado la polémica de los siglos. 

«Ahora que habéis quitado las malezas, las emboscadas, el 
« horizonte ideal viene a ser la política del buen sentido.» 

« Espero de vos cosas increíbles. Nobleza obliga. Mornix 
« obliga. Así pues, aun cuando no os apercibáis de ello, vuestra 
« palabra fecundiza todo uu universo moral. Cuidaos, porque 
« sois portador de la luz.» 

I agregaba: «El maestro por sus revelaciones i transportes, 
« ha levantado un monumento en mí.» 

¿Tj¿*¿ii fin de una vida tan bella? Sus amigos se hacian a 
veces n. -...isio.n de su curación, pero recaídas mortales en las pri- 
maveras alternaban con algunos meses de mejoría, i en esos in- 
tervalos, multiplicaba sus escritos. Establecido cerca de los suyos 
en Buenos Aires, acababa de fundar la Revista del Nuevo Mundo, 
llena del recuerdo de Edgard Quinet. 

Esos trabajos que por veinte años llevó de frente a través de 
luchas i viajes, le dieron una justa popularidad de escritor políti- 
co en su patria. 

Libros, folletos, revistas, qué no publicó? i siempre en el es- 
píritu de la revolución, i en acorde filial con su maestro i amigo. 

La Revolución en Chile, Mensajes del Proscrito, El Gobierno 
de la Libertad, Iniciativa de la América, Idea de un Congreso 
Federal, Lamennais representante del dualismo i de la civiliza- 
ción moderna, El Clero Ultramontano, La Sociabilidad Chilena, 
£nciedad de Educación Americana, De la Futura organización 
política de la República Arjentina, (colección de artículos de la 
Revista del Nuevo Mundo que habia fundado). El Presidente 
Montt, La contra Pastoral, Estudio de la vida de Jesús de M. Be • 
nan; todos estos escritos estaban de tal modo en armonía con el 
espíritu de su amigo, que podía decirse que habia un hilo eléctri- 
co entre el proscrito francés i el proscrito chileno. Mucho añ- 



il) La Revolución Relijiosa. 



— 6 — 

tes de recibir una nneva obra de Mx. Quinet, Bilbao se ocupaba 
de una publicación exactamente sobre el mismotema. Así cuando 
aparecía en Bruselas la 'Revolución Relijiosa, en Buenos Aires la 
Contra Pastoral era sometida a la censura. Algún tiempo des- 
pués cuando Edgard Quiuet publicó la Espedicion de Méjico, el 
patriota americano lanzaba su América en Peligro, i traducía el 
folleto de su amigo i lo popularizaba, apoderándose de todas las 
ocasiones para propagar el libre pensamiento i la fraternidad 
humana en otro tiempo enseñada en el Colejio de Francia. 

En 1856 escribía: «Si, los araucanos son, jamas los godos 
« de Europa tomaran parte en nuestro continente libertado. 
« ¡Ah! que felicidad si yo pudiera tender mi vuelo en mi patria! 
«: Las probabilidades están por la amnistia en Setier en e l ¿tón- 
«: ees estaré en Chile en 1867. Si no es así, haré mi obra como 
« peregrino i mi proscricion será un hecho providencial. Pido 
« diez años de vida para presentar a la libertad como relijion i 
« gobierno en el Nuevo Mundo. I no son los diez años de César 
« en las Galias los que pido. Si el Sur duerme, si no quiere le- 
e vantarse, me reconcentraré en Esparta; i ya veréis que porve- 
<¡c nir, que nacionalidad se delineará en la costa del Sur, i el se- 
« creto pensamiento de alguno de nosotros.» 

El tenia una gran esperanza en las tribus araucanas . 

Organizó en Santiago asociaciones populares para esparcir la 
instrucción i propagar en las masas las ideas políticas i morales 
que cimentan la verdadera civilización, secundado en esta grande 
empresa por los hombres mas eminentes del pais. Pero su gran 
pensamiento, por el que trabajó en todas partes, en Francia, en 
Lima, en Buenos Aires i en el Paraná, fué la confederación de 
las repúblicas del Sur, en uua basta república de los Estados 
Unidos del Sur. 

El despotismo i el oscurantismo tenian en él un adversario 
enérjico; así es que las persecuciones de los ultramontanos, no le 
faltaron desde bien joven. 

Antes de 1854, una conjuración de las mas romanescas se for- 
mó contra el joven atleta. ¿Se podrá creer? Pues bien, algunas 
beatas de una de las grandes capitales de América organizaron 



r' 






una suscricion para pagar dos asesinos encargados de librar a la 
iglesia del Perú de su adversario. Iba a completarse esta obra 
i de destrucción cuando ios amigos de Bilbao, advertidos de esos 

proyectos, lo obligaron a salir del país. 

A pesar de la estrema debilidad física en que habia caído, to- 
davía trabajaba en beneficio de la República Arjentina. 

Eü Noviembre de 1S59, encontrándose en el Paraná i no pu- 
diendo escribir, dictaba la relación de esta nueva epopeya para 
sus amigos de Europa: «Empeñado en una gran causa, la de la 
« integridad de la República Arjentina, después de dos años de 
a grandes trabajos, acabamos de triunfar. La República se lia 
« salvado. Volvemos vencedores a Buenos Aires. Estamos en 
« dias de ale ria.» 

I por incide'íite agrega: «A la verdad, poco lia faltado para que 
« biciese el gran viaje. He tenido tiempo bastante para mirar 
« tranquilamente a la muerte frente a frente, i he quedado tran- 
« quilo.» 

La implacable muerte lo arrebató en plena felicidad. Esa noble 
existencia, conoció también la felicidad íntima. Bilbao pudo triun- 
far de las dificultades que para casarse le suscitaba el clero, bajo 
pretesto que liabia negado todas las relijiones. Se desposó con la 
que amaba, cuya ternura le disputaba la muerte. Un año antes 
de dejar esta tierra, nos describía así su Edén : 

Buenos Aires, 1.° de Enero de 1864. 

«Os escribo delante de la ventana entreabierta, en medio de 
« un jardín de flores. Mi querida mujer, vestida de blanco, canta 

« acompañándose del arpa La gran naturaleza es siem- 

« pre/uas bella, i nuestra alma uo se abatirá sino que se engran- 
« decerá cada vez mas. ¡Qué hermoso es vivir cou .horizontes 
« infinitos!» 

La vida le ha faltado para terminarlos grandes proyectos que 
meditaba. 

Su última hora fué digna de toda su existencia. Sonriendo 
comparaba su muerte — «ala primera batalla que podia mandar 



— 8 — 

en jefe.» Sintiendo venir la muerte, esclamó como Lamennais : 
«He aquí los bellos momentos.» 

Espiró pronunciando los nombres queridos desús maestros: 
Michelet! Quinet! 

¡Vida demasiado pronto arrebatada! Mr. Michelet espresaudo 
el pensamiento de todos los amigos de Bilbao, ha dicho: 

aHabia entrevisto en él un Washington del Sur.» 

Mdme. Quinet. 

Bruselas, 1869. 



^(^ 



SOCIABILIDAD CHILENA (1) 



Introducción 

Descends du haut 
des cieux, auguste vérité! 
"Voltaire. 

En las épocas transitorias de la civilización aparece esa mul- 
titud de espíritus decaídos. La inspiración, que necesita un 
objeto, la voluntad, un apoyo para ejercer su poder, languidecen 
al faltarles el aliento vivificaute de la í'é. El poder de espansion 
que solicitan, se amortigua a la presencia de la indiferencia 
esterna, o por la impotencia de la fé que anhelan. Observan al 
universo por medio del análisis i lo divisan cubierto por la nieve 



(1) Mr- E. Quinet en su obra «El Cristianismo i la Revolución Francesa», 
al hablar de la América, dice en uno de los párrafos: «Tengo a mi vista 
un escrito lleno de elevación i de lójica acerca de las relaciones de la 
Iglesia i del Estado en Chile, la «Sociabilidad Chilena», por Francisco 
Bilbao. Este escrito ha sido condenado como herético por los tribunales 
de Chile. Sin embargo, esas pajinas demuestran, que a pesar de las tra- 
bas , se principia a pensar con fuerza del otro lado de las Cordilleras. El 
bautismo de la palabra nueva, he aqui palabras que han debido asombrar 
al encontrarse en un folleto escrito en Jos confines de las Pampas.» 

París, Julio 23 de 1845. 



— 10 — 

del invierno. Entonces el poder que sienten se concentra i de- 
vora la misma actividad que lo alimenta. Así vemos esos hom- 
bres que nacidos en la tranquilidad de la materia, desesperan al 
penetrar en el infierno subterráneo de las sociedades. Pero en 
medio de todo esto, en medio dei lento desarrollo que tenemos; 
en medio de este desierto sin guia: la sociedad al presente; en 
medio de los elementos sociales que de vez en cuando se suble- 
van, suelen aparecer ciertos hechos, inspiraciones, o incidentes 
que nos deciden en la marcha ambigua, que nos sacuden, nos 
detienen, nos hacen pedir cuenta de lo que vemos i de lo que 
columbramos. Entonces el individuo de aislado que vivia, tien- 
de su mano para seguir el carro de la sociedad, i de egoísta, 
pasa a escuchar el jemido del hermano. Entonces calla la anar- 
quía de su vida intelectual i arroja al abismo de la nada el ho- 
rrible pensamiento del suicidio social, de la desesperación 
satánica i del clamor impotente. El caos de su intelijencia se 
desenvuelve, lo alumbra una centella de la pira universal: la 
fraternidad. Su voluntad que yacia débil ha sentido la trompeta 
divina i se levanta titánica.— A los que duden de este resultado 
i hayan pasado por los dolores de su siglo les preguntaría: 
habéis sentido en medio de vuestras tribulaciones morales, en 
medio de vuestra ignorancia acerca del absoluto, en medio de la 
falta de corazones que respondan a vuestras angustias, en medio 
del espantoso cuadro de los padecimientos humanos, ¿habéis, les 
diria, sentido esos movimientos espontáneos, al escuchar el 
jemido del que padece, el ruido de la cadena del presidario? 
¿habéis escuchado los cánticos sublimes que arrojan los pueblos 
al marchar a las batallas? ¿habéis sentido a la presencia de las 
bellezas de la natuleza, al oír los cantos del poeta, al ver al 
hombre íntimo esteriorizado por la pintura, habéis sentido les 
diria, esos embelesos misteriosos, esas ajitaciones volcáuicas, 
esos llamamientos divinos hacia una cosa que no sabemos, in- 
visible, infinita?.. ¡Sí, me diréis! habéis sentido, esas impresio- 
nes, pero fugaces; — las habéis sentido, pero la realidad estaba 
cerca; — habéis entrevisto el misterio profundo de los cielos, pero 
la nube pasaba i vuestra vista bajaba hacia la tierra; — habéis 



— 11 — 

llorado, pero la carcajada de la indiferencia os volvia a la vida 
del mundo. 

Todo esto pasa. Esta es la vida! 

¡Mezcla incomprensible del sublime i del ridiculo, del fatalis- 
mo i de la libertad! Vida, te sentimos i venimos a pedirte cuenta 
de lo que has hecho de nosotros i de lo que nos prometes. Es a 
nombre de esos llamamientos espontáneos de los cuales se 
aferra la razón para formar la nueva síntesis, que nos detene- 
mos, ponemos la mano en la conciencia, la planta en el foro de 
la prensa, para decir: Somos hombres de Chile: luego veamos 
en las filas de la humanidad el lugar que ocupa el tricolor. 



Nuestro pasado 

Voz íué oida en Rama, 
lloro i mucho lamento 

Mateo. 

Nuestro pasado es la España. 

La España es la edad media. La edad media se componía en 
alma i cuerpo del catolicismo i de la feudalidad. Examinémosla 
separadamente. — Esa sociedad así llamada, compuesta con los 
resultados de la civilización rotnaua, idealizada por la relijion 
católica i renovada por las costumbres orijinales de los bárbaros, 
forma el núcleo, el nudo que une al mundo antiguo con el mun- 
do moderno. Roma deja su lejislacion, su industria i la mitolojia. 
El catolicismo, la escolástica, los mitos orieutales con el colorido 
de la revelación, pero con una perfección notable. Los bárbaros; 
la espontaneidad de sus creencias i la exaltación de la indivi- 
dualidad. Refleccion, fé, espontaneidad; Roma, Oriente, los 
bárbaros, he allí los elementos. Se chocau, la sangre corre, pero 
el bárbaro hecho católico triunfó. El tiempo marcha, el sistema 



— 12 — 

se entabla, el catolicismo impera, el bárbaro no abdica completa- 
mente su orijinalidad i la edad media se levanta de entre las 
ruinas de la invasión, de entre la sangre de tantos años de 
combate. 

He allí esa sociedad, esa civilización afirmada en sus castillos 
i sus claustros para resistir al torrente del mundo que se des- 
plomaba. Sociedad verdadera porque era uua,_porque tenia una 
creencia que alimentaba i que le daba esa orijinalidad tan oriji- 
nal; sociedad de alma i cuerpo bajo este aspecto. Es decir, 
catolicismo i feudalidad, espíritu i tierra, relijion i política. — 
Analicemos sus dos fases separadas. 

II 

La tierra, la política 

Ved cual el bárbaro del Norte, cambia su tienda vagorosa en 
castillo soberbio. Ved cual depone su masa a los pies del sacer- 
dote católico; vedlo reconocer otro poder que el de la fuerza; 
pero se enciera en su castillo, el fraile se hace guerrero; se 
hacen señores, se ensoberbecen. El señor feudal conquista, 
estiende su dominio, domina al débil conquistado, enseñorea la 
tierra, la apropia, i recibe su propiedad el bautismo de la lejiti- 
midad católica; el pobre, el débil, el conquistad'), trabaja, jime 
i depone el fruto de su trabajo al pié del señor del castillo. 
Sufre, se le oprime, se le hace servir como esclavo i como sol- 
dado, sus hijas son -violadas, no tiene aquien apelar. La lei i la 
justicia, el poder i la aplicación vienen de una misma mano. 
<cEl señor, cansado de la caza, hacia abrir un vasallo para calen- 
tar sus pies en sangre». La desesperación se aumenta, pero el 
sacerdote católico le dice: este mundo no es sino de miseria. 
«Todo poder viene de Dios, someteos a su voluntad». Hé aquí 
la glorificación de la esclavitud. Una montaña de nieve sobre 
el fuego de la dignidad individual. Hé aquí la glorificación de la 
esclavitud. 



— 13 — 
III 

Espíritu 

El catolicismo sometió a la barbarie. Su poder ie propaganda 
necesitaba organización, táctica i medios, i esta es la causa del 
poder temporal i feudal que se abroga. La fé era su instrumen- 
to. No podia convencer, necesitaba rápidamente alistar a sus 
banderas la barbarie, i be aquí el mito, el simbolismo, la forma, 
la pompa, el misterio, la poesía sentimental e imajinaria que 
constituyen el catolicismo que viene a deslumbrar los ojos es- 
táticos del bárbaro, i sus oidos salvajes (1). El bárbaro se 
deslumbra, se somete, es católico. He aquí la gloria del cato 
licismo, su mérito en la bistoria. Pero, nosotros saliendo de la 
eternidad, hemos caiuo en el tiempo llamado siglo XfX. juz- 
garemos según nuestra capacidad de lo que es con respecto a la 
sociedad nueva i a la filosofía que renueva las relijiones. Desde 
esta altura es como vamos a hablar rápidamente. — El catolicis- 
mo es relijion simbólica i de prácticas que necesita i crea una 
jerarquía i una clase poseedora de la ciencia. Relijion auto- 
ritaria que cree en la autoridad infalible de la iglesia, es 
decir, en la jerarquía de esos Hombres; i ademas la auto- 
ridad irremediable sobre la conciencia individual por medio 
de la confesión. Autoridad del fraile, autoridad del clérigo, 
autoridad del Papa, autoridad del Concilio. Relijion simbólica i 
formulista que hace inseparable la práctica de la forma, del es- 
píritu de la leí. De aquí la necesidad absoluta de la práctica i 
del sacerdote. Este es el templo del sistema, penetremos i oi- 
gamos la predicación i su espíritu. 



(1) Habia que agregar el cebo de la conquista con que la Iglesia im- 
pulsaba a los bárbaros, sea para destruir a sus enemigos,, sea para partici - 
par del botin de una provincia, de un reino, de una zona territorial que 
se ofrecía a la avidez de la barbarie en cambio de la fé. 

(Nota de la 3. a edición.) 
3 



— 14 — 

En primer lugar, los principios eternos de la filosofía, la ani- 
dad de Dios, la inmortalidad, los premios futuros i los misterios 
orientales. 

«Creo en Dios, padre todo poderoso, creador del cielo i de la 
tierra, creo en Jesú- Cristo, su único hijo, que fué concebido 
por obra i gracia del Espíritu santo, i nació de la santa Vírjen 
Maria, que padeció bajo el poder de Poucio Pilato i fué cruci- 
ficado i resucitó al tercer dia de entre los muertos, subió a los 
cielos i está sentado a la diestra de Dios padre. Desde allí ha 
de venir a juzgar a los vivos i los muertos. Creo en el Espíritu 
santo, en la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, la 
vida perdurable, el perdón de los pecados.» 

Allí tenemos los misterios de la creación entera. 

La trinidad universal, es decir, la unidad del pensamiento 
creador i su desarrollo en la creación de todo lo que existe por 
medio del Espíritu santo. La encarnación, es decir el verbo,- la 
palabra, Dios hablando a los hombres, la revelación en el hijo, 
en Jesu-Cristo. La encarnación de la palabra, del verbo, es decir 
la eucaristía, es la representación, el símbolo de Cristo que se 
sacrificó por la redención. El bien i el mal, esa dualidad terrible, 
ese misterio el mas temible de las cosmogonías, ese problema 
quizá el mas arduo de la ciencia, queda cubierto por la poética 
aventura de Eva i la serpiente. La fé aquí tiene que venir al 
auxilio de la razón i la misericordia divina para el mal, i el pecado 
es el consuelo i quizá la mejor respuesta a posteriori. Estos mis- 
terios, i los de la creación toda, necesitan popularizarse. I de 
aquí nace la humanización de los misterios, es decir, su esplica- 
cion dramática, es decir, su esplicacion humana; la trinidad es 
padre, hijo i Espíritu santo. El verbo divino es Jesu-Cristo; 
— la pureza de su oríjen es la Virjeu;— su misión redentora i 
heroica se esplica por la crucificcion i redención. — -He aquí la 
cosmogonía, el simbolismo del catolicismo. Este es su fondo 
incluyendo el juicio futuro: el purgatorio, que es la expiación 
momentánea de las almas, de donde nace la institución terrena 
de las ánimas,\ todo el simbolismo que se emplea para aliviarlas 
en esta mansión. Pero, donde el catolicismo tiene su punto des- 



— 15 — 

lindante i mas orijinal es en la institución de la iglesia, de donde 
nace la armazón esterior i el conjunto de preceptos que conoce- 
mos con el nombre de catolicismo i que son las condiciones 
necesarias de su existencia autoritaria en fntelijencia i gobierno. 

Es un hecho psicológico que la repetición de los actos, con- 
sagra su existencia duradera. De aquí nace la necesidad de la 
repetición de las fórmulas! los ritos que representan el fondo de 
una creencia. De aquí la necesidad del arte para que inmortali- 
ce, si es posible, su existencia. De todas las artes la que lleva 
el carácter de desafiar al tiempo, es la arquitectura i también la 
que arroba i sorprende mas a la imajinacion popular. Luego los 
templos i los ritos que impulsen a los hombres a los templos, 
son condiciones reciprocas de un culto. Así la Iglesia manda oir 
misa entera los domingos i fiestas de guardar. Comulgar por 
Pascua florida i la porción de simbólicos misterios relacionados 
con el oríjen i fin del hombre que necesitan del templo i del sa- 
cerdote. Bautismo para lavar el pecado orijinal. — Confirma- 
ción, es decir, la fianza de católico. Comunión, la protesta en 
la creencia de todos los misterios de la encarnación, trinidad, — 
absolución de los pecados.— Extrema-unción, la despedida i 
pasaporte del individuo para el otro mundo. — Matrimonio único, 
medio lejítimo de propagación que necesita el simbolismo de la 
uuion trinitaria: mujer, hombre i sacerdote. Los términos i bases 
de la producción i el vínculo de unión, i últimamente, orden sa- 
cerdotal, que es el complemento de la condición esterior del 
individuo católico. 

Este se puede decir que es el simbolismo espiritual, ritual i 
barato, necesario para llevar al individuo a los templos i mante- 
ner la fé. Ahora vamos a ver los necesarios para la existencia 
de la autoridad terrena de la Iglesia. Establecida por el Credo 
católico la infalibilidad de la Iglesia, la conciencia, en la multitud 
de circunstancias humanas, tiene que apelar a la iutervencion del 
testo. El testo no se puede interpretar. Luego debe recurrir al 
sacerdote. De aquí nace la confesión, la abnegación del indivi- 
duo al individuo; de la conciencia humana: «Confesarse a lo 
menos una vez al año» dice el testo. Con este mandamiento, el 



— le- 
mas poderoso, el mas terrible, como es la esploracion de la con- 
ciencia abierta, bien se ve que el culto que se opoya en él pa- 
rece llevar el sello de la eternidad. El sacerdote impoue lo que 
quiere, luego el individuo es la renovación del sacerdote en su 
conciencia. Este precepto basta para el mantenimiento de una 
creencia cualquiera que sea. El sacerdote, desde el absoluto trono 

de su confesonario, puede disponer del universo. Sujetemos 

la lójica de las consecuencias que salen de suyo. 

El principio bárbaro, no tememos el decirlo, de creer que Dios 
se gloria en los padecimientos bumanos, o que queda vindicado 
por medio de nuestros sufrimientos; principio terrorista que 
altera la naturaleza del Dios del infinito, del Dios del absoluto 
bien; principio que el cristianismo primitivo no sanciona para 
gloria de Jesu-Cristo, se halla autorizado por la ignorancia de 
los fundadores del catolicismo. Confundieron los preceptos hi- 
jiénicos con los preceptos morales, el cuerpo con el espíritu. Pre- 
ceptos sabios de Moisés dados a los judios con relación a su 
ardiente i voluptuoso clima, se estienden sin modificación de 
lugar ni de tiempo al universo. Prohibid la carne, prohibid el 
licor, ordenad el ayuno al pueblo cazador de los climas seten- 
trionales, i veréis el absurdo sistema que aplicáis. Pero esto es 
sabido, sigamos. 

La iglesia necesita iucienso, pompa, candelabros, campanas 
que asusten, monumentos que aterren, oro, plata, cobre; necesi- 
ta el sosten del clérigo i de la comunidad, que no pueden traba- 
jar, sitio estudiar para la interpretación; luego el pueblo tiene 
que dar diezmos i primicias de su trabajo. «Pagar diezmos i pri- 
micias,» dice el testo. 

Con respecto a las relaciones que sanciona, pasaremos rápida- 
mente, calificándolas relativamente con el estado, las costumbres 
i la filosofía del tiempo en que vivimos. 

No hai duda de que el cristianismo fuá el mayor progreso en 
materia de relijion en cuanto ala rehabilitación del hombre, pero 
el catolicismo, como fué una reacción oriental, es decir, al sim- 
bolismo i a las fórmulas, produjo variaciones hostiles a la pure- 
za primitiva de la doctrina de Jesús. 



.. 



— 17 — 

Analizaremos esas relaciones a vuelo de ave: la mujer, el hi- 
jo, el ciudadano i la intelijencia. 

La mujer está sometida al marido. — Esclavitud de la mujer. 
Pablo, el primer fundador del catolicismo, no siguióla revolución 
social de Jesu-Cristo. Jesús emancipó a la mujer. Pablo la so- 
metió. Jesus era occidental en su espíritu, es decir, liberal; Pa- 
blo oriental, autoritario. Jesús fundó una democracia relijiosa, 
Pablo una aristocracia eclesiástica. De aquí se vé salir la conse- 
cuencia lójica de la esclavitud de la mujer. Jesus introduce la 
democracia matrimonial, es decir, la igualdad de los esposos. 
Pablo coloca la autoridad, la desigualdad, el privilejio en el mas 
fuerte, en el hombre. 

Esta desigualdad matrimonial es uno de los puntos mas atra- 
sados en la elaboración que han sufrido las costumbres i las 
leyes. Pero el adulterio incesante, — ese centinela que advierte a 
las leyes de su imperfección, — es la protesta a la mala organiza- 
ción del matrimonio. 

Pero la cuestión se ajita, la democracia matrimonial penetra. 
La Francia está a la cabeza de esta revolución, Jorje Sand a la 
cabeza de la Francia (1). Ahí está esa sacerdotiza que se inmo- 
la, pero sus miradas proféticas señalan el crepúsculo de la reje- 
neracion del matrimonio. 

El hijo irremediablemente sometido al padre. Esclavitud del 
hijo.... Este principio es de alta importancia en la lójica católica. 
El catolicismo es la imposición i tradición idéntica de la fé ca- 
tólica, por lo que necesita de la autoridad que la imponga en las 
jeneraciones, que venga del mismo modo que ha sido recibida. 
En la familia, la autoridad es el padre, es el anciano, es la tra- 
dición, es lo viejo; luego el poder que tenga debe ser absoluto. 
Las leyes políticas, en la esfera de los intereses patrios i los civi- 
les en las relaciones particulares, limitan este poder, lo que 
prueba la protesta del buen sentido de los pueblos contra el dog- 



(1) Error, nacido de la fe a la palabra de los escritores franceses, fé 
destruida por el conocimiento de los hechos. 

(N. de la 3. a E.) 



— 18 — 

ma absoluto relijioso. Las costumbres bajo este aspecto, se.puede 
decir que no van paralelas con las teorías filosóficas. Desde 
que reconocemos la autoridad de la razón individual en cada in- 
dividuo, el despotismo es ilejítimo, el hijo es otra persona, sn li- 
bertad es sagrada. 

El individuo sometido al poder. Esclavitud del ciudadano.. 
«Obedeced a las potestades», dice Pablo. Principio diplomático 
en su oríjen, para no atraerse la persecución de las autoridades 
paganas i convertido después en instrumento activo de sujeción. 
Principio fecundo desde el establecimiento de las autoridades 
católicas políticas; principio de consecuencia lójica. Desde que la 
autoridad i la fé forman la base del sistema católico. Así tam- 
bién se esplica la unión que casi siempre ha habido entre el clero 
i las monarquías católicas. La monarquía es un gobierno de tra- 
dición divina o heroica, i de privilejio o autoridad; luego necesita 
del auxilio de la relijion, es decir, del clero que le someta los 
individuos i evite el análisis, el pensamiento libre que es enemi- 
go de la tradición. El clero, a su vez, necesita del auxilio de la 
autoridad terrestre para el fomento i sosten de sus intereses pri- 
vados; para la persecución de la herejía. Cuan clara aparece 
ahora la lójica de la revolución francesa. El pueblo, las indivi- 
dualidades libres, el análisis, el presente: sepulta ala mouarquia, 
al clero i a la nobleza: sepulta a la síntesis católica, al pasado. 
En cuanto al progreso de las ideas i costumbres a este respecto, 
la distancia es inmensa i palpable. ¿No veis el apoyo arenoso de 
los tronos que aun osan ostentarse? ¿No veis que basta el soplido 
plebeyo para levantar esa arena i abrir un abismo eterno a las 
tradiciones de la desigualdad? Alabemos a Dios a este respecto. 
El pensamiento encadenado al testo, la intelijencia amoldada 
a las creencias. — Esclavitud del pensamiento. Aquí quisiéramos 
desahogar, pero está tan batido el enemigo en esta trinchera que 
seria inútil. La educación lójicamente estaba encomendada a los 
'conventos. Así se esplica también el imperio de Aristóteles en la 
Edad Media. Aristóteles era entonces la lójica, es decir, la deduc- 
ción de los principios que se daban. La escritura de las doctrinas 



— 19 — 

de los doctores i Concilios era lo intocable, lo que se prohibía 
analizar; luego solamente deduzcamos. 

En fin detengamos nuestro vuelo, abandonemos la mirada 
parcial, contemplemos el coloso que medimos. Helo allí, el cato- 
licismo, ese cuerpo jigante que aferró sus garras en la Europa, 
dejando un templo en cada huella; he ahí el jenio misterioso de 
la montaña del simbolismo que lanzaba el rayo del anatema con- 
tra toda frente audaz que le encaraba; he alli el templo sombrío 
qne inspiraba su terror al que pisaba sus umbrales; ved eu fin 
el astro relumbrante que por tantos siglos recorrió el espacio 
con la cabeza imperante del orgullo. Está en su ocaso, lo podéis 
mirar. 

Hemos examinado los dos elementos que componían la Edad 
Media. La España dijimos, es la Edad Media, i nosotros salimos 
de la edad media de España. Veamos el carácter peculiar que 
tomó en España para ver el que tomó entre nosotros. 

La Edad Media se completó en España, es decir, tuvo todo su 
desarrollo. El aislamiento de la España a causa de las diferen- 
cias de raza, de tradición, de clima, el orgullo nacioual exaltado 
por las tradiciones i diferencias de los otros pueblos; el esclusi- 
vismo que esto produce en cuanto a la importancia de lo estran- 
jero, la fortificación de sus creencias católico-feudales por la 
oposición con la civilización africana; la unión de todas las cla- 
ses para el sostenimiento de su individualidad, atacaba en tierra 
i espíritu; conquistadores i mahometanos: he aquí las causas del 
completo desarrollo i encarnación de las creencias españolas. 
Esas creencias eran las católico-feudales. Estas tuvieron fuerza 
por las causas que hemos dicho, la importancia, la fuerza, el 
absolutismo que caracterizan a la dominación católica de Es- 
paña. 

La América fué de ella i le impuso su sello; he aquí nuestro 
pasado español en el suelo americano. Aquí llegamos a Chile. 

La Edad Media era una verdadera sociedad, porque tenia una 
unidad de creencias. La idea domina a la forma. Las ideas de 
un pueblo ramifican, pues la idea es principal en todas las formas 
que orijina la vida. Asi vemos la unidad de la fé, de tradición, 



— 20 — 

de autoridad, dominar i formar el verdadero carácter de nuestra 
sociedad. 

Empezaremos por la familia. 

El matrimonio indisoluble. 

El adulterio era espantoso. Los enlaces se verificaban por las 
relaciones de familia, exijiéndose la de igual clase. El estado de 
amantes, es decir, el estado de espontaneidad i libertad de cora- 
zón, era perseguido. La comunicación de los sexos fomenta las 
inclinaciones, descubre las cualidades i produce relaciones o 
circunstancias nuevas, orijinales, que no pueden hallarse bajo la 
vista de la autoridad: luego deben prohibirse. La autoridad i la 
tradición se debilitan con las novedades; de aquí la aversión a lo 
nuevo, a la moda, i el odio a lo que la promueve, por lo que se 
debe vivir retirado i solitario. Aislamiento misantrópico. La 
puerta de calle se cierra temprano i a la hora de comer. A la 
tarde se reza el rosario. La visita, la comunicación debe dese- 
charse a no ser con personas mui conocidas; no hai sociabilidad, 
no se admite jente nueva ni estranjera. La pasión de la joven 
debe acallarse. La pasión exaltada es instrumento de revolución 
instintiva. Se la lleva al templo, se la viste de negro, se oculta 
el rostro por la calle, se le impide saludar, mirar a un lado. Se 
la tiene arrodillada, se debe mortificar la carne i lo que es mas, 
el confesor examina su conciencia i la impone su autoridad ina- 
pelable. El coro de las ancianas se lleva entonándola letania del 
peligro de la moda, del contacto, de la visita, del vestido, de las 
miradas i de las palabras. Se pondera la vida monástica, el mis- 
ticismo estúpido del padecimiento físico como agradable a la 
divinidad. Esta es la joven. — El hombre, aunque mas altivo pa- 
ra someterse a tanta esclavitud, tiene con todo que llevar su peso. 
¡Ai del joven si se recoje tarde, si se le escuchan palabras amo- 
rosas; pobre de él si se le encuentra leyendo algún libro de los 
que se llaman prohibidos, en fin, si pasea, si baila, si enamora. 
El látigo del padre o la condenación eterna son los anatemas! 
No hai raciocinio entre el padre i el hijo. Después de su trabajo 
diario, irá a rezar el rosario, a la via sacra, a la escuela de Cristo 
o a oir contar los cuentos de brujos, de ánimas i purgatorios. Fi- 



— 21 — 

gnraos al joven de constitución robusta, de alimentos fuertes, de 
imajinacion fogosa, con algunas impresiones i bajo el peso de 
esa montaña de preocupaciones! Figuraos el drama que sentiría 
ajitarse en su interior; pero somos historiadores fríos 

He ahí la familia. La educación consiste en 6 años u 8 de la- 
tin (misericordia, señor); unos 4 de filosofía escolástica i otros 
tantos de teolojia. Si pasan las 4 reglas de aritmética, es mucho, 
sí saben lo que hai del otro lado délos Andes; si saben que anda- 
mos al rededor del sol, es mucho. Los frailes i clérigos son 
maestros i la bofetada, el insulto grosero o el azote son los me- 
dios correctivos. Mirad la dignidad humana! 

Como hombres de la familia política llamada sociedad, son lo 
que son en la familia. La autoridad es la fuerza i la fuerza es la 
autoridad. El rei viene de Dios (rex gratín Dei), es su brazo, i 
el Papa la intelijencia divina en la tierra. Con que, esclavos del 
gobernador; el gobernador del rei i el rei del Papa. El hombre 
no comprende nada mas allá de este círculo. Dios lo quiso, «há- 
gase su voluntad» es el tapa boca a la interrogación de la liber- 
tad. Luego no hai ciudadano ni pueblo. Hai esclavos i rebaño. 

Este es el aspecto político-monárquico. Penetremos en la or- 
ganización de la base de la sociedad civil, es decir, la propiedad 
i descubriremos el feudalismo chileno. 

La falta de comunicación i de necesidades nuevas, la falta de 
capitales divididos, la falta de enseñanza i de necesidad artísti- 
ca, la falta de comercio por el sistema opresivo i esclusivo; el 
sistema coercitivo i diezmador del trabajo del pobre, impiden que 
se eleve una clase media que preludie la libertad, como la bur- 
guesía en la Europa. 

El rico posee como el bárbaro de la conquista: la fuerza. El 
dueño de la tierra, el hacendado, posee o por la protección del 
monarca a su virtud monárquica, es decir, al mas esclavo i al 
que despotice mas, mas recompensa, o por la ocupación primiti- 
va de la conquista. La demás jeute, es plebe, jente inmunda, 
vil, que debe servir, pues hubo dos Adanes (exaltación del or- 
gullo). Separación eterna, amo i siervo, riqueza i pobreza, or- 
gullo i humildad, nobleza i villanos. Sin industria intelectual, 



— 22 — 

ni física, nadie podrá elevarse sino el rico, i como el rico es el 
hacendado, i el hacendado es aristócrata, sale por consecuencia 
que la clase poseedora está interesada en la organización monár- 
quica feudal. El rico o poseedor, para que haya lógica de privi- 
lejio i de casta, necesita ser noble, si no lo es, el monarca lo 
ennoblece, vendiendo por dinero, títulos de condes i marqueses, 
o regalándoles a sus favoritos subditos. — El pobre necesita 
comer i busca trabajo. El trabajo no puede venir sino del que 
tiene industria o capital. La industria o capital son las tierras: 
luego los hacendados son los dueños del trabajo, de aumentar o 
disminuir el salario. La riqueza o regalía puede pasar algún 
tiempo sin el trabajo del pobre. Pero el hambre no admite es-, 
pera: luego el rico es dueño de fijar las condiciones del salario: 
he aquí el despotismo feudal. El pan intelectual, la predicación, 
hace resignar al desgraciado i autoriza el orden establecido. El 
robo queda definido por quitar a otro lo que posee, sin conside- 
rar el despotismo del iñco. En seguida, viene sobre el pobre el 
impuesto necesario para el sostenimiento del culto. 

«El cura no sabe arar 
«Ni sabe enyugar un buei, 
«Pero por su propia lei 
«Él cosecha sin sembrar. 
«Él para salir a andar 
«Poquito o nada se apura; 
«Tiene su renta segura, 
«Sentadito descansando. 
«Sin andarse molestando, 
«Nadie gana mas que el cura.» 

He aquí la espresion plebeya, la literatura orijinal, la espre- 
sion del despotismo. La esclavitud que hemos analizado era ló- 
jica. Sus principios eran las instituciones divinas. La monarquía 
absoluta, la propiedad absoluta, la autorización absoluta del 
clero. El clero evitaba el robo i sancionaba la posesión despro- 
porcionada, adquirida i conservada sin trabajo. En todo vemos 



— 23 — 

la unidad católica, sociedad de la Edad Media. Examinad cual- 
quiera relación. Ved la humillación del plebeyo, su abyección, 
sú falta ele personalidad. El servicio doméstico, no es contrato. 
El criado o siervo, no puede defender su derecho, si lo defiende 
por la fuerza o por una vejación comete un atentado, una rebe- 
lión. ¿Cómo podría perseguir a su amo ante la justicia? El juez 
no comprende seaiejante petición. El testimonio del pobre no 
vale, no es persona. Si se venga personalmente, el azote, la pri- 
sión, lo confunden. Si el amo le veja, se queda con su vejación, 
el pobre no tiene honor. La urbanidad, ese tratamiento humano, 
sin consideración a personas, no existe para el plebeyo. Se le 
quita la vereda en su tránsito, se le hace quitar el sombrero en 
la calle para hablar, i ¡su merced!, ¡mi amo!, son las voces con que 
solamente se le escucha. ¡Esclavitud, degradación, he aquí el 
plebeyo! — He aquí el pasado! 

Ojalá que nuestras líneas (escritas con la indignación con- 
centrada) se convirtieran en su epitafio eterno, i encerrasen para 
siempre la maldición eterna que lanza la dignidad humana, 
tanto tiempo degradada. — Salgamos de ese pasado, de ese subte- 
rráneo, de ese infierno de dolores; salgamos al dia, bañemos 
nuestro rostro en la luz del crepúsculo que se alza, i bendiga- 
mos a la divinidad, pues que vamos a hablar de la revolución. 



I 

Revolución 

i 



¿Quién vive?— La patria. 
¿Qu'j jente?— Ciudadano. 



¡Gloria a Dios! 

Quien al hacer un bosquejo de la revolución, no intenta pri- 
mero entonar un himno a la Divinidad; porque es verdad, Dios 



— 24 — 

existe. I es en estos momentos de exaltación por las glorias de 
la humanidad; en estos momentos volcánicos que nos arroban al 
reconocer la dignidad humana; en estos momentos en que sen- 
timos la nulidad de nuestra espresion, de nuestra materia, de 
nuestro yo, para espresar i sobrellevar el torrente poético que 
nos inunda; en estos momentos en que intentáramos el suici- 
dio, porque no sabemos que nos iríamos a engolfar en el infini- 
to que presajiábamos, es entonces cuando reconocemos viviente 
ese Creador de la humanidad tan grande, de un ser tan sublime, 
como el hombre de la libertad. Es entonces, cuando verdadera- 
mente nos postramos ante su verdadero altar, al postrarnos an- 
te la mas grandes de sus creaciones: i es entonces cuando qui- 
siéramos dar a la tierra el puntapié del desden para elevarnos a 
la mansión del tiempo i del espacio. 

Pero contengamos los arranques de nuestro corazón, domine- 
mos el ruido de la victoria i examinemos el campo. 

Nuestro pasado, como hemos dicho, ha salido de la edad me- 
dia, de la España. Nuestra revolución, con pasado o porvenir, ha 
salido de la edad nueva, de la Europa. La edad nueva estalló en 
Francia; luego eslabonemos nuestro pensamiento revoluciona- 
rio al pensamiento francés de la revolución. 

Esa sociedad organizada bajo el credo católico reinaba. Su 
vida era uniforme, su marcha sistemada. Sabia de donde salia, 
donde estaba, sabia donde iba. El Paraiso era su cuna, el pecado 
el orljen de todos sus males, la esperanza o los cielos el fin se- 
guro, la aspiración final, la coronación de la vida. Toda duda, 
todo problema, estaban , satisfechos. Acudid al testo con la 
fé en los ojos i veréis la verdad. Si tenéis dolores el sacerdote 
os consuela. Todo el despotismo de familia, todo el despotismo 
político i relijioso es nada. Este mundo es de miserias, la volun- 
tad de Dios hágase en la tierra como en el cielo. El resultado 
era grande, pues todo el poder del individuo, sus pasiones, esta- 
ban glorificadas en sus sufrimientos. ¿Qué importa que haya al- 
guna indignación secreta en el fondo de la conciencia? El mun- 
do está tranquilo, qué mas queréis? No veis cuan dulcemente 
lleva la cruz de sus dolores? ¿No veis el rebaño que camina si- 



— 25 — 

lencioso al corral que le tenemos? ¡Oh armonía grandiosa de la 
obediencia servil! Alabemos este estado de silencio i tranquili- 
dad, ¿qué mas queréis espíritus del mal? 

He allí pues, en esa fé, el círculo de fuego que guarda el que- 
rubín con su espada aterradora, he allí los pilares de Hércules, 
del pensamiento: he allí el Rubicon del catolicismo, de la Edad 
Media. 

¿Pero faltará un jenid, un Colon, un César del pensamiento 
que lo rompa? 

En medio de las tribulaciones solitarias, algunos espíritus 
abrigan en su seuo toda la fuerza de la conciencia individual. 
Se elevan a la contemplación de las leyes de la naturaleza, co- 
lumbran la armonia divina i entonces el contraste humano los 
revolucionaba. Concebían por la grandeza del amor que los 
animaba, el amor del Dios que los creó i se preguntaban: Dios 
o lo que es lo mismo, el amor infinito ¿preside este espectáculo 
de llanto? Dios que nos ha dado la frente indómita de la liber- 
tad, poniendo eu ella el sello de su noble altivez, se complace 
en que la pise el sacerdote de su culto o el mandatario de los 
hombres? 

Dios que nos ha dado un cráneo donde cabe la inmensidad, 
autoriza después a los poseedores de su lei para que quepa tan 
solo lo que ellos quieran? Imposible! Gran Dios, tu no has au- 
torizado semejantes cosas. Tu no has dado al hombre las alas del 
jenio, para colocar en la mano del hombre el acero que las cor- 
te! Tu no has querido la adoración de esclavos, esto seria indig- 
no, sino la de la pureza del que por sí te reconoce i te alaba! Tu 
no le has impulsado con tu soplo para que el hombre le detenga a 
tu nombre! 

No le has colocado en su seno el imán de tu amor, para que el 
hombre le aferré una cadena. No te le ostentas radiante i claro 
eu la naturaleza, para que se le lleve a adorarte a otra mansión 
limitada como el hombre! En fin no colocas sobre su cabeza ma- 
jestuosa sino el techo de los cíelos He ahí la duda 

que se ostenta, la revolución en jérmen, he allí el crepúsculo de 



— 26 — 

la libertad: el pensamiento en busca de su objeto, es decir de la 
naturaleza i Dios. 

El pensamiento se desenvuelve, Abelardo, Lutero, Descartes, 
i últimamente Voltaire, Rouseau, etc., se transmiten a la arca 
santa, le tributan el culto de su vida en el templo de sus inteli- 
gencias, hasta que los profetas de la nueva lei vistieron el man- 
to del tribuno, pusieron en sus labios la bocina de la prensa i el 

cuitóse hizo popular..... La duda se encarna, el sistema 

de creencias viene al suelo, la dignidad humana se levanta. El 
individuo necesita examinar para creer. 

Examinar es negar la fé, es someterse al imperio de su razón 
individual. Someterse a su razón es fiarse a sí mismo, tener con- 
fianza en sus fuerzas, es la exaltación del yo humano, volunta- 
rio e iutelijente, sujetivo i objetivo, es decir individual i social, par- 
ticular i jeneral, humano i divino, poseyendo en la constitución 
de su esencia psicológica la base de la armonía universal. Releva- 
do el sistema individual, el individuo se desprende del sistema 
antiguo, del fundamento de la creencia i síntesis antigua, pero 
no se aisló en un egoísmo misantrópico, sino que procura apoyar 
el vínculo social en otra base i bajo otro sistema de relaciones 
que admitiese los hechos que la síntesis católica apartaba. El es- 
píritu nuevo, salió del tiempo antiguo por elevar otro mas grande, 
mas elevado, digno del ser Dios i del ser hombre que se habian 
engrandecido al reconocer la libertad absoluta del pensamiento 
como único medio de comunicarse lejítimamente con él. Las ba- 
ses del edificio todavía se discuten, todos los pensadores corren 
a colocar su piedra. Como la síntesis antigua, es decir, el conjun- 
to unitario de creencias sobre el hombre, su orijen, su esencia, 
su fin, sus relaciones i deberes, era el atacado en sus principios 
de fé i de tradición; es claro que todas las ramificaciones del 
sistema participanse del estremecimiento que se daba a su fun- 
damento. Así vemos que en la elaboración filosófica, los trabajos 
se dividen. Unos atacan una relación, un deber, un principio; 
otros la base de fé; otros la conformidad de las tradiciones he- 
braicas con las luces de la ciencia jeolójica. Por eso vemos que 
la elaboración es inmensa, que los trabajos son enciclopédicos i 



— 27 — 

que todos tienen de común el de querer dar nua base científica 
a las creencias humanas. ¡Espectáculo grandioso! trabajo jigán- 
teo! ¡Babel del jenio! ¡Siglo XVIII! — batalla humanitaria que 
reúne el ruido del ariete que derriba i el crujido horrible de los 
que sepulta. Habéis colocado sobre la libertad el peso gótico de 
tanto siglos, mas no veis a la infeliz que con el velo negro en la 
frente presta oido atento a una voz desconocida que le dice: So- 
nó la hora del misterio. Sonó la hora del símbolo mentiroso. El 
hombre ha seguido el curso del rio i ha visto su orijen; se ha ele- 
vado a la cumbre de la montaña i ha dejado la nube bajo sus 
plantas. 

Rayo eléctrico, centella divina, la libertad ajita su cabeza: gol- 
pea la tierra, el universo tiembla, el siglo XVIII se levanta... 
¡Mortales! hincad la rodilla, recibid el bautismo de la nueva 
lei!...Pero la obra no se concluye. Los pobres se exaltan; poder 
político, relijioso, poder feudal, poder positivo, en una palabra, se 
reúnen para sofocar la iunovacion i clavar de nuevo en una cruz 
a la palabra nueva. Las cárceles se llenan, la aristocracia deses- 
pera i despotiza, la inquisición aterra, la delación se entabla, la 
malicia jesuitica carcome. ¿I el enemigo donde está? ¿Cuál es el 
arma tan terrible que se quiere embotar? Mirad a ese hom- 
bre del pueblo que camina taciturno; observad las tempestades 
que revela su frente; mirad la fiereza que lanza su mirada. Ese 
es el enemigo, ese lleva el arma destructora que se llama «el 
principio de la sabiduría es saber dudar.» He ahi el ariete que 
posee; haceos a un lado, dejadlo pasar, vosotros hombres del 
manto negro, vosotros nobles que lleváis la pompa. ¡Ah! le in- 
juriáis, le escupís el rostro, le llamáis filósofo, hereje, artesano 
plebeyo. Bien, él recibe la afrenta, pero os señala un sepulcro. 
Entonces no lo visteis, pero a labora señalada lo tocasteis. 

El temblor sacudió a la civilización en sus raices i todas sus 
ramificaciones también se sacudieron. Nosotros enlazados, como 
hemos dicho, al pasado de la Europa, sentimos también ese esta- 
llido. Algunos americanos pasaban a estudiar i a viajar por la 
Europa, alguna comunicación se habia entablado por la conmo- 
ción de la España invadida por la revolución; algunos libros es- 



— 28 — 

coadidos penetraban; el espectáculo de la renovación francesa era 
esplendoroso para no alcanzar algún tanto de su luz. La revolu- 
ción jerminaba entre nosotros i estalló a la señal de la prudencia. 
Lo demás lo sabemos, vamos a los resultados. 

II 

Chile 

Estiende tu manto, bandera de mi patria! Flamea en nuestras 
montañas, soplo del aire del océano, reflejando los rayos del sol 
cuando se ostenta en la pureza del azul de Chile! Estiende tu 
manto, que es el libro de nuestra patria. Deja que tus hijos te 
lean i revelen lo que puedan de los grandes misterios que tu en- 
cierras. 

¡Gloria a tí, tricolor! 

Nuestra revolución es la mudanza violenta de la organización 
i síntesis pasada para reemplazarla con la- síntesis vaga, pero 
verdadera que elabora la filosofía moderna, nuestra revolución 
no fué aisladamente política, aisladamente industrial, aislada 
del progreso de la humanidad, sino que fué a sedibus imis, de 
raiz, de la unidad que habia, con sus ramificaciones. Nuestra 
revolución, es en fin, la destrucción de la síntesis pasada i el en- 
tronizamiento de la síntesis moderna. No fué un hecho parcial, 
analítico tan solo, sino completo i sintético, aunque percibiendo 
vagamente la realización de los problemas futuros. Pero la obra 
de la planteacion del nuevo sistema de creencias; el pan espiritual 
que era necesario dar a los pueblos después de la destrucción del 
antiguo, no se ha podido elaborar de un modo satisfactorio. La 
razón es esta. 

Las soluciones necesarias para que una sociedad sepa lo que 
es, de donde viene, a donde irá, estaban satisfechas por la fé. La 
fé destruida, es preciso satisfacer e3as cuestiones científicamen- 
te, es decir racionalmente. La ciencia a este respecto que se habia 
ocupado tan solo de la crítica del pasado, no pudo, no tuvo lugar 
de ocuparse de semejante modo. Poner en duda la creencia pa- 






— 29 — 

sada es solamente una obra inmensa. Dejemos pues a la actividad 
científica, ala enciclopedizacion de los conocimientos humanos, 
que preparen la venida del Mesías futuro, es decir del sistema 
futuro, de la síntesis futura, del jénesis futuro, del testamento 
futuro, i últimamente del apocalipsis futuro. Ahora, nuestros 
revolucionarios, armados tan solo de la filosofía crítica, se encon- 
traron con un peso entre las munos que no supieron donde apo- 
yarlo. La impotencia humana en semejantes casos vuélvela vista 
al pasado i afirma el peso sagrado en los restos de la columna 
misma que se habia derribado. Error terrible. Esto es lo que se 
llama reacción, es decir, contra revolución. Esto es lo que sucedió 
entre nosotros. Detengámonos un poco. 

Nuestra revolución fué reflexiva en sus promotores i espontá- 
nea en el pueblo. La revolución reflexiva fué la escéptica en 
creencias nuevas, pero como era número reducido i educado de 
individuos, podía pasarse sin las nuevas creencias. La única ser- 
tidumbre que tenian era la de la libertad que habían conquistado 
i el conocimiento de la falsedad de las creencias pasadas. Tenian, 
se puede decir, la unidad del esceptisismo, por lo cual todas las 
creencias ramificadas con la unidad destruida, se hallaban del 
mismo modo anuladas. Pero el pueblo, que habia abrazado la 
cansa nueva con toda la pureza de la iuspiracion, con todo el 
calor del entusiasmo verdadero; el pueblo que solo habia sentido 
la exaltación política, la conquista del derecho de ciudad; el 
pueblo, no vio en la libertad política sino un hecho solitario 
separado de las demás cuestiones que la refleccion habia derribado 
i el pueblo quedó antiguo. 

Los hombres que encabezaban la revolución reflexiva, hallán- 
dose ellos mismos impotentes para organizar las creencias lógi- 
camente relacionadas con la libertad política, reaccionaron en 
relijion i política para el pueblo. Así vemos en muchos pueblos 
el despotismo constitucional, i el fomento de la predicación. Así 
fueron casi todos los gobiernos americanos al principio; asi caye- 
ron esas capacidades militares por la impotencia de organizar 
lójicamente la sociedad. Así cayeron Bolívar en Colombia i 
O'Híggins en Chile. Reaccionaron en la organización cuando el 



— 30 - 

calor de la guerra republicana aun se sentía. Por el contrario, 
también cayeron esos gobiernos que después de apaciguados los 
ánimos del sacudón revolucionario, quisieron reformar en hechos 
separados, no en la unidad lójica de la revolución. ¿Cuál fué el 
punto culminante de la revolución del siglo XVIII i de la revo- 
lución americana? La libertad del bombre, la igualdad del ciu- 
dadano. El individuo revindicado en todos sus derecbos i en 
todas las aplicaciones de estos derecbos. Se reconoció en el bom- 
bre la igualdad de su oríjen, de su derecho i de su fin. Luego las 
condiciones necesarias para cumplirlas les son debidas lójica- 
mente. El individuo, como hombre, en jeneral pide la libertad del 
pensamiento, de donde nace la libertad de cultos. El individuo, 
como espíritu libre, espuesto al bien i al mal, necesita educación 
para conocer el bien. El individuo, el yo humano, cuerpo i alma 
nececita propiedad, para cumplir su fin en la tierra. La propie- 
dad la necesita para desarrollar su vida intelectual, su vida físi- 
ca i la de sus hijos. Luego las condiciones necesarias para adqui- 
rirlas i para adquirirlas de un modo completo, le son debidas. 
De aquí nace la destrucción del privilejio, de la propiedad feu- 
dal i la elevación del salario a medida que se alza la dignidad 
humana. 

Estos son, pues, los puntos culminantes de la revolución. — 
Si los gobiernos hubieran comprendido que el desarrollo de la 
igualdad era el testamento sagrado de la revolución, que la igual- 
dad es la fatalidad histórica en su desarrollo, no hubieran su- 
cumbido. Afirmándose en la tierra i elevando la frente gloriosa 
de los héroes, el pueblo los hubiera sostenido asi mismo. I en- 
tonces con la autoridad lejítima, de la gloria con que arroban, 
de la justicia con que .lejislan, hubieran podido cimentar por 
medio de la educación jeneral la renovación completa del pueblo 
que habia quedado antiguo en sus creencias. Si no habia un sis- 
tema completo que darle, habia que darle la exaltación de la 
indomable voluntad i el conocimiento de todos los demás indivi- 
duos como otras tantas voluntades indomables: es decir, darle a 
conocer la igualdad de la libertad. 

I he aquí el punto inerrable de partida, la piedra de toque 



— 31 — 

para todos los sistemas humanos, la noción de la existencia so- 
cial, tan cierta como la de que los cuerpos estáu en el espacio. 

La igualdad de la libertad. 

He aquí el Paraíso de donde liemos sido despojados; he ahí el 
infinito de la grandeza humana; he ahí el reino de Dios acá en 
la tierra. 

La igualdad de la libertad, es la relijion universal; es el go- 
bierno de la humanidad; es la unidad futura. 

(1) La libertad es infinita, es el complemento i la cúspide de 
la creación humana; luego la igualdad, que no tiene otro límite 
que la misma libertad, es el enlace, la formación de la compren- 
sibilidad de la felicidad del bien absoluto. 

De aquí sacaremos nosotros la teoría que deben tener las so- 
ciedades i gobiernos. 

¿Qué son esos hombres de los gobiernos que hemos tenido i 
que tenemos, que se precian de ser sabios en la dirección de la 
' sociedad? ¿Qué se precian de poseer ei secreto de la felicidad, 
conservando las tradiciones antiguas, respetando la organización 
de la propiedad, que evita el noble desarrollo de loa hombres, 
fomentando las creencias destruidas por la revolución i rijiendo 
al pais por las leyes inferiores a las luces, a las circunstancias 
del pueblo que se manda? 

Diremos que nuestros gobernantes son cabezas organizadas 
para la sociedad cuando admiten tradiciones i reformas, bienes i 
males. 

Examinemos rápidamente la lójica de nuestros hombres en el 
espíritu i cuerpo de Chile, en el yo chileno. 

Nosotros hablamos desde la altura de nuestro criterio revolu- 
cionario. 

O salimos de la revolución o no. 



(1) La libertad es infinita. Esta proposición no es verdadera, sino como 
concepción de la idea libertad, que se identifica con la lei. La libertad co- 
mp lei — la lei como encarnación de la potencia libre: autonomia, autocra- 
cia, i nomocracia de un ser libre. 

(N. de la 3." K.) 



— 32 — 

Si salimos de ella, nuestro deber es completarla, sino, nuestro 
deber es definir lo que somos i cual es nuestra tradición como 
nación. O los gobiernos lian salido de las entrañas de la revolu- 
ción i entonces es lejítima su existencia, o no, i entonces son des- 
conocidos como autoridades del pueblo revolucionario. Esta es la 
base con la cual podemos calificar a los gobiernos en la clasifi- 
cación de la vida nueva de Chile. Hemos tenido dos revoluciones 
civiles. 

Hemos, por consiguiente, tenido dos clases de gobierno. Gobier- 
no de tradición republicana, es decir, revolucionario, i gobierno 
de tradición del orden antiguo. O'Higgins, que fué el primero que 
se encontró ante la marcha futura, fué también el primero que 
tuvo que tomar una decisión pronta en su marcha. Se encontró, 
cual se han encontrado tantos jéuios en semejantes circunstan- 
cias. Han sobrepujado los obstáculos, han triunfado, han sido 
los héroes de la destrucción i la guerra, viene la paz, i la paz 
necesita organización, porque es el resultado de la armonía de 
los elementos sociales o del triunfo completo de un principio, i 
de la organización vencedora de un sistema completo de creen- 
cias. O'Higgins quiso organizar los elementos sociales: es decir, 
las tradiciones chilenas con las ideas nuevas, i el poder que los 
llevase a efecto. Pero en semejante obra vio asomar las resis- 
tencias i entonces tan solo quiso organizar el poder i fué déspota. 
El pueblo revolucionado en política protestó i O'Higgins cayó 
como hombre de organización i como hombre de tradición republi- 
cana. — O'Higgins no concibió el triunfo completo del principio 
revolucionario, es decir, social, relijioso i político. Vio tan solo 
el poder político, la fuerza que el mismo Chile habia levantado. 
Este poder lo volvió contra su mismo seno, pero el seno lo arrojó 
de sí. O'Higgins, bajo el último aspecto de la organización de un 
pueblo nuevo, como hombre, era impotente para presentar una 
síntesis completa. Bajo este aspecto dudaba. Dudar en semejante 
posición es bambolear, bambolear es caer. Su deber era afir- 
mar lalójica de la soberanía popular de donde habia salido; de 
este modo hubiera cimentado los resultados indisputables de la 
revolución i en cuanto al aspecto relijioso, adquirido una posición 



— 33 — 

respetable, atrincherado en la igualdad de todos i en la libertad 
del pensamiento. Pero no, dejar campo a que la tradición se 
afirme, i dar un golpe democrático apoyado en la exaltación ple- 
beya. Las tradiciones republicanas i liberales apoyadas en un 
jefe que reunia la gloria de las armas, fneron entonces las que 
lo derrocaron. Este es Freiré, que fué un continuador de la revo- 
lución. Pero después de haber vencido i encontrándose también 
delate del misterioso porvenir, le llegó también el tiempo de 
dudar. Freiré es un hijo lejítimo de la revolución, la comprende 
i quiere continuar sus resultados. 

Querer continuar los resultados de la revolución es querer 
hacer otra revolución, es decir, la renovación de la unidad de 
creencias pasadas que no han sido desechadas de la intelijencia 
popular. Ahora esta obra necesita la conciencia de los nuevos 
principios i la voluntad revolucionaria que no apea. El calor re- 
volucionario pasaba i las clases antiguas, que son conocidas en- 
tre nosotros con el nombre de pelucones, fomentaban las preocu- 
paciones populares. Ahora también le toca a este nuevo gobierno 
la época de duda, es decir de abdicación. Después los gobier- 
nos que ha habido entre nosotros como verdaderos representantes 
de la tradición española, son los de Pinto i Prieto. Estos gobier- 
nos son también conocidos. 
Gobierno de Pinto. 

Revolucionario. La educación que es el modo de revolucionar 
i completar las revoluciones, recibe en esta época todo el desarro- 
llo posible. En esta época fué cuando vino a Chile este número 
de estranjeros que nos ha producido tantos bienes (1). 

Todos los ramos de los conocimientos humanos son compren- 
didos en la vasta esfera de la enseñanza. La filosofía que nos 
habia dado libertades, es introducida entre nosotros, libre como 
su esencia. El derecho político i, civil, estas dos ciencias indis- 
pensables para la armonía social e individual, fué entóncesjcuan- 



(1) Citaremos algunos que merecen la perpetua gratitud de los chilenos: 
Mora, Bello en primera línea. Bello es la joya mas preciosa de la ciencia 
de Chile. Porter, Lozier, Beauchemiu. 



— 34 — 

do se supo lo qne eran entre nosotros. El escolasticismo i el 
código español con todos sus secuaces, temblaron al análisis qne 
los devoraba. 

El número de escuelas se aumentaba, las instituciones benéfi- 
cas cundian. La industria i el comercio, recibiendo el aliento de 
la economía política, prosperaron en tan poco tiempo que Chile 
entonces con relación a su tiempo fué cuando estuvo mas rico 
como nación i como sociedad. No había instituciones de privile- 
jio en el código constitucional. Todos podian aplicar sus facultades 
a la industria que la naturaleza les daba: no habia estanco. No 
habia mayorazgos, ni vinculación que impidiese el libre desarrollo 
de los fundos. La introducción de libros era libre. No habia cen- 
sura ni censores. La política conservaba una posición atlética 
ante las formas de las creencias antiguas, ante las comunidades 
relijiosas. Algunas de las propiedades que poseían las comunida- 
des de frailes, fueron devueltas a sus dueños primitivos, a la 
nación. El espíritu público i de ciudadanía fué entonces cuan- 
do se conocía entre nosotros. Las Cámaras elejidas por el espí- 
ritu público produjeron los mejores oradores de la tribuna chile- 
na. Se ve, pues, que todos los actos de esta administración eran 
lójicos con la revolución de la independencia, escepto el artículo 
de la Constitución que prescribía el esclusivismo del culto cató- 
lico. La constitución calificada con la ciencia política de entonces 
érala mas completa, la mas perfecta que se podia apetecer. Allí 
estaban todos los resultados de la revolución; la igualdad, la 
libertad, la propiedad i la seguridad de todos los derechos, de 
donde salió aquella lei tan gloriosa, tan lójíca «no hai esclavos». 
Allí estaban todas las formas que el republicanismo moderno 
habia elaborado. Temporalidad sumamente responsable del Poder 
Ejecutivo i división de las Cámaras. 

En fin, se puede decir que era la espresion del siglo, el cuadro 
ideal al que era necesario conformar la sociedad. 

Mas quitemos la corona de flores, ciñamos el crespón a nues- 
tra frente; arranquemos la alegría de nuestro corazón, que vamos 
a pasar a la mansión del silencio tenebroso. 

Habia paz, habia prosperidad, habia libertad, pero todos aque- 



— 35 — 

líos hombres a quienes favorecía el privilejio destruido, todos 
aquellos hombres de la educación antigua, todos aquellos hom- 
bres que caen en la unidad después que ha caido el orden que 
los engrandecía ; todos los ignorantes, el elemento indíjena espa- 
ñol que no puede resistir en su orgullo a la innovación de creen- 
cias, de formas de gobierno, de costumbres liberales en la esfera 
pública i pii rada, mordían el freno en el silencio de su rabia. — 
La educación invadía a las creencias españolas. La autoridad 
favorecía la invasión. Luego destruyamos esa autoridad. 

El gobierno destruía los privilejios comerciales e industriales. 
Luego nosotros privilejiados destruyamos ese gobierno. ¡ 

El poder político examinaba i tocaba la posesión de los soste- 
nedores del orden antiguo. Luego vosotros frailes i clérigos i 
privilejiados, destruyamos ese poder político. 

El gobierno es hereje, quiere renovar las creencias antiguas 
de la plebe; quiere ilustrar. Luego exaltemos a la plebe católica 
antigua, contra la ilustración i la herejía. 

Reconozcamos los elementos de la reacción que se prepara. 

La ilustración nueva es la elevación de la conciencia individual, 
es la libertad. 

La destrucción del privilejio es igualdad i eleva la libertad de 
todos a la propiedad; es la libertad. Quitar el apoyo terreno a 
los sostenedores del orden antiguo, es destruir su autoridad. 
Destruir la autoridad, de los sostenedores de la fé, es elevar la 
libertad. 

Renovar las creencias de la plebe, sustituir la educación filo- 
sófica, es darles su conciencia individual, es formar la revolución, 
Afirmar la revolución es entronizar la libertad. 

He ahí los elementos nuevos. Ahora, ¡orden antiguo! creencias 
absolutas, despotismo de la Edad Media! España de la conquista, 
aristocracia del hombre, regocijaos! 

Esa piedra sepulcral que se os echaba va a caer. Recojed sus 
despojos i herid con ellos. ¡Vais a resucitar sombríos, e infernales 
como las mansiones a donde os habia arrojado la verdad! 



— 36 — 1 



III 



Resurrección del pasado 



La influencia del caballo en el carácter de la vida de los pue- 
blos es notable. La influencia de la ocupación para que es nece- 
sario, también tiene la mayor influencia en el carácter de los 
habitantes. El cuidado de ganados separados i dispersos entre 
montañas i llanuras, necesita del jinete activo que los cuide. El 
ejercicio de la caza en la cordillera de los Andes, la agricultura 
misma, necesita del jinete que recorra i que trille los granos que 
se siembran. Jinetes pastores, jinetes de caza i jinetes de aven- 
tura, son las principales clases de hombres que hacen entre noso- 
tros su vida en el caballo. 

El huaso, que resume las cualidades que notamos, tiene por 
cierto, su carácter mas peculiar, mas orijinal i mas salvaje en 
los lugares que favorezcan por sus pastos i guaridas las crianzas 
de ganado. En Chile, el sur es mas estenso, mas regado, de me- 
jores tierras para el pasto, i de mejor clima para el hombre i el 
animal, es frió i exita la actividad; montañoso i acostumbra ala 
constancia, a la separación i últimamente al desarrollo físico del 
pecho. 

Estas influencias de la localidad, producen resultados morales. 
El huaso corriendo por la sierra de los montes, respira la inde- 
pendencia en su carrera. 

El huaso sepultado entre los montes, se encuentra separado 
de la comunicación moral; es solitario, selvático. El aislamiento 
enorgullece. Siempre ve i ha visto lo mismo. No sabe sino lo 
que sus padres le enseñaron i esto es para él, el punto lineal de 
su trabajo intelectual. Lo demás lo rechaza. El ¿saber menos? 
su orgullo no lo permite. 

De aquí' se ve salir el espíritu tradicional de los hombres del 
caballo que pasan su vida vagando o dando vueltas al rededor de 



— 37 — 

su círcnlo. Las creencias de nuestros huasos son católicas i es- 
pañolas. Estas creencias de suyo tradicionales i tenaces, encar- 
nadas en hombres cuyo espíritu es conservar i que no pueden por 
la vida que llevan presenciar espectáculos distintos, deben tener 
un completo desarrollo, de aislamiento, de barbarie i de conser- 
vación. El sur de Chile, la vecindad del elemento indíjena, es el 
que posee las localidades mas aparentes para conservar en la 
jen te del caballo las tradiciones i creencias antiguas. Luego la 
reacción anti-revolucionaria, anti-liberal, debe salir de allí, o 
tener esa jente los sostenedores mas decididos. 

Esta es la teoría, veamos los hechos. 

¿Os acordáis de aquellos dias en que Santiago tenia cerradas 
las puertas de sus casas i en que el temor revestía los rostros de 
sus habitantes? 

¿Esos dias en que se escuchaba el cañón en las puertas de la 
capital? ( 

Si; los acontecimientos son nuevos, las imájenes están todavia 
palpitantes para que las hayamos olvidado. 

Pues bien, ¿no visteis en esos dias de silencio pavoroso a una 
multitud de hombres que pasaban a escape por las calles? 

¿Qué llevaban la cabeza atada, la bota del campo i el poncho 
del huaso? 

¿Qué blandían el hacha en nna mano i en la otra el puñal i las 
riendas? 

¿Qué llevaban el vandalaje en los ojos i la espuma de la rabia 
en la boca? 

¿Qué arrastraban alfombras, muebles despedazados i vestidos 
de habitantes? 

¿Qué pasaban en grupo, gritando i formando un estrépito de 
demonios? 

Esos hombres son los que han bajado de las montañas i llanos 
del sur a la voz de los que exaltaron su fanatismo i les prome- 
tieron saqueo. ¡Helos allí! ved en acción el espíritu salvático, el 
espíritu rencoroso del ignorante i salvaje a lo que es nuevo i civi- 
lizado. Con todo, sigamos el aparato esterior del enemigo, vea- 



— 38 — 

mos el ejército i el campo donde la partida del Alba va a recibir 
sus órdenes (1). 

El ejército de la ciudad era llamado ejército francés. Su fuer- 
za principal era la infantería. Sus jefes, las reputaciones ilus- 
tradas de la revolución. — El ejército enemigo poseía la caballería 
del sur. Sus cargas eran brillantes i salvajes. El sable del jinete 
recibía el balazo de los cuadros, pero era recbazado. La táctica 
de la infantería sobrepujaba sus esfuerzos, la caballería fué dis" 
persa. La victoria fué entonada por el ejército de la causa liberal. 
Ochagavía fué el becho glorioso de las armas dé la revolución 
contra la hidra fanática i retrógrada. El silencio de la derrota 
vagaba por su campo; pero el silencio activo del que medita; el 
silencio del que anima; el silencio del que callado va a clavar el 
puñal en la espalda del enemigo victorioso. Observad ese campo 
enemigo, ved el grupo de los ricos i privilejiados por el estable- 
cimiento del estanco; ved esos abogados del código español inte- 
resados en la existencia del edificio pasado; ved los clérigos, que 
en las tinieblas de la noche se reúnen para protejer esa causa ; 
ved esos hombres de las selvas del sur que aspiran por la des- 
trucción de la ciudad o por su dominio conquistador; ved, en fin, 
esa multitud de viejos i de españoles que inundan ese campo, i 
entonces decid'¿si no veis la rehabilitación palpitante de la Es- 
paña antigua, la rehabilitación del fanatismo relijioso, del pri.- 
vilejio comercial, de las costumbre ? superticiosas i del fomento 
de las comunidades frailescas? 

Decid. 

Ved el otro campo, ved esos hombres gloriosos, ved la cultura 
de la civilización, ved los hombres de la ciudad, los descendientes 
lejítimos del año 10; los ilustrados, los herejes si queréis; ved el 
fusil empuñado por el hombre de la industria i entonces compa- 
rad. Ahí están los cuadros a la vista, elejid; sentenciad, según 
la lójica de la revolución i asignad la victoria. En efecto, la vic- 



(1) Partida del Alba. Una montonera célebre al servicio de los pelu- 
ccnes que por la hora de sus asaltos se denominó así. 

^N. de la 3.» B.) 



— 39 — 

toria fué de la justicia. Pero la victoria faé entre chilenos i la 
nobleza del alma del vencedor se apoyó en la fé del enemigo. 
El desprendimiento, la confianza, virtudes de la nobleza del 
alma, fueron burladas por el misterio, por la mentira, por el 
engaño, por la traición. Lo demás lo sabemos. Prieto ha recibido 
la sentencia de la historia. Lastra la absolución de la inocen- 
cia (1). 

El enemigo está debajo. El vencedor le pone la planta en el 
cuello. El miserable pide perdón; el vencedor le da la mano, lo 
levanta, pero el vencido ya de pié, saca el puñal que ocultaba i 
lo entierra en el corazón que lo habia perdonado. 

Lircai, sabemos tu fin. Conocemos la sangre alli vertida; sa- 
bemos tus pormenores bárbaros. ¡No equivoquemos las sombras 
de Tupper, de Várela, de Bell i tantos otros! 

No recordaremos al héroe vencido que ha tenido que recorrer 
el grande océano, arrojado de su patria: Freiré! 

Examinemos la institución del orden vencedor. Daremos tan 
solo los resultados e instituciones culminantes. 

La reacción es apoyada en la unidad antigua de creencias. Esa 
unidad era el catolicismo. Luego foméntense todas las preocupa- 
ciones análogas, satisfáganse todas las preocupaciones inherentes. 
De aquí nace la devolución de todas las posesiones a las comu- 
nidades. El establecimiento del culto en un grado elevado i pom- 
poso. Hai ministro de culto, se entablan procesiones i fiestas; se 
decreta mayor suma del erario para semejante fin. 

La educación libre es revolucionaria. La educación libre es la 
corriente del pensamiento que se precipita fatalmente al curso 
señalado por la gravitación, en la educación está la lójica de la 
libertad. Luego sofrenemos esa lójica i démosle otra dirección al 
torrente. De aquí nace la institución del Seminario, la censura 



(1) El jeneral Lastra jefe del ejercito vencedor, recibe como vencido al 
jeneral enemigo. Cesa el fuego, se suspende la persecución, i el jeneral 
Prieto invita a Lastra para descansar i tratar en una casa. Se acepta el 
convite, i en esa casa es hecho prisionero el jeneral vencedor. 

(N. de la 3.' E.) 



— 40 — 

de libros, la limitación de los estadios i sa esfera circunscripta. 

De aquí nace la promulgación de misiones frailescas, la pro- 
mulgación de los libros del fanatismo. La venta de novenas i de 
libros místicos es grande. 

Se hace caer sobre el orden derrocado el epíteto de ilustrado i 
de hereje. 

La industria i el comercio deben ser coercitivos, es decir deben 
exaltar el nacionalismo contra la perfección europea. 

La jeneralizacion i la facilidad de los medios de adquirir exi- 
tan la actividad individual. La elevación del individuo es contra - 
ria a la organización unitaria del despotismo. El establecimiento 
de una clase a quien favorece el monopolio es el medio mas ac- 
tivo de conservar un sistema de organización. Luego establézca- 
se el Estanco i el sistema prohibitivo de comercio. 

La fuerza en la unidad central es el medio de llevar el sello 
del orden antiguo a las individualidades provinciales. La liber- 
tad provincial, tira a romper los vínculos despóticos i a elevar 
los individuos por medio del espíritu público. Luego la admi- 
nistración provincial debe ser enteramente dependiente del cen- 
tro. El intendente debe ser nombrado por el gobierno i removi- 
do por él. 

La lejislacion española se desarrolla. Su barbarismo se dedu- 
ce para los boletinos legales. El pueblo está contento i satisfe- 
cho con la restauración de las preocupaciones. Luego manten- 
gámoslo en ellos i obremos sobre él como queramos. El terror 
penal es excelente para la sumisión. Las penas no son lecciona- 
rias, correctivas; esto necesitaría organización moral i filosófica. 

Luego apliquemos el azote, la degradación individual, la pena 
pecuniaria por la injuria i atraigamos la maldición de Dios sobre 
los carros (1). 

La organización despótica que se ha elevado sobre el republi- 
canismo vencido, necesita apagar las resistencias que se exaltan. 



(1) Los Carrón eran prisiones para los detenidos de la justicia, aquienes 
se condenaba a trabajos públicos. 

(N.delE.) 



— 41 — 

De aquí nace la necesidad de facultades estraordinarias, i el pre- 
supuesto miserable de gastos secretos. 

El resultado fué grande. La ilustración fué despreciada. Era 
mal mirado ante el público i en los salones el que no se sometía 
escrupulosamente a las antiguas formas de creencias pasadas. 
Los Conventos se pueblan, el Seminario se llena, el espíritu pú- 
blico se asusta. Fh violan las libertades individuales, el despotis- 
mo fomenta las delaciones i las costumbres se envilecen. Desa- 
parece la confianza mística, las tertulias son ojeadas, el temor 
se estiende, el aislamiento del egoísmo se prepara. Se teme dar 
su opinión en público, el espíritu se concentra i estallan las con- 
juraciones nna tras otra. El despotismo levanta peligros, sor- 
prende a los individuos, los encarcela, los destierra i aun los 
asesina (1). Las facultades estraordinarias pasan su mano omni- 
potente sobre la cabeza de los ciudadanos, i el ciudadano se 
aterra, se esconde, denuncia i engaña, o siente su peso tremendo. 

Pero el vulgo ve comulgar i confesar al Presidente. Esto basta, 
esto es una garantía contra la herejía ¿Lo demás que importa? 
hágase la voluntad suprema, seamos dóciles al yugo. Tenemos 
'fuegos en el 18 (2) i paseo a la Pampilla; tenemos procesiones, 
rogativas i misiones; ¿qué mas queremos? ¡bendito sea el gobier- 
no que tenemos! 

He ahí un cuadro débil, rápido e incompleto de ese decenio 
decantado i que llamamos resurrección del pasado. 

Caigamos sobre el presente i sobre la administración actual. 

¿El gobierno actual es continuador de la resurrección del pa- 
sado i por consiguiente retrógrado, o es continuador de la revo- 
lución? 
. He ahí la cuestión. 



(1) Me refiero al jurado de El Diablo Político. El jurado declaró ino- 
cente al escritor, i por consiguiente asesino al gobierno. 

(N. de la 3.» B.) 

(2) 1S de Setiembre de 1810. Aniversario de la revolución de Chile. Dia 
festejado por todas las clases i por la autoridad. 

(N. de la 3." E.) 



— 42 — 

Examinemos un poco sus antecedentes. 

Los mismos desaciertos de la administración pasada, ocasio- 
naban una separación entre sus miembros. El partido liberal se 
aumentaba fatalmente. La base del edificio se minaba. Del mis- 
mo seno del partido gobernante sale otra secta o partido que 
tiende a una marcha distinta entre el pasado i el porvenir, entre 
pelucones i liberales. Este partido débil en el carácter mediador, 
en sus principios se llamó «filopólita.» Hubo deserción del par- 
tido, tal es la fuerza de las cosas. 

Las elecciones se acercan, el partido liberal toma una actitud 
importante. Se asocia i se muestra decidido. Su número es grande, 
la juventud lo signe, los recursos se disponen. El pasado encar- 
nado en Prieto i Tocornal, cuenta con todo el poder de las cofra- 
días i de los conventos, i de los numerosos restos españoles que 
nos quedan. Pero el pasado no se muestra entero por Tocornal. 
El partido mediador que se habia separado i la influencia militar 
proponen a Búlnes. — El partido liberal, inocente como siempre, 
no teme en presentar a su antiguo mandatario, a Pinto, el hereje 
i que cargaba con la maldición entera del pasado. 

Llegan las elecciones, los partidos trabajan. Búlnes salió de la 
reacción del pasado; luego toma al vulgo en su favor. Búlnes 
reunia las cualidades que halagan a la plebe i al soldado; es va- 
liente i huaso. Tenia entonces en la frente la corona de Yungai. 
Sus partidarios, es decir los hombres ricos por el privilejio anti- 
guo, necesitan una administración que les perpetúe i conserve 
su ganancia. Búlnes vino con las hordas del sur, con Prieto, con 
la reacción. Luego Búlnes nos conviene. Desembolsan dinero, 
las elecciones se ganan, Búlnes es presidente i se entabla la ad- 
ministración actual. — Sale por consecuencia de los antecedentes 
que hemos espuesto que la administración actual es continuadora 
de la pasada, aunque vistiéndose un poco a la moda. Examine- 
mos sus hechos actuales i su marcha i entonces lo calificaremos 
según los principios tradicionales de la revolución. 

Las formas de la administración pasada han sido respetadas. 
Ninguna lei que marque de un modo deslindante la trancision 
de un gobierno retrógrado a un gobierno progresivo. Sobre las 



— 43 — 

creencias retrógradas se ha elevado la administración actual, i 
el carácter progresista que se precia haber tomado no lo vemos. 
La inmortalidad de un gobierno en la historia de su pueblo, con- 
siste en comprender la idea culminante que el siglo le presenta 
para su realización i realizarla. Entre nosotros la idea culminan- 
te como herederos déla revolución es completarla. Completarla 
revolución es apoyai r£ democracia en el espíritu i la tierra en la 
educación i la propiedad. Esta obra es la destrucción de la sínte- 
sis autoritaria del pasado i la sustitución de los principios que la 
filosofía reconoce con el sello de la inmortalidad. Esta obra im- 
porta una revolución. Su éxito seria probable, pero su resultado 
en la historia de la actividad humana es infalible. Esta obra de 
renovación social debe salir siempre de la representación filosó- 
fica lejislativa de la nación, es decir del lejislador. 

Nosotros carecemos de representación capaz de reorganizar un 
batallón de propaganda. Luego el Poder Ejecutivo que en los 
pueblos nuevos ejerce un poder tan importante, debe ser el enca- 
bezador de la revolución. Ahora si el Jefe del Poder Ejecutivo 
reúne la popularidad de tradiciones i de glorias, nadie mejor que 
él seria capaz de encabezar felizmente la revolución sintética en 
las masas. I he aquí la posición brillante de la administración 
actual, la oportunidad que la historia le señala con la amenaza de 
perder la ocasión i de confundirlo entre la multitud de los igno- 
rantes e incapaces de inmortalidad. Tendréis paz, mantendréis 
el orden, compondréis un camino, paseareis por el campo, se os 
saludará en el 18, pero el olvido o el anatema de la historia os 
prepara el epitafio de la impotencia.— He ahí la posición única 
del presidente Búlnes. Si no la comprende, compasión al que 
tiene en su mano la antorcha de la verdad i la apaga por no poder 
soster su brillo. 

Pero concluyamos de desenvolver el carácter tradicional que 
la administración presenta. 

El código constitucional que organizó la República de ese 
modo unitario tan despótico es el que nos rije. Esto impide que 
surjan las individualidades provinciales i que la vida recorra el 
territorio chileno. 



— 44 — 

Existe totavia el código que organiza legalmente al despotis- 
mo, destruyendo todas las garantías que conquistó el republica- 
nismo, cuales son las formas necesarias para la seguridad de los 
derechos individuales. 

Existe en el gobierno el mismo respeto por las formas de la 
síntesis pasada. Se hace venir frailes de Europa, i este solo 
hecho basta para caracterizar la ignorancia de una administra- 
ción en el tiempo en que vivimos. La organización esclesiástica 
ejerce un poder influyente i separado de la influencia política. El 
sistema católico reina en toda su existencia. El cura diezma to- 
davía, el cura comercia con los matrimonios i bautismos. El 
Erario gasta a manos llenas en el culto, crea obispos, arzobispos. 
El poder eclesiástico tieue una posición importante i el gobierno 
lo tolera; el gobierno es hipócrita. En la esfera del comercio i de 
la industria existen todavía los restos de la síntesis prohibitiva 
i privilejiadora. El Estanco existe, la monedase quita de la cir- 
culación para formar un banco. Quitar de la circulación la muneda 
es empantanar los caminos. Guardarlo para juntarlo, es perder 
el empleo de los capitales, es perder. 

El réjimen interior de los intendentes es tan conocido que no 
nos detendremos en su examen. 

La educación está dividida en dos clases. La una poco adelan- 
tada i retrógrada la otra. Juzgúese de la unidad de la civilización 
se prepara. El Instituto sopla nn poco el fuego de la intelijencia. 

El Seminario i los conventos la encierran bajo de techo. La 
educación un poco adelantada es heterojénea. Allí está lo nuevo 
i lo viejo, la filosofía i el catolicismo, la lejislacion filosófica i los 
testos canónicos. Pero en cuanto a la unidad de estudios del cole- 
jio es materia de otro artículo i la hemos tratado de anterior- 
mente. La educación allí está encadenada a la síntesis antigua 
recargada de prácticas i falta de conocimiento relativo de la vida 
social i humanitaria. La síntesis antigua que debia rejenerarse 
se propaga. Los libros que se dan a las escuelas son antiguos i 
relativos al tiempo pasado. Digamos pues si en las cortas obser- 
vaciones que llevamos no va envuelto el carácter conservador i 
retrógrado de la administración actual. En educación, en culto, 



--afe- 
en hacienda i en réjimen interior. Esto se puede decir no es mas 
que un pequeño programa de oposición. 

Pero el punto culminante donde toda administración escolla 
o recibe una corona de la historia, permanece tranquila. Habla- 
mos de la elevación de las masas a la soberanía nacional, a la 
realización de la dem¡ cracia. 

He ahí el grande espectáculo; el pueblo, la imájen del infinito 
si puede haber imájen de él. Helo aquí que va i viene sosegado, 
sin la conciencia del poder de sus entrañas. Helo allí que pue- 
bla las cárceles,- que abastece el cadalso, que jime en los carros, 
que enriquece al propietario, que sobrelleva el insulto; helo allí 
trabajando para el cura, para el Estado i para el rico; helo allí 
recibiendo la sucesión de los dias con la frente de mármol i sin 
reflejar eu sus ojos la divinidad de la Luz. La noche misteriosa lo 
recibe fatigado i le proteje un descanso auimal. El díase levanta 
i el sol de Chile luminoso sirve tan solo para secar el sudor de 
su angustiada frente.... 

El pueblo así, sin conciencia de su individualidad i de su po-, 
sicion social, animalizado con el trabajo del dia i para el dia, es 
el tropel i torrente que amenaza con la voz del sedicioso, la des- 
trucción de nuestro progreso. El peligro se vé, el abismo está 
palpable i no se le arroja nada para taparlo. ¿Queréis que se llene 
de cadáveres? ¿O creéis tener la fuerza suficiente para saltarlo? 
Error. La mano del plebeyo levantada, es la montaña que se 
despeña. — Esa mano no se detiene sino cuando levanta las ce- 
nizas de Urque ha destruido. Evitad que la levante; — ponedle en 
la mano el instrumento, barrenad su cráneo con la palabra, se- 
ñaladle el porvenir dichoso i entonces veréis el pueblo — asocia- 
ción, no él pueblo — rebaño, no el pueblo, cual boa constrictor 
con su boca amenazante. He aquí pues la obra, he aquí la polí- 
tica, he aquí el carácter de una administración histórica. — Esto 
se descuida, esto se olvida i esto no se atiende, sino con la mi- 
rada paliativa i miserable de !a conformidad. 

Se iustituyen algunas obras benéficas, pero ohras, pero insti- 
tuciones que son barnices en el edificio que se desploma. Exami- 
nad los cimientos, examinad la tierra, examinad el barretero que 



-46- 

la cabe i entonces examinareis la cuestión. Mientras tanto no ha- 
céis sino remendar en lo viejo. 

Aquí estamos. La cuestión del siglo es esta; la cuestión hu- 
manitaria es esta, la cuestión que señala la fatalidad histórica 
es esta. ¿No la tomáis en cuenta? pues idos a confundir éntrela 
turba, bajad de las alturas que indignamente ocupáis. Pero si os 
conserváis tales como sois, resignaos al tener por única memoria 
de vosotros, la compasión que inspira la ignorancia o el odio que 
acarrea la maldad. 

IV 

Conclusión i fin 

El desarrollo de la revolución ha sido la lei que nos ha guiado 
para calificar nuestra vida política. 

Desarrollar la revolución es continuar la obra destructora, so- 
bre lo que vive del pasado i organizar las creencias que se arran- 
quen del caos humanitario. 

La organización de la sociedad es *la consecuencia de la orga- 
nización de las creencias. 

La unidad que organizaba las creencias pasadas, ha sido des- 
truida i el: 

Que suis-je oú vais-je et d' oú suis-je tire (1). 

Que soi, a donde voi i de donde he salido, está patente i nece- 
sita la solución científica. 

Por consiguiente nos falta la relijion científica. 

Aquí estamos. 

Ahora nosotros preguntamos, si la obra del socialista, del lejis- 
lador, o del que gobierna, es desesperar, o de permanecer indi- 
ferente, o de estarse en las soluciones antiguas de los problemas 
humanos. 

No. — Desesperar es del débil. — Permanecer indiferente, es de 
las bestias indignas del nombre de seres humanos. — Estarse a 

(1) Voltaire. 



— 47 — 

las soluciones antiguas, es de la ignorancia impotente. — ¿Qué 
hacer? He aquí la cuestión. 

El espectáculo presente es lamentable. Observemos la anar- 
quía intelectual, pero la anarquía es transitoria. El triunfo de lo 
viejo se ostenta en las formas de la civilización antigua. Toda- 
vía hai monarquías, todavía hai aristocracia, todavía hai autori- 
dad papal i eclesiástica. Esto es atendiendo ala cascara humana 
i miserable de las cosas. La metafísica social a veces dá pasos 
de jigante, pero siempre presenciamos la lucha del alma i del 
cerebro. El uno por entronizar la esperanza i el otro por derribar 
los cielos. — Con todo, nuestro deber, la cuestión que debemos 
ajitar, es la de la averiguación de la lei i su carácter obligatorio 
como lei. Dado este paso estoico de la ciencia, lo demás podremos 
esperarlo, apoyando una mano en la conciencia individual i con 
la otra invocando la inmortalidad. 

Por consiguiente nuestro trabajo en la esfera política i relijio- 
sa es de aceptar los hechos indestructibles que reconozcamos i 
publicarlos. 

Así como la duda retrocede ante la conciencia de la existencia 
del yo, así también la duda política i relijiosa se detiene a con- 
templar el grandioso e irremediable espectáculo de la libertad 
que hemos conquistado filosóficamente. 

La libertad del individuo como cuerpo i como cosa que piensa. 
He ahí un hecho. 

La igualdad de mi semejante en cuanto es otro templo, don- 
de Dios ha colocado también la libertad. He ahí otro hecho. 

La libertad e igualdad social, es decir de todos: soberanía de 
un pueblo. He ahí otro hecho. 

La libertad de la concepción divina, es decir, democracia reli- 
jiosa. He ahí otro hecho. 

La libertad e igualdad política, es decir, democracia propia- 
mente dicha. He ahí otro hecho. 

La conciencia del derecho libre, que da el derecho de defen- 
derlo i propagarlo para convertir en individuos libres a los que 
no lo son, es decir derecho de civilizar i de aumentar los hijos de 
la divinidad. He ahí otro hecho. 



— 48 — 

Be estos hechos nace la base del sistema futuro de creencias. 
Son pocos pero son irrefragables. Son indisputables. Luego tie- 
nen que entrar a servir de base en la relijion futura. 

Mientras tanto, nosotros pobres diablos, de buenas intencio- 
nes haremos lo que podamos i saquemos para nosotros las con- 
secuencias siguientes: 

Orden, relijion i política. 

En cuanto al 1.° debemos tan solo atenernos a la moral uni- 
versal que reconozcamos. 

No matarás 

No robarás 

No adulterarás 

No dirás falso testimonio ni mentirás. 

En cuanto al robo queda vago mientras no se defina la pro- 
piedad con relación al derecho de todos para desarrollarse moral 
i físicamente. 

En cuanto al adulterio queda vago, mientras no se defina se- 
gún la libertad que ha alcanzado la mujer, la esfera de su deber 
con relación al marido. 

La exaltación de la dignidad individual, produce el sentimien- 
to del honor, pero el honor necesita principios fijos a donde pueda 
apelar en las aplicaciones de la vida. Queda pues por definido 
en sus relaciones. Cuestión del insulto i cuestión del desafio. 

Amareis al Creador. — Queda pues por definir su esencia popu • 
lar i científicamente, i resolver si es el pensamiento i la estension 
o un ser persona. Las espontaneidades sublimes que nos asaltan 
nos dicen que es un ser persona. La creación de la libertad es 
para mi la prueba de la libertad divina. La libertad divina es la 
individualización del creador. 

Amarás a tuprójimo. — La fraternidad es un principio i un sen- 
timiento. Refujio grandioso contra las penalidades de la vida i 
contra la indiferencia aterrante. Como no amar a su prójimo, a 
su hermano, el que reconoce en sí la omnipotencia de la libertad. 
Mi prójimo es otro yo, es el depositario de la misma espiritua- 
lidad por lo que soi; luego el enlace, el amor entre la comunidad 



— 49 — 

e identidad de tan graa esencia es necesario. He aquí el fnnda- 
mento inespngnable de la democracia. 

Los gobiernos deben pues jeneralizar lo que la ciencia presen- 
ta claro, sin símbolo; basta de mentiras. Esta es la lójica del 
tiempo i de la revolución. Fomontar las creencias i formas pasa- 
das es retrogradar. 

En la política, aceptamos del mismo modo los principios 
espuestos i aceptamos las nuevas formas que acarreen la libertad 
de cultos; es un paso necesario mejor para preparar la nueva 
síntesis i el nuevo culto. 

La elevación a la soberanía de todos los individuos, es decir, 
a la fraternidad de la libertad es el punto definitivo que tenemos. 
Luego represéntese el derecho del peón gañan i del último ple- 
beyo. El derecho es uno. Luego no debe haber sino representa- 
ción de su derecho, es decir de una Cámara. 

El derecho representado, el proletario tendría representado su 
derecho de saber; la educación, o su derecho de tener la propie- 
dad. La educación áe establece a costa de las ricas propiedades 
que tendrían que aumentar el salario del pobre para que pudiera 
educarse. 

La Cámara de Senadores representa los intereses conservado- 
res o la aristocracia de propiedad. En el primer caso, procura 
conservar la organización actual, i en el segundo lo mismo. 
Luego en ambos casos procura conservar la desigualdad. Esta 
es su sentencia de abolición. 

La responsabilidad es relativa. La pena es correctiva. 
Luego la pena de muerte que no califica la responsabilidad i 
no corrije es injusta. La pena de muerte es impotente de correc- 
ción. 

La mano del infierno aun se ostenta aferrada en esos carros. 
Pedir su abolición, es insultar al gobierno que no ha borrado 
en tanto tiempo esa barbarie i que deja que se oiga ese clamor. 
Etc., etc., etc. 

Estos son hechos a los cuales la duda no se acerca. Mientras 
no tengamos soluciones científicas de los problemas humanos, 
realicemos los principios eternos de desenvolvimiento que se 



— 50 — 

presentan claros i lójicos al criterio revolucionario. Si el símbolo 
viejo ha caido, reemplacémoslo con el espíritu aun sin forma de 
la filosofía. La verdad va mui adelantada en su carrera del es- 
tado en que nos hallamos. No procuremos alejarnos, dando por 
carencia de la palabra nueva, la palabra vieja. 

Tengamos dudas, suframos, llevemos el peso de las épocas 
transitorias, pero no retrogrademos para descansar bajo el mo- 
numento que se desploma. Sigamos, lloremos si queréis, pero vi- 
vamos con el poco de verdad que hayamos alcanzado. No separe- 
mos de nosotros al pueblo, mas de lo separado que se encuentra. 

Eduquémoslo en la teoria de la individualidad, del derecho de 
igualdad i del honor. Así se hallará en aptitud de recibir el 
bautismo de la palabra nueva sin que nos cueste la sangre del 
mayor número, ni los siglos que han tardado las demás creencias 
para organizar una sociedad. Tengamos un oido atento a las 
espontaneidades de la naturaleza moral; alcancémoslas en su 
vuelo misterioso; i traigámosla al pueblo que ansioso nos espera, 
para esplicárselas razonadamente. Exaltemos los sentimientos 
nobles, empujemos a la fantasía para que los formulice i traiga- 
mos esas revelaciones íntimas al receptáculo de la razón para 
que les imprima su verdad. Acordémonos siempre, en los momen- 
tos de la tribulación moral, en aquellos momentos en que la in- 
diferencia asoma su satánica sonrisa, de ese poder inmenso que 
sentimos, de ese poder terrible en su congoja i la conciencia de 
ese poder nos dirá que somos algo. Este algo es la vida, es la 
revelación que nos dice que llevamos una carga i que el ser que 
la ha dado, nos glorifica al encomendarnos una obra jigantesca. 

Entonces volvamos a la vida i alzándonos titánicos con el 
conocimiento de la libertad tempestuosa que encerramos, eleva- 
remos a Dios el himno de la fé del martirio i pasaremos esta vida 
con la frente erguida rebotando el rayo i con nuestra mirada de- 
safiando la nube que lo lanza. 

Francisco Bilbao. 

Santiago de Chile, Junio 10 de 1844. 



JURADO DE 1844 



Acusación Fiscal contra la "Sociabilidad Chilena" 

Señor Juez del Crimen: 

El Fiscal interino de la Corte de Apelaciones, visto el número 
2.° del periódico intitulado El Crepúsculo, dice: que desde la 
llana 57 todo lo escrito bajo los epígrafes Sociabilidad Chilena, 
— Nuestro pasado. — La tierra. — La política. — Espíritu. — Re- 
volución. — Chile. — La igualdad déla TJbertad. — Gobierno de 
Pinto. — Resurrección del pasado. — I conclusión i fin, adolece a 
juicio de este Ministerio de las infamantes notas de blasfemo, 
inmoral i sedicioso en tercer grado. 

Como la presente acusación se versa sobre todo el impreso, 
porqne todo él tiene alusión i coneccion directa con los crímenes 
de blasfemia, sedición e inmoralidad, cree este Ministerio escn- 
sado entrar en un análisis minucioso, i en un detalle particular 
de los pasajes en que se contienen los mencionados crímenes. 

Sin embargo, no estará demás bacer referencia a los siguien- 
tes: — La tierra i la política hablando el autor de las depreda- 
ciones de los señores feudales i de la ferocidad con que dispo- 
nían de la vida de los hombres, se refiere a los que sufrían el 
azote de ese sistema, i se espresa así; «La desesperación se au- 



— 52 — 

menta, pero el sacerdote católico le dice, este mnndo no es sino 
de miserias. Todo poder viene de Dios, someteos a su voluntad. 
He aquí la glorificación de la esclavitud.» 

Bajo el epígrafe «Espíritu» todo lo escrito es una verdadera 
blasfemia, pero en ello se salvan los siguientes pasajes. Dice el 
autor que al catolicismo solo pueden someterse los bárbaros 
porque en ansilio de sus poemas se invoca la fé como único 
argumento, i después continua. — «El bárbaro se deslumhra, se 
somete. Es católico. He aquí la gloria del catolicismo, su mérito 
en la historia. Pero como nosotros saliendo de la eternidad 
hemos caido en el tiempo llamado siglo XIX juzgaremos según 
nuestra capacidad de lo que es con respecto a la sociedad nueva 
i a la filosofía que renueva las relijiones. Desde esta altnra es 
como vamos a hablar rápidamente. 

«El catolicismo es relijion simbólica i de prácticas, que nece- 
« sita i crea una jerarquía i una clase poseedora de la ciencia. 
« Relijion autoritaria que cree la autoridad infalible de la igle- 
« sia, es decir de la jerarquía de esos hombres i ademas la au- 
« toridad irremediable sobre la conciencia individual por medio 
« de la confesión; autoridad del fraile, autoridad del clérigo, 
« autoridad del Papa, autoridad del Concilio. Relijion simbólica 
« i formulista que hace inseparable la práctica de la forma, del 
« espíritu de la lei: de aquí la necesidad absoluta de la práctica 
« i del sacerdote. Este es el templo del sistema. Penetremos i 
« oigamos la predicación i su espíritu. 

«En primer lugar los principios eternos de la filosofía, la 
« unidad de Dios, la inmortalidad, los premios futuros i los 
« misterios orientales.» 

Copia después el símbolo de la fé católica i lo analiza de una 
manera que ataca i ridiculiza en todos aspectos el dogma de la 
relijion del Estado. 

No se para en medios, i para manifestar su audacia en comba- 
tir las instituciones mas sagradas, pone después en choque con 
los principios de la relijion de Jesús, las doctrinas del sabio 
apóstol de las jentes. 

.(La mujer, dice, está sometida al marido. Esclavitud de la 



— 53 — 

« mujer. Pablo, el primer fundador del catolicismo, no siguió la 
<r relijion moral de Jesu-Cristo. Jesús emancipó a la mujer. 
« Pablo la sometió. Jesús era occidental en su espíritu, es decir 
« liberal. Pablo oriental, autoritario. Jesús fundó una democra- 
« cia relijiosa. Pablo una aristocracia eclesiástica. De aquí se ve 
« "salir la consecuencia lójica de; la esclavitud de la mujer. Jesús 
« introduce la democracia matrimonial, es decir la igualdad de 
<t los esposos: Pablo coloca la autoridad, la desigualdad en el 
« privilejio, en el mas fuerte, en el hombre.» 

De los principios que se citan en el párrafo que acaba de 
trascribirse deduce vicios en los matrimonios celebrados bajo el 
rito católico, i desde este punto comienza el escrito acusado a ser 
inmoral al mismo tiempo que es blasfemo. 

Hablando del matrimonio dice: 

«Esta desigualdad matrimonial es uno de los puntos mas 
« atrasados en la elaboración que han sufrido las costumbres i 
« las leyes. Pero el adulterio incesante, ese centinela que advier- 
te te a las leyes de su imperfección, es la protesta a la mala 
« organización desmatrimonio.» 

Después reprochando el sistema de indisolubilidad matrimo- 
nial dice, que los ritos católicos sistemando los matrimonios de 
familia impiden la espontaneidad i libertad del corazón. Se 
mantienen para dar subsistencia a clases privilejiadas i para que 
la autoridad i la tradición no se debiliten. 

De este principio refiere que nace la adoración a la moda, el 
aislamiento misantrópico, i el sistema de vida que esplica en 
estos términos; — «La puerta de calle se cierra temprano i a la 
« hora de comer. A la tarde se reza el rosario; la visita, la co- 
cí mnnion debe desecharse a no ser con personas mui conocidas, 
<t no hai sociabilidad, no se admite jente nueva ni estranjera. La 
« pasión de la joven debe acallarse. La pasión exaltada es ins- 
c< trnmento de revolución instintiva. Se le lleva al templo, se le 
« viste de negro, se le oculta el rostro por la calle, se le impide 
« saludar, mirar a un lado, se le tiene arrodillada, se debe mor- 
«. tificar la carne, i lo que es mas, el confesor examina su con- 
« ciencia, i le impone su autoridad inapelable. El coro de las 



— 54 — 

« ancianas se lleva entonando la letanía del peligro de la moda, 
« del contacto de la visita, del vestido, de las miradas i de las 
« palabras. Se pondera la vida monástica, el misticismo estú- 
« pido del padecimiento físico como agradable a la divinidad. 
« Esta es la joven. — El hombre, mas activo para someterse a 
« tanta esclavitud, tiene que llevar su peso. ¡Ai del joven si se 
« recoje tarde, si se le escuchan palabras amorosas! Pobre de él 
« si le encuentran leyendo algún libro de los que se llaman pro- 
ce hibidos; en fin, sí pasea, si baila, si enamora! El látigo del 
« padre o la condenación eterna son los anatemas. No hai racio- 
« cinio entre el padre i el hijo. Después de sus trabajos irá a 
« rezar el rosario, a la vía sacra, a la escuela de Cristo, a oir 
« cuentos de brujos, ánimas i purgatorios. Figuraos al joven de 
« constitución robusta, de alimentos fuertes, de imajinacion 
« fogosa, con algunas impresiones i bajo el peso de esa montaña 
« de preocupaciones.» 

No contento el autor con haber cometido los crímenes de blas- 
femia e inmoralidad, parece que quiere concluir su obra con la 
sedición. 

Se queja de que el Poder Ejecutivo no varíe la relijion del 
Estado i destruya la lei fundamental. 

«El Código constitucional, dice, que organizó a la República 
« de ese modo unitario tan despótico, es el que nos rije. Esto 
<t impide el que surjan las individualidades provinciales i que la 
_« vida recorra el territorio chileno. 

«Existe todavía ese código que organiza legalmente el despotis- 
« mo destruyendo todas las garantías que conquistó el republi 
« canismo, cuales son las formas necesarias para la seguridad de 
c< los derechos individuales. 

«Existe en el gobierno el mismo respeto por las formas de 
« la síntesis pasada. Se hace venir frailes de la Europa, i este 
« solo hecho basta para caracterizar laignorancia de una adminis- 
a tracion en el tiempo que vivimos. La organización eclesiástica 
« ejerce un poder influyente i separado de la influencia política. 
« El sistema católico reina en toda suestension. El cura diezma 
« todavía, el cura comercia con los matrimonios i bautismos; el 



— 55 — 

« Erario gasta a manos llenas en el culto, crea obispos i arzo- 
« bispos. El poder eclesiástico tiene ana pensión imponente i 
« el gobierno lo tolera, el gobierno es hipócrita. En la esfera 
« del comercio i de la industria existen todavia los restos del 
« síntesis prohibitivo i privilejiador. El Estanco existe; la mo- 
« neda se quita de la circulado i para formar un Banco, etc.» 

Este ministerio en cumplimiento del art. 23, tit. 4.° de la lei 
de 11 de Diciembre de 1828, ha creidcque faltaría a uno de sus 
principales deberes si dejara al núm. 2 de El Crepúsculo sin acu- 
sarlo de blasfemo, inmoral i sedicioso en tercer grado. 

En su virtud interpela que es la autoridad de US. para que 
procediendo con arreglo a la mencionada lei se lleve a efecto el 
juicio a que da lugar la presente acusación. 

Santiago, Junio 13 de 1844. 

Máximo Mujica 

Copia de la demanda contra el autor del núm. 2 de El Crepús- 
culo entregada a Don Francisco Bilbao a las cuatro de la tarde 
hoi 17 de Junio de 1844. 

Jerónimo Araos, 
Escribano público. 



Advertencia 

Instruidos todos de la conducta del señor Fiscal en el dia del 
Jurado i leida la acusación, no parecerá inoportuno el lenguaje 
del señor Bilbao en la introducción de su defensa. 

El majistrado no puede ceder al mandato de una lei que le 
impone un deber, pero en el momento en que abusando de su 
autoridad se constituye no solo en encarnizado defensor de esa lei 
al parecer violada, sino, en enemigo personal del acusado, en este 
momento el majistrado no tiene ningún derecho al respeto, por- 
que ha perdido su dignidad. Un Fiscal puede apoyar su acusa- 



— 56 — 

cion sin recurrir a medios indecorosos i de esta manera han pro- 
cedido en otras ocasiones fiscales que comprendían su deber i no 
carecían de talento. Puede, sin duda, aparecer convencido de los 
crímenes que acusa, pero nunca hacer empeño para llevar esa 
convicción al corazón de los jurados trazándoles el camino que 
deben seguir para pronunciar su fallo, porque a mas de ser esta 
una pretensión ridicula que degrada, se revela no menos con tal 
conducta una intención innoble altamente reprensible. La acu- 
sación del Fiscal es la opinión de un individuo, i un número de 
jueces suficiente va a decidir de la justicia de esa acusación des- 
pués de escuchada la defensa del acusado ¿I no puede ser erró- 
nea esa opinión? ¿No es susceptible de error un majistrado? Nada 
mas común, i por tanto nada mas vituperable que cuando majis- 
trados de esa categoría se empeñan en preocupar a los jueces 
con una acusación torpe a mas de exajerada. 

Muí presente tenemos estas palabras del señor Fiscal. 

«Jurados; estas son las leyes que condenan el escrito acusado; 
con sofismas solamente se os puede contestar, etc., etc.» 

Estas palabras bastan para calificar la parcialidad o imparcia- 
cialidad de un juez; en primer lugar, los jurados, qne son jueces 
de hecho, el que solo formen su juicio por la impresión que les 
causa la palabra del acusado, que no tienen mas guia que su 
razón independiente i lo que en tal momento le3 dice su corazón, 
son llamados por el señor Fiscal a tomar conocimiento de las 
leyes para fallar como abogados. Los jurados que corrijen en cier- 
to modo la imperfección de la lei, tiene que ceñirse a ella por el 
llamamiento del señor Fiscal. Los jurados en fin, ya no son libres 
i necesitan ser abogados para fallar porque así lo exije un ilus- 
trado Fiscal. En segundo lugar. 

Con sofismas solamente se os puede responder! ¿Un Fiscal puede 
decir estas palabras? ¿Está en el orden de la acusación? Una 
intelijencia basta para autorizar el crimen, formar la conciencia 
de los jueces i prevenirlos en contra de una' defensa que aun no 
se ba escucliado? ¿Es noble este proceder, es justo, es lejítimo? 
Dígalo el mismo señor Fiscal o cualquier hombre de un sentido 
común o medianamente racional. 



— 57 — 

Oreemos que estas lijeras advertencias serán mas que suficien- 
tes para justificar la dureza i acritud que se puede notar en la 
introducción de la defensa. El Fiscal precipitó al acusado, i el 
juez de derecho, con sus torpezas, lo exasperó. 

Nada estraño es pues, que el señor Bilbao haya variado en ese 
momento el rumbo que debia dar a su defensa. 

Necesario es también advertí) que si no hai fidelidad en las 
palabras de la defensa pronunciada en el dia del Jurado, hai por 
lo menos fidelidad en las ideas, que es cuanto se puede exijir en 
una redacción sin estenógrafos. La introducción i el final son los' 
mismos. 



=c)G= 



DEFENSA 



DEL 



Artículo "Sociabilidad Chilena" 



Señores Jurados: 

La sociedad ha sido conmovida en sus entrañas. De su pro- 
funda conmoción hemos salido hoi a su superficie: vos señor 
Fiscal, acusador; yo, señor Fiscal, el acusado. 

El lugar en que nos hallamos i la acusación que se me hace, 
revelan el estado en que nos encontramos en instituciones i en 
ideas. 

Ahí está, el señor Fiscal que procura cubrirse con el polvo de 
las leyes españolas; aquí también está el Jurado que detiene ese 
polvo con su aliento. , 

Aquí se presenta una mano que levanta 14 siglos que se hun- 
den, para derribar una frente bautizada en el crepúsculo que 
se alza. 

Esa mano es la vuestra, señor Fiscal : esa frente es la mia. 

Allí tenéis la boca por donde me maldicen los ecos subterrá- 
neos que se pierden; aquí la conciencia que arrostra su anatema. 

Aquí dos nombres, el de acusador i el de acusado; dos nom- 
bres enlazados por la fatalidad histórica i que rodarán en la 
historia de mi patria. 



— 60 — 

Entonces veremos, señor Fiscal, cual de los dos cargará con 
la bendición de la posteridad. 

Si señores, definamos estos nombres, digamos quienes somos, 
i después veremos la acusación punto por punto. 

El juez. No viene Ud. a definir persouas, señor acusado. 

El acusado. No defino persona, si es grande o pequeña, buena 
o mala, sino las ideas que representamos, las ideas encalonadas 
en nosotros. 

Decís, o se deduce de lo que decis, que ataco creencias arrai- 
gadas, instituciones fijas, inmortales según vos, señor Fiscal; 
decis que señalo males i errores; que analizo cosas que no deben 
analizarse; que esplico cosas que no deben esplicarse; que niego 
la autoridad antigua; que critico, que analizo las costumbres pa- 
sadas; que quiero, que pido, que invoco la mudanza, la sediccion, 
el trastono 

Pues bien, señor Fiscal, en todo lo que maldecís, en todo lo 
que habéis aglomerado no hai sino la innovación. He aquí mi 
crimen. 

Ahora, señor Fiscal, ¿quien sois, vos que os hacéis el eco de 
la sociedad analizada; que os oponéis a la innovación, parapeta- 
do en las leyes españolas, que crimen cometéis? 

El juez (campanillazo): señor, Ud. no viene a acriminar al se- 
ñor Fiscal. 

El acusado. No acrimino, señor juez, clasifico solamente. 

La filosofía tiene también su código, i este código es eterno. 
La filosofía os asigna el nombre de retrógrado. Eh, bien! inno- 
vador, he aquí lo que soi; retrógrado, he aquí lo que sois. 

El juez Al orden: no insulte, señor acusado. 

El acusado. No insulto, señor juez. 

Digo lo que es el señor Fiscal; señor Fiscal, ¿se cree Ud. insul- 
tado por haberle dicho la verdad? 

El Fiscal, (sonriéndose): Usted es úñente: usted no es capaz 
de insultar. 

El acusado. La ignorancia responde siempre con el sarcasmo 
de la impotencia. 



— 61 — 

Ahora, cual de los dos tenga, razón para gloriarse de este nom- 
bre ante los hombres, lo dirá la historia. La historia nos pre- 
senta siempre a los innovadores como ídolos; a los retrógrados, 
nos lo pinta como la serpiente que muerde el pié del viajero en 
su camino. 

Cual de los dos tenga razón para gloriarse de ese nombre ante 
la divinidad, también lo dirá la historia que nos enseña las leyes 
que Dios ha impuesto a la humanidad; leyes de innovación 
i de desenvolvimiento. 

Oponerse al desarrollo de esas leyes, la retrogradacion, yo los 
sigo con la escasa luz de mi razón. Ahora señor Fiscal, vos sois 
el que me llamáis blasfemo, a mi que obedezco i procuro realizar 
aquellas leyes. Pero a vos que llamáis la autoridad a su socorro 
para detener su marcha, no os llamo blasfemo sino ignorante! 

El aspecto varia, señor Fiscal, i esto es que tan solo escara- 
muso en la cuestión. Veréis luego a quien habéis llamado blas- 
femo, veréis el motivo que he tenido, el objeto que he buscado, 
el fin que he querido. 

Siempre he sentido la actividad en mi conciencia, i la apli- 
cación razonada de esa actividad siempre ha atormentado mi 
existencia humana. ' 

El estudio i la observación me mostraron la lei del deber; esa 
lei, relativa en sus relaciones i relativa a la vida de los pueblos. 
Sumerjido mi pensamiento en la averiguación de la misión 
humaua, me encontré al despertar eu el siglo XIX, i en Chile, 
mi patria. 

Quise en mi creencia, llamadme insensato si queréis, tomar 
en mi mano débil a esta patria tan querida, i darle el empuje 

que el siglo me comunicaba quise en la audacia de mi 

vuelo, clavar el tricolor en la vanguardia de la humanidad 

pero una mano me sujeta; con su tocamiento, me advierte la 
realidad que quería remover, i procura anonadarme acumulando 
anatema sobre anatema... Esa mano es la vuestra, señor Fiscal. 

El órgano que la mueve, es la sociedad analizada Aquí me 

tenéis pues, ante el tribunal, pronto a ser sentenciado como el 

innovador peligroso 

6 



- 62 — 

Me habéis señalado ante la turba fanática, habéis 

precipitado sobre mi cabeza la furia del vulgo ignorante, habéis 

dado alas a la calumuia, me presentáis como un criminal; 

— os perdono señor Fiscal. 

Me hacéis encarar con ese pasado como representante aunque 
débil del porvenir; — gracias, señor Fiscal. 

Queréis arrodillarme para hacerme digno de que Galileo me 
tienda una mano para levantarme; gracias, señor Fiscal. 

Hacéis que me ponga en la situación de recibir una corona, 
aunque humilde de martirio; — gracias señor Fiscal. 

El Juez. A la cuestión, señor acusado, Ud. no viene a burlarse 
del señor Fiscal. 

El acusado. Señor, estoi dando las gracias al señor Fiscal. 

Habéis empujado el torrente que amenaza sumerj ir mi porvenir 

chileno, mis ilusiones juveniles mi entusiasmo puro como 

el juramento del honor; os perdono, señor Fiscal. 

El Juez i el Fiscal. A la cuestión señor acusado. 

El acusado. Voi a ella, señores. 

Señores: la acusación es de todo el artículo, por consiguiente es 
vaga. El señor Fiscal particulariza algunos puntos, los exami- 
naremos, pero antes quiero leer mi introducción. 

En la épocas transitorias de la civilización 



Quisiera saber, señor Fiscal, donde está la blasfemia, la inmo- 
ralidad i la sedición en lo que he leido? 

El Fiscal no responde. 

Os interpelo señor Fiscal. 

El Fiscal se dirije al juez. Señor si se me sigue interpelando, 
me voi de este lugar. 

El acusado entonces empieza su defensa a combatir punto por 
punto los lugares acusados. 

Manifestó !a posición difícil del catolicismo cuando tuvo que 
tomar en cuenta la esclavitud que habia en el mundo romano. 
Cita los testos de San Pablo que corroboran su opinión; pero el 
Fiscal i el juez gritan: blasfemia! El acusado pregunta a losjue- 



— 68 — 

ees si hai blasfemia en citar las epístolas de San Pablo. El señor 
Barros pide enérjicamente que se le deje escuchar al acusado; 
el señor Barros apoya la indicación. El juez Silva dice que se 
contraiga al dogma: el acusado responde que el catolicismo se 
compone de las doctrinas de sus fundadores. San Pablo es un 
fundador, luego permítaseme citarlo para apoyarme. Rebate el 
primer punto, i continua con el segundo. 

El Fiscal me atribuye el haber dicho que al catolicismo solo 
pueden someterse los bárbaros; yo digo que el catolicismo some- 
tió a la barbarie, i pregunto a los jueces si no comprenden la 
diferencia. 

El acusado espone entonces el espectáculo de la civilización 
invadida cinco siglos por los bárbaros del norte; manifiesta la 
importancia de las creencia que obligan a cimentar una sociedad 
en medio de ese caos de destrucción: pero el juez interrumpe 
diciendo que al juicio no se viene con historia?. Señor, dice el 
acusado, lo necesito para rai defensa. No se puede, dice el juez; 
pues, protesto, dice el acusado, contra la prohibición de mi de- 
fensa como blasfemo. 

Me contraeré a la acusación de inmoral i sedicioso. 



Mi defensa como inmoral 

«De los principios que están en el párrafo que acaba de tras- 
« cribirse, deduce vicios en los matrimonios celebrados bajo el 
« rito católico i desde este punto comienza el escrito acusado a 
« ser inmoral al mismo tiempo que es blasfemo.» 

Hablando del matrimonio. «Esta desigualdad matrimonial es 
« uno de los puntos mas atrasados que la elaboración que han 
« sufrido las costumbres i las leyes. Pero el adulterio incesante, 
t ese centinela que advierte a las leyes de su imperfección, es la 
<í protesta a la mala organización del matrimonio.» 

Estos son los lugares que llevan principalmente lo acusación 
de inmoral. La defensa de la parte blasfema me ha sido prohi- 



— 64 — 

bida, por lo que me coatraeré esclusivamente a la acusación de 
inmoral i sedicioso. 

Señores: 

Se me acusa de inmoral por haber declarado que es mala e 
imperfecta la lei que actualmente constituye el matrimonio. 

La imperfección de las leyes se conoce claramente por los re- 
sultados que producen. En la práctica de la vida es donde se 
descubren los hechos ulteriores que el iejislador no ha podido 
preveer o que no ha podido hacer eutrar en la circunferencia de la 
lei. Entonces i a' medida que los años pasan sobre las sociedades 
esos hechos naturales, oprimidos por el peso de la lei se com- 
primen i producen los resultados que pulpamos; dudas, distur- 
bios i últimamente la violación de la lei. 

Ahora, nosotros presenciamos sus hechos, este hecho es el 
adulterio i su acrecimiento incesante; lo tenemos a la vista, lo 
palpamos, i por consiguiente debe escitar la atención del socia- 
lista que se interesa en la felicidad social i en la esterminacion 
social del delito. La lei, o la constitución actual del matrimonio, 
es la que determina los actos lejítimos e ilejítimos en la conduc- 
ta recíproca de los esposos, la lei es pues la que determina el 
adulterio. Por consiguiente en el examen que hai que hacer 
para determinar el adulterio con sus causas i modificaciones, es 
preciso examinar si la lei es perfecta i entonces debe ser obede- 
cida; o si no lo es i el adulterio tiene su base en la misma lei que 
lo determina, i entonces la lei es la que debe correjirse. 

El adulterio no ha sido siempre el mismo, el adulterio ha va- 
riado, ha recibido la influencia progresiva de las demás institucio- 
nes, lo que prueba que lo que nosotros llamamos adulterio, para 
otros no lo era, i lo que otros han considerado como infracciones 
de la fé conyugal, otros pueblos no lo han considerado como tal, 

Esta consideración es sumamente indispensable para hacer 
ver el carácter progresivo, mudable que ha tenido como someti- 
do a las instituciones variables que lo constituiau. En Esparta, 
por ejemplo, no era conocido el adulterio, i para nosotros todas 
esas mujeres eran adúlteras. Un e^ranjero preguntó a un es- 



— 65 — 

partano si era frecuente ese crimen. El espartano respondió: 
primero beberá un buei el agna del Eurotas desde la cumbre del 
monte, que cometerse semejante crimen en Esparta. I no penséis 
que bajo este aspecto eran mas morales que nosotros. En ese 
pueblo el individuo que tenia hijos en su esposa, llamaba al 'pri- 
mer hombre bien formado que pasaba i lo hacia visitar a su mu- 
jer para tener hijos robustos. Este hecho no era considerado co- 
mo adulterio en este pueblo. Este ejemplo basta para manifes- 
tar que no ha sido el mismo, ni en todos los tiempos ni en todos 
los pueblos i que recibe su carácter peculiar de delito de la 
institución que adopta cualquiera sociedad. 

Es preciso que indaguemos si la lei es mala, o si la sociedad 
que frecuentemente lo comete, que lo fomenta en su seno, que le 
hace disminuir su responsabilidad, que lo tolera en fin, es la que 
debe someterse al imperio de esa lei. 

Cuando una sociedad ve aumentarse en su seno nn hecho que 
la lei repudia, cuando lo alimenta, cuando la influencia de esa 
lei pierde cada dia su respeto, i en fin, cuando la opiuion empie- 
za a mirar con la induljencia que la costumbre produce, la repe- 
tición de los actos prohibidos, entonces se forma una separación 
entre la sanción pública i la sanción de la lei. Cual de las dos 
tenga razón en el curso de los siglos, lu diceu las reformas que 
continua i sucesivamente reciben los códigos para adaptarse a la 
sociedad que se trasforma. La sociedad siempre se perfecciona 
porque admite la introducción lenta del desarrrollo intelectual. 
La lei que habia siempre es la misma, siempre aplica su fallo 
al hombre de los siglos pasados como al hombre presente: no 
considera variación alguna de circunstancias ni de cosas, de 
tiempos ni de lugares, siempre es la misma, inflexible i severa. 
Por consiguiente, en la separación u oposición de la sanción 
de la lei i de la opinión, la razón filosófica que comprende la 
vida de la humanidad, se encuentra armónica, apoyando la sepa- 
ración de la opinión ilustrada por el tiempo contra la lei inamo- 
vible que la contraria. De aquí nace la indiferencia o aprobación 
tácica de la sociedad a los actos que muchas lej'es señalan como 
criminales. Pondremos por ejemplo el contrabando; este hecho 



— 66 — 

es severamente castigado por las leyes, la opinión lo absuelve. 
Este hecho, delito según la lei, nace regularmente de la severidad 
de las leyes coercitivas del comercio. El individuo i la sociedad 
ateniéndose a su instinto infrinjen esas leyes i sus conciencias 
quedan tranquilas. Creen que no hai derecho en esa lei para evi- 
tarles o coartarles sus medios de subsistencia i procurar evadirlos 
protestando con sus hechos contra la imperfección i tiranía de 
esa lei. Aquí la lei ha creado el delito: la sociedad la infrinje i 
reposa tranquila en su infracción. Luego para evitar el delito, 
variar, no la sociedad, pues obra con justicia, sino la lei despó- 
tica de la industria. He aqui, señores, uu hecho que presento 
para hacer ver la necesidad de la reforma de la lei para la cesa- 
ción del crimen. Se ha reconocido mayor libertad en el indivi- 
duo para buscar su subsistencia. Luego, dad entrada a esa li- 
bertad en la constitución de la lei de comercio. 

Todos estamos conformes en mirar el adulterio como un mal; 
en fin, es una desarmonia i es preciso hacerla cesar. Pero antes 
es preciso averiguar los hechos que lo preparan; hechos posterio- 
res a la lei i que no comprende, i hechos ulteriores que tuvo en 
consideración al tomar el carácter de precepto. 

Es un axioma reconocido, que toda lejislacion considerada por 
perfecta en sus principios, es después, con el tiempo, mas o me- 
nos imperfecta. De otro modo seria reconocer en los códigos pa- 
sados la última palabra de la razón i negar por cierto la perfec- 
ción de los códigos ulteriores que la humanidad reconoce como 
tales. La imperfección no se descubre regularmente en los tiem- 
pos en que ha sido sancionada, pues entonces el lejislador ha 
podido comprender las necesidades actuales i satisfacerlas con 
la lei. Pero la humanidad marcha; la sociedad crece, la civiliza- 
ción se aumenta; relaciones nuevas se descubren; la naturaleza 
humana va descorriendo suavemente los velos que le cubren i 
entonces la relación perfecta que había entre la lei i la sociedad, 
se altera, porque esta ha variado i la lei ha permanecido la mis- 
ma. Cuando esto sucede ¿qué es lo que se debe hacer para resta- 
blecer la armonía entre la lei i la sociedad? variar la sociedad, es 
decir, volverla al estado en que se encontró cuando recibía aquella 



— 67 — 

lei? imposible! Esto es contrariar la naturaleza de las cosas, opo- 
nerse a la necesidad humana, sujetar con el brazo débil del hom- 
bre el empuje dado a la creación por el brazo omnipotente de la 
Divinidad. 

No queda pues, sino variar el otro término de la relación, es 
decir, la lei que como obra humana es variable, imperfecta, i sus- 
ceptible de recibir la perfección progresiva. He aquí el punto en 
que nos encontramos i esta es la teoría que vamos a aplicar a la 
cuestión que nos ocupa. 

La, lei que constituye actualmente el matrimonio, que impide 
otras afecciones que las recíprocas de esposo en cnanto a perso- 
nas de otro sexo, que constituye el adulterio, aun en el pen- 
samiento de un amor estraño: que somete la mujer al marido; 
que hace de ellos dos seres inseparables, uuidos por toda la vida 
a despecho de sus inclinaciones, de sus gustos, de su educación; 
a despecho del diferente temple de sus almas; a despecho de dos 
naturalezas opuestas, ¿es una lei justa en el estado actual de 
nuestra civilización? He aquí la cuestión. 

En tiempos atrasados, en pueblos cuyas leyes estaban calen- 
tadas por el sol voluptuoso del Oriente, no era estraño que el 
adulterio tuviese una esfera tan vasta, i que la mujer viviese en 
la reclusión en que vivia. La mujer era considerada tan solo 
como iustrumento de placer, i el hombre en su egoísmo i en la 
fuerza, apoyaba esos principios que le permitían tener un nu- 
meroso número de mujeres i una autoridad lejítima para casti- 
gar sus celos. Pero en todos los pueblos de la tierra sufren la 
influencia tiránica de un clima i la secta escojida de la humani- 
dad, los filósofos, en la averiguación de las leyes naturales, en- 
cuentran en otros pueblos el lugar donde puedan elevar a la 
mujer para medir su estatura con el hombre. De aquí vemos sa- 
lir el matrimonio, propiamente dicho, en los pueblos de Occi- 
dente. Mas tarde los jermanos presentaron el ejemplo de la dig- 
nidad de la mujer en su matrimonio casto i esclusivo. Así tam- 
bién vemos que la esclavitud de la mujer se disipa lentamente i 
que la esfera del adulterio se mitiga a medida que se eleva. No- 
sotros no tenemos nada de jermanos en nuestros códigos, formados 



— 68 — 

casi esclusivamente sobre los códigos romanos i ya sabemos el 
estado de la mujer entre los romanos. Adúltera en sospechas, 
adúltera en visitas estrañas. Adúltera en salir muchas veces a 
la calle. Después vinieron las teorías de San Pablo, a constituir 
la reclusión mística de la mujer i a someterla al marido. San 
Pablo como organizador del catolicismo organizó el matrimonio 
desigual que conocemos; pero San Pablo escribió en los prime- 
ros años de nuestra era, nosotros nos encontramos en el siglo 
XIX. San Pablo no podia ser la voz definitiva de la razón hu- 
mana, porque seria insultar al criterio que la humanidad prodi- 
gue i que adopta al adoptar los trabajos morales posteriores. 
Queda pues demostrado que el campo de la innovación queda 
abierto para el que traiga la resolución de la cuestión. 

Habiéndose alterado la relación que se creia existir entre el 
poder moral del hombre i el poder moral de la mujer, es claro, 
que la lei que organizaba la relación pasada, entre marido i mu- 
jer, es imperfecta, incompleta, porque no comprende toda la ele- 
vación, todo el derecho que ha conquistado la mujer. El derecho 
de los seres libres se aumenta a medida que se descubre la cir- 
cunferencia de su acción. Si antes yo creia que no tenia derecho 
para pasar cierto límite, cometía un crimen al pasarlo; pe- 
ro desde que tengo la conciencia de mi derecho, el límite es nulo 
i mas grande la esfera de mi libertad. 

Sentados estos principios indudables, preguntaremos si ea 
laSiUniones matrimoniales verificadas según la lei de matrimonios 
que nos rije, se hallan comprendidos los resultados filosóficos del 
estudio de la naturaleza moral de ambos sexos? No, la lei es la 
misma i XIX siglos han pasado sobre ella. Así vemos también 
los efectos. El matrimonio antiguo, verdaderamente antiguo, ya 
no existe i la desarmouia es frecuente. De aquí el adulterio ac- 
tual, es decir, la protesta contra esa organización. El adulterio 
actual, es la rebelión o insurrección que antiguamente se casti- 
gaba como delito de lesa-majestad. Aquí hablarnos de esa desar- 
monia que tuvo causas profundas en la naturaleza moral de 
ambos sexos, no de ese adulterio orijinado tan solo por lasci- 



— 69 — 

via. Este es siempre criminal i siempre llevará la indignación de 
la moral. 

Diréis que el divorcio evita esos males? pero ni el divorcio 
verdadero lo tenemos, ni aun la sociedad actual lo mira con des- 
preocupados ojos. Entonces los individuos que no quieren arras- 
trar con la preocupación social, o faltan a la lei, o llevan la 
vida del martirio con personas que aborrecen o desprecian. 
Ahora el lejislador que busca la felicidad doméstica o social 
dejará pasar en alto, la felicidad doméstica o el adulterio 
incesante? No, eso seria cruzar los brazos delante de la obra. Debe 
pues' trabajar para conciliar ambas dignidades, ambas natura- 
lezas distintas, ambas inclinaciones opuestas, por medio de uua 
lei que, elevándose auna altura dominante, separe o deje sola- 
mente la relación que es necesario que exista. ¿Cuántas veces, 
jóvenes amantes que henchidos de amor acorren presurosos a las 
aras, después al encontrarse frente a frente i sin máscaras en las 
realidades de la vida, sienten prepararse las tormentas que ya 
fomentan en su seno? Aquella alma que uno de los dos había 
considerado como noble, el otro la descubre falsa i mentirosa. 
Donde la esposa creyó encontrar un corazón que abrigase su 
ternura, solo encuentra el hielo del egoismo; donde iba a encon- 
trar un brazo varonil, solo encuentra un brazo mercenario. 
Cuantas veces en esa frente que le parecía majestuosa, solo ve 
después el ceño del fastidio; i al sondear esa alma que buscaba 
para- confundirla con la suya, retrocede asustada al reconocer su 
naturaleza tenebrosa. I la mujer, ese ser débil i angustiado que 
invoca en sus tribulaciones por una alma sublime que la eleve; 
que necesita de la pasión porque es mujer, ¿queréis que despoje 
sus divinos atavíos a los pies de la estatua del marido? ¿queréis 
que se consuma incensando al ídolo caido? ¿queréis complaceros 
en sus lágrimas para lisonjear al amor propio? ¿queréis que la 
sociedad pierda un individuo, el amor un objeto, la patria una 
matrona? ¿queréis encerrarla para introducir la concubina? ¿que- 
réis pisarla para elevarla sobre el pedestal de su cuerpo? Os en- 
gañáis.... La pisasteis! pero sus jemidos formaron la protesta 
que la filosofía estampa en su libro para organizar ana reforma 



— 70 — 

i sus lágrimas penetran en las almas al través de la muralla de 
las preocupaciones. 

(Después el acusado lee el otro trozo de la acusación como 
inmoral que dice así): 

Después reprochando el sistema de indisolubilidad matrimo- 
nial dice; «que los ritos católicos sistemando el matrimonio de 
« familia, impiden la espontaneidad i libertad del corazón » 

De este principio, dice, que nace la aversión a la moda, el aisla- 
miento misantrópico i el sistema de vida que esplica en estos 
términos: «La puerta de calle se cierra temprano i a la hora de 
« comer. A-las tardes se reza el rosario, la visita, la comunica- 
<r cion, deben desecharse. No hai sociabilidad, no se admite jen- 
« te nueva ni estranjera. La pasión de la joven debe acallarse. 
« La pasión exaltada es instrumento de revoluciones instintivas 
« Se le lleva al templo, se le viste de negro, se le oculta el rostro 
« por la calle, se le impide saludar, mirar a nn lado. Se le tiene 
« arrodillada, se debe mortificar la carne, i lo que es mas, el 
« confesor examina su conciencia i le impone su autoridad ina- 
« pelable. El ooro de las ancianas se lleva entonando la letanía del 
« peligro de la moda, del contacto, de la visita, del vestido, de las 
« miradas i de las palabras. Se pondera la vida monástica, el mis- 
« ticismo estúpido del padecimiento físico, como agradable a la 
« Divinidad. Esta es la joven. El hombre, aunque mas altivo para 
« someterse a tanta esclavitud, tiene, con todo que llevar su peso. 
« ¡Ai del joven si se recoje tarde, si se le escuchan palabras 
« amorosas; pobre de él si se le encuentra leyendo alguno de los 
« libros que se llaman prohibidos; en fin, si pasea, si baila, si 
« enamora! El látigo del padre o la condenación eterna son los 
« anatemas. No hai raciocinio entre el padre i el hijo. Después 
<í de su trabajo diario, irá a rezar el rosario a la via sacra, a la 
« escuela de Cristo, a oír contar los cuentos de brujos, de áni- 
« mas i de purgatorio. Figuraos al joven de constitución robusta, 
<r de alimentos fuertes, de imajinacion fogosa, con algunas im- 
« presiones i bajo el peso de esta montaña de preocupaciones (1)». 



(l) a Acusacion fiscal. 



— 71 — 

Estos son, señores, los otros trozos de mi escrito que sufren la 
acusación de inmoral. 

En cuanto al primer punto, señores, yo no reprocho la indi- 
solubilidad del matrimonio. No tengo un principio fijo a este res- 
pecto i no me presento como organizador del matrimonio. Esta 
obra la esperamos de la ciencia moderna que resume los pro- 
gresos que la civilización ha alcanzado, i entonces veremos si 
debe o no ser indisoluble. En lo que he dicho soi historiador i 
digo loque era la familia en el pasado. Digo que el adulterio 
era espantoso i este es un hecho necesario del estado atrasado en 
que se consideraba la dignidad de la mujer. 

En los demás puntos acusados como inmorales, en los cuales 
junto rápidamente el estado de la familia chilena, no hago sino 
decir lo que era, i decir lo que era no es inmoralidad. Si era ma- 
la la organización de la familia, el decirlo es bueno para su en- 
mienda, i si era buena, repetir i analizar lobueno, no es inmorali- 
dad. Voi a leer unos trozos del señor Sanfuentes en su Campa 
nario publicado en el Semanario de Santiayo, en los cuales 
vemos, aunque de diverso modo, espresado poco mas o menos el 
mismo pensamiento. 

(El acusado lee 

• ■•«•••■•••• •■■■•«•••*•■• , y ■■•■■■(•••■ •••■■•■■(•■• ■■■•••■•••••■••••■••■••■ 

Creo pues, señores, haber probado que no hai inmoralidad en 
los puntos acusados. Yo lo que quiero es evitar la corrupción da 
las costumbres, porque las costumbres se formulizan según las 
leyes, i he aquí porque he dicho que es necesario reformar esa 
lei. He hecho esto para que no nos engañemos i miremos el mal 
donde se encuentra. 

Pasaré a mi defensa como sedicioso. 



Mi defensa como sedicioso 

La acusación que se me hace está apoyada en muchos puntos 
en la acusación de blasfemo. No se me ha permitido defenderme 



— 72 — 

en esta parte. Luego me contraeré a los puntos puramente sedi- 
ciosos. 

(El acusado lee los puntos acusados.) 

«Se queja de que el Poder Ejecutivo no varia la lei fundamental. 

«El código constitucional dice que organizó a la República, 
« de ese modo unitario tan despótico, es el que nos rije. Esto 
« impide el que surjan las individualidades provinciales i que la 
<c vida recorra el territorio chileno.» 

« Existe todavia ese código que organiza legalmente el despo- 
« tismó, destruyendo todas las garantías, que conquistó el re- 
« publicanismo, cuales son las formas necesarias para la segu- 
« ridad de los derechos individuales.» 
Señores: 

La vida de los pueblos, a pesar de sus profundas diferencias, 
tiene de idéntico el principio de causa i efecto que producen 
sus intituciones para su bien i para su mal. En todos ellos ob- 
servad su marcha i veréis que caminan mas o menos a su en- 
grandecimiento, a medida que adoptáis una organización mas o 
menos conforme a la gran idea de la humanidad; la igualdad: i 
que camina a su ruina a medida que mas se aparta de la perfec- 
ción progresiva que el siglo les señala. El orden, bajo el cual un 
pueblo vive i se ha educado, ha salido de las entrañas de ese 
pueblo i así es que vive conforme, que toma un carácter, su fiso- 
nomía especial según ese orden formulizado por la ciencia al 
alcance de su situación. Este orden, es la constitución de su vida 
eu una época determinada, i es justo porque comprende i abarca 
en su seno la escala de sus necesidades. El orden pues, salido de 
ese pueblo después de constituido, es el molde al cual la sociedad 
se somete i del que.no le es lícito salir sin romper con los ante- 
cedentes que lo formaron. Este estado, es pues, el lejítimo de un 
pueblo, este estado es el de paz i de armonía, este es en fin, el 
estado que no es lícito traspasar sin recibir el fallo de ese orden 
como trastornado! - o sedicioso. 

Pero, señares, ¿es este el estado definitivo de les pueblos? El 
código que amoldó a la sociedad es el perfecto para toda su vida? 
No, es un hecho sabido que en la creación todo vive, todo so de- 



— 73 — 

satrolla. Las sociedades, esas familias primojénitas del Creador 
que encierran tanta vida, tantos elementos diversos, son las mas 
sujetas a la renovación, para caminar lenta o apresuradamente 
al fin que se le tiene asignado. Este hecho solo es la justifica- 
ción de la reforma, las sociedades crecen, sus individuos se estien- 
den, sus necesidades se aumentan, i el mayor número o el todo 
es el destinado a recibir la participación de los bienes de la crea- 
ción en la esfera material e intelijente, Las leyes económicas 
dictadas según las luces de ese tiempo, las leyes políticas dicta- 
das según la esfera de libertad (pie se habia descubierto, si fue- 
ron buenas al instituirse, poco a poco se resienten de las nuevas 
necesidades que no han previsto i del grado de libertad que no sa- 
bían que el individuo podia conquistar. La ciencia que ha seguido 
a la sociedad i no a la lei, manifiesta i patentiza la distancia a 
que se encuentran las leyes, del estado presente del pueblo. En- 
tonces ei orden que habia salido de ese pueblo i que estaba ar- 
mónico con él, ya no es el orden de la sociedad actual: el molde 
se halla rebozado por el aumento de lo que contenia en su seno. 
Ahora si se quiere restituir el orden se debe variar el orden an- 
tiguo para adoptarloal adelanto filosófico. Se debe reformar. 

Examinad las revoluciones, abrid la historia, i veréis el es- 
pectáculo imponente de la elevación o destrucción de las socie- 
dades. La causa principal de la lucha que las mina i las consu- 
me, no es otra, sino la existencia encontrada de las instituciones 
con el desarrollo del pueblo. En la esfera política, sobre todo, 
que es el núcleo, el punto dominante de la marcha de las socie- 
dades, es donde la variación progresiva de la humanidad debe 
hallar una cabida mas fácil a las reformas que el tiempo va 
anunciando. 

Los pueblos van saliendo lentamente de la tutela de la igno- 
rancia, sus necesidades varían i aumentan, i sus intereses van 
ocupando el primer puesto en la escala de la sociabilidad; en- 
tonces es cuando las instituciones chocan, i retardan esa marcha 
i entonces empieza el clamor del que sufre, la innovación por nue- 
vas o mejoradas leyes. 

Los que se consagran al estudio social, o sienten primero la 



— 74 — 

voz de la dolencia; los espíritus ilustrados, aquellos que con su 
pensamiento van a la vanguardia de la humanidad,' son los pri- 
meros en pronunciar la palabra innovación. La publicación de 
sus ideas es un hecho necesario, porque cada uno cree que debe 
adoptar todo lo que concidera verdadero. Pero los formados en 
el réjimen antiguo, se resisten, porque su vida como individuos 
públicos i privados está basada en las instituciones que preten- 
den remover; i porque sus costumbres i el círculo de 3us ideas 
no pasan mas allá de lo que su interés les tiene señalado. 

De aquí nace la lucha entre el poder intelijente del represen- 
tante de las reformas i el poder basado en la organización pa- 



Esto es poco mas o menos lo que ha sucedido entre nosotros. 

He creído que el resultado de mis estudios sociales i de apli- 
caciones a mi palabra, no era armónico: he visto una distancia 
inmensa. He procurado, según mis creencias, hacer cesar esa 
distancia, acercando a las teorías que prefeso las instituciones 
de mi patria. 

La idea que ocupa la cumbre de la sociabilidad, es el pueblo. — 
La idea mas grande del , pueblo, es la del pueblo soberano.— 
Realizar, pues, esta idea en todas sus ramificaciones i bajo todos 
sus aspectos; he aquí mi objeto. — Veamos ahora en esta idea el 
carácter sedicioso que encontramos. 

La soberanía del pueblo, ese testamento sacrosanto que 
nuestros padres nos legaron en los campos de batalla, es princi- 
pio fundamental de nuestra organización social, es decir, política 
i relijiosa, i como nación en sus relaciones estrañas. Este es el 
principio ante el cual vamos a calificar nuestras demás institu- 
ciones i aplicarles el fallo de su existencia lójica. 

La realización de la soberanía del pueblo, implica la existencia 
de las leyes que desarrollan el elemento democrático, como único 
i esclusivo elemento político. 

El desarrollo del elemento democrático, es el libre ejercicio de 
todas las facultades en todos los individuos para que alcancen la 
misma esfera de libertad. Ahora si las leyes secundarias, si la 
organización de los poderes, si los elementos de desarrollo no 



— 75 - 

puedan llegar a todos, i sise contrarían alguna facultad en algún 
individuo, no puedo menos que calificarlas de injustas e ilegales. 
Cuando observo que las facultades legales del poder autorizan 
el despotismo i puede ahogar con ellos el desarrollo de nuestra 
civilización, las califico del mismo modo. I aquí me refiero a la 
organización del Poder Ejecutivo i provincial. Si hai leyes que 
impiden el desarrollo de la mas importante de nuestras faculta- 
des, el pensamiento i la conciencia; — si hai leyes que impiden 
el desarrollo industrial, según lo exijen las leyes económicas del 
dia. — Si la organización de nnestra propiedad contraría i evita 
el complemento material del elemento democrático i esclaviza el 
individuo proletario en la degradación moral i material; — si la 
constitución organiza poderes que autorizan este estado desigual; 
digo con confianza apoyándolo en nuestra revolución i en nuestro 
principio fundamental: leyes opresivas, leyes que deben reformar- 
se. — He aquí, señores, un procedimiento verdaderamente consti- 
tucional. He aplicado la soberanía del pueblo a las demás leyes 
subalternas, he mostrado su existencia ilejítima. Luego la lójica 
sola las destruye. Si queréis, llamad a esto sedición. 

La sedición! señores, no la he invocado. He proclamado el 
ataque violento? He dado el grito de ataque? He dicho: pueblo 
levántate, destroza las cadenas que te oprimen? Le he llamado 
al combate, he alzado la bandera sediciosa? No, señores, no he 
hecho ni dicho semejantes cosas. Esto si seria verdaderamente 
sedicioso. Pero mostrar la imperfección de las leyes, señalar el 
lugar del mal, preludiar una reforma, exitar a que se haga esto, 
se llama sedición? si semejante acusación fuese justa i mereciese 
castigo, acusaríais a la humanidad en las reformas que* ha con- 
seguido i que prosigue! 

Cuando se escuchan los lamentos del que padece, cuando se 
ve el retardo que sufrimos, cuando podemos evitar las lágrimas 
de la humanidad doliente mejorando sobre todo nuestras leyes 
penales, cuando se puede decir que palpamos los resultados 
morales que traerían la variación de muchas leyes i costumbres, 
entonces, señores, el que levanta su voz para proclamar el mal 
es el enemigo de la sedición. Si, señores, enemigo déla sedición. 



— 76 — 

Los trastornos violentos vienen regularmente de la exasperación 
de los pueblos por las leyes e instituciones opresivas. En este caso 
el que procura variarlas, procura evitar el trastorno. Esto es lo 
qne he querido, lo que be buscado. El elemento democrático 
crece, es el único lejítimo i no se le da una entrada proporcional 
en nuestra organización. He dicho con la historia, que la ruina 
de los pueblos tiene en esta oposición sn causa principal; he 
procurado, pues, evitarla haciendo entrar el elemento demo- 
crático. He querido pues evitar la sedición. 

He dicho. 

(El señor Fiscal tomó entonces la palabra). 

Señores Jurados: 

«Se han tomado por el reo los pasajes de mas benéfica inter- 
« pretacion, para hacer esplicacioues sobre ellos; pero se ha 
<í prescindido de presentarlos como son en sí. Yo tomaré a mi 
« cargo esta tarea i os los leeré en el impreso de que no debéis 
« ni podéis separaros.» En seguida volvió a leer los trozos ci- 
tados, haciendo fijar la atención de los jueces en aquellos en que 
yo combatía la indisolubilidad del matrimonio, que establece 
claramente el rito católico i que autorizaba el adulterio, pues decía 
que en el pasado era espantoso. Siguió leyendo lo demás que ya 
queda citado i concluyó advirtiéndo a los jueces que quedaban 
« igualmente signadas i dobladas las fojas, para que las leyesen 
« i revisasen de nuevo en el acuerdo. — He dicho» (1). 

(El acusado pide entonces definitivamente la palabra). 

Señores: 

El señor Fiscal no ha combatido ninguno de los argumentos 
en que he apoyado mi defensa. Quedan pues intactos. No ha 
hecho sino repetir la acusación sin tomar en cuenta lo que he 
dicho i ha vuelto a leer los trozos ya citados, haciendo fijar su 
atención en varios puntos. 



(i) Esto es lo que dijo el señor Fiscal, según lo declaró la publicación 
de su réplica en El Progreso i lo que nosotros recordamos. 



— 77 - 
Señores: 

No encuentro nada de inmoral en los trozos en que el señor 
Fiscal hace que se fije la ateuoion. Como he dicho, he pintado 
el estado pasado de nuestra familia, como resultante de las ideas 
i civilización de entonces. Ese resultado he probado que era 
lójico; si los hechos espuestos, si su esposicion es inmoral, acu- 
sad a los principios que los han producido. — Por otra parte los 
hechos son verdaderos, los conocemos todos, i manifestarlos no 
puede ser inmoralidad. — Es conocida la influencia que ejerce la 
familia en el porvenir del hombre i por consiguientes en el de 
las sociedades, i es por esto que he procurado presentar un 
cuadro de la familia tal cual era, como resaltado de las antiguas 
ideas, para que conociésemos su imperfección i procurásemos 
atacar en su oríjen el mal que podía resultar. La familia pasada 
imponía su sello imborrable al individuo, por lo que, para refor- 
mar la sociedad, era preciso mostrar esa fuente autoritaria. — 
Veíamos allí la separación, el aislamiento, el empeño arraigado 
de hacer permanecer todo tal cual era para que fuese siempre. 
— I al decir que el matrimonio era indisoluble, i el adulterio 
espantoso, no he combatido la indisolubilidad del matrimonio; 
ni yo puedo decir que tenga una creencia cierta a este respecto. 
Esperamos a la marcha de la civilización, a los progresos con- 
sumados de la ciencia para que resuelva la cuestión. Entre tanto 
no hago sino esponer el estado actual para que sepamos como 
vivimos i no nos engañen las esperiencias. 

El adulterio espantoso! I a la verdad era un hecho, una con- 
secuencia moral eu la opinión, de la idea limitada i represiva 
bajo la cual se miraba el matrimonio. — El estado de amantes i 
de espontaneidad de corazón, era perseguido; se le impedia su 
espansion hacia el objeto preferido i los padres designaban los 
esposos. Habia aislamiento, reclusión, falta de sociabilidad. Esto 
es la verdad, i la esposicion de esta verdad se llama inmoralidad . 
La sociabilidad que mejora tanto las costumbres, que fomenta 
la fraternidad, que lo hace conocer i enciende sus nobles ambicio- 
nes, no existia i se miraba como perjudicial. La separación de los 

7 



- 18 - 

sexos era estricta i no se conocía su importancia para la morali- 
dad. Ah! cuando en las circunstancias penosas de esta vida mi- 
serable; cuando agoviados bajo el dolor o la indiferencia, encon- 
tramos unas miradas que levantan nuestro ser que doblegaba, 
entonces conocemos el amor i la naturaleza sublime de su esen- 
cia. El amor! el amor vive de libertad i la opresión adultera 
. sus leyes inviolables. Así, cuando vemos costumbres, leyes i 
precupaciones que lo desconocían, no podemos dejar de atacarlas 
apoyados en la naturaleza i de procurar elevarlo, restituirlo a su 
dignidad. Como dice un filósofo «el que sabe amar es casto, el 
<t que sabe amar es fuerte, lo puede todo i lo alcanza todo f 1).» 

He querido pues hacer cimentar el matrimonio en el amor. Si 
la comunicación de dos almas que se lian podido encontrar i com- 
prenderse, forma una muralla contra la adversidad, i un anillo 
misterioso que Dios, como ser de amor, se complace en contem- 
plar; si esa comunicación era perseguida, la atacamos a nombre 
de la constitución humana i a nombre de la nobleza del alma 
que busca otra semejante para unirse. 

Esto es lo que he hecho, la familia pasada era enteramente 
contraria al desarrollo moral. Lo hemos probado, i esa prueba 
no puede llamarse inmoralidad. He querido, pues, preparar con 
el amor la felicidad de los esposos i cimentar su estado futuro 
en la permanencia de sus condiciones eternas. 

Acaba de decir el señor Fiscal que yo ataeaba el rito católico 
que establecia la lei del matrimonio ¿i yo le pregunto si el rito 
solo constituye el matrimonio? ¿No vemos en diferentes países 
católicos una distinta organización matrimonial? Las leyes civi- 
les no tienen la mayor parte en la formación del matrimonio? I 
ahora las leyes civiles son invariables? ¿no vemos que reciben 
continuamente las modificaciones del tiempo? ¿No las vemos 
adaptarse continuamente a la civilización, admitiendo las luces 
de la ciencia? ¿No las vemos dando continuamente su entrada a 
la libertad por todas partes innovada? Si, esto no me negará el 
señor Fiscal. — El matrimonio existe en todas partes; pero no 



(1) Aimé Martin. 



— 79 — 

en todas partes el rito católico, i donde existe el rito católico la 
base del matrimonio no es la misma. -La lei natural, la lei ci- 
vil del matrimonio, reciben la sanción, la solemnidad del rito 
católico, pero no la constituyen. El rito se puede decir que es la 
coronación de la lei. — Puede, pues, aun sin tocarse el rito variar- 
se la lei del matrimonio. 

No hai pnes ninguna inmoralidad en lo que ha alegado el señor 
Fiscal para acusarme, como no la hai en los puntos sediciosos que 
ha vuelto a leer i recomendar a los jaeces. — ¡ái he manifestado 
que nuestras leyes políticas son imperfectas, i que se oponen a 
nuestro desarrollo democrático, no he excitado a la sedición, sino 
que he manifestado la necesidad histórica que llama a ese ele- 
mento al primer rango de la sociabilidad. — He manifestado el 
estado lamentable del pueblo entre nosotros, he mostrado su 
palpable miseria, su degradación i embrutecimiento, el peligro 
de semejante estado que no puede ser el mismo en los tiempos 
que vienen. — ■ Lo espuesto en la vida que lleva poblando las cár- 
celes i abasteciendo los cadalsos; he dicho, en fin, la esclavitud 
organizada que le oprime: he precurado elevar a casi toda la na- 
ción; a hacerse digna del ejercicio de su soberanía, ¿i esto se lla- 
ma sedición? — He procurado realizar esa fraternidad porque en 
cada semejante reconozco otra personalidad como la mia, otro 
hermano. Vemos continuamente las almas de ese pueblo nacer 
i vivir en el fango de la ignorancia acerca de su destino i posi- 
ción social, he procurado sacarlas de su estado i a los medios que 
he puesto para hacerlo según mis convicciones, se llama sedición. 
— He invocado al Poder Ejecutivo para la realización de semejan- 
te obra; he nombrado al presidente Búlnes porque su populari- 
dad i tradiciones gloriosas le dan bastante poder para encabezar 
una reforma. — El que invoca, pues, a la primera autoridad para 
mejorar al pueblo, no puede llamarse sedicioso, a no ser que deis 
ese nombre a la mayor parte de la nación unida con la autoridad 
para reformar su organización imperfecta. 

¡áeüores: — He espuesto mi doctrina, nada os digo de la impor- 
tancia futura de vuestra decisión. — La historia tiende su mano 
para recojer vuestra sentencia; — esto no os lo digo para amenaza- 



— 80 — 

ros, sino para que no apartéis de vuestra conciencia la solemni- 
dad del juicio en que nos encontramos. 

Señores: — ■ Me he defendido según el campo que me presenta 
la lei, la verdad ha sido mi guia; he defendido mis creencias de 
la imputación criminal, quedaría por defenderlas bajo su aspecto 
de error sobre mi derecho para publicarlas, pero esto no seria 
entonces una sentencia judicial sino una rectificación. — Señores 
jueces, no he sido blasfemo, no lo soi. Reconozco la unidad de 
la creación i el principio eterno que la guia i ante ese ser siem- 
pre he postrado en adoración mi humilde iiitelijencia. ¿Yo blasfe- 
mo? ¿Yo que me he dedicado a buscar ese Dios en todas partes i 
que he consagrado mis estudios a la indagación de la verdad, es 
decir, a la indagación de Dios porque Dios es la verdad absoluta? 
— ¿Yo que le he invocado en mis dudas para que me envié al- 
guno de los resplandores luminosos de que se encuentra circunda- 
do? — ¿Yo que obedezco a las leyes de perfeccionamiento infinito 
i que procuro, en mis alcances, enlazar mi patria en esa mar- 
cha? — ¿Yo que lo considero el Creador de esta grande i sublime 
humanidad que atrae a su seno por medio de su perfección con- 
tinua? — ¿Yo que sumerjido en las entrañas insondables de mi 
individualidad he hallado allí la libertad, el deber i el derecho, 
i que al lanzarme en la creación por el rapto de la intelijencia, 
mi frente jamas se ha estrellado en los abismos de la nada, sino 
en la mano del Omnipotente?— No, señores, no soi blasfemo. 
No he injuriado a la divinidad, según me dice esa misma con- 
ciencia que él me ha dado. Señores, no soi inmoral, no soi pre- 
dicador de la inmoralidad: la he visto, la he observado que cun- 
día, he creido evitarla, evitando las causas que he creído que la 
motivaban. — He procurado cimentarlas relaciones humanasen el 
amor, en ese amor, que modifica i fortalece al deber, en ese amor 
puro que recibimos del Creador, que nos inspiran los objetos que- 
ridos de la vida, espiritualizándonos en nuestras relaciones; en 
ese amor que forma la base incontrastable de la felicidad. El 
que siente en su ser la vida del amor no es inmoral. — I si mi 
conducta puede corroborar a mis palabras, ahila tenéis, señores, 



— 81 — 

pues, gracias al cielo; intachable! ¡Mi conciencia está abierta, 
señores, señalad sus manchas! 

No soi sedicioso. Me he reconocido grande por abrigar la 
libertad i he querido engrandecer a mis semejantes dándoles ese 
conocimiento con sus consecuencias sociales. He llorado con las 
lágrimas del pueblo por su estado i porvenir tenebroso: he que- 
rido señalarle las rejiones felices de la igualdad; he obedecido 
a la voz sacrosanta de la fraternidad, que apaga el orgullo i en- 
salza la humanidad. — Señores jurados, no soi blasfemo porque 
amo a Dios; — no soi inmoral porque amo i busco el deber que se 
perfecciona; no soi sedicioso porque quiero evitar la exasperación 
de mis semejantes oprimidos. 
{Silencio profundo.) 

Señores, he sondeado la fosa que se me abre: he tanteado la 
piedra sepulcral que se me arroja i vengo con mi conciencia 
tranquila a reflejar en mi frente la sentencia absolutoria o a 
resignarme al fallo que me condena. Pero también digo, señores 
jurados, que ya diviso el dia en que mi patria impulsada por la 
actividad humana, arrojará una mirada sobre mí, su hijo perdi- 
do por ahora, i esa mirada iluminando mi nombre, lo estampará 
radiante en la memoria civilizada de mi patria. 
{Aplausos numerosos i prolongados.) 



SENTENCIA 



SE CONDENA EN TERCER GRADO COMO BLASFEMO E INMORAL 



BOLETINES DEL ESPÍRITU 



Cuando los romanos bacian las primeras escavaciones para 
echar los cimientos del Capitolio, fué encontrada una cabeza 
humana, cuyo hallazgo los sacerdotes interpretaron prediciendo 
que Roma seria la cabeza del mundo i su pueblo el Pueblo Rei. 
En consecuencia el romano recibió el bautismo de Rei del 
Universo i la Roma del porvenir se encargó de realizar la pro- 
fecía. ; 

Empero ese vaticinio por unalei de jeneralizacion muí común 
en la historia, puede decirse que es aplicable a todos los hombres 
i ciudades, debiendo estos como aquellos constituir la Roma 
universal cuyo capitolio sea la fraternidad de los pueblos i cuyo 
Dios el Padre del amor i no los iracundos Júpiter ni Jehová. 
Ese vaticinio mirado desde la altura que debe ser aplicado, no es 
otra cosa que el hecho tanjible de la historia, que la ruina de las 
teocracias i monarquías que se funden al calor de los rayos sola- 
res que alumbrarán a la Jerusalem futura. Para construir esta i 
realizar aquella profecía de salvación, es necesario formar los 
nuevos ciudadanos i crear la fórmula con que deben ser bauti - 
zados en virtud de la máxima evanjélica. — «El primero de to- 
dos será el servidor de todos.» — Para esa obra debemos educar 
las nuevas razas que deben destruir las baluartes tras de los 



— 84 — 

cuales se defiende la verdad adulterada i toda tiranía para sal- 
var de la total destrucción cuanto constituye el bien i los lejítimos 
atributos de la libertad. 

La filosofía pura i el espíritu de justicia, he aquí el resplandor 
de luz i del sacerdocio que esperan el renacimiento del hombre. 
¡Salud al pontificado de los pueblos! 

Cayó la Roma de los Papas i sobre sus cimientos se alza la 
Roma del redimido pensamiento., representado por un Dios, una 
palabra i una humanidad. Cayó la palabra i la voz privilejiada 
para dar paso a la verdad universal «con que todo hombre viene 
a este mundo.i» 



II 



¡Salud aurora de paz que vienes sobre los desheredados del 
derecho para poner en faga a tinieblas i tiranos! ¡Hosanna, es- 
píritu de libertad i redentor de los oprimidos! Ya no es un 
hombre iónicamente quien «clama en el desierto preparando la 
venida del Hijo del hombre,» sino que son los pueblos que se 
levantan llevando en sus manos el esplendente escudo de la jus- 
ticia. Salud, i bienaventurados vosotros, que jemiais ayer venci- 
dos bajo la coyunda de los sacrificios i de las aristocracias! Ahora 
(/ podemos preguntar ¿en dónde estáis hombres de iniquidad i del 
orgullo que habéis devorado el fruto del trabajo de los plebeyos 
/i de los rotos de todos los tiempos i comido, en vuestros secula- 
res orjias, el pan de los miserables? Lo poseísteis todo, ciencia, 
poder, honores, riqueza i el usufructo escandaloso de vuestro 
v sacerdocio ¿i qué hicisteis de la doctrina del Cristo? Acercaos i 
! ved como ruedan en vuestro infierno los reyes coronados que 
degüellan, los judíos que roban, los ricos sin corazón, los pros- 
j tituidos del oro, los hipócritas i los corruptores de la conciencia 
,; i de la autoridad. Adelante, Providencia invisible de los que 
padecen, tú, cuya lei ha sido desobedecida i cuya justicia no ha 
tenido aun su dia de gloria. Las naciones europeas te han desco- 
nocido mientras la América espera de tí las nupcias solemnes 
del alma i su espíritu, preparándose a ellas por el sufrimiento i 



— 85 — 

el martirio i en cuyo matrimonio no habrá mas sacerdote que el 
hombre mismo iluminado por la luz de la eterna verdad, por la 
caridad cristiana i el civismo de los antiguos republicanos. 

III 

¿Por qué estás triste, alma mia? 

Vago sobre la tierra con el espíritu hambriento de amor para 
tomar o cojer el arado junto al rancho que me vio nacer: pero los 
rios, los climas, i la suerte que cabe a todos los pueblos, brillan 
en el cielo de mi memoria como las opacas o brillantes conste- 
laciones de mi peregrinación. 

La tierra es un inmenso campamento, en el cual apenas cesa 
el rumor de la vida, cuando lo veo transformado en huellas 
dejadas por el paso de héroes i las señales en donde asentaron 
sus tiendas. ¿Qué se hizo tanto bullicio i entusiasmo? Pasó al 
escuchar el sublime allons enfants de la patrie cual si hubieran 
escuchado la trompeta del desierto. ¿Por qué no marchamos 
también envueltos en la vorájine? 

Pasan los rios murmurando al compás del batir de las heroi- 
cas espadas como en los dias de César, de Karl i de Napoleón. 
Los bosques de Hermán repiten el odio de Varo a su Italia que 
no volverá a ver i a los cráneos de las lejiones abandonadas en 
la desierta arena. 

Italia, tierra «madre» llena de osamentas, i tú, Roma, osario 
de los pueblos, nacida para tu propia desesperación, bella en tu 
secular existencia, bella i bellísima en tus amontonadas ruinas> 
sublime en tus abandonados i silenciosos manes. Roma ¿qué eres 
Roma? Sombra fantástica que refleja únicamente la luz pálida 
del ecb'pse de la fuerza i de la gloria. 

No volveré a pisar tu Foro, ni la plaza de la involución, ni 
veré los mundos históricos prediciendo los dias el porvenir. Nó; < 
no veré eso, porque bajo otro cielo, en otra montaña i en otrosí 
valles tengo mi patria que es donde vi la primera luz. I la patria 
es el altar del sacrificio en donde cada ciudadano debe ofrecer, 
en holocausto, su corazón. 



— 86 — 



Hai dolor en el deber, pero yo se que viveré algún dia con 
eterna vida! I en esta vida vivirán conmigo mis recuerdos, mis 
ideas i mis amores, i también las lágrimas desconocidas que 
guardará alguna estrella para dármelas como alimento por haber 



guardado la lei. 



IV 



El Consolador ha venido i vive con la fé del que lo anunció. 

El Consolador es la visión de la verdad en el varón de pecho 
esforzado. 

El Consolador no ha cesado de difundir su palabra, pero han 
faltado ojos para verlo i oidos para escucharlo. 

Ha visto las faltas i el dolor del siglo, i sobre la montaña que 
guarda al Nuevo Testamento, ha repetido a las muchedumbres 
que lo persiguen: 

Venid a mi, vosotros que dudáis i os consolaré. 

Venid a mi, l'os que sufrís por la palabra impía, i os fortale- 
ceré en vuestro verbo. 

Los que lloráis por la profanación de la verdad i la difusión 
del sofisma; 

Los que consideráis a la libertad como inmaculada vírjen i 
sufrís por las injurias cou que se la ofenden; 

Venid a mi, vosotros que desesperáis de la unidad viendo la 
división de las sectas i relijiones, venid i yo os mostraré el ca- 
mino de la verdad en la cual todos deben confundirse, una vez 
purificados del símbolo que engaña i del odio que oscurece. Id 
directamente hacia Dios; amad, i seréis uno en él «como nuestro 
Padre es uno» (San Juan). 



No sé esplicarme la fuerza que hai en el fondo del corazón 
humano¡cuando ciertas heridas parecen llevarlo a los límites del 
cielo o de la nada, sino diciendo que hai allí una virtud oculta 
que nos revela el infinito. 



— 87 — 

En los grandes momentos de tribulación no hacemos como la 
madre del hijo del hombre cuando desde la cruz le dijo este, se- 
ñalándole al discípulo amado: «he ahí a tu madre,» que pedia 
mas fuerza para sentir mas. 

En esos momentos siiDremos es cuando digo a Manuel Rodri- 
guez. Dadme la inspiración que tuvistes cuando Chile estaba 
perdido, i tú, rodeado del espanto de las ciudades, organizaste 
<íEl escuadrón de los húsares de la muerte.'» 

Alma de la Francia en Waterloo, dadme las horas en que la 
vieja guardia se envolvía en un manto de metralla. 

Polacos en Varsovia, guerreros que disteis el postrer adiós a 
vuestra patria, reveladnos, en nombre de Cristo, la relijion de 
vuestra última batalla. 



VI 



El sol se eclipsa i el frío de los polos se estieude sobre la tie- 
rra. Humanidad ¿en dónde estas? Veo el egoísmo entronizado; 
cada uno para sí i cada uno sin Dios i sin alma se envuelve en 
el negro sudario de la indiferencia. Sólo una alma solitaria vela 
sobre una roca contemplando las victorias de la muerte, que 
avanza i retrocede, ante aquel último baluarte, del que sale una 
voz que le dice. — «Aquí no llegarás.» I hé aquí que el sol vuel- 
ve a brillar para dejar ver el arco iris de la esperanza. 

I el que tal hace i lleva el calor vivificante de su palabra de 
uno a otro polo es el Cristo, inmortal centinela i bendición para 
todo el que lo invoca. Porque ¿qué seríamos sin Dios? Cosas sin 
nombre rodaudo fatalmente en las tinieblas. 

Creamos i esperamos. El fin es nuestro. 

VII 

I el anciano al despedirse de la vida, bendijo su vejez que le 
permitió ver con sus propios ojos la luz de las naciones. Su úl- 
tima palabra fué la profecía de un dolor incesante para el cora- 
zón de las madres. 



Ciencia nueva qne se anuncia por ]a boca del pueblo. 

Por eso, tú, mártir Polonia, nos dirás, un dia lo que tus jene- 
raciones muertas en sus innumerables campos de batallas han 
visto en la otra vida al sentir sobre sus restos mortales los pa- 
sos de tus decendientes esclavizados. 

I vosotras razas que desaparecéis de Asia i de América, reto- 
ños de nuevas razas, nos diréis la palabra que las naciones— ver- 
dugos han ahogado en vuestros pechos. 

I tú, puebio, informe masa de martirios, muda pirámide de 
huesos levantados por los déspotas, ven, ven, que tu dia se acerca, 
que el Cristo resucita nuevamente para emanciparte de tus infi- 
nitos dolores. 

VIII 

Gracias, señor por la intensísima facultad de dolor que me 
has dado i por esas lágrimas del alma que inundan mi vida como 
rocío celestial. 

Gracias por esa momentánea desesperación que siento ante la 
desnudez i la injusticia, porque desde el fondo de esa desespera- 
ción he sacado fuerzas suficientes para elevarme. 

¿Quién ha blasfemado contra tí, señor mió i fuente de eterna 
bondad, diciendo que hai penas eternas, cuando yo no las invoco 
ni aun para los tiranos ni para los corruptores de la conciencia? 

¿Quién ha blasfemado diciendo que el hombre nacido de mujer, 
nace condenado, es decir el niño, aurora virjinal con que Dios 
tiñe la mañana de la vida para enviarnos con él una imájen de 
su creación predilecta? 

¡Callad, dogmas de odio, envenenado aliento de egoístas, de 
misántropos o de viejos celosos de la pureza que se alza! ¡Callad 
i apagaos en silencio, o no continuéis por mas tiempo profanan- 
do el sentimiento humano i dándonos el escandaloso ejemplo de 
encarnar a todo un Dios en la miseria de nuestras pasiones. 

Lójica singular que empieza por asesinar a la justicia i termi- 
na por martirizar a la madre haciéndola creer que lleva en su 



— 89 — 

seno el maldito fruto de Satán. Idos a lanada porque sois men- 
tira. 

Sobre la tamba del Viejo Mundo pondremos esta inscripción: 
«Aquí yacen los dogmas de odio i ia lójica de los esclavos.» 



IX 



Se ha dicho, con mucha verdad, que el criado del verdugo es 
mas infame que el verdugo mismo. I si de estos hai muchos, el 
número de los primeros les excede. Conocéis a los verdugos; se"" 
llaman reyes, príncipes, aristócratas, sacerdotes de cultos blas- 
femadores, capitalistas sin corazón, militares sin conciencia i 
meras máquinas de destrucción, abogados de todas las causas, 
jueces de venganza i odio, lejislaciones débiles o corrompidas, 
comerciantes que esplotan el hambre de los pobres, negociantes 
en prostitución i en esclavos i corruptores de la juventud. Gue- 
rra sin fin a toda esa jente mientras llega para ella su terrible 
juicio: pero no olvidéis a sus criados que se llaman jesuitas e 
hipócritas i que son las mostruosas encarnaciones de la abyección 
\f\ ((asÚ del vilipendio. Ellos son los justificadores de toda causa i los 
'inventores de teorías para absorber todo crimen i a todo crimi- 
nal. Habladores infatigables cuando se les piden actos; eruditos 
del crimen que siempre encuentran en las bibliotecas títulos nue- 
vos para todas las infamias. 

Sucumbía Polonia i se vio esponer doctrinas para impedir que 
se la socorriera. Se trafica en carne humana, i no faltan erudi- 
tos, teólogos i doctrinarios que justifiquen la trata i el indigno 
comercio. El pueblo muere de hambre, i se le arroja, en vez de 
pan, la máxima de «el irabajo es un freno. » Los degolladores 
apagan en sangre la insurrección de una ciudad i se justifica la 
matanza desde las tribunas de los pueblos civilizados, diciendo: 
«El orden reina en 'Varsovia.» 

Si los déspotas hacen sucumbir la libertad, los criados de los 
verdugos justifican la medida con un arsenal de testos. Si se de- 
clara una guerra injusta, la defienden con las palabras de «es 
un hecho consumado; ya no hai remedio.» Doctores sin fé i sin 



¿V,~í." 



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— 90 — 

corazón que, abdicando la razón ante la faerza, justifican la de- 
gradación i la cobardía. 

Dicen siempre: — «Esto ha sucedido, esto sucede, esta es la 
fuerza; luego es bueno.» — Conoced la fórmula, i conocedlos para 
trazar sobre la frente de esos doctrinarios el signo maldito de 
Cain. 

X 

El Deber i el Número 

Jerjes avanza con un millón de soldados, mientras trescientos 
espartanos le esperan a pié firme. 

— Retiraos, pues vais a morir inútilmente, les dice el egoísmo. 
El deber responde: — Las fronteras de la patria se defienden con 
el valor del alma i no con el número ni la infamia. En la víspe- 
ra del combate, Leónidas, dice a sus compañeros: «Mañana ce- 
naremos en la mesa de la inmortalidad.» 

— Se acerca el enemigo, grita un centinela. — «Nó, dice Leóni- 
das, somos nosotros que nos acercamos a ellos» — mientras el 
ruido de los enemigos hacia temblar la tierra i la descarga de 
sns flechas ocultaba el sol. 1 los héroes no se cuentan, i si fijan 
su propio número no cuentan el del enemigo ni tampoco el de 
los aliados que abandonan sus filas ni tampoco a los traidores 
que les atacan por la espalda. Combaten i mueren. — I ¿quien 
venció? 

Dios, la fraternidad i la libertad. ¿Quién contó a sus enemigos, 
ni quién se aterra por el ruido de las turbas? En verdad que se- 
riáis inferiores a Leónidas i sus trescientos combatientes que 
murieron. 



XI 



¿Ois el rumor de la batalla en los campos de Arauco? Caen 
los hijos de esta indómita tierra ante el acero i la metralla. 



— 91 - 

Un último esfuerzo de Valdivia les arrebata la victoria que a 
su vez lleva en favor de las huestes araucanas la voz de Lautaro. 

Lautaro no se dijo: — «El sol se muestra para los españoles» — 
gritemos — «¡viva quién vence!» No, no dijo eso. Con no decirlo, 
probó que le asistía la justicia., 

A su semejanza, nosotros vivimos en medio del rudo batallar 
del bien i del mal, del amor i del egoísmo. ¡Ai de vosotros si ti- ^cii"^«--f^ 
tubeais en vista del efímero triunfo del pendón de las tinieblas. 
Lautaro salvó al indómito Arauco, i Arauco ann puede levantar- 
se por entre las razas esclavizadas de la América i decir: «Es- 
paña, yo te vencí; América, yo te vengué.» — Esperemos aun que 
dirá: — «Fraternidad, seré tu brazo.» 

XII 

Thoquinche 



¿Cuál es la voz que dormita en los mudos continentes, cuál es 
la luz que caerá sobre la cuna de las naciones del porvenir, cuál 
el nombre humano en las soledades primitivas, cuál el verbo que 
ajita a los pueblos en sus tempestuosos bajidos? 

La voz se llama pensamiento; la luz, personalidad; el nombre, 
la ciudadanía, i el verbo, la soberanía del pueblo, sintetizada en 
la unidad de la libertad, en el amor del hombre por su seme- 
jante i mientras la intelijencia afirma i defiende la existencia 
del Ser Supremo. I al empezar a existir la soberanía popular, 
los montes i las llanuras, los rios i los bosques, todas las zonas 
i los continentes comprendieron, recordaron lo que significaba 
aquella voz que en el principio de la creación separó la luz de 
las tinieblas. 

1 la creación oprimida hasta entonces bajo el peso de las be- 
llezas que ocultaba, pudo respirar i tuvo su culto. 

I el hombre que hasta entonces dormitaba como perdido en 
las tinieblas de la historia, realizó en sí la suspirada epopeya 



— 92 — 

apareciendo como hombre — pueblo i como ciudadano, pudiendo 
solo entonces responder dignamente al llamamiento divino. 

II 

En tí, pueblo de Arauco, la palabra nación significa medida, 
i Thoquinche pueblo midiendo, lo cual quiere decir que en ambas 
voces tenéis representadas la personalidad i la justicia. Tú, La- 
mennais, el venerado de vuestro siglo, me dirás si esa palabra 
contiene el secreto de la arquitectura del templo cristiano del 
porvenir. 
. a Edgar Quinet, tu me dirás si el mundo de Colon euvia o no al 
mundcTcaduco sus acentos de esperanza. I tú Michelet, que has 
dicho que la historia es una resurrección, me dirás si ésta es la 
resurrección de las ciencias. 

III 

La primera palabra del pueblo soberano es la de Dios, la 
.segunda es la de la libertad, i la tercera la de la fraternidad. 

Teniendo por nuestro a Dios ¿a quién temeremos? Amando a 
nuestros semejantes ¿quién odia ni dónde están los tiranos? 

Hé aquí a la humanidad rejenerada palpitando en una sola 
idea i marchando en batalla para dar la lei de amor a sus ene- 
migos. 

Entonces el pueblo será santo i será vencida la fabulosa ser- 
piente. 

XIII 

Tristísimo es contemplar la marcha del tiempo i como huye la 
vida i tras ella se levantan los osarios de los pueblos. 

Caen las selvas primitivas i con ellas sus misterios mientras 
desaparece, vertiendo lágrimas, la poesía de las primeras edades; 
i las montañas inclinan sus soberbios picos i los rios arrebatan 
los bordes de sus cauces en donde se asentarán las tiendas de 
las primeras tribus. 



— 93 — 

I tú, espíritu humano, también cuentas tus sollozos i dolores 
desde las junturas de las piedras de las grandes pirámides hasta 
por debajo de la loza que cubre la tumba de la inocente vírjen. 

«¿Todo pasa?» nos preguntamos, pregunta trasmitida por las 
edades como testamento de investigación. ¿Será verdad que todo 
cae i rueda como en satánico despeñadero? N6: si nos acercamos al 
insondable abismo veremos que se alza de su fondo la protesta 
de la inmortalidad. 

Empero, pasan los siglos envolviendo esa protesta en los áto- 
mos que en torrente se pricipitan para oscurecerla i anonadarla. 

I entonces interrogaremos a la nueva aurora sobre si también 
se irá. ¡Ai! cuantos colores perdidos, cuantos matices olvidados, 
i cuantos libros sublimes quemados i que se buscan sin poder 
encontrarlos. 

Es porque la muerte es un campo de batalla a donde la cien-'t 
cia i el amor acuden sin cesar para sentir las palpitaciones de la 
agonía. Batalla indecisa i de todo tiempo. ¿Quién detendrá sobre I 
ella el sol para fijar la última i definitiva victoria? 

Únicamente el heroísmo. Luz i siempre luz; he aquí quién 
fijará la victoria final. Luz, pero el hombre olvida cuando abdica , 
cuaudo es débil i egoísta, careciendo entonces de enerjia para 
observar simultáneamente los dos momentos esenciales de la 
creación. Vemos las tinieblas i afirmamos que todo muere; vemos 
la luz i olvidamos el instante misterioso de la trasformacion'de 
los seres. Si queremos ver siempre, remontémonos a la fuente de 
toda visión i no temeremos las tinieblas que no son otra cosa 
que el silencioso pasaje de la vida para tornar o aparecer al 
siguiente dia. 

I mientras el tiempo cubre con su mortaja de descomposición 
todas las cosas, quien cree i confiesa la visión del Eterno vive 
siempre presente e indivisible pudiendo dar el grito heroico que 
detenga el sol en su camino para iluminar i detener el tiempo. 
¿Qué son los temores de la muerte? 

Sentimiento del culpable que no ama i que por esto mismo 
teme la perpetuidad del amor. El egoísta corre, sin saberlo, en 
busca de la nada, que es la negación de toda caridad. 



— u — 



II 



Abandonemos, pues, nuestras quejas propias de la senectud de 
un mundo que se desploma. 

Llevamos en nosotros mismo el principio de inmortal juven- 
tud i no podemos morir si fecundamos la fé, la esperanza i la 
caridad. Si huyen las primeras ilusiones i las flores primaverales, 
las flores e ilusiones viven en la tierra que les dio vida i en el 
corazón que los alimenta. 

Lo indestructible i lo fuerte viven, al través del tiempo i del 
espacio, sin que nadie pueda sepultarlos en el abismo del no 
ser. 

XIV" 

Deten, Señor, tu rayo de luz i de fuego porque yo, tu hijo, 
vago en la inmensidad del espacio cual astro iucendiado al rede- 
dor de su órbita. 

Espera un momento antes de enviarme a otros mundos: espe- 
ra que haya preguntado a los hombres de mi época ¿por qué 
desde oriente a ponieute no repiten tu nombre? ¿Por qué prepa- 
rastes para todos inmenso festin, i veo que mui pocos acuden a 
ocupar su puesto? 

Porque el estandarte de la guerra emancipadora aun no ha 
sido desplegado en todos los pueblos i por todos los hombres. 
Grande es el número de criaturas que viven en tinieblas i en- 
vueltas en las sombras del error i del crimen. 

He visto a la Italia concentrarse en sí misma para arrojar 
lejos de sí el peso de sn afrenta teocrática. 

He visto a la Francia dar el grito de la heroica redención. 

Pero he visto sucumbir a la Hungría i no he visto levantarse 
al pueblo mártir de la desventurada Polonia. 

No he visto a ningún pueblo levantar la espada contra la 
tiranía. No he visto levantarse a nuestros hermanos de África, 
ni lo que encierra la solitaria palabra de Arauco. 



~ 9o — 

XV 

I 

Dime, libre araucano: ¿qué pasa por tu alma cuando, corrien- 
do tus dias, lanzas tu caballo por la desierta pampa o retirado 
en tu miserable cabana, vives taciturno i silencioso? 

— «Soi altivo, tengo fuerzas i corazón, me dices. — «¡La muer- 
te!» ¿qué es la muerte sino un momento de gloria para mí i mis 
hermanos, que envueltos en el polvo de las batallas, pelean en 
los valles i sobre las nevadas cordilleras, esperando tener como 
premio de sus hazañas el azul Arauco de los cielos, en donde 
■Dios es Dios i el araucano un hermano, para ver desde allá arri- 
ba a los conquistadores i preguntar a Levithraru por el camino 
que conduce a España? Nada tememos porque el dolor es nues- 
tro pan i jamas sentimos decaer el heroísmo aun cuando la 
metralla i el plomo taladren nuestro pecho.» 

I eres, tú, Chile, patria mia, quien debe llevar la palabra de 
caridad, de ciencia i de redención a la tierra de Arauco. 

XVI 



Ciudades llenas de humo i de imbécil jente, dejadme subir a 
las alturas i respirar el aire de los bravos. 

Ciudades llenas de iniquidades i de disputas ¿por qué recha- 
záis al que humildemente os habla, para humillaros al orgulloso 
que os domina por la corrupción? ¡Ah! es que estáis envilecidos 
i sois raza de siervos encorbados bajo el ignominioso látigo de 
los hipócritas. Dejadme visitar i hablar al pueblo, que, silencioso j 
i oprimido, escucha la voz de la razón. ' 

Ciudades que os llenáis de oropeles mientras vuestro interior 
es fetidez i mentira, dejadme visitar los campos donde se ha 
refujiado la sinceridad, pues soi capaces de hacer desaparecer 



— 96 — 

la frescura í verdor de las tierras. Veo elevarse de vuestro seno 
gran ruido i algazara cual si el océano saliera de su lecho, 
j Es el ruido de los carruajes i el jeinido de los miserables que, 
\ estremecidos, voltejean el martillo de la industria. 

Ciudades que os llamáis cristianas mientras compráis, a vil 
precio, la honra i la vida de la mujer i que os llamáis cristianos 
i devoráis el pan que arrancáis al hombre del pueblo. 

Ciudades en donde impera la tiranía, dejadme respirar mi 
esperanza, pues, solo ella puede volverme a la vírjen de mis 
amores, la divina Libertad. 

Ciudades sin Dios i sin caridad, ¡ai de vosotros! El rasero 
de la ira celestial pasará sobre vosotros por vuestra dureza e 
ingratitud. Mausiones de ricos i cadenas del infeliz, acordaos de 
Sodoma i de la Boina Bizantina. 



II 



I vendrá la ciudad nueva i la muerte de la impureza; ciudad 
de nueva arquitectura que mantendrá en sus puertas i paseos la 
bandera de perpetua hospitalidad. ¿Veis a las multitudes que 
acuden a vivir dentro de sus muros como estrellas que lucen en 
el azulado firmamento de la justicia? Esas multitudes son las 
jeneraciones heridas anteriormente i a las que consoló el fuerte 
entre los fuertes. 

¡Salud! El Cristo avanza hacia los pueblos redimidos por la 
sublime libertad i la divina fraternidad. 

XVII 



1 en un dia i en un momento feliz afirmé lo que la razón afir- 
ma i repetí su afirmación, 
o — Dios mió, yo te amo. 

I lleno de ese amor sacrosanto, vi también en él a mis herma- 



— 97 — 

nos i me repetí entonces: — Amo a mis semejantes como a mi ¿ 
mismo. 

I mi alma, hambrienta de amor, soñó únicamente sobre la 
manera de vivificar i estender el reino de la caridad. Pero entre- 
tanto vi los odios que nos separan i creí que la pobre palabra 
mía podia aquietar la ira de los que batallan. 

¿Quién ha puesto una espada entre el hombre i su hermano, \ 
entre una jeneracion i la que le sucede? 

• ¿No ves ese punto negro en la conciencia del primero que 
mintió? Ese es odio que nace. 

¿No ves esa nube que ofusca la intelijencia i que apaga la 
llama del amor primero? Es el error que se hace jigante. ' 

El consorcio del odio i el error enjendraron esos males i en- 
fermedades que nos molestan. ¿Por qué el que mintió dejó de 
amar, sobre todas las cosas, a la verdad; i el que cayó en error 
no vio a la libertad ni a Dios, principios correlativos? ¿Quién 
será el redentor? Únicamente el amor. 

Porque el odio es separación i privilejio i el amor es unión e |] 
igualdad. El monarquista i el aristócrata llevan en sí el pecado (I 
del despotismo. 

El republicano lleva consigo la soberanía del deber. Los pri- 
meros hacen gobiernos de soberbia, de lujuria i avaricia porque 
arrancan sus títulos de la mentira i el error. El segundo, es 
decir el republicano, forma los gobiernos de pureza i caridad. 

Si falta Dios, llega el suicidio; si falta el amor, no tarda en 
aparecer la desesperación. 

XVJII 

¡Cuan bello es el océano, cuando al despedirse el sol le acaricia 
con sus postreros rayos de luz! 

I tú, hombre, cuan bello apareces cuando el Eterno te envía 
su palabra i tu le respondes con el acento de la sublime Liber- 
tad. 

Montañas que limitáis los horizontes apareciendo como las 



— 98 — 

mudas estatuas de la inmovilidad, sois mui bellas pero no mas 
que las armonías de la divina libertad. 

Armonías del universo que formáis la grandiosa orquesta de 
la creación, sois mui bellas, pero es mas bello el magnífico ritmo 
de la libertad. 

Mundos que silenciosos voltejais en el espacio; centellas que 
fulguráis desconocidos resplandores; tiempo que no os detenéis 
en vuestra insensata carrera, no espantáis ni podéis poner miedo 
en quien tiene por escudo i coraza a la omnipotente libertad. 



XIX 



Himno de la revolución. Cuando sabiendo lo que es el hombre 
como nos lo describe la historia, escachamos al pueblo francés , 
entonar su himno patriótico la Marsellesa, creemos escachar la 
trompeta que toca el himno de la resurrección de las naciones. 
Sus soberbias armonías parecen destrozar las cadenas de los 
oprimidos i jamas pueblo alguno nnió a palabra mas altiva los 
acordes de una música mas guerrera, pareciendo que en esa 
feliz unión hubo como una revelaciou de sentimiento, como una 
inspiración venida de lo alto. Es el himno que postra a la tira- 
nía i da la mano a la querida libertad. 

¿I en qué época viniste al mundo? cuando la ensangrentada 
cuchilla de los verdugos de la Europa se preparaba a herir ue 
muerte el corazón de la Francia revolucionaria. 

Canto de los bravos; himno de los combatientes de la causa 
de los pueblos, tu guiaste a los héroes de la gran redención; tu 
fuiste eco de honor, grito de fraternidad, palabra de deber i mú- 
sica de sacrificio. Bendito sea el pueblo que te dio vida i ojalá 
que su porvenir realice tan hermosa profecía. 



II 



J al recordar esto, me he dicho: ¿Habrá otra Marsellesa? 
I al hacerme esta pregunta me acordaba de rai querido Aranco, 



— 99 — 

¡ Ah ! Chile es mndo i taciturno. Para qne dé una voz semejan- 
te a aquella, es indispensable despertar a su pueblo de tal ma- 
nera que sepa dar su vida por esta luz: «.Ama a Dios sobre todas 
las cosas i a tu semejante como a tí mismo.D 

Santiago, Marzo de 1850. 



^)0= 



EL DESTERRADO 



«lis, en allait errant sur la terre. 
Que Dieu guide le pouvre exilé!» 
Lamennais. 



Hai momentos que pueden ser el objeto de una vida: Colon, 
corona sns largos años de desgracias presentando a la humani- 
dad atónita el Nuevo Mundo que descubre; Sócrates, muriendo 
nos inicia, con la tranquilidad del heroismo, en los misterios del 
espíritu inmortal; Galileo, revoluciona los cielos, i recojiendo 
para siempre la tienda de Jehová o el firmamento antiguo, res- 
tablece la noción de la omnipotencia de Dios en la inmensidad 
del espacio. 

Bien empleada es todavía consagrada a realizar uno de esos 
momentos. , 

El momento de Colon se llamó: ¡tierra! 

El momento de Galileo: e pur si muove. 

El momento de Sócrates: ¡su muerte! 

Contemplar los hemisferios, decapitar la antigua teocracia de 
la tierra en el sistema planetario i conducir al hombre con la 
sereuidad de la virtud, hasta las puertas de la eternidad: hé ahí 
epopeyas inmortales, que depositan el jérmen sagrado del divino 
movimiento i que revelan la patria del espíritu. 



— 102 — 

I ¿qnién es el hombre que no bnsca su ranudo? ¿Quién es el 
qne no indaga la leí del equilibrio qne sostiene a los astros i 
que ha de ser la misma lei qne rija a los individuos o naciones? 
¿Quién es el que no busca la lei de su destino, sea en los abis* 
mos del pasado, sea en el seno mismo de la eternidad qne nos 
envuelve? 

Como Colon, sentimos el mundo incompleto i limitado el ho- 
rizonte; como Galileo, encontramos estrecho el cielo de las teo- 
cracias i usurpada la colocación de la potestad sobre la tierra; i 
como Sócrates, la verdad que elabora el ser en nuestros seres 
imperfectos. nnj 

Buscamos el horizonte, sin, límites, pedimos el cielo inmenso 
donde palpita la lei del equilibrio, i exijimos ver sobre el mun- 
do la balanza de 1 á; !j n sifeici«tl por la mano del Eterno suspendidas 

Hé ahí por qné , 'S©mw < <!le9toéfrados. 
;J 

II 

I 

La aspiración i al recuerdo se dividen en nuestra vida. Veni- 
mos al mundo como, jérmenes finitos, preñados de infinito; i de 
ahí nace el impulso infatigable, el deseo insaciable, la locomo- 
ción perpetua, | la, sed inestinguible de poseer mas ser, mas po- 
der, mas inteliiencia, ,i de realizar una fusión universal con los 
seres, desde el océano con ,sus arenas i sus rocas, hasta los cielos, 
con sus soles i sistemas. 



> aoiu. oí) j;i'n 

El alma viene al mundo con la forma latente de todos los va- 
lles, con la fisonomía de todos los paisajes. En la vida, encuen- 
tra sucesivamente esos valles i paisajes, como visiones de un 
territorio ideal cuyo recuerdo despertará. ¡Paraíso perdido, pa- 
raíso prometido! — i entre el recuerdo i la esperanza, el presente, 
armado como un guerrero de la epopeya de la creación. 

La aspiración es el presentimiento de una patria futura: — el 

recuerdo es la ausencia de una patria conocida; — pero el deber 

1)1103 i . ' 

es la posesión de la eterna patria. 

Hé ahí como acabará, el, destierro. 

'•!■'[, 1' 

(39 l'j! 



IOS — 



III 



¡El recuerdo! — La memoria, esa incomprensible facultad, luz 
misteriosa i vacilante entre el organismo i el espíritu, que re- 
sucita la vida en ideas i trasporta la retaguardia de la vida 
condensada, enciende en los abismos del pasado, tal idea, tal 
bora, tal siglo, tal lugar, fulgurando imájenes o nombres, que 
pasan por la mente como centellas de felicidad en las tinie- 
blas. 

Mientras tengamos memoria, seremos siempre desterrados. 

Hijos de la bondad suprema, somos herederos de justicia i 
profetas de felicidad. — Un testamento heroico nos impulsa, una 
profecía divina nos alienta; — i en todo momento i lugar, contra 
el dolor i la injusticia protestamos. 

Hé ahí porqué estamos desterrados. 

Vision del infinito i aspiración sin fin por alcanzarlo; — re- 
cuerdo i aspiración por un presente que reúna las estremidades 
de la inmensa parábola compuesta del pasado i porvenir; — pe- 
tición de justicia en todo i para todos: hé ahí las líneas de la 
figura de la patria que buscamos al través de las peregrinacio- 
nes de la historia. 

Hé ahí porque estamos desterrados. 



IV 



Omnipresencia en el espacio, — omnipresencia en el tiempo, — 
paisajes de todos los climas, — glorias de todas las edades! ¿có- 
mo haceros vivir en el alma humana? — Solo Dios posee la 
omnipresencia. — ¿Seremos simples desterrados? 

Pero a la omnipresencia en el espacio nos acerca la posesión 
de la idea i el sentimiento de la ideal belleza; a la omnipresencia 
de todas las glorias nos encamina la marcha continua a la vir- 
tud suprema. 

La Grecia ha simbolizado la tentativa tiránica de la bumani- 



— 104 — 

dad por la posesión del fuego divino i del secreto de los cielos, 
en el tormento de Prometeo. Fué el tormento de la inmovilidad 
para la raza mas movible de la historia. El cristianismo se pone 
en movimiento i encarna su espíritu i su jenio en el símbolo de 
Ahasvero. El judio errante representa la peregrinación sin fin, 
él destierro perpetuo; fué el tormento del movimiento continuo. 
Prometeo aspira por lanzarse hasta los cielos; Ahasvero por el 
reposo. Todos los que han sentido el divino llamamiento, esa 
atracción del infinito, han escuchado las palabras de Cristo a 
Ahasvero: «Marcha, marcha.-» I los que han osado traspasar los 
límites del firmamento antiguo i medir los dioses con la vara 
de la justicia, han podido profetizar el derrumbamiento del 
Olimpo. 

Adelante! es pues el imperativo de la atracción divina i de 
la aspiración humana. 

La patria definitiva es la justicia. El que adelanta en justicia 
disminuye la distancia. La justicia es la medida de la libertad i 
del amor en las acciones. I la belleza es la encarnación i el esplen- 
dor de la medida de justicia en los objetos. Adelantar en justicia 
es, pues, acercarse a la omnipresencia i a la posesión de la be- 
lleza. Todos cargamos ese testamento divino i también la divina 
profecía. Llevamos en nosotros nuestra patria. Con la justicia 
tenemos la ciudad, — con la belleza, el territorio. I su aplicación 
i propaganda, con sus dolores i alegrías forman su atmósfera 
vital. 

Resplandece, pues, en nuestras almas, aurora que revelas el 
horizonte idolatrado! Disipa las tinieblas que entorpecen nuestra 
marcha. Adelante, adelante! 



¡Feliz el que vuelve a su patria! — Su mirada devora las dis- 
tancias, — su memoria arranca del pasado las imájenes, — su alma 
le anticipa los aspectos de su tierra natal im despertamiento de 
los elementos de nuestro organismo, formado con los jugos de 
su suelo, cou el aire de sus valles, con el agua de sus torrentes, 



— 105 — 

coa el lenguaje de sus bosques, con la impresión de sus monta- 
ñas, con el resplandor de su cielo! Misterioso matrimonio de la 
materia i del espíritu! Cuánta ternura i conmoción profundas! El 
ser íntimamente sacudido al toque eléctrico de su tierra, derra- 
ma los efluvios de amor del corazón comprimido que dilata sus 
potencias, como si el Ser Supremo nos recibiese entre sus brazos. 

Momentos inefables, al sumerj irnos de nuevo en el seno de la 
patria, sois primicias qne reveíais la exaltación futura de la pa- 
tria definitiva de la humanidad, transfigurada i unificada por el 
amor i la verdad ! ! 

La patria del hombre moderno se ha ensanchado como el 
mundo, i donde quiera que se encuentre, tendrá qne sobrellevar 
recuerdos de los fragmentos de esa patria universal. Ausencias 
siempre roerán la vida. No podemos abrazar en un lugar i en un 
tiempo a todas las afecciones, a todos los recuerdos, a todos los 
espectáculos bellos de la tierra. 



PREFACIO A LOS EVANJELIOS (1) 



El Libro en América (2) 

(De este estudio poseemos el orijinal (3) 

Que se hacen esos vastos pensa- 
mientos que habían sostenido en 
Cristóbal Colon, la idea de encontrar 
en América el desenlace de la políti- 
ca sagrada, de hacer servir ese conti- 
nente a consumarla alianza i la uni- 
dad del mundo moral, de bautizar 
esa nueva tierra en nuevo amor? 

E. QUINET. 



Colon arrancaba del océano un continente i la España deste- 
rraba al Coran. Al mismo tiempo que se veia al jénio del 
amor invocando la bendición de Dios sobre la maravilla des- 
cubierta, el espíritu de esa relijion que la España arrojaba de su 
seno, atravesaba el océano en las naves que llevaban el pendón 
de los cristianos i la bañaba en sangre. 



(1) En 1846 Francisco Bilbao tradujo al español los «Evangelios» que 
Lamennais acababa de traducir al francés. Al hacerse esta publicación en 
Lima, en 1856, el prefacio quedó sin publicarse. 

(2) A la América antes española.- 

(3) Nota del Editor de esta obra (1897). 



— 108 — 

Oigo las voces dejeneraciones estinguidas. Pueblos de Méjico 
i Perú donde estáis? Visteis un dia aparecer en vuestras costas 
al hombre color de cadáver (1) i al aliento déla tumba bajasteis 
a la tumba. Un Dios de vida os anunciaron i estupefactos os 
revolvéis en los sepulcros. Solo el araucano responde por voso- 
tros, porque al espíritu sangriento que ejercían opuso el demonio 
de la muerte (2). 

El Evaujelio no ha visitado al continente en la aurora de su 
vida. 

La Europa le desgarraba en espíritu i en cuerpo (3). Uu nue- 
vo suelo se preparaba al ensayo de una creación. Ese suelo esta- 
ba destinado a recibir la huella virjinal de la nueva carrera de 
la humanidad, a desenvolver la lei olvidada: ese suelo debia re- 
cibir un nuevo espíritu i cual fué ese nuevo espíritu? ¡300 años 
de' esclavitud, de plajio i de codicia! El Evanjelio no apareció en 
América durante el tiempo de su conquista. 

El hombre que vengó a los galos de la conquista de los fran- 
cos señala a los americanos el momento de libertarse de los 
godos; siete repúblicas se ostentan a nombre de los derechos 
del hombre. El Evanjelio apareció en la resurrección de la Amé- 
rica como una visión del Cristo trasfigurado en la montaña. 

Desde entonces ha principiado la época de su responsabilidad 
i podemos preguntarle por la realización de los principios que la 
hicieron levantarse como un héroe, fundar la gran esperanza i 
hacerse aplaudir del filósofo i del poeta. 

En la esfera relijiosa, política o civil, el cuadro que presenta 
es lamentable sin que consideremos a la América en su todo i 
que analicemos las nacionalidades. Es fácil descubrir el mismo 
fondo viciado en el mismo dia por la misma causa i por la mis- 
ma mano. Preguntad al individuo por la libertad en la acción 



(1) Es un hecho histórico que el color blanco de los españoles, pareció 
a los primeros indios color de muerto. 

(2) En la guerra i en todo lo que es calamidad, los araucanos invocan 
al espíritu del mal. 

(3) Guerras de la reforma — tentativa de una monarquia universal 
—católicos i protestantes— Francisco I i Carlos V. 



— 109 — 

interna de su pensamiento, i en la acción esterna respecto al 
mundo i a sus semejantes; preguntad a la jerarquía espiritual por 
la primera i a la autoridad terrestre por la otra, que dividiendo 
lo indivisible en dos campos cada una se apodera de su parte 
para mejor dominarla; preguntad por los dogmas de terror im- 
puestos por el principio del terror, por los dogmas esclusivos que 
limitan la esfera de la fraternidad i del destino a la igualdad de 
creencias; al espíritu de odio i de orgullo que como privilejiados 
en la ciudad de Dios son privilejiados en el mundo; preguntad 
en fin, al espíritu de ocio i de inmoralidad impregnado a causa 
del pasado siempre idealizado i entonces tendréis una luz que 
os aclare los misterios que presenta el Nuevo Mundo. 

En Méjico coexisten i se chocan las tradiciones i razas indíjenas 
al lado de la tradición i descendencia ¿e la España. La relijion: 
la política tiene bases opuestas; la nacionalidad busca su espí- 
ritu en las formas políticas i vacila en las guerras civiles. La 
oposición con los Estados Unidos envuelve en su odio el espí- 
ritu republicano de sus vecinos i que no puede comprender, pues 
parte de principios i antecedentes tan opuestos. En la confusión 
que resulta, vemos la duda por falta de creencias, los caudillos 
por falta de principios i el egoismo como consecuencia. ¿Dónde 
está la unidad de la nacionalidad mejicana? 

En Centro América se ven, poco mas o menos, los mismos ca- 
racteres. Este pais, quizás destinado a ser la Constantinopla del 
nuevo continente, ve al industrialismo del mundo que se avan- 
za para pasar por sus puertas i frente a las repúblicas hermanas 
que combaten i a la Europa que seduce i se aproxima ¿dónde 
hallará la fuerza i el principio que conserve su carácter en la 
armonía de las repúblicas? 

La gran Colombia de Bolívar se ha dividido en tres repú- 
blicas. Venezuela marcha, combatiendo el viejo cáncer legado 
en sus entrañas, pero todavia no columbra la unidad futura de 
la república en el Estado i en la relijion. El pueblo se despierta, 
su individualidad principia, pero todavia no veo el libro que pre- 
sente a su lectura. Avanza, pero analíticamente, sin el ideal sin- 
tético del porvenir. 



— ,110 — 

El Paraguai ha sido el silojismo idealizado del espíritu de 
muerte. Aquí hizo su ensayo completo aquel sistema, los resul- 
tados hablan. Ahora la vida se despierta, rompe las consecuen- 
cias del sistema, pero debemos preguntar si ha roto las premi- 
sas. ¿Dónde están las nuevas premisas necesarias a su nueva 
vida? Si las apariencias no engañan, la Nueva Granada preten- 
de reproducir el silojismo del Paraguai. Si ese modelo no le es- 
panta arroje una mirada al medio dia de Europa. Donde está el 
libro que le repita sin cesar: «Dios no es Dios de los muertos 
sino de los vivos.» 

El Ecuador, Perú i Bolivia, viven en la contradicion. 

Jime el indio, jime el negro, jimaa los vencidos en las luchas, 
allí la vida se manifiesta en la anarquía i se apaga en un despo- 
tismo transitorio. Se derriban déspotas i la esperanza se identi- 
fica en ciertos hombres. Odios de raza, o-uerra de intereses en 

. . . * 

tan gran estension de territorio, oposición de las formas republi- 
canas con la educación española de los pueblos, carencia de una 
idea grandiosa que se eleve sobre tantas creencias: he aquí el 
caos que espera la palabra evanjélica para producir un mundo. 

El Brasil, estension inmensa que pueblan los clamores del 
esclavo! Presenciamos en América levantarse i enriquecerse un 
imperio sobre lágrimas. En el Brasil la cuestión del azúcar i del 
café, es mas importante que la de la dignidad del negro. Ade- 
mas de las oposiciones de educación, de raza, de costumbres, de 
provincias, el Brasil tiene la particularidad de ser uua anomalía 
en la América republicaua. Las repúblicas del Sud se educan en 
la sangre del dolor, recibiendo el baño del Estijio para la gran 
cruzada de la libertad; apesar del aspecto, triste que presentan, 
viven en la verdad de la forma i la forma es un ideal que las 
educa; la forma política i social sumerjen al Brasil en el pa- 
sado i preparan una doble destrucción, pues es el pais por donde 
la mentira de la Europa constitucional nos aproxima. Podemos, 
pues, preguntar al Brasil, cuál es su acci >u en la realización del 
cristianismo? 

El Plata majestuoso envia al Atlántico las cabezas cortadas 
en la guerra fraticida. La República Arjentina i la República 



— 111 — 

Oriental de Uruguai, receptáculo de las aguas de Bolivia i el 
Brasil, donde pampas inmensas ostentan la unidad del territorio, 
escuchan tan solo eu el desierto el ruido de la tribu vagabunda 
i al BSpíritu.'del Coran que mancilla ese océano de verdura con 
las iras del áujel de la muerte. 

Buenos Aires, alma de esas llanuras sumerjidas en el interior, 
tiene el peligro de absorber su vida o de luchar con ellas. Ambos 
partidos, el uno, voz de la pampa; el otro, eco de la Europa, 
pretenden entronizarse sobre el cadáver del vencido. El uno fuerte 
en su individualidad americana no comprende al otro, fuerte en el 
sentimiento de la sociabilidad, como este tampoco comprende la 
orijínalidad sagrada del plebeyo i del indíjena. En la lucha, la 
nube del combate impide leer en la bandera enemiga un princi- 
pio que falta a uno de los combatientes; el partido de la pampa, 
como aliento del desierto, se estrella en los movimientos del pro- 
greso; el otro como impulso de la Europa, pretende hacer desa- 
parecer el elemento orijiual i glorioso de la República. ¿Dónde 
estala voz del que calma las tempestades del océano? Discípulos 
que vais en la barca de Jesús, despertad al Maestro si no tenéis 
la fé en medio del peligro. 

Ademas del odio que existe en los partidos de Montevideo, hoi 
el peligro que resulta de una numerosa inmigración i de un gran 
desenvolvimiento industrial, cuando no se posee una forma que 
se imponga a los elementos heterojéneos que incorpora. No 
sucede lo mismo en los Estados Unidos. Allí el católico i el pro- 
testante, el subdito de las monarquías constitucionales o abso- 
utas recibe el sello de la ciudadanía americana. Esa forma in- 
dividual i humana, ese ideal superior que pedimos a ese pueblo, 
tiene sujérmen necesario en el verbo cristiano quecomoel sol vi- 
vifica todas las individualidades existentes eu la armonía de la 
creación. 

En un rincón de la América, entre la cordillera i el océano, 
está Chile, como si la Providencia hubiera destinado esa natura- 
leza tan quebrada a ser una reserva de la América. Allí la ciu- 
dad aspira los elementos europeos, pero la cordillera vijila con 
el aislamiento de los que viven en ella. El dogma de la sobera- 



— 112 — 

nia que estienden las poblaciones i que concentran las montañas, 
encuentra dos oposiciones: la primera es el espíritu de un dog- 
ma i de una educación autoritoria; la segunda es una imájen de 
la terrible í'eudalidad de la Edad Media. La vida republicana se 
desenvuelve pero mutilada. Es necesario conquistar la unidad 
de esa vida en la libre exaltación del alma, en el seno del infi- 
nito i el libre desarrollo de la propiedad; es necesario constituir 
al hombre en la síntesis sublime de la relijiou i la política; es 
necesario que si trabajamos por la fraternidad humana guiados 
por la mirada del que en su trinidad indivisible es poder, inteli- 
gencia, arnor, conquistemos la trinidad humana: libertad, igual- 
dad, fraternidad. Preguntaremos, pues, a nuestro Chile ¿dónde 
está el libro que haga de cada uno de sus hijos un sacerdote, un 
ciudadano i uu soldado de la patria del porvenir? 

Desde el Cabo de Hornos hasta las nieves del setentrion, 
vagan esparcidas criaturas recien salidas de la mano de Dios. 
Su vida es la de la vejetacion o la de la barbarie i desaparecen 
lentamente a la aproximación de los que se llaman civilizados. 
Sus miradas no brillan acón la luz que alumbra a todo hombre 
que viene a este mundo». Qué hacen por ellos los gobiernos, los 
individuos i las sectas relijiosas? He allí un campo virjinal para 
la cosecha del Señor, mas ningún segador todavía se presenta. 
Al soplar sobre el mundo el espíritu del Evanjelio se estrelló 
en el paganismo i el paganismo sucumbió, se encontró con los 
bárbaros del Norte i las naciones modernas principiaron. Que 
tarda ese espíritu en soplar sobre la América! — Pasó el tiempo 
de la abnegación i del martirio, — el fuego de la vida parece que 
remontó a su fuente. Allí en su fuente primitiva debemos pues 
buscarlo i entonces sentiremos nacer eu nosotros la creencia en 
el milagro, i de la creencia al hecho la dístaucia depende del es- 
fuerzo. Aun podemos presenciar esas épocas gloriosas de tras- 
formacion si la trasformacion empieza por nosotros. 

He aquí, pues, ese Nuevo Mundo que solo ha dado dos voces 
en la historia. En la primera fué mostrado a la humanidad, i a la 
segunda él es el que se muestra. Primeramente se vé a ese 
mundo i se le entierra, después se le vé enterrando a sus con- 



— 118 — 

quistadores. Nace, i afirma el equilibrio de la tierra; habla, i re- 
juvenece la esperanza de la humanidad en sus repúblicas. En 
su primer paso estiende el mundo que pisamos; en el segundo, el 
mundo que pensamos. Se le vio joven, flotando al viento del 
porvenir aparecer sobre la tierra como una evocación de la li- 
bertad brillante de ilusiones, combatir como héroe i organizar 
repúblicas a los acentos del contrato social. Mas después de 
la victoria sintió entonces el combate interno del enemigo im- 
pregnado, sintió el peso del antiguo dominio que quedaba. 

Ahí están esas multitudes revestidas del carácter de ciudada- 
nos, estáticas ante la revelación que les dice que son hombres ; 
ahí están, que esperan el alimento de la nueva vida, el agua del 
nuevo bautismo, la columna de fuego que las guie, al fin de la 
vida nueva que empiezan, el destino de los pueblos. Hubo gue- 
rreros i lejisladores de la nueva sociedad, pero no hubo sacer- 
dotes. Se organizó la vida pública i social con una forma nueva, 
al menos en la apariencia i olvidó o se dio al espíritu antiguo el 
cuidado del alma en sus relaciones con el infinito. La revolución 
quedó incompleta en su base, faltó el libro de la rejeneracion; 
los pueblos cayeron otra vez desde la altura de la inspiración a 
la hoya de donde habían osado levantarse; la política siguió un 
camino, la relijion tomó otro. 151 principio conquistado de la so- 
beranía del pueblo quedó falseado en su base porque el indivi- 
duo no fué completamente soberano. No fué declarado soberano 
en la formación ni en la concepción de sus creencias fundamen- 
tales, pues una autoridad i un dogma le fueron impuestos con to- 
da la majestad de la tradición, pero fué declarado soberano, en su 
acción esterna respecto al mundo, i a sus semejantes. Hai pues 
dos soberanías, la temporal i la espiritual, una dualidad en la 
unidad indivisible de la conciencia, dos fuerzas que se oponen, 
dos autoridades que combaten : comprended ahora la base de los 
males de América. 

Gran sorpresa causaría a los americanos si alguien les dijera: 
uSi la vida, si la existencia iuterna i pura del pensamiento es su- 
perior a la vida esterna i material, vosotros sois aun colonos de la 
España». Eq efecto, el programa de la intelijeacia de todos los 



— 114 — 

tiempos, el cielo constante del pensamiento, que es Dios,— la eter- 
nidad, la creación; — el bien i el mal — la fatalidad i la libertad; la 
lei del hombre i su esperanza, la aspiración de amor hacia lo bello, 
los dolores del alma, los misterios que nos rodean, los momentos 
sagrados del sentimiento i de la contemplación, todo, todo ha 
recibido, el sello de la solución dada por la autoridad pasada. El 
que tenia, pues, las llaves de esa autoridad en el principio de la 
creencia i de la lei, domina la acción subalterna del hombre de- 
clarado ciudadano. Se conquistó lo temporal i lo eterno, lo espi- 
ritual pasó inapercibido. 

Así es que los pensadores i los hombres de la independencia 
en sus ímpetus de renovación se estrellan en una muralla invisi- 
ble. Después de ver inútiles sus esfuerzos, en medio de la duda 
se preguntan : ¿qué hemos hecho? — dónde vamos? — qué seremos? 

He aquí el grito que se escucha: es una innovación. A esa inno- 
vación yo'respondo con el Evanjelio, con el libro orijinal apesar 
de los tiempos, con el espíritu vital del verbo inmaculado para 
que recorra í afirme la existencia de esa humanidad qne se igno- 
ra. Encuéntrase en la ciudad i en el desierto, así los ranchos del 
esclavo i del salvaje; remonte nuestros rios, aparezca en las cum- 
bres de nuestras montañas; sea el pan cuotidiano de esas almas 
vigorosas que vejetan; anime su espíritu a nuestros lejisladores 
i maestros; sea la lectura i enseñanza diaria del padre de familia 
i entonces podremos decir a la América: ya es tiempo de que des 
otra voz en la historia 

Ahora la libertad combate cada dia en el campo de la política 
i de la relijion: la igualdad necesita de la evocación de la dignidad 
humana, la fraternidad no se samerje en las fuentes vivas dé 
donde nace toda vida; el pensamiento del Cristo es invocado en 
campos opuestos, el Estado lucha con la relijion, la relijion con 
el Estado. El nuevo continente busca instintivamente una tras- 
formacion que lo unifique i se chocan en su seno las razas i las 
castas, los ricos i los pobres, el espíritu del Coran i de la revo- 
lución francesa, los vestijios de feudalidad i las formas republi- 
canas, la inocencia primitiva i la vejez del mundo. La América 
destinada a ser el altar de la fraternidad humana en todas las 



— 115 — 

variedades de la creación moral i natural; punto de reunión de 
todos los elementos humanos, norte i medio-dia, Oriente i Occi- 
dente, el negro, el indio i el blauco, la unidad de la asociación i 
la independencia del protestante, palpita de uno a otro polo in- 
vocando la palabra que la revela a sí misma. 

Momento grandioso i quizas único en la historia. Un mundo 
nuevos resumen de los mundos anteriores, donde parece que han 
afluido todos los elementos de la vida de los pueblos para pro- 
ducir la fórmula definitiva de la evolución humana a que asisti- 
mos. Allí todo mal antes santificado espera su sentencia; todo 
bien, toda'individualidad; todo dolor esperan su sanción, su con- 
suelo, toda esperanza su confirmación; todos tendrán cabida en 
el templo que se prepara grandioso como el corazón del Cristo. 
Inclinémonos ante el misterio de nuestros dias, ante la conden- 
sación que presenciamos, ante la comunión de la gran familia 
humana en la palabra eterna i progresiva de la lei del deber i 
del amor. Pero es en este momento en el que está el peligro, por- 
que es en la preparación de un porvenir cuando la tentación se 
aproxima. 

Pasan ahora por la América los cuarenta dias en que el espí- 
ritu del mal decia al Cristo: «haz que estas piedras se convier- 
tan en panes.» Sf os eréis destinado a otra vida que la del lucro 
i del comer, si sentís la aspiración infinita, levantaos pueblos, 
pueblos de America, seguid a Jesús al desierto moral de nuestro 
tiempo que él os alimentará con su palabra. 

La Europa en este momento trascendental nos envia su aliento 
emponzoñado, (1) i álzese entre ella i nosotros una barrera, a la 
marcha invasora de su escándalo. Mientras su ejemplo sea la 
gloria i el interés de las castas i familias i la burla de los pueblos ; 
mientras tenga por ideal el industrialismo, por doctrina los he- 
chos i por esperanza un caos de egoísmos satisfechos, que esa 
muralla existía impenetrable hasta que la voz de la libertad res- 



(1) M. E. Quinet adviarte a la España; permitidme que advierta al 
Nuevo Mundo. Léanse «Mes Vacanses en Espagne» por E. Quinet. 



— 116 — 

pondiendo a nuestros himnos la sumerja ea la tumba de todo lí- 
mite entre hermanos. 

Es ea esta ocasión histórica que euvío el Evanjelio para que sea 
leido entre vosotros con el espíritu renovador que la iutelijeucia 
de los siglos aglomera, para hacernos ascender mas i mas hacia 
el espíritu invariable, hacia el ideal que aspiramos a encarnarnos 
en otros. Empiezan a precisarse los elementos de nuestras nacio- 
nalidades, i el peligro que asistiría de ahogar esos instintos tan 
sagrados con la imposición de una doctrina sistemática desapare- 
ce ante la lectura del libro fundamental. Los principios eternos 
conservan i protejen las espontaneidades de los pueblos prepa- 
rando el reino de su voluntad soberana. ^ 

El alma del Cristo fortifica los jérmenes vitales i circula en la 
oreacion moral levantando a los humildes i abatiendo a los sober- 
bios. 

Si vuestra debilidad os'abate, si algo de fatal os domina, abrid 
vuestra conciencia al pensamiento de Jesús i veréis realizarse la 
lei de vuestra trasfiguracion. Todo hombre, todo pueblo es un 
altar donde puede reproducirse el milagro del Thabor; una cosa 
tan solo es necesaria; la fuerza, la fuerza en la creencia, en el 
amor i en la voluntad. Tenedla i entonces preguntareis si los 
cielos han bajado a nuestras almas. 

En fin, este libro, criterio de la intelijencia en la esfera de la 
especulación filosófica i sentencia de la vida en la esfera social, 
la Europa lo necesita para rejuvenecerse i la América para llegar 
a ser hombre; la Europa para purificarse i la América para pre- 
caverse. 

Leed i meditad. El alma en el estudio de este libro ayudada 
con los ímpetus sublimes que su traductor nos comunica, atra- 
viesa los limbos, purificándose en su marcha. Cada dia cae un 
pedazo de nuestro viejo manto i nuestra trasformacion aparece 
sobre las ruinas de nuestras miserias i de nuestros odios. 

I vosotros hemisferios, ya la tierra es descubierta, preparaos 
para recibir el nuevo bautismo. La palabra del Cristo nos inunda 
arrebatando nuestra lealdad — en el cielo, permanece el símbolo 



— 117 — 



que apareció sobre el Jordán i la mano del Padre ostenta pronto 
para coronarnos la aureola de amor i libertad. 

Empiece cada uno en sí mismo la redención i la redención je- 
neial habrá principiado. 



Desde las alturas de la cordillera he contemplado los valles 
de mi patria que se estienden ondulantes como un océano petri- 
ficado por la tempestad. Allí se vé al hombre solo i silencioso, tre- 
par sobre las nieves de Ids volcanes, buscar un camino entre rocas 
i selvas i detenerse agobiado ante la impresión de lo desconocido 
i de lo grandioso que contempla. Su vista se alza al cielo pidien- 
do instintivamente la palabra de esa patria. — El sol desaparece i 
cree que todo lo que le rodea le responde, preguntando por la pala- 
bra de su ser. El encuentra con qué responder a la grandeza del 
momento; pureza de un corazón primitivo en comunicación 
con el infinito, sentimiento de mi libertad en medio de la mudez 
del universo, fuerza de amor que llora en la ignorancia de su 
objeto; he aquí el tesoro que espera la palabra del libro eterno 
he aquí el corazón que debe leerlo en sí mismo i comunicarlo 
con su alma a todas las criaturas que lo ignoran. 

Nada mas envío, nada mas he encontrado que pueda servir de 
cimiento al porvenir de todos. En medio de la destrucción que 
nos rodea, en medio de los monumentos de la ciencia i de los 
siglos, encuentro inamovible el Nuevo Testamento que hace 18 
siglos el Hijo del hombre nos legara. El hombre amando a la 
fatalidad, el hombre amando a su semejante como así mismo i 
a Dios sobre todas las cosas. 

F. B. 

1846, Paris. 



BILBAO I CASTELAR 



(De El Pueblo de Buenos Aires.) 



La deuda que la América contrajo para con la España con- 
quistadora, es clasificada por unos de civilización, por otros de 
retroceso. 

Entre aquellos se encuentra el señor don Emilio Castelar. 

Entre estos el señor don Francisco Bilbao. 

El debate se ha iniciado; i hoi El Pueblo se complace en 
ofrecer lugar preferente al artículo que nos remite el filósofo 
chileno. 

La cuestión se halla resuelta en favor del señor Bilbao, por 
el testimonio irrecusable de la historia. 

El señor Castelar, que no lo comprende así, ha contraído el 
solemne compromiso de revelar a la América la incógnita verdad 
que presta fundamento a sus opiniones. Creíamos hasta ahora 
que estas pertenecían al vulgo de los escritores españoles; mas 
la ardiente palabra del señor Castelar ha venido a demostrarnos 
que ni el mismo caudillo de la democracia ibérica, ha podido 
inclinar todavía el orgullo nacional ante el imperio de la justi- 
cia. 

El error del señor Castelar, propalado i enaltecido por un 



— 120 — 

órgano de la prensa bonaerense, ha encontrado, pues, una mere- 
cida i brillante refutación. 
Es la siguiente: 

D e s e sp añ Qlizacion en América 

(Al señor don Emilio Castelar en Madrid.) 
I 

A pedido de españoles residentes en Buenos Aires, el señor 
don Emilio Castelar, en La Democracia, de Madrid, ha escrito 
un artículo contra uno nuestro en que establecíamos la necesi- 
dad de la desespañolizacion de América. 

Antes de entrar en materia vamos a presentar algunas con- 
sideraciones que sujiere el proceso entablado en La Democracia, 
trascrito aquí por La Tribuna, advirtiendo que este diario supri- 
mió mi artículo, para que los lectores no conociesen, sin duda, 
sino el aspecto español de la cuestión, i no oyesen otra voz sino 
la de los que escriben contra mí. Consigno el hecho. 

Es el mas florido paladín de la prensa española, a quien se 
conjura con angustia, como si peligros de vida o haciendo ame- 
nazacen aquí a los españoles. Es al que se presenta como un ori- 
jinal demócrata en España, al señor Castelar, versado en historia 
i en literaturas antiguas i modernas, a quien se conjura «por el 
recuerdo de su santa inadre» para que conteste a mi escrito 
sobre la Desespañolizacion de América. 

¿Porqué esas angustias, esos temores, esas peticiones de 
protección, esa peticiona la pluma del señor Castelar, con mo- 
tivo de un artículo que los mismos españoles, autores de las 
cartas, califican de insensatez, vulgaridad, ceguedad, estupidez, 
ira, atontamiento, ignorancia? 

A estos no contesto, porque el ángulo facial que tienen no 
llega a los 65 grados. Seria pues inútil. 

Se apela al mas brillante de los escritores españoles para re- 
futar un artículo que según ellos mismos no merece ser refutado. 
¡Como esplicar esa contradicción! He aquí, el argumento es tan 



— 121 — 

fuerte, que es necesario apelar al insulto primero, i en seguida, 
sintiendo la verdad profunda que encierra la palabra Desespa- 
ñolizacion, i no pudiendo contestar, apelar a la Corte de Madrid. 

En segundo lugar, sentirse heridos, agraviados, por decir que 
no queremos tener ningún elemento español en la constitución 
i costumbres de nuestra vida política i social, a mas de lo ri- 
dículo que es, prueba la poca personalidad o dignidad u orgullo 
de los que se sienten agraviados. Ved si un ingles se sentirá 
ofendido, o un americano del Norte, los hombres de mas perso- 
nalidad sobre la tierra, si alguno les dijera: no quiero ningún 
elemento ingles o yankee en mi nación. Contestarían: Dios lo 
ayude. 

Así, pues, nada es mas triste o ridículo que el amante furioso 
por verse rechazado. 

I asi sucede con la nación española i la mayoría de los espa- 
ñoles. Oh! mucho nos amáis, no es verdad, conquistadores de 
América, que queréis volver a renovar aquellos tiempos tan fe- 
lices, apareciendo en Méjico, bañándose en sangre en Santo 
Domingo i en guano en el Perú. Gracias, gracias mil, hijos — 
de — algos, hijos de Felipe II i de Isabel. Si lo que hicisteis en 
América fué por nuestro bien, como tenéis la estupidez de repe- 
tirlo, como lo repite el señor Castelar, os^pedinios, os conjuramos, 
que si aquel fué el bien nos hagáis todo el mal que conciban los 
espresos cráneos de Aragón i Cataluña, i de Vizcaya, i de Gali- 
cia, i las lijeras cabezas de Vandolia. 

I es ademas fastidioso que un pensador, a medida que desen- 
vuelve sus reciocinios, lójicamente deducidas de las verdaderas 
promesas aseutadas tenga a cada paso que desvanecer intencio- 
ne» falsas o airadas que se le atribuyen o principios imajinarios, 
que se le stiponen, o enderezar la cuestión fundamental terjiver- 
sada, para decir: no digo eso, no es esa la cuestión, no se trata 
del individuo, no es ese el móvil, motivo o intención que me ani- 
man. 

Esto sucede i no es estraño, con la jeute torpe, mal intencio- 
nada e impotente para rebatir; sea por incapacidad propia, sea 



— 122 — 

por la incontrastable verdad cuya esposicion hiere las suceptibi- 
lidades de intereses individuales o de partido, secta, nacionalidad 
o raza. Pero que un hombre intelijente como el señor Castelar, 
un español que hace profesión de demócrata, venga a justificar 
la horrible tradición de su patria en sus relaciones con la Amé- 
rica, i a contradecir los principios de que hace profesión, tan 
solo por vindicar a su patria a despecho de la historia, de la 
verdad i de la justicia, esto es verdaderamente sorprendente, i 
compromete la posición moral que el señor Castelar queria 
conquistar. 

Comprendo la difícil posición que ha asumido en España. Ser 
demócrata en Castilla la Vieja, es obra de romanos. ¿Cómo ha- 
blar del derecho, de la igualdad, de larazon libre, del individua- 
lismo independiente en un pais que es la antítesis de la libertad 
en el fondo de su ser, en el curso de su historia, i en la forma de 
sus instituciones i costumbres? Es necesario apoyarse en algo que 
sea popular para poder dirijir una palabra de reforma, i con- 
quistar alguna autoridad a la palabra del reformador. El señor 
Castelar, ajuicio nuestro, a buscado en el patriotismo ese punto 
de apoyo. De ahí esos elojios, esos superlativos, esa historia de 
España que no ha sido sino la del enemigo de la libertad, i de 
las nacionalidades pintada como una historia (según el método 
doctrinario francés) al servicio de la humanidad. Triste imitación 
del tristísimo doctrinarismo! Pero volviendo al señor Castelar, le 
diremos que si su táctica es mui comprensible i esplicable, es 
táctica de diplomacia puesta al servicio de la verdad — i la verdad 
— la austera revelación de la razón pura, los principios eternos 
del derecho — la justicia inmortal en las aplicaciones al pasado, 
al presente, al porvenir, no admite esos medios en las cancille- 
rías, no soporta esas intrigas, esas alianzas aunque sean momen- 
táneas con el error de las naciones. Dura lex, sed lex. I agre- 
garemos al señor Castelar que nous préchons (V exemple. 

¿En qué se diferencian los teóricos del pasado de los teóricos 
del porvenir que justifican el pasado? En que los primeros son 
cortesanos de las Cortes, de las castas del poder, i los segundos 



— 123 — 

son cortesanos de los errores o preocupaciones del pueblo. Entre 
estos clasifico a Ud. señor Castelar. 

Ud,, se llama demócrata i redacta un diario que se llama 
Democracia. Esto quiere decir, para mejor claridad, que Ud., es 
republicano. 

Si Ud., no es republicano debe esplicarnos entonces lo que 
entiende por demócrata. 

Si Ud., es republicano, no es monarquista, ni aristócrata, ni 
papista. 

Si Ud., es republicano, tiene que serlo hoi, mañana, i serlo 
en todos los momentos del pasado. ¿Qué significa un republica- 
no que no reconoce la lejitimidad de la República, uno, dos o 
tres siglos a retaguardia del dia en que vivimos? 

Luego si Ud. es republicano, tiene que condenar la conquis- 
ta, que es el asesinato de la autonomía de los pueblos, i tiene 
que condenar la historia de su patria que es el martirolojio de 
la libertad del pensamiento, principio fundamental de la Repú- 
blica; i tiene que condenarla porque puede decirse que la histo- 
ria de España, hace mil años, es la historia de la abdicación de 
toda libertad en homenaje al catolicismo i a la monarquía. 

Duro es esto, señor Castelar, dura, lex, sed lex. Pero lo creo 
a Ud., digno de comprender el sacrificio, i en aras de la verdad, 
que es la patria del filósofo, sacrificar el patriotismo o el amor a 
los errores funestos de raza. 

Antes de contestar directamente las proposiciones que Ud. 
sienta contra mí eu su artículo, he querido esponer estas consi- 
deraciones jenerales i decirle que no procedo de odio. Verdad es 
que no amo a la nación española, ni a la nación inglesa, ni a la 
nación francesa, ni a ninguna nación del Viejo Mundo, porque 
ninguna practica la justicia. Amo a la Suiza, sin perdonarle sus 
mercenarios; amo a la Italia, porque veo en sus hijos a los mas 
nobles representantes de la humanidad, a los mas desinteresa- 
dos sectarios de la justicia aun contra su misma patria, si esa 
patria ofende a la justicia; amo a los Estados-Unidos porque es 
la primera, la mas grande, la fuerte nación de libertad que ha 
aparecido sobre la superficie de la tierra. 



— 124 — 

Así pues, a un lado todo aspecto personal en cuestiones tan 
trascendentales. Yo creo, para que América despliegue la fuerza 
del principio que sostiene i representa, que es necesario que se 
desespañolice. En esto no hai ofensa, sino la esposicion de lo 
que creo una verdad útil para América. I aunque El Pueblo de 
Buenos Aires ha contestado de la manera mas satisfactoria al se- 
ñor Castelar sobre este punto, yo daré las pruebas en la obra 
que voi a dar a la prensa en estos dias i que espero leerá el se- 
ñor Castelar. 

No es, pues, una cuestión de sentimiento, de afecciones, de 
patriotismo, de amor u odio. Nó. Es cuestión de conveniencia, 
de lójica republicana, de justicia. Yó, que rechazo a la España i 
a todo elemento español que contenga la vida america'na, veo en 
todo español republicano un hermano. En la República nos 
abrazamos todos los libres pensadores, los amantes de la igual- 
dad universal. Ni nacionalidades, ni razas, ni castas, ni familias, 
ni tradiciones, ni relijion, ni patria, destruyen con sus fronteras 
el océano indivisible de la democracia. 

El individuo libre, el hombre soberano, el self—governement, 
la razón lejisladora, i la fraternidad humana, he ahí los elemen- 
tos, los átomos i la asociación de la patria ideal de la justicia. — 
¿Qué es ante esto, vuestra historia, señor Castelar? — Miseria i 
horror. 

Réstame ahora contestar rápidamente a las singulares propo- 
siciones que el señor Castelar ha aducido en defensa de España. 

El señor Castelar para vindicar al pais, arroja toda la carga 
a los gobiernos que ha tenido la España. 

«Casualmente este es uno de los rasgos distintivos de nuestra 
historia: la discordancia entre la pequenez de los gobiernos i la 
grandeza del pueblo.» 

Esto quiere decir muchas cosas: 

Primero. Que el pueblo ha sido opositor o enemigo de sus 
gobiernos. 

Segundo. Que el pueblo no es responsable de sus gobiernos. 

Tercera. Que los gobiernos españoles han contrariado al je- 
nio, a las ideas, al carácter del pueblo español. 



— 125 — 

La primera proposición es falsa. No ha habido, ni hai pueblo 
mas amante de sus reyes i gobiernos que el pueblo español. El 
gobierno de Felipe II, el tipo de los gobiernos monstruos, fué 
popularísimo. El gobierno de Carlos III, el mejor gobierno que 
ha tenido la España, fué impopularísimo, i a su muerte el pueblo 
aplaudió al gobierno subsiguiente que empezó a reaccionar contra 
las reformas del anterior. 

La segunda proposición es un error gravísimo. El pueblo que 
no es responsable de sus gobiernos, es un pueblo de carneros. 
Quitar a los pueblos la responsabilidad de sus gobiernos, es una 
cortesanía indigna de un verdadero republicano. Quitar a los 
pueblos la responsabilidad de sus gobiernos, es, en último resul- 
tado, despojarlos de su soberanía. 

La tercera proposición es también errónea. Los gobiernos es- 
pañoles han sido la espresion de la nación. Bajo este aspecto, 
han sido los gobiernos mas lejítimos. Cuando se estableció la 
Inquisición las ciudades tocaron a rebato i se iluminaron para 
festejar tan feliz adquisición. Fernando VII, el traidor cobarde, 
fué el amado soberano. 

Pero a mas de esto, el señor Castelar cae en una contradicción 
notable que no escapará a su lucida intelijencia, contradicción 
que corrobora mi tesis. 

No son los gobiernos solos los que han conquistado i los que 
nos han traído todos los males: es el mismo pais; el señor Castelar 
así lo afirma. Nuestra contestación vá entre paréntesis. 

«.Renegáis, americanos, de esta nación jenerosa (todavía no co- 
nocemos la jenerosidad de la España para con nosotros) que 
tantos timbres tiene en su historia (timbres para la monarquía, 
para la Inquisición, para la iglesia, para la conquista i estermi- 
nacion de los herejes. Esos son los timbres que le conocemos) 
tantas prendas en su carácter (las habrá guardado en su tierra), 
tantos fulgores en su civilización (nos han cejado). Renegáis de 
este pais, el único que supo leer en la frente de Colon el enigma 
de vuestra existencia (Ni Colon lo sabia, pues buscaba el Asia. 
I aquí reconocéis, señor, Castelar, i por primera vez nuestro 

americanismo, pues existíamos antes de que llegaseis).» 

10 



— 126 — 

I termina ese párrafo el señor Castelar con el siguiente período; 
«Renegáis de este país que ha fundado vuestras ciudades, que 
lia abierto vuestros puertos, que ha erijido vuestros templos, que 
os ha dado su sangre, que ha difundido su alma en vuestra al- 
ma, que os ha enseñado a hablar la mas hermosa, la mas sonora 
de las lenguas, i que por civilizar el Nuevo Mundo se desangró, 
se enflaqueció, como Roma por civilizar el antiguo.» 

Es, pues, la nación española; no son únicamente sus gobier- 
nos a quienes debemos la conquista i sus frutos. Queda mi pro- 
posición justificada. 

¿Pero qué significan todas esas frases del señor Castelar, para 
forzar u obligar la gratitud de los americanos? No resisten al 
análisis; i si son flores de retórica del patriotismo, se convier- 
ten en cenizas que se lleva el viento al acercar la antorcha del 
examen. Ignora el señor Castelar que hemos arrojado a la 
España a cañonazos? Que ingratitud, romper aquel yugo en 
vuestra frente! 

Fundar las ciudades! Pero si venían a instalarse, como que- 
ríais que los conquistadores viviesen a la intemperie? Arruinaron 
e incendiaron numerosas ciudades, cuyas ruinas existen, i en 
cambio edificaron, delinearon horriblemente las nuevas pobla- 
ciones que eran los centros de su esplotacion, o las postas de su 
tránsito. 
Han erijido vuestros templos! Mercí . . . Debe ser Ud. mui católico. 
Os kan dado su sangre. A la minoría americana, señor Cas- 
telar. La sangre española está en minoría. Esta es otra desilu- 
cion mas para Ud. que es de los que cree que la España ha 
poblado la América, cuando ha sido la que ha despoblado, si en- 
tramos en las compensaciones. Mas, qué significa esto: os han 
dado su sangre. Gran sacrificio, el haber tenido descendencia. 

Que ha difundido su alma en vuestra alma. Aparte de la fal- 
sedad metafísica de difundir almas en almas, pase como retórica. 
Este es el punto capital, señor Castelar, i para el que pido la 
desespañoliz ación mas completa. Esa alma difundía la obediencia 
ciega al rei i al sacerdote. Dios nos libre de esa difundicion. Esa 
alma es la que queremos trasformar. 



— 127 — 

Que os ka enseñado a hablar la mas hermosa, la mas sonora 
de las lenguas. 

¡Ah, señor Castelar! Como se conoce que Ud. ignora el qui- 
chua, el aimará i el araucano! I como aprendizaje de lengua mui 
caro nos ha costado. 

I que por civilizar el Nuevo Mundo se desangró, se enflaqueció 
como Roma por civilizar el antiguo. Niego la civilización que 
trajo; i si la España se desangró, fué por avaricia. Verdad in- 
concusa. Chile, con su Arauco ha sido el rincón de tierra que mas 
os desangró i hasta hoi se levanta indómito i libre de vuestra 
civilización. Bajo otro aspecto la decadencia, pobreza i despobla- 
ción de la España después de la conquista de América, ha sido 
el castigo mas grande i providencial que ha recibido. Aceptadlo, 
si queréis, rejeneraos, porque sí no aceptáis las lecciones de la 
Providencia, jamás brillará la luz para vosotros. 

Siguen otras proposiciones del señor Castelar, cada cual mas 
estupendas, las leyes de Indias si atendemos a su tiempo, son 
sapientísimas. 

No sabe que superlativo ha lanzado el señor Castelar. Para 
abreviar. En cuanto a comercio, monopolio, aislamiento del 
mundo, el estanco. 

En cuanto a contribuciones, todos los horrores de la mita, en- 
comiendas, reparticiones, capitación, trabajo, esclavo. En cuanto 
al espíritu, prohibición de libros, de vender, de circular, de impri- 
mir. Esclavitud del pensamiento bajo todas las formas (leed mi 
libro). ¿I esto es lo que se llama sapientísimo? ¿I esa tiranía, ese 
mal, ese crimen pudo haber sido cosa buena en algún tiempo? 
Cuidado con vuestra democracia. 

Crece nuestro asombro en la siguiente proposición: 

« Si habéis podido abolir la esclavitud... lo debéis a esta 
misma España.'» 

Señor Castelar, es necesario respetar la verdad un poco mas, 
i no lanzar frases propias de un torpe i ridículo sofista. Da ver- 
güenza tener que refutar tales absurdos. Deber la abolición de 
la esclavitud a la misma España que nos esclavizabal Deber la 
abolición de la esclavitud a la España, la única nación europea 



— 128 — 

con esclavos! a la España que la sostiene i aumenta en las co- 
lonias, sin que hasta hoi se haya levantado una voz ni en sus 
parlamentos ni gobiernos, ni en la prensa ni en la opinión para 
aboliría! a la España, la nación que sostiene i proteje hoi toda- 
vía, en pleno siglo XIX, el tráfico de negros! I venir a decir que 
es a esa nación esclava i esclavizadora, a esa nación del tráfico 
de negros, que es a ella a quien debemos la abolición de la es- 
clavitud, es desafiar al buen sentido. I en cuanto a dulzura no 
ha habido nación mas cruel con las razas de América, ni mas 
sanguinaria con sus enemigos. Ni ejemplo, ni palabras, ni libros, 
ha producido la España contra la esclavitud. I hasta hoi es la 
única nación europea que se presenta con esclavos i traficando 
con los seres humanos para tener mas azúcar o tabaco. Oiga el 
señor Castelar los siguientes datos: 

«En 1858 (la España) importaba diez i siete mil negros; 
«En 1859, impotarba treinta mil; 

«En 1860, importaba cincuenta mil. I todo esto a la faz de dos 
tratados, el de 1817 por el cual el rei de España se compromete 
a abolir el tráfico desde 1820, el de 1835 en el cual el rei de 
España acepta para este objeto 400,000 libras esterlinas.» 

(Ajenor de Gasparin en su obra La América ante la Europa, 
Paris, 1862.) 

¿Qué dice Ud. a todo esto señor Castelar? ¡Tendrá Ud. otra 
vez la audacia de decirnos, que a la España debemos la aboli- 
ción de la esclavitud, cuando fuimos nosotros los que abolimos 
a la España en nuestra América? No será estraño, ni veo lejano 
el dia en que los americanos nos presentemos en Ouba a liber- 
tarla. En cuanto a vosotros, como yo soi uno de los que mas res- 
peto la independencia del hombre i de los pueblos, os aconsejo 
repitáis vuestro antiguo grito: Santiago i cierra España! Sí 
enciérrala, santo apóstol. 

Continúa el señor Castelar: 

«Os llevamos el absolutismo, la Inquisición, todos nuestros 
males, pero bien sabéis que entonces eran teuidos por bienes en 
todo el mundo occidental, i que aun Calvino e Isabel de In- 



— 129 — 

glaterra encendían las hogueras contra los católicos, como Fe- 
lipe II i Carlos IX contra los protestantes.» 

Convenís, pnes, en qae nos habéis traído todos vuestros ma- 
les. Es por esto que condenamos la conquista, i que el absolu- 
tismo i la Inquisición forman lo que se llama la barbarie de la 
España. Pero aquí cae el señor Castelar en otro sofisma misera- 
blemente doctrinario. Ese mal, se creía era el bien/ luego, no es 
responsable la España. Hé ahí el sofisma. 

Hoi mismo hai sectas de estranguladores que creen hacer el 
bien. ¿I basta esto para justificarlos? ¿Ignora el señor Castelar 
que hai errores que son crímenes? ¿Ignora el señor Castelar que 
la intelijencia se pervierte por la inclinación perversa? ¿Ignora 
el señor Castelar que aunque todo el mundo hubiera creído que 
el absolutismo i la Inquisición eran bienes, todo ese mundo cre- 
yente es criminal i responsable? ¿I porqué pretende arrojar so- 
bre la Europa esa mancha propia de la España? La Francia 
jamas aceptó la Inquisición, jamas la Inglaterra. Venir a con- 
fundir hechos aislados con instituciones permanentes aplaudi- 
dos por el pueblo, es una farsa histórica i una acusación injusta. 
La Inquisición es la orijinalidad de la España. No la despojéis de 
ese título a la gratitud de la posteridad. La Providencia castiga. 
La historia marca la frente de las naciones con la sentencia ina- 
pelable. ¿Sofismar con la justicia, esquivar la Providencia, cbi- 
canear en la historia? Nó! la justicia dá la regla i dice: España, 
has sido injusta, eres injusta, los negros de tus colonias i el libre 
pensamiento claman al cielo contra tí, i esa voz será oída. 

La Providencia habla, con los hechos i ios hechos dicen que la 
España es la nación mas atrasada, mas pobre i mas tiranizada, 
siendo la peor, que ama la tiranía, i besa las manos del abso- 
lutismo. La historia nos presenta en la España al campeón del 
absolutismo en la tierra, al soldado brutal de las conquistas, al 
esterminndor de los herejes, a la nación de las intervenciones 
monárquicas contra la autonomía de los pueblos. La España es 
el paladín del Borbon de Ñapóles, hoi día. Esta es su política 
en Europa. La España estermiua a Santo -Domingo. Esta es su 
política en América. Ayer es hoi. Su pasado corresponde a su 



— 130 — 

presente. Ayer qnemaba protestantes. Hoi los envía a gale- 
ras. ' 

¿I queréis que no nos clesespañolicemos? 

Santiago i cierra España. 

Pero ábrela para que salgan todos tus hijos; que protesten 
todos los que no quieren hacerse solidarios del crimen de su his- 
toria. Esos son nuestros hermanos. 

¡I tú América, convéncete! En tí principia otra historia. Lle- 
vas un sagrado testamento humanitario en la conciencia de tus 
destinos, libertados de todo yugo interno i esterno, de toda ura- 
nia propia o estraña. En este momento de peligro, cuando ese 
Viejo Mundo se levanta para devorarnos i evitar el dia fatal del 
absolutismo que a la América prepara, es mas que nunca nece- 
sario que te inspires en el principio jenuino e innato de tu fuerza 
i de tu gloria: la soberanía del individuo, la revelación de la ra- 
zón en el hombre pnriñcado de la Europa, la práctica progresiva 
del ideal americano que funda la Civilización Americana. 

Francisco Bilbao. 

Buenos Aires, a 7 de Noviembre de 1864. 



: 0G : 



LA LEÍ DE LA HISTORIA (1) 

Introducción 
I 

Señores: 

La historia en su significación mas natural, es la esposicion 
de la vida de la humanidad, i en su significación mas filosófica 
es la manifestación del esfuerzo humano por llegar ala realiza- 
ción de un ideal. 

El sujeto de la historia es la humanidad, como individuo 
inmortal i solidario al través del tiempo i del espacio. El objeto 
de la historia es la resurrección del pasado. Sus medios son todas 
las manifestaciones de la vida; las creencias, las instituciones, 
los códigos, las tradiciones, la poesía, los monumentos del arte i 
de la industria, las costumbres. Sajín es señalar el desarrollo, o 
decadencia, la aproximación o alejamiento del ideal. Su lei el 
perfeccionamiento. 

Como ciencia es narración i doctrina. La doctrina es la lójica 
de una premisa que se mueve en los hechos. Como narración es 
la memoria. 

Podemos, pues, concretar nuestra definición, diciendo: La 
Historia es la razón juzgando a la memoria i -proyectando el 
deber del porvenir. 



(1) Discurso leido al abrir sus sesiones el Liceo Arjentino de Bueuos 
Aires en Noviembre de 1858. 



— 132 — 

Si hai leí histórica que pueda 8er deducida del pasado, la 
huTnanidad ha vivido lo bastante para poder apoyar sus deduc- 
ciones e indncciones. 

Los siglos se aumentan sembrando la tierra de monumentos i 
poblando el firmamento- con sus ideas o sus Dioses. La jeolojía 
de la historia, cuenta ya capas de jeueracioues superpuestas i ha 
presentado sus sistemas para soportar nuevos habitantes í orga- 
nismos de civilizaciones mas perfectas. La astronomía de la 
historia, cuenta, también firmamentos i dinastías divinas derro- 
cadas. Si queremos, pues, interrogar al pasado, los materiales 
existen en el abismo sin fin de la memoria. Nuestra vida presente 
tiene sus raices en la tumba. Allí encontraremos las fibras de 
nuestro ser, las palpitaciones de amor o de odio, los resplandores 
del mismo pensamiento, el mismo llanto i las mismas alegrías, 
el deseo, la aspiración del infatigable peregrino que, en el valle 
de. sus lágrimas, busca el camino del perdido Paraíso, o los sue- 
ños de aquella escala de Jacob que llegaba hasta los cielos. 

En el estensísimo valle que fecunda el Nilo, la relijion colocaba 
al lado de los vivos la serie de muertos embalsamados. Los 
hombres, las familias, todas las jeneraciones tenían fijado de 
antemano el sitio que debian ocupar. Sobre el cadáver se coloca- 
ba una faja, i sobre ésta una escritura simbólica que esplicaba 
su pasado, es decir, se hacia su historia i por ella se guiaba el 
juicio de los sobrevivientes acerca de sus propios destinos. Los 
hijos daban por hogar a sus padres muertos, el suyo propio, 
estableciéndose de esta manera entre este mundo i el desconocido 
una no interrumpida comunidad. Llegó un dia en que pareció 
insuficiente a los ejipcios esta relijion de los recuerdos, i enton- 
ces elevaron en sus desiertos aquellas majestuosas pirámides 
Necrópolis de su reyecia, como si con ellas hubiesen querido en- 
cender una eternal antorcha que reflejase las grandezas de la 
i nmortalidad. 

Del mismo modo la historia se presenta como la Necrópolis 
de la humanidad que convoca, al son de sus infinitas trompetas, 
al Josafat de las naciones, evocando los muertos para preguntar- 
les el papel que les cupo en suerte desempeñar i a los vivos el 



— 133 — 



secreto que guía sus esfuerzos hacia el fin de la peregrinación 
de la existencia humana. Viajero infatigable, filósofo profundo, 
personificación de la justicia, va siempre adelante, descubriendo 
nuevos horizontes que las multitudes sedientas de verdad ensan- 
chan i utilizan para su mejoramiento i perfección. 



II 



La vida déla humanidad tiene una lei? — ¿Es la historia la 
consignación del hecho, o la demostración del desarrollo de esa 
lei? Para resolver este poblema, procuremos asentar con clari- 
dad sus condiciones. 

Todo ser tiene una vida. La vida del planeta que habitamos 
está escrita en su superficie i en sus entrañas, por la mano de 
los cataclismos i por la acción secular de los elementos. Las 
capas superpuestas de lá corteza terrestre, mortajas estupendas 
que conservan inscrustados los vivientes de otro tiempo, fósiles 
anteriores i contemporáneos a la aparición del hombre, nos reve- 
lan la edad de aquel. La tierra ha cavado sus valles, i, con la 
acción terrible de su fuego interno ha levantado esas grandiosas 
pirámides que sirven de pedestal al Cóndor. Ha delineado sus 
fronteras al Océano, i dibujado el organismo de sus ríos. Ha 
incendiado la inmensa cabellera de sus bosques primitivos para 
preparar un terreno, depositar la hulla, i elaborar la atmósfera 
en que vive el hombre, i siempre abrasado por el sol, como la 
antigua Cibelis derrama el pan i el vino, la flor i el metal de su 
magnífico unicornio. 

Penetrando en las rejiones del pensamiento, encontrareis en 
ellas la indispensable raiz de la historia. No hai historia sin 
memoria. El presente es un momento renovado que se desliza en 
la conciencia, arrebatado por la fatalidad del tiempo, que como 
una centella que atravesará la creación en virtud de inmensa 
fuerza de proyección. Pensar en el presente es ya perseguir un 
pasado. Pero el futuro inagotable se sobrepone sobre los elemen- 
tos de esa creación en miniatura e invisible.que los seres forman 
para satisfacer el hambre insaciable de la actividad que les 



- 134 — 

aqueja i elevar el himno imperecedero de la vida como aspiración 
hacia lo infinito. 

El hombre no podría tener conciencia de si mismo, sin la 
memoria. La conciencia de la entidad de nuestro ser, no podría 
existir sin el recuerdo. De lo cual puede rigurosamente dedu- 
cirse, que la historia es el elemento necesario para tener concien- 
cia de la identidad humana al través del tiempo i del espacio, 
porque sin conciencia de la vida pasada no tendríamos conciencia 
de la hora en que vivimos, porque todo lo creado, todo lo finito, 
por el hecho solo de existir, está sometido a la lei de sucesión o 
desarrollo. 

Lo creado puede dividirse en dos categorías : seres sin concien- 
cia i seres con conciencia.— Entre la materia i el espíritu, apa- 
recen los seres intermediarios, que viven en las fronteras de la 
organización i la libertad. I como resultado de todo tenemos que 
ni la creación material ha cesado ni el Jénesis eterno ha dicho 
su última palabra. En el laboratorio eterno del espacio, el teles- 
copio, en alas de la razón, ha sorprendido la formación de 
nuevos mundos i todos los días pueden repetirse aquellas pala- 
bras sacramentadas ele la Biblia: «el espíritu de Dios es llevado 
sobre las aguas del abismoD incubando perpetuamente los jérrne- 
nes inagotables de la indefinida floresta de los cielos. Hierve la 
inmensidad ajitada por la mano del Eterno, brotando mundos i 
sistemas como estrofas centellantes de la epopeya creadora. La 
creación es el ensayo que tiende a reproducir, en la variedad 
existente i futura de todos los seres imajinables, la idea del 
infinito que a todos comprende i que todos no alcanzan a agotar 
— Por esto que la Creación no puede cesar. 

Una lei de destrucción, de conservación i de desarrollo la pre- 
cipita hacia un ideal que nnnea alcanza a llenar. Lo prosigue 
sin conciencia de las órbitas de los astros, en el organismo de los 
átomos, en la intususcepcion del árbol, en la atracción de las 
moléculas, en los instintos animales i ¿creeríamos que la huma- 
nidad, lanzada hacia una progresión indefinida, para ser la 
conciencia del mundo inferior, careciera de fin providencial? — 
No señores — Si tal suposición fuera verdadera, tendríamos que 



135 — 



la anarquía i el desconcierto era la lei que rejia a la parte mas 
noble de los seres de nuestro planeta. 

Si la humanidad tiene im fin — la historia tiene una lei. 

La Lei de la Historia 



Es necesario que comprendamos bien lo que se entiende por 
lei de la historia. 

¿Entenderemos por lei de la historia la crónica de los aconte- 
cimientos elevada a la categoría de causa i efecto, es decir que 
lo acontecido es lo qne debió ser? 

Entonces la lei no es sino la justificación de los hechos. 

¿Entenderemos por lei de la historia una teoría que la huma- 
nidad debe realizar en su marcha? 

Aquí otro problema. 

O esa teoría es efecto del resultado de los hechos mismos, o 
es una idea preconcebida, un ideal qne debe juzgar a los hechos. 

Todas las teorías que conozco .son el resultado de los hechos 
elevados a la categoría de lei. La teoría Helder presenta al 
territorio como causa. La teoría de Rossuet presenta todo lo 
acontecido como debiendo cooperara la realización del catolicis- 
mo romano. 

La teoría de Vico representa a los hechos como reproducién- 
dose fatalmente, en una simetría de de vá i viene, de corro i de- 
corro lo que la humanidad ha hecho i tiene qne hacer. 

La teoría Hegel presenta a la idea de la lei identificada con 
lo real i al ideal con los hechos. — La teoría Cousin, que es una 
imitación, presunta a la historia como debiendo realizar las tres 
ideas fundamentales del pensamiento dividido en tres épocas, la 
del infinito en el Asia; la del finito en el mundo Griego i Ro- 
mano, la de la relación de ambos en la que caracteriza la época 
moderna. Nosotros probaremos qne todo eso es erróneo i que la 
lei de la historia de esos filósofos es falsa. Otros historiadores, 
que pueden ser .calificados de políticos i socialistas, han caido 
en el mismo error. Unos dicen que la historia debe constituir la 



— 136 — 

monarquía universal o la unidad política o sea la centralización 
del globo. Otros que la historia es el desarrollo de las clases 
privilejiadas encargadas de gobernar i civilizar a la multitud. 
Otros que la historia tiende a la democracia i a la federación de 
los pueblos. La lei de la historia según ellos es, pues, la demo- 
cracia. Otros que la historia debe realizar la comunidad de bie- 
nes o el trabajo integral de las naciones convertidas en falanjes, 
para la esplotacion del planeta; i otros, en fin, nos dicen que la 
historia no es sino la elaboración de todos los elementos para 
dar al gobierno a los trabajadores rehabilitados por el Ponti- 
ficado de un católico sensual representado en una dualidad 
papal. 

Pero la lei de la historia tiene que ser la lei de la humanidad 
en la serie de todos los siglos. 
' La lei de la humanidad tiene que ser la lei del hombre indi- 
vidual. 

La lei del hombre tiene que ser el imperativo de sus accio- 
nes. 

Las acciones del hombre como las de la humanidad tienen 
un fin. 

Luego la lei de la historia se identifica con la lei moral, i 
viene a ser el principio que determina su destino. 

La lei moral i el destino constituyen lo que se llama feli- 
cidad. 

Así, pues, lei de la historia, lei de la humanidad, regla de las 
acciones, destino del individuo i de la especie, son términos va- 
rios que revisten un mismo principio, i ese principio es la natu- 
raleza, la Providencia, el destino i en una palabra, la lei del 
hombre. 

Esponer la lei de la historia es esponer la causa, los efectos 
humanos. 

I esponer la filosofía de la historia de un pueblo o de la hu- 
manidad, es decir la causa de sus acciones. 

Pero una es la lei, i otro puede ser el pensamiento dominante 
que un pueblo pueda tomar como lei de su vida. 



— 187 — 

Es sabido que el pueblo romano se creia nacido para dominar 
al mundo. 

La filosofía de la bistoria de ese pueblo, es pues, conocida. 
Hé ahí porqué él creyó que era su lei. 

¿Pero era esa la lei? — He aquí que se presenta la cuestión. 

No era esa la lei. Luego la lei de la historia es independiente 
del pensamiento, creencia, o acciones de determinado pueblo. 

La filosofía de la historia es el conocimiento de la idea que 
debe realizar la humanidad. 

La lei de la historia es la manifestación del ideal qne persi- 
gue i la determinación de sus acciones. 



II 



¿Cuál es, pues, la lei de la historia? ¿Qué es lei? ¿Conocéis la fa- 
mosa definición de Montesquieu? La lei es una relación, dijo él. 

Esta definición tiene algo de verdad, pero, a mi jnicio no es 
completa. 

En toda, lei hai relación, pero no toda relación es lei. 

La lei de atracción es la relación entre la masa i la distancia 
de los cuerpos. 

La lei de la vejetacion es una relación entre el jérmen, la 
tierra i los elementos. 

La lei de la animalidad es una relación entre el organismo i 
las influencias esteriores. 

La lei del calórico es unir i dilatar. 

La lei de la luz es revelar los cuerpos. 

La lei de las sociedades puede decirse que es una relación en- 
tre el individuo i el pueblo. 

Pero en todas esas relaciones veo la falta del principio, de la 
causa, del destino i del fin. 

I la lei, es decir el imperativo conservado por la Providencia 
debe revelar un fin. 

En toda lei puede haber relación, pero debe haber mas que 
relación. Nadie me afirmará que la lei de los astros sea esclusiva- 
rnente describir elipsis o parábolas. 



— 138 — 

Nadie me dirá que la lei de la humanidad sea tan solo una 
relación entre su pasado, presente, i porvenir, i que la lei de 
las sociedades sea buscar una relación entre gobernante i gober- 
nado. Nó, la lei es algo mas. La lei debe envolver la idea de la 
causa i la idea de fin. 

La lei de la historia debe ser la forma impuesta a la humani- 
dad para llenar un fin. 



III 



La humanidad ha salido directamente de Dios o es tan solo 
un desarrollo la forma mas perfecta de la creación? 

La humanidad es una modalidad de la creación, pero ademas 
es tambieu una encarnación del espiritu. 

Bajo el punto fisiolójico tiene sus raices en la tierra i sus 
antecedentes en el reino animal, reuniendo, bajo una unidad su- 
perior, los elementos de los reinos inferiores. 

Como espíritu, recibe inmediatamente del verbo infinito la 
comunicación de la centella infinita, la visión del ser, la armonia 
de su lei i su destino. De esta unión resulta un elemento nuevo, 
que es la dominación del espíritu, jerarquía necesaria en todo lo 
que existe. Como organismo es fatal, como espíritu es libre. 
En la humanidad se verifican las nupcias solemnes de la fatali- 
dad i la libertad. 

Fatalidad i libertad, he ahí el dualismo fundamental, la an- 
timonia radical, los elementos del combate que forman los pro- 
tagonistas del drama de la vida. 

Cómo se verifica esa unión? Debe siempre la humanidad vivir 
en la oscilación perpetua de esas fuerzas, destrozada por la 
acción de esos ajentes? Hai armonia i solución posibles? 
ÍSi, señores. La fatalidad es la lei de los cuerpos. 
La libertad es la lei de los espíritus. 

La solución del problema consiste en hacer que la fatalidad 
sea libre i dominada por el elemento libre, i que la libertad sea 
ordenada al fin supremo. 

I como en el hombre se encuentran unidas, temporalmente, 



— 139 — 

esas dos manifestaciones de la substancia, la lei de la historia 
debe revestirse i comprender la fatalidad del organismo i la li- 
bertad de la conciencia. 

Pero si hai fatalidad, hai también nn destino que cumplir. 

Si liai libertad, esa libertad debe llenar un fin. 

En ambos casos hai nn imperativo supremo que es necesario 
obedecer. — Aquí volvamos a la planteacion del problema de la 
historia: cual es la lei del movimiento humano? 



•IV 



Varias han sido las esplicaciones que se han dado. Filósofos 
eminentes i hombres ilustrados han presentado sus sistemas. 

Voi a esponeros brevemente sus ideas fundamentales. 

La esposicion de la lei del desarrollo humano ha recibido, en 
nuestros dias, el nombre de filosofía de la historia. Síntesis 
grandiosas han pretendido revelar el pensamiento de Dios al 
través de los siglos, i presentar la historia como un silojismo 
permanente, cuyas premisas i consecuencias con las faces diver- 
sas que reviste la civilización de la humanidad. 

Todos los sistemas que conozco, desde San Agustin hasta 
Hegel i desde Bossuet hasta Herdel, son aspectos diversos de 
la fatalidad absoluta encarnada en el movimiento de los pueblos. 
La filosofía de la historia ha sido, para todos esos escritores, 
siempre manifestación de la fatalidad. Pero en la concepción de 
la fatalidad ha habido gran variedad de esposicion. 

Antes de penetrar en esos sistemas, permitidme aclarar, con 
un ejemplo, la esposicion del problema. 

Conocéis la Iliada de Homero. — Al oir en los campos de 
Grecia esa llamada a todos los pueblos; al ver esos preparativos 
de toda una raza para lanzarse al través de los mares con el 
objeto de vengar un ultraje i de satisfacer la justicia; al seguir 
los principios de ese sitio inmortal, que termina con la destruc- 
ción de Troya, asistiendo al mismo tiempo al consejo de los in- 
mortales que, desde el Olimpo, alzaban o bajaban las balanzas 
del destino, — habéis asistido a la epopeya del mundo griego en 



— 140 — 

su principio. Pnes bien, la humanidad, según la filosofía de la 
historia, es una epopeya que evoca las naciones al rededor de una 
ciudad ideal i por cuya posesión aspiran. 

Bramha, Jehová, Júpiter, Cristo o Mahoma son los inmor- 
tales que, según las respectivas ideas, presiden la epopeya. La 
humanidad, según la visión de un Dios, emprende esa campaña, 
i todos los acontecimientos no son sino los pasos de Dios, por 
medio de los pueblos o la identificación de Dios con la huma- 
nidad. 

No hai duda que la historia concebida de este modo, presenta 
un aspecto divino. 

Tres son las principales concepciones de la filosofía de la 
historia. 

La concepción pantheística. 

La concepción católica. 

La concepción naturalista. 

Para esponeros esos tres aspectos haré abstracción del orden 
cronológico de los sistemas. 

La concepción de la lei de la historia debe depender de la 
concepción del dogma. Si concebimos al Ser como identidad in- 
divisible, o mas bien, como la totalidad de la substancia, Dios 
es todo el Ser: la creación i la humanidad son Dios. La lei de 
la creación será la lei de la humanidad. Las civilizaciones i los 
imperios, serán esflorecencias del árbol humano, i Dios estará 
presente en todas esas manifestaciones. La historia viene a ser 
el movimiento de Dios en el espacio i en el tiempo. 

La mas grandiosa concepción pantheística ha sido la de He- 
gel, tomada después por Mr. Consin i plajiada enseguida por 
Donoso Cortés, en su libro del catolicismo. 

Cuál es la idea de Hegel? 

El Ser i la idea son la misma cosa i, por consiguiente, la rea- 
lidad es la idealidad. Lo que es real es ideal, i lo que es ideal 
es real. 

El Ser consta de tres ideas: el infinito, el finito i su relación. 

La historia debe ser la manifestación temporal de esas ideas. 



— 141 — 

De aquí nace la división temporal de la historia en tres 
épocas. 

Época del infinito en el Oriente. 

Época del finito en el mundo griego i romano. Época de la 
relación con el mundo moderno. 

El infinito representa el reino del padre, el finito el reino del 
hijo, la iglesia el reino del espíritu. 

O en otros términos; el padre es la tesis, el hijo es la antíte- 
sis, el espíritu santo es la síntesis. 

El reino del padre es la época déla substancia indeterminada. 
El reino del hijo es el momento de la particularidad, i la oposi- 
ción de la subjetividad i de la objetividad es la época romana. 
La síntesis de los contrarios son las naciones jermáuicas. Entre 
las naciones jermánicas, la Prusia; entre las ciudades de Prusia, 
Berlín; i entre los hombres de Berlin, el filósofo Hegel venia a 
ser la última espresion del absoluto revelado por la historia. 
Mr. Cousin tomó la idea fundamental de este sistema, pero con 
notable variación. En vez de ser la Prusia el pueblo privilejiado, 
lo fué la Francia; i la carta de Luis XVIII, como último re- 
sultado político de la confragracion europea, vino a ser la mani- 
festación del absoluto. 

Donoso Cortés, a su vez, plajiando, pero con infalibilidad 
católica, el sistema de Hegel, desarrollado en el eclectismo his- 
tórico de Cousin, nos encarna él absoluto en la Iglesia infalible 
e impecable; son sus palabras. 

«Dios era unidad en la India, dualismo en Persia, variedad 
en Grecia, muchedumbre en Roma. El Dios vivo es uno en su 
sustancia, como el Indico; multitud en su persona, a la manera 
del Pérsico; a la manera de los dioses griegos es vario en sus 
atributos; i, por la multitud de los espíritus que lo sirven, es 
muchedumbre a la manera de los dioses romanos.» — I mas 
adelante, agrega, tomando el pensamiento i las palabras de 
Hegel: 

«Dios es tesis, es antítesis i es síntesis.» 

Ya veis señores, que no se puede disertar con mas audacia i 

penetrar con mayor infalibilidad en los arcanos del Ser infinito. 

li 



— 142 — 

Veamos ahora la concepción católica de la filosofía de la his- 
toria. 

Bossuet ha sido el primero que ha pretendido esplicar i pre- 
sentar como lei de la historia la concepción judaica. 

Creyendo en la Biblia come en un libro revelado por Dios 
mismo, nada era mas fácil que presentar ese encadenamiento de 
sucesos conspirando al fin señalado por los mismos libros del 
antiguo testamento, Bossuet parte de una afirmación impía cuan- 
do dice que ha habido un pueblo de Dios i un pueblo escojido. 
El dogma de la caída implica el de la redención. La humanidad 
ha caido i un pueblo está encargado de presentar al Redentor. 
Desde esa altura, Bossuet baja sin titubear de la montaña i 
asigna su colocación i significación a los imperios, verdadero ro- 
mance de la fantasia histórica, drama sucesivo cuyo personaje 
maneja a su placer el sacerdote católico como un maquinista 
teatral. El sabe los designios de Dios, i habla en nombre de 
Dios. Los acontecimientos estaban previstos i determinados. 
Dios camina con las lejiones para derribar a Cartago; Dios com- 
bate en Farsalia, inspira a Atila i marcha a su frente sembran- 
do el terror i la matanza. I, para que no creáis que exajero los 
principios de Bossuet, voi a citaros las palabras que resumen su 
pensamiento. 

Dirijiéndose al Delfín, hijo de Luis XIV, le dice: «Pero acor- 
daos, monseñor, que este largo encadenamiento de las causas 
particulares que hacen i deshacen los imperios, depende de las 
órdenes secretas de la Divina Providencia. Dios tiene, desde lo 
mas alto de los cielos, las riendas de todos los reinos; tiene todos 
los corazones en su mano ; ya contiene las pasiones, ya les larga la 
rienda-, i de este modo conmueve a todo el jénero humano. Quie- 
re hacer conquistadores? (Es Bossuet quien habla, señores), hace 
marchar el espanto delante de ellos e inspira a ellos i a sus sol- 
dados un invencible atrevimiento. Quiere hacer lejisladores? Les 
envia su espíritu de sabiduría i de previsión i les hace arrojar 
los cimientos de la tranquilidad pública. Conoce la sabiduría 
humana, siempre limitada bajo algún aspecto, la ilumina, estien- 
de sus miras, i enseguida la abandona a sus ignorancias, la ciega, 



— 143 — 

la precipita, la confunde por si misma, se envuelve, se embaraza 
en sus propias sutilezas i sus precauciones son una trampa. Por 
este medio, Dios ejerce sus terribles juicios, según las reglas de 
su justicia, siempre infalible (Bossuet, Discours sur l'histoire 
universelles). 

Tal panto de vista, lójico sin duda, considerado católicamente 
es una blasfemia. Bossuet i el catolicismo, que tanto ruido han 
causado en el mundo, defendiendo la causa del libre albedrio, 
contra los protestantes, impulsados por el jenio secreto de la doc- 
trina, vienen en última consecuencia, a negar la libertad, i lo 
que es peor, a comprometer las nociones fundamentales del mun- 
do moral, la idea de justicia i la idea misma de divinidad. ¿Qué 
es la justicia en una humanidad cuya marcha es asignada, im- 
pulsada i ejecutada por Dios mismo? Qué Dios es ese cómplice 
de la ruina de los pueblos, que en un dia toma flechas de Cam- 
bises para atravesar el Oriente i otro dia la lanza de los cartaji- 
neses para crucificar a los pueblos ribereños del Mediterráneo i 
después la espada de Roma para cegar los pueblos i formar ese 
inmenso cementerio de nacionalidades que, desde España hasta 
el Eufrates, fatigó a la tierra con el peso de sus iniquidades? 

Todo eso era necesario nos dice Bossuet, para preparar la ve- 
nida del hijo del hombre. Todo eso era justo para preparar el rei- 
no de la justicia. Todo eso era providencial, es decir, divino, para 
preparar la venida déla divinidad. Toda esa sangre i tanto dolor, 
la Grecia encadenada, Sagunto aniquilada, el mundo diezmado, 
tantas lágrimas, tanta patria i tanto derecho pisoteado, todo eso 
era providencialmente previsto, i lo que es mas, ejecutado por la 
mano del Dios mismo que nos anuncia la Iglesia romana como 
el pacificador i bienhechor. 

I si era necesaria toda esa cosecha de pueblos, ese lecho de 
hosamentas humanas para preparar la cuna del Salvador, sin du- 
da es para que después florezca la paz, el bienestar, la unidad, 
la revelación de ese Dios que tan solo por una vez se ha digna- 
do aparecer sobre la tierra. 

— No señores. Parece que es inaplicable ese Dios de Bossuet. 
— Es necesario que las selvas del norte se conmuevan i conden- 



— 144 — 

sar el huracán de los polos, i que precipitados como una tormen- 
ta de devastación durante cinco siglos consecutivos, se despren- 
dan los bárbaros del norte para arrasar el mundo antiguo i 
preparar el campo a la propagación de esa doctrina de manse- 
dumbre i de paz. Tal es la lei de la historia i tal es la Providencia 
de Bossuet. 

Si antes del nacimiento de Jesu-Cristo fué necesario que los 
ejipcios sucumbiesen, i sobre los ejipcios los persas, i sobre los 
persas los griegos i los romanos sobre todo, después de la pasión 
de Jesu-Cristo, fué necesario que del Olimpo antiguo bajase la 
espada de Marte. Atila la recibe como el presente i el mandato 
de la Providencia. 

Era necesario decapitar ese coloso que, apoyado en el Panteón 
universal de las naciones i de los Dioses, elevaba al cielo la per- 
sonificación del Pontificado de Roma. Palpitan las llanuras de 
Tartaria i las selvas humanas de Siberia se conmueven. Atila 
como la avalancha de la Providencia envuelve a los Hunos, a los 
Tártaros i a los Vándalos i Godos que encuentra en su camino, 
se precipita sobre el imperio incendiando las ciudades, degollan- 
do las poblaciones, i sumerjiendo en las tinieblas la antigua ci- 
vilización. Los católicos saludan a Atila como el Azote de Dios. 
Si para preparar la venida del cristianismo fué necesario que 
Roma decapitase las naciones, para preparar su triunfo fué ne- 
cesario un cataclismo de razas, un diluvio de sangre, un eclipse 
de civilización, de arte i de la sabiduría de la antigüedad. — I des- 
pués de ese terror, después de ese martirio de cinco siglos, la 
filosofía de la historia, según el catolicismo, admira los altos 
fines de ese Dios que fabrica. 

Pero, en fia, si ha sido necesario i providencial que tales ho- 
rrores se cumpliesen, la paz, la armonía, la justicia, la unidad 
de razas i naciones deben haberse realizado después de tantos 
horrores providenciales. La tierra estaba árida i seca: era nece- 
sario que una lluvia de sangre la fertilizase. Ha llovido sangre 
en todas partes, i los siglos han lanzado sus torrentes para 
purificar la tierra. La Roma Católica se ha sustituido a la Roma 
Pagana. El capitolio ha cedido su lugar al Vaticano. El Papa 



— 145 — 

ciñe la corona de los emperadores i pontífices. El interdicto i la 
escomunion han reemplazado los rayos de Júpiter Tonante indi- 
cándonos todo esto que ha llegado el momento de la victoria i 
con ella el de la pacificación. 

Error, señores. — La Arabia se presenta a su turno. Después 
del azote del norte, se levanta el azote de Dios personificado en 
Mahoma. I como si esto no bastara, la herejía, la horrible here- 
jía, revindicando alguu derecho i consumido por la insaciable 
Roma, aparece en Suiza, en Francia i en Alemania. Los Val- 
denses i Albijenses, i mas tarde los Husitas son enviados a la 
hoguera que los altos fines de la Providencia católica ha decre- 
tado para gloria de Dios i magnificencia de los emperadores i 
pontífices. Las cruzadas se suceden, i la cruz del Salvador del 
mundo sirve para crucificar a millares de hombres que comba- 
tían por la libertad de pensar, por la igualdad de derechos i por 
la independencia nacional. 

I el catolicismo es vencido. La Reforma le arrebata en pocos 
años sesenta millones de creyentes. El mundo cristiano es, en su 
mayoría protestante, i la riqueza, la gloria, la ciencia i la liber- 
tad solo brillan' en los pueblos que se han separado de Roma. 
La Rusia describe su órbita al rededor del Papa de San Perters- 
burgo, arrastrando la corona boscal del planeta. — La Suecia, 
la Noruega, la Dinamarca, la Alemania del Norte, la Suiza, la 
Inglaterra i los Estados Unidos, es decir, la zona templada de 
la civilización, jira al rededor del libre pensamiento. 

¿Qué queda de Roma, después de tantos milagros i de todas 
las hazañas de su católica Providencia? — La España, el Portugal 
el Austria, el reino de Ñapóles, i América, particularmente el 
Paraguai, es decir lo mas atrasado i retrógrado del continente 
de Colon, i Méjico cuya existencia trasciende a cadáver. 

Si todo lo que sucede es Providencial, admiremos, pues, esos 
altos juicios de la Providencia católica. Los que quieran persis- 
tir en esa fé, no tienen sino envolverse en esa inmensa mortaja 
con la que Roma ha pretendido cobijar a las naciones para des- 
componer el organismo divino de las nacionalidades e imponerles 



— 146 — 

su cosmopolitismo teocrático, bajo el yugo de la santa intoleran- 
cia i de la obediencia ciega. 

Después de Bossuet, Vico, filosofo napolitano presentó tam- 
bién en 17'25 su filosofía de la historia en un libro llamado 
Ciencia Nueva. Su punto de vista es mas grandioso que el de 
Bossuet. Bossuet veia todo al rededor de Jerusalem i de Roma. 
Vico ve lo divino en todo pueblo. Todo arte i toda lejislacion de 
Jos pueblos antiguos emanan de su dogma. El dogma pagano es 
la revelación de Dios; luego Dios mismo se ha revelado en todas 
las manifestaciones de los pueblos. 

¿Pero en toda esa inmensa procesión de relijiones o revelacio- 
nes parciales de la divinidad, se encamina, progresa, i solo da 
vuelta al rededor de un punto inmutable, reproduciendo los 
mismos acontecimientos, las mismas ideas? 

He ahí el problema. Cómo debe ser resuelto según el pensa- 
miento mismo del sistema de Vico? 

Si todo es divino, Roma es divina. I como Roma sea, en la 
antigüedad sea en los tiempos modernos, ha sido el término 
adonde han de llegar los cultos para sepultarse en su Pantheon, 
Roma es la personificación de la revelación del Eterno. De aquí 
se deduce de que el mundo no camina sino que jira al rededor de 
Roma, describiendo círculos mas o menos concéntricos, i la his- 
toria viene a ser como un plajio ciego de los eclipses de los pla- 
netas que jiran al rededor del sol. — ¿Qué otra cosa es la lei 
sino la fatalidad? 

Hai una ciudad ideal que los pueblos buscan como los pala- 
dines del Tasso a su dama. 

Esa ciudad ideal no es otra que la resultante de las ideas 
de los pueblos i las ideas de los pueblos son las revelaciones de 
Dios. 

Si buscáis la lei de la historia, buscadla en las ideas. Lo de- 
mas, como cultos, imperios e industrias son formas pasajeras 
que devora el Saturno de la historia. 

Restamos dar una idea de la filosofía de la historia bajo el 
punto de vista naturalista. 

Herder, filósofo alemán, es el autor de este sistema, traducido i 



— 147 — 

comentado por Edgard Quiaet, una de las glorias mas culminan- 
tes de la ciencia moderna. 

Herder estudia las leyes de la naturaleza, que por un encade- 
namiento progresivo de trasformaciones, desarrollan el plan de 
la creación hasta llegar a la humanidad. Vico dedujo las leyes de 
la historia de los movimientos de los pueblos i de la serie de sus 
tradiciones. Esas tradiciones eran la revelación del pensamiento 
divino. Las naciones eran idénticas en el fondo, porque todas 
poseen la misma idea. La civilización i la historia son, pues, 
según ese sistema, la reproducción de la idea. La lei de la histo- 
ria viene a ser la lei del pensamiento, i la lei del pensamiento, 
la tradición, que es la manifestación del pensamiento humano. 
He ahí el círculo vicioso i fatal que envuelve al sistema de Vico 
en los círculos, en el corro i recorro de la fatalidad. 

Herder ve la lei, no en el pensamiento, sino en la naturaleza 
esterior. El pensamiento mismo es un efecto de la impresión 
esterior. Así es que habrá tantas leyes i tantas civilizaciones 
como climas i territorios diversos. Para Herder, será pues de la 
mayor importancia, para conocer la lei de un pueblo, el conoci- 
miento de la jeografía, la forma de los valles, la disposición de 
las montañas, el curso de los rios, los grados de frió o de calor, 
las producciones de su suelo, su flora i su zoolojía. En este sis- 
tema la humanidad es tan solo una síntesis de la creación infe- 
rior, o por servirme de sus propias i bellas espresiones ala crea- 
ción precede a la espansion de laflor de la humanidad», 

Espansion de la flor, por bella que sea la figura, es la acción 
de los ajentes esteriores. — La humanidad no es la espansion de 
una flor sino el drama de la vida. La doctrina del Herdef, aun- 
que por diferente camino, nos lleva a la fatalidad, i el resultado 
es el mismo para la dignidad de la justicia. 

Monsienr Cousin ha pretendido conciliar estos sistemas en un 
eclectismo filosófico e histórico. 

Toma el punto de partida de Hegel en la división de las tres 
ideas necesarias, el infinito, el finito i la relación, i para conciliar 
el sistema, que ha llamado naturalista, de Herder, hace armoni- 
zar, la manifestación de la época infinita en la naturaleza por- 



— 148 — 

tentosa del Asia, la idea del finito en la Grecia i la idea de la 
relación en la Europa. Tres ideas, tres épocas, tres territorios. 
Blonsieur Cousin ha venido a sellar tan solo con triple sello el 
movimiento humano, encadenándolo en el tiempo, en el espacio 
i en el pensamiento. La fatalidad ha cerrado su círculo. Triple 
error podemos decir. Las tres ideas han coexistido en el pensa- 
miento de los pueblos. 

Los tres territorios coexisten en todo territorio. Las tres épocas 
continúan desarrollándose sin fin. En toda época hai un infinito 
que se busca, un finito que se sufre i una relación que eslabona 
las ideas. En todo pais hai condiciones jeográficas para asentar 
la libertad. El sistema de Monsieur Cousin es un edificio de 
humo que no ha podido resistir a la revolución de 1830, fenómeno 
inesperado que no había podido preveer el filósofo de las tres 
época históricas. 

Si atendemos a los resultados morales de esos sistemas filosó- 
ficos que han dominado i dominan aun en nuestro siglo, podemos 
ver la justificación del hecho bajo todos sus aspectos, en la ado- 
ración de la fuerza, en la veneración de todos los malvados que 
se han enseñoreado de los pueblos, pero con la condición de que 
hayan sido grandes en el mal. Tales doctrinas imperan aun por 
desgracia i han enervado los ánimos. El eclectismo, el doctri- 
narismo i la aprobación de lo existente, forman el espíritu i con- 
sagran los hechos como lei i los atentados como decretos de la 
Providencia. — Las historias parciales de los pueblos modernos, 
no son sino corroborantes parciales de esa gran doctrina de la 
filosofía de la historia. La Edad Media, la conquista, la Inquisi- 
ción, el jesuitismo, la San Bartolomé, todos los horrores pasados 
i presentes han sido golpes de Estado de la divinidad i medidas 
previstas ab-eterno por la sabiduría infinita. — I hasta a América 
ha llegad» ese plajio de la fatalidad europea. La conquista Ame- 
ricana, la estension de las razas, la servidumbre de los indíjenas, 
la esclavitud de los negros, la anarquía, i hasta el despotismo de 
los monstruos americanos, han sido reconocidas como necesida- 
des providenciales. 

¿Qué estraño que después de tal enseñanza, i de la influencia 



— 149 — 

de tales doctrinas en la historia de todas las épocas, el hombre 
desmaye, abdique i se entregue en brazos de la fatalidad o de la 
indiferencia? — Cuándo hemos visto apostasías mas escandalosas 
que en nuestros dias? — ¿Qué significa esa glorificación de los 
hechos i del éxito, sino la humillación ante la fuerza? — Cómo 
sorprendernos de esa tremenda faz que reviste la esclavitud, que 
es la degradación del alma, la bendición del flajelo i la adoración 
del malvado! 

Un Dios que debe ser la realidad de la justicia, lanzando los 
pueblos en el itinerario de los crímenes i errores que forman la 
cadena de la vida, no es un Dios. Antes de inclinarme ante un 
infinito que guia a Atila, que predica con Santo Domingo, que 
corona a Napoleón i que asienta su imperio en la Roma de 
los Papas, prefiero negarlo i crearme un solitario Dios de justi- 
cia i de verdad. — Un Dios cuyo altar debe estar perpetuamente 
palpitando con el corazón de las víctimas humanas, es el Dios 
de las absurdas creencias de los bárbaros. 

La filosofía de la libertad, al mismo tiempo que asesina la 
libertad, destrona al Omnipotente de su trono inmutable de los 
cielos i de su verdadero altar, que es la conciencia. 

Tal es, señores, el último resultado de la filosofía de la histo- 
ria en el Viejo Mundo. Tal es el proceder de los pueblos caducos 
i de los sacerdocios temblorosos cuando ven emanciparse ala plebe. 

Réstanos ahora esponer nuestras propias ideas sobre la filo- 
sofía de la historia. 

Repetimos la interrogación. — Hai una lei de la historia? Si; 
lo creemos. 

La humanidad es una. La humanidad tiene un principio, tiene 
una vida, tiene un objeto i tiene un fin. El hombre, los pueblos, 
las razas, las naciones tienen un fondo común, una identidad de 
lei i de destino, a pesar de las variedades que los caracteri- 
zan. La humauidad no ha sido lanzada al acaso. Lleva en su 
frente un designio gravado por su autor. 

Si podemos describir ese designio, habremos encontrado su 
lei, conoceremos la unidad de su vida, la identidad de su ser i 
la magnificencia de su fin. 



— 150 — 

Oóino conocer esa lei? — Iremos a recorrer las tradiciones, nos 
embarcaremos en el mar tenebroso de los tiempos, evocaremos 
el alma de las naciones que ya no son, i creeremos que en la 
adición de los hechos, en el establecimiento de la cadena de los 
siglos está encarnada la revelación del Eterno, i el testimonio de 
su lei? — Eso seria reproducir los sistemas de los que nos han 
precedido en la carrera i justificar los errores que acabamos de 
combatir. 

Qué método seguiremos entonces? — A nuestro juicio la ma- 
teria misma nos lo indica. 

Queremos saber si hai una lei del movimiento humano? 

Si esa lei existe, debe existir en la conciencia. 

Para mejor aclarar el punto de partida, establecer emos que la 
lei debe ser el imperativo divino. 

Puede haber variedad en la concepción de ese imperativo i' de 
aquí ha nacido el error de los filósofos que hemos combatido. 

Las concepciones son obras del pensamiento. El pensamiento - 
ha repelado tal forma, tal hecho, tal culto i tal civilización. Lue- 
go ese resultado es la lei providencial de la historia. 

Tal ha sido la idea de Hegel, de Cousin, de Vico. 

Nosotros decimos; las concepciones humanas, no son la reali- 
dad, así como los códigos no son el derecho, ni las' estatuas el ar- 
te, ai los cuadros de Rafael la encarnación de la belleza, aunque 
participen de sus resplandores, ni las concepciones de Dios la 
realidad de éste. La idea de un objeto no es el objeto. Si hai una 
lei, la lei como el pensamiento divino, debe ser independiente de 
la concepción humana. Se nos dirá icón razón: buscáis el criterio 
de la verdad como condición del conocimiento de la lei. — Si, se- 
ñores: Es aquí que la historia debe ser sometida a la filosofía. 

Si hai un criterio de verdad i una verdad innegable, tenemos 
el necesario punto de partida. 

Esa verdad innegable (i permitidme aquí evitaros el desarro- 
llo lójico de la concepción de la verdad, por demasiado abstrac- 
to), esa verdad es un ser infinito, personal i creador i un ser 
finito, libre i perfectible. 

He ahí las dos verdades que, como dos columnas, sostienen la 



— 151 — 

bóveda de las creencias del jénero humano i qne las sostendrán por 
los siglos de los siglos. 

Si el hombre es libre tiene una lei. Si es perfectible tiene un 
fin. . 

El problema, cuya solución buscamos, puede entóuces plan- 
tearse de este modo: 

La lei i el fin del hombre son el fin de la humanidad. Luego, 
para conocer la lei de la historia, debemos conocer la lei de la 
humanidad i su destino. 

Esa lei de la humanidad es anterior i preexistente a la misma 
humanidad, i subsistirá en la mente divina aun cuando la huma- 
nidad no exista, así como los principios matemáticos que viven 
encarnados en los cuerpos, son anteriores i subsisten sin necesi- 
dad de los cuerpos. 

Bajo este punto de vista se vé cuan falso era el punto de par- 
tida de todos aquellos que quisieron encontrar la lei i el destino de 
la humanidad en . los mismos hechos de su vida, así como tam- 
bién es falso el punto de partida i método de la filosofía alema- 
na, en jeneral, que pretende asimilar la creación alas concepcio- 
nes que de ellas se forma la razón, i las leyes de la razón a las 
manifestaciones accidentales de la especulación de los espíritus, 
aspirando a reproducir en sus concepciones el orden mismo de las 
cosas. (Schlling) — Es una palabra la filosofía i la doctrina de 
la fatalidad, que apesar de sus elevadas pretensiones de teorías 
absolutas, no es sino la doctrina del empirismo o la esperiencia 
elevada a sistema. 

Si la lei es superior al hecho, si el deber es superior al hom- 
bre, si el fin es superior i domina la esperiencia, no tenemos ne- 
cesidad de conocer la tradición para conocer la lei que debe 
dominar a esa tradición, lo contrario seria decir que tenemos ne- 
cesidad de conocer la serie de maldades para conocer la justicia. 

En dónde encontraremos, pues, la lei de la humanidad? 

En el conocimiento del deber. 

Luego el problema de la filosofía de la historia se reduce a 
conocer el deber de la humanidad i la naturaleza del ser que de- 



— 152 — 

be realizar esa leí para acercarse al fia designado por Dios 
mismo. 

Ahora la planteacion del problema se simplifica de este modo: 

Cuál es el deber de la humanidad? 

El deber de la humanidad es la posesión completa del dere- 
cho i el desarrollo de todas sus facultades, en armonía consigo 
misma, con la sociedad i con los pueblos. 

La idea del derecho es correlativa con la idea de libertad, i la 
idea del progreso hacia un fin, con la realización de un ideal. 

El problema se simplifica. El ideal es la perfección del ser 
humano. La perfección del 3er humano es la posesión absoluta 
de la libertad para establecer su imperro en todos los espíritus. 

Podemos, pues, dar otro paso, i decir: la lei de la historia es 
la conquista de la libertad, en la conciencia, en los hechos, i en 
la universalidad de los hombres. 

Armados de este principio, podéis descender al pasado i des- 
pertar a los siglos en su tumba para investigar el alcance de sus 
acciones. — Con esa luz podéis juzgar las civilizaciones i decir a 
los imperios, a los sistemas, a los conquistadores, a las relijiones 
todas que se han dividido el dominio de la raza humana: — «Vo- 
sotros, lejisladores de la ignorancia, esplotadores del terror, im- 
perios de esclavitud, civilizaciones de castas imperios de sangre, 
relijiones de falsía, que habéis armado al hombre contra el hom- 
bre, en nombre del ser Supremo, que no es el Señor de los espí- 
ritus sino el Señor de los trabajadores, pasad a la izquierda; i 
vosotros, hombres o pueblos, qne en todo tiempo protestáis pi- 
diendo la luz de la libertad i esperando que la verdad sea el pa- 
trimonio de todos i para todos, — pasad a mi derecha.» 

I diremos a los primeros: «Fui patria, fui de la casta servil 
en la India, esclavo en Grecia i en Roma, siervo en la Edad Me- 
dia: tuve sed de justicia, i no me disteis de beber; tuve hambre 
de lo inmortal i humillasteis mi razón, pasad a la izquierda.» 

<ilie vivido i vivo, en proletariado inmenso, como siervo del 
capital i de la usura, esclavo de los dogmas, i no habéis tenido 
misericordia de mí! — soi soberano de raza divina, i habéis usur- 
pado i usurpáis mi soberanía en todo el mundo, con la fuer- 



— 153 — 

za i la mentira, usurpando mi derecho al gobierno con monar- 
quías i caudillos, con sacerdotes i con falsos profetas. — Atrás, 
vosotros, que la leí de la historia es ser libre en todo tiempo i 
lugar i en alma i cuerpo. 

Bossuet i los católicos sostienen que la humanidad ha caido i 
que fué levantada por la Iglesia. 

Nosotros sostenemos que la humanidad ha caido i que no ha 
sido levantada, i que su lei es levantarse i su deber 'romper 
esa piedra sepulcral, sellada con la triple corona del martirio con 
que se ha querido ofender i herir de muerte a la santa humani- 
dad. 

Bossuet i los católicos sostienen que el hijo de Dios padeció 
por los pecados del mundo, i nosotros, que sufrió pasión por re- 
dimirnos; ellos dicen que resucitó al tercero dia, i nosotros que 
no tendrá lugar hasta que los pretorianos de Roma que guardan 
el sepulcro no caigan de espaldas aterrados por los resplandores 
de la libertad universal. 

Bossuet i los católicos sostienen que bajó a los infiernos i que 
de allí subió a los cielos, i nosotros sostenemos que el infierno no 
ha sido vencido, i que los cielos no han bajado todavía. 

Tenemos pues, el criterio de la historia. 

La humanidad es libre i perfectible. La lei de la historia es 
pues, la libertad i la perfección. 

Siendo libre, ha caido; siendo perfectible puede redimirse. 

El bien i el mal de la historia depende ahora, sefiores, no del 
curso pasivo de los tiempos, sino de los esfuerzos del hombre. 
Cuando los pueblos llegan a persuadirse que todo camina en vir- 
tud de una lei inexorable e independiente de la voluntad, enton- 
ces nos enervamos, entonces hacemos abdicar al soberano que, 
no solo debe imperar en el foro, sino en el movimiento de los 
tiempos. 

Pocas doctrinas mas absurdas i de mas funestos resultados 
conozco yo que las de la vulgaridad de la teoría del progreso. 

Se ha querido ver en el progreso una entidad separada del es- 
fuerzo humano, i, hombres que querían ensalzar la humanidad, 
solo han conseguido asentar la fatalidad, arrebatando de ese 



— 154 — 

modo a la humanidad su gloria, al error su reputación, al cri- 
men su remordimiento, i a la dignidad del hombre sa sanción. 

Elevemos, pues, como lei de la humanidad, la fuerza de la vo- 
luntad. Esto es hacer penetrar el estoicismo en la filosofía de la 
historia. 

Tal es la lei. — Veamos ahora los elementos de la historia i los 
elementos del ideal. 

Los elementos de la historia, es decir, los materiales que de- 
ben formar ese edificio, son la naturaleza, la organización i la 
razón. 

En la naturaleza entra la cuestión de jeografia, de influencias 
esteriores; en la organización, la cuestión de razas, su peregrina- 
ción, armonía con el clima i su composición. En la razón entran 
las ideas que han determinado las instituciones i las costumbres. 
La naturaleza, la organización i la idea, he ahí los tres elemen- 
tos que forman la acción principal. 

El conocimiento exacto de esos antecedentes nos dará a cono- 
cer el cómo i el porqué tal pueblo, tal civilización i tal época 
han producido tales resultados. Tal es la historia que podemos 
llamar crítica i que comprende la narración de Heródoto, la pa- 
sión de Tucidides i el juicio de Tácito. 

El conocimiento de la lei, aplicado a la historia, nos haría co- 
nocer los accidentes de la verdad i de la virtud sobre la tierra, 
señalando el desarrollo progresivo que resulte de la elaboración 
de las ideas para llegar a la creciente perfección de la humani- 
dad. Tal es la filosofía de la historia, concehida i aplicada por 
Michelet i Edgard Quinet, que no titubearon en colocarse a la 
cabeza del movimiento rejenerador del mundo moderno. 

Siendo la idea el principio i la dirección del movimiento, i en las 
ideas, siendo el dogma la idea soberana, para conocer el secreto 
de los pueblos, analizad su dogma, apoderaos de ese jérmen, plan- 
teadlo en la tierra, i según las influencias esteriores, conoceréis 
de antemano la vejetacion social de tal pueblo o de tal época. 
Es así como podéis, empleando una espresion de Nielhur, histo- 
riador de Roma, como podréis profetizar el pasado. 

Llegando a la historia americana, decidme, cuál es el histo- 



— 155 — 

riador que nos ha esplicado el porqué de nuestras miserias, la cau- 
sa de nuestras desgracias, i las impotencias de la libertad! Por qué 
ningún historiador americano ha tomado en cuenta la idea fun- 
damental de la conquista, la idea que ha mecido nuestras cunas, 
que nos ha bautizado en servidumbre i nos condenó a la obe- 
diencia ciega. 

— I qué?— pretendéis esplicarme la vida de los pueblos i de- 
satendereis la causa de sus movimientos, la raiz de su vida, el 
principio que domina sus ideas i forma sus costumbres? — Im- 
posible. — Escribir la historia de América, de algunas de nues- 
tras repúblicas, o de alguna de sus épocas, sin considerar su dog- 
ma, es pasar al lado de las tempestades sin averiguar el punto 
de donde vienen. 

Repasadla América entera i compulsad sus anales. Podéis 
dividirla en tres épocas terribles i grandiosas. La primera es la 
conquista, la segunda es la independencia, la tercera es la época 
de su organización. 

Después de esta división, veréis en América dos naciones: la 
América del Norte i la América del Sur. Son dos sistemas pla- 
netarios; son dos planetas quejiran alrededor de dos soles. 

Ambas naciones, los Estados Unidos ingleses, i los Estados 
Unidos españoles, presentan un espectáculo hostil, contradicto- 
rio i diferentes entre si. 

En Estados Unidos vemos todos los elementos de su historia 
dirijirse i combinarse para desarrollar la libertad. 

En los Estados Unidos vemos los ensayos infructuosos de la 
libertad que cae i se levanta siempre amenazada, jamás segura i 
revistiendo todas las peripecias de una dualidad temible entre 
el despotismo i mil inútiles tentativas por romper las cadenas 
de Ja histórica servidumbre. 

Por qué tan diferentes resultados? — Atribuiremos al clima, 
atribuiremos a la raza, a la política o a la relijion la diferencia? 

El clima? — Los Estados Unidos tienen todas nuestras lati- 
tudes, tienen todas las formas imaginables de territorio i pais de 
montañas i de llanuras, de desiertos inmensos, de navegación in- 
terior i de costas en todos los mares, con las nieves del polo i 



— 156 — 

con el ardor de la zona tórrida. — Luego no es el clima ni es el 
teritorio. 

Atribuiremos esa diferencia a la política? todas las constitu- 
ciones americanas se han modelado o tomado a las cartas del 
Norte, sus principios i sus instituciones. — Elecciones, cámaras, 
municipalidades, responsabilidad, eljuri, — todo eso hemos prac- 
ticado i hemos aplicado todas esas formas sin que la libertad 
haya podido arraigarse. 

Lo atribuiremos a la raza? — Aquí no debemos confundir al 
obrero con la idea. Es la raza del Norte de la Europa tan solo 
la que ha producido estos resultados? — No, señores. Porque los 
sajones i los austríacos i los rusos, que también son hijos del 
Norte, viven bajo el despotismo. 

I bajo otro aspecto, no hai raza desheredada en el mundo. La 
libertad ha brillado en Grecia i en Italia, países de otra raza i de 
otro clima. 

No queda, pues, otra causa para esplicar la diferencia de am- 
bas américas, sino la causa relijiosa. 

No me refiero a tal relijion, a las sectas católicas i protestan- 
tes que dividen el cristianismo. 

En Estados Unidos, viven todas las sectas i relijiones, no hai 
relijion de Estado, ni relijion nacional,— pero sí hai un principio 
común que forma, por decirlo así, el alma de esa nación, i ese 
principio es para todo objeto, sea relijioso, sea político; i la sobe- 
ranía de la razón en todo hombre. — Tal principio es la raiz mis- 
ma de la libertad. — Donde ese principio no existe, la libertad no 
existe, i mas aun os digo, no puede existir. 

En efecto. En la América del Sur creemos que una cosa es la 
libertad política i otra cosa es el dogma relijioso. — Abandonamos 
la conciencia al sacerdote i a la iglesia; i creemos que guardamos 
la soberauia para las cosas políticas, es decir, las cosas de la tie- 
rra. Hecha esta división en la soberania del hombre, es decir en 
lo qne se debe obedecer con fé ciega de lo que se debe hacer con 
razón independiente, hemos creído conciliar la libertad con la 
relijion i reposamos tranquilos. — Al ciudadano, al Estado, la 
política; — al sacerdote el dogma, la conciencia i el juicio abso- 



— 157 — 

luto. Tal es" el dualismo del mundo americano, dualismo que 
todas ¡as repúblicas han estampado en el pórtico de sus consti- 
tuciones para revelar el antagonismo de dos ideas, de dos dog- 
mas i de dos destinos. 

Así es como comprendereis la contradicción de todos nuestros 
códigos políticos; 1." Principio: La soberanía reside en el pueblo; 
2.° Principio: La relyion de la república es católica romana. 

Recordareis, señores, las palabras sacramentales que encabe- 
zaban los actos del pueblo romano. 

SENATÜS — -POPUJLUS — QUE-ROMANÜS. 

El Senado i el pueblo romano, revelando asi los dos poderes, 
los dos Estados, i las dos naciones rivales que se hacían la gue- 
rra i cuya lucha forma el drama de la historia de ese pueblo. 

Del mismo modo, veo en esos dos principios, la revelación de 
las dos naciones, de los dos Estados que viven superpuestos, en 
las repúblicas del sur. 

La soberanía reside en el pueblo. 

Pero cuál es la soberanía de ese pueblo, cuya razón gobierna, 
dirije i somete bajo el dogma? — Tal soberanía no existe. Es tan 
solo una palabra escrita, pero no es una realidad libremente 
conquistada. 

El Senado romano era un cuerpo separado; la iglesia romana 
es también un cuerpo independiente, pero es ademas la repre- 
sentación de la soberanía de nuestra alma, porque ella está 
encargada de pensnr por nosotros i de presentarnos sus pensa- 
mientos como revelación infalible del Eterno. — I creéis posible 
encarnar la libertad en los pueblos que no poseen la soberanía 
radical del pensamiento? 

— Imposible. Esto es tan cierto que no ha habido déspota en 
América que no sea el defensor de la relijion contra la herejía 
de pensar, i si todavía no se haesplicado, a mi juicio, la duración 
de la dictadura de 20 años en la República Arjentína, yo me la 
esplico fácilmente, desde que la iglesia colocó su retrato en los 
altares, desde que la cátedra católica lo proclamaba como restau- 
rador de la leí, de la tranquilidad i de la relijion. 



— 158 — 

■"-¿Qué queréis que pensase el ciudadano? La infalibilidad 
relijiosa hablaba. 

La razón del hombre debia someterse. Haced así pueblos li- 
bres. 

Siguiendo esa lójica inconsecuente, los partidos políticos de la 
América del sur, no han podido o no han querido ver que el 
establecimiento de la libertad no está en otra parte que en la 
razón totalmente emancipada. Han pretendido cimentar la liber- 
tad política sobre la deleznable base del dog-ma relijioso que es 
la negación de toda libertad. 

De aquí las argucias de la diplomacia, las redes de la intriga 
i de las reticencias mentales para poder dar ficticia vida al réji- 
men llamado liberal a fin de que no sea aplastado i muerto 
por el embrutecido oleaje popular puesto en conmoción por los 
rencores salvajes de la omnipotente iglesia oficial. 

Observad, aquí, señores, el estraño fenómeno que presenta la 
lucha de los pueblos, i os pido atención para presentaros el so- 
fisma terrible, que, cual aliento del infierno, empaña el firma- 
mento de la América. 

El pueblo es soberano, decimos todos, filósofos i católicos, los 
republicanos i aun los monarquistas. — Si el pueblo es soberano, 
su voluntad es lei. 

La mayoría de sufrajios i el poder de las masas, ha sido ele- 
vado, de este modo, a la omnipotencia política, sea bajo el 
réjimen de oligarquías esplotadoras, sea bajo el réjimen de los 
caudillos. 

¿I cuál ha sido el resultado? — El despotismo i la barbarie. — 
I que! — la soberanía del pueblo produce lójicamente el despotis- 
mo i la barbarie? — -Sí, señores; he aquí la afirmación que os 
hago con todas las apariencias de una paradoja, — pero suspen- 
ded un momento vuestro juicio. 

Dar a las masas la soberanía popular, sin conciencia de lo que 
ella significa, es darla propiamente a los que poseen la concien- 
cia de esas masas. La causa de la iglesia es la del sacerdocio, 
personaje infalible, poseedor e imájen de la omnipotencia, pues, 
puede, con palabras misteriosas, crear un Dios i obligarlo se 



— 159 — 

presente en una hostia, cuándo i donde quiera, todos los dias i 
a toda hora. 

¿I eréis que pueda existir poder político al lado de ese poder 
divino? — soberanía del pueblo al lado de esa soberanía omnipo- 
tente? — libertad de pensar, libertad de juzgar, de lejislar ante 
la facultad del sacerdote que tiene las llaves del cielo i de la tierra, 
del infierno i del Paraíso? — Imposible i mil veces imposible. 
La soberanía del pueblo es entonces una mentira, es un sarcas- 
mo que el catolicismo se apresura siempre a aceptar en los países 
educados bajo sn imperio, porque está seguro de ejercer esa 
soberanía. Agregaré ademas. 

— Por mas que en los países católicos se reconozca la sobera- 
nía del pueblo, tal soberanía no existe. Pues, para'ser soberano, 
es necesario ser independiente, i para ser independiente es nece- 
sario reconocer la soberanía de la razón en todo hombre. El 
soberano que no cree en su razón, no es soberano; i este título 
no sirve sino para hacerlo radicalmente siervo, siervo voluntario, 
la peor de las servidumbres i el último grado de la esclavitud, 
pues llega a ser víctima i sacrificador de sí mismo. 

Tal es, señores, la causa de ese estraño fenómeno que nos 
agobia. El despotismo popular, el caudillaje popular. 

Los pueblos siervos se creen libres i contentos, i aman al 
hombre que representa su abdicación, que encarna el odio con- 
tra la emancipación del alma, contra la filosofía, contra la refor- 
ma i la libertad aceptada como base i cúspide del edificio social. 
— Tal es la razón de la popularidad de los tiranos en todos los 
tiempos desde Julio César hasta Rosas. 

¿Cuántas veces esos tiranos, como Felipe II, apoderándose 
del jérmen de envilecimiento, de la pasión popular, del odio de 
las masas hacia tal pueblo, tal idea o tal relijion, sea odio a los 
moriscos o protestantes, llegan a ser ellos mismos la encarna- 
ción del poder de la iglesia i poder mas fuerte que el de la 
iglesia? En la lucha de dos despotismos, será mas fuerte el que 
sea mas lójico con su principio. 

He ahí, pues, los elementos del drama histórico de América. 
Nuestras constituciones reproducen la mentira, de nuestros actos 



— 160 — 

públicos hasta 1813, j arando reconocer la autoridad de nuestro 
lejítimo soberano Fernando VII. 

— Pero esa mentira duró tres años, mientras que dura todavía 
el reconocimiento de nuestro pleito homenaje al soberano de 
Koma. 

Mentimos para emanciparnos nacionalmente i continuamos 
mintiendo para emanciparnos filosófica i políticamente. — Hai 
dos soberanos en el Estado, ¡isí como creemos reconocer dos so- 
beranos en el fuero íntimo de] alma. 

He ahí la dualidad, la duda, la anarquía i las dos fuerzas 
hostiles que luchan en toda la América del Sur, en los comicios, 
en las lejislatnras, en la prensa, en el seno de las familias i en 
el fondo de las conciencias. — La pacificación no puede venir 
sino de la victoria de uno de ellos, pues ambos son antinomios 
porque uno es la negación del otro.— Posesionaos de este dua- 
lismo, i tendréis la solución del enigma de nuestra historia. 

Queda por esplicar, señores, porqué los partidos en la Améri- 
ca del Sur no se encuentran jamás en el terreno de los dogmas. 
Los liberales, los amigos de las instituciones presentes, i los 
amigos del candillnje tenían también un fondo común, he aquí 
la causa de sus semejanzas apésar de la hostilidad con que se 
combaten. 

El liberal proclama la soberania del pueblo. 
El caudillo proclama la soberanía del pueblo. 
El liberal no puede negarla sin contradecirse, i he aquí la 
razón porqué se vé obligado a aceptar los hechos. 

El sacerdote católico, por otra parte, seguro de la mayoría, se 
apoya también en la soberania del pueblo i resulta que tanto los 
amigos de las instituciones, como los partidarios de la fuerza se 
ven dominados por el cuerpo o partido que proclama la obedien- 
cia ciega. 

Los sostenedores de la idea del Estado, no pueden desconocer 
la idea relijios,a, i al cuerpo que la representa. 

La iglesia, por su lado, no puede desconocer la idea del Esta- 
do, sin desenmascararse enteramente. Las dos ideas, como dos 
enemigos, que no pueden vencerse, terminan por transar. Esa 



— 161 — 

transacción se compone de dos concesiones: la primera: lo primero, 
es el reconocimiento de la relijioniel sostenimiento de su cnlto: 
la iglesia no concede otra cosa que el derecho de patronato. — Es 
así como os esplicareis el dualismo de constituciones i los mis - 
terios de anarquía que siempre tienen a nuestros pueblos en 
perpetua alarma. 

Pero, señores ¿es posible que el dogma de la soberanía del 
pueblo produzca semejantes resultados contradictorios en su 
base i despóticos en su fin? 

He aquí el punto que es necesario aclarar para resolver, no 
solo el problema histórico de América, sino también la tranqui- 
lidad del porvenir. 

Todo depende de la falsa concepción de la soberanía del pue- 
ble. Se ha dicho, vox populi, vox Dei. Ante semejante principio, 
las pasiones, los errores i los crímenes, con tal que hayan sido 
la espresion del n limero de las masas, o de la gran mayoría, han 
sido santificados como revelaciones de la verdad. Nada mas be- 
llo ni que haya dejado en la historia huellas mas dolorosas. 

La esterminacion de los . herejes era pedida por la voz del 
pueblo. 

La San Bartolomé fué decretada por la voz de Dios, del mismo 
modo que las matanzas de la revolución francesa han sido justi- 
ficadas como decretos de la Providencia. 

¿Qué hai en el fondo de esos actos i qué doctrina envuelven? 
La siguiente: 



'o L 



El fin justifica los medios 

¿Cuál es el fin? — El triunfo — ¿Cuál es el triunfo? — La idea de 
cada partido. I como cada partido es i pretende ser verdad, ma- 
yoría, soberanía, pueblo, — no se indaga entonces si lo que triun- 
fa es la justicia porque la voz del pueblo es la voz de Dios. 

Es, pues, el empirismo i la fatalidad entronizados por la mis- 
ma soberanía del pueblo, o en otros términos es la abdicación de 
la soberanía de la razón ante el hecho brutal, ante la fuerza i 
ante el peso de las masas inconcientes. 



- 162 — 

De ahí ha resultado que todos los partidos abdican la justicia 
i adoran la fuerza, porque, según ellos, el fin justifica los medios. 
— Así es como vemos a todos los partidos apoderarse sucesiva- 
mente de las armas, de sus adversarios Así es como jiramos 
siempre en círculos viciosos, parecidos al corro i re-corro de la 
teoria de Vico. — La inmoralidad i el crimen no vienen a ser crí- 
menes sino según la mano que los ejerce i la soberania del pue- 
blo, prostituida, viene a ser tan solo la emulación de la fuerza, 
la hipocresía del sufrajio, la máscara del derecho, i, en realidad, 
la esplotacion o la venganza. 

Forzoso es, pues, que nos formemos una idea de lo que es la 
soberania del pueblo. 

La soberania del pueblo es la soberania del hombre. 

Pero ¿qué es lo que hai de soberano en el hombre? 

Solo hai de soberania en el hombre la razón. 

Luego la soberania del pueblo es la razón de la soberanía 
universal. 

La razón, señores, no solo es la facultad de pensar i racioci- 
nar, es algo mas. La razón es la visión de la leí. — Donde no 
hai lei, no hai razón, donde uo hai razón no hai libertad, dere- 
cho ni justicia posibles. 

Luego la visión ¡ de la lei es la soberania del pueblo, i es aquí 
que veréis la unidad del pensamiento que motivó este discurso. 

La lei de la historia viene a identificarse con la soberania del 
pueblo, la soberania del pueblo con la razón, la razón con la 
lei, la lei con la libertad, la libertad con la república en la tierra 
i la perfección incesante en los mundos invisibles del espíritu. 

Para establecer la soberania del pueblo debemos establecer la 
soberania de la lei. 

¿Cuál es la lei? 

La lei es el imperativo del Creador que establece la individua- 
lidad soberana i es la fraternidad en el progreso. 

La individualidad soberana es el derecho. 

La fraternidad progresiva es el deber. 

El derecho o la libertad es la identidad de todo ser que piensa. 

El deber es el desarrollo de la libertad universal, 



— 163 — 

He ahí las condiciones radicales del bien. He ahí la visión de 
la lei, qne, estableciendo la soberanía de la razón, establece i 
funda la circunscripción de la soberanía del pueblo. 

No es, pues, la agregación de voluntades lo que forma la lei i 
la justicia. 

El océano popular reconoce la mano omnipotente que le dice: 
de aquí no pasarás. — No hai derecho contra el derecho, i así 
mayoría, pasiones, sufrajio, pueblo en masa que se levanta 
atrepellando cualquiera de las barreras divinas, no son sino 
fuerza bruta que pretende demoler los cimientos sociales i arran- 
car su propia vida. 

Hai, pues, qne establecer, en la lejislacion de los pueblos dos 
categorías. 

lia lejislacion divina, que nadie puede tocar, i la lejislacion 
humana, que puede variar con el progreso de las luces. 

He llegado señores, al fin de este trabajo. — No se me ocultan 
imperfecciones, en los pnntos que debieran ser mas dilucidados; 
pero cada dia tiene su tarea. 

Réstame, tan solo, en un epílogo presentaros algunos de los 
caracteres de la lei para conocer nuestro deber como americanos 
i como hombres. 

Si el dedo de Dios le asignó una línea, esa línea no es el 
círculo, ni la elipsis: Es la parábola cuyo foco inmediato es la 
libertad i Dios su foco infinito. 

La marcha de la historia no es la línea recta. La humanidad 
camina cayendo i levantándose. Revelaciones magníficas desa- 
parecen en elipsis tenebrosas. — La filosofía de la historia del 
Nuevo Mundo se hizo fatalista. La filosofía de la historia del 
Nuevo Muudo debe hacerse liberal i preguntar al ser Eterno: 
¿Cuál es el bien que te has propuesto al lanzar en medio de los 
mundos al hombre, cargadas sus espaldas con el testamento de 
los siglos, i alentado únicamente por la inmortal esperanza? 

¿Qué ideal tendrá ese poeta sin ventura en su conciencia i en 
sus actos, i en sus leyes para ver lucir sobre su cabeza el hermo- 
so sol de la fraternidad de las naciones? 

El bien e ideal no son otros que la razón emancipada e inde- 



— 164 — 

pendiente: el amor i la justicia; el estoicismo como principio i 
el cristianismo de Jesús como vínculo. 

El ideal humano es el reflejo de todas las grandezas, heroís- 
mos, santidades i jenios portentosos que han surcado el cielo de 
la historia cual revelaciones maravillosas o diamantes despren- 
didos de la corona de Dios. Son las Termopilas, como patriotismo 
nacional: es el momento de Sócrates como patriotismo, fi- 
losófico; es la rebelión de los Gracos como patriotismo social; 
es la revolución francesa como patriotismo del pensamiento hu- 
mano; es, por último, el suplicio del G-ólgota como patriotismo 
de amor sublime. 

El ideal del hombre es amasar en una sola centella todas 
las centellas que han cruzado por todas las almas, para alum- 
brar con ellas nuestras miserias cuotidianas, dar la mano a los 
caidos, emancipar a los siervos, dignificar a las embrutecidas 
muchedumbres i salvar, salvándonos, de la pequenez del egoís- 
mo. 

Ese ideal nos llevará a reunir en el ciudadano las funciones 
de subdito i de soberano, de lejislador i de juez, de soldado i de 
sacerdote; nos llevará, por último a completar al hombre mutila- 
do con el gobierno directo; a los pueblos con su soberanía i a 
la América con la federación. 

La tarea es abrumadora, pero es la epopeya necesaria para el 
mundo de Colon que parece alzarse de su tumba al sentir las 
vibraciones misteriosas del hilo eléctrico que une a los conti- 
nentes que su jenio sacara del océano para decirnos: 

«A la obra, juventud: al trabajo: ved que hasta el bronce se 
funde con la idea!» 

Abrid camino en la pampa que os brinda sus tentadoras ri- 
quezas. 

Las razas primitivas esperan ver el penacho de humo de la 
locomotora para tomar su puesto en las filas del ejército que 
marcha a la conquista de la civilización. 

Tenéis que abolir la esclavitud en el Brasil; que redimir al 
Paraguai, que organizar la unidad arjentina i la unidad ameri- 
cana; tenéis que descatolizar la conciencia i cristianizar la vo- 



— 165 — 

luntad; que preparar el gobierno directo con la filosofía única, 
iglesia inmortal siempre en concilio. Tenéis, en fin, que fundar 
' un Nuevo Mundo, que llamareis, si os place, el Mundo de la ra- 
zón. Así sea. 



^X^ 1 



EL EVANJ ELIO AM ERICANO 



Dedicatoria 



Al ciudadano Juan Chassaing, diputado al Congreso Nacional, 
fundador i redactor de El Pueblo. 

Al ciudadano Francisco López Torres, redactor de El Pueblo. 

Esta obra es de República. La dedico a vosotros, mis amigos, 
porque sois rectos entre los rectos, e intelijentes entre los buenos i 
escasos servidores de la verdad-principio. 

Vuestro amigo. 

Francisco Bilbao. 

Buenos Aires, Setiembre de 1864. 



IDEA DEL LIBRO 



Las nuevas jeneraciones de América no tienen libro. 

La idea de la justicia, su historia, la esposicion de la verdad 
principio, su caida, su encarnación en el Nuevo Mundo, con los 
atributos propios del progreso de la razón emancipada, con la 
orijinalidad que reviste en la vida americana, con la conciencia 
magna de sus nuevos destinos inmortales que fundan la civili- 
zación americana, he ahí ideas que debe contener la Biblia 
Americana, el Libro Americano, el Coran o Lectura Americana. 

Nuestra obra es un ensayo. — Vengan otros, con mas ciencia i 
conciencia del momento histórico de América, que el campo es 
vasto, i numerosa la mies. 

En este libro creo haber espuesto la filosofía popular del de- 
recho, la filosofía de la historia americana, i la indicación del 
deber i del ideal. 



EL EVANJELIO AMERICANO 



PRIMERA PARTE 



LA VERDAD PRINCIPIO 



£1 Mensaje 



Al pretender escribir cm libro para el pueblo, humilde me 
inclino ante tí, luz soberana, — humilde te invoco, palabra divina! 
— Oh quien pudiera reunir todo lo bello, todo lo grande que 
ajita al corazón, purificarnos de la historia, del peso de la tradi- 
ción traidora de los siglos, desenterrar el jenio, el espíritu, el 
alma, la persona humana sepultada por la cobardía de cada uno 
i la fuerza social embrutecida, para revelar al hombre en toda 
la grandeza i la fuerza de su destino sublime i creador del bien! 

Quien pudiera convocar al concilio de mi libro, todos los pre- 
sentimientos inmortales, todos los dolores sagrados del hombre 
i de los pueblos, todas las alegrías del alma humana en posesión 
de la integridad de sus facultades! Fortificar la afirmación de la 



' — 172 — 

verdad principio, respirar las armonías déla creación, comuni- 
car directamente con el Eterno, en luz, en fuerza, en amor; — 
presentarte pueblo, todas las virtudes, todos los heroísmos, todos 
los sacrificios de los hombres libres, para que seas libre; i en fin 
emitir del fondo de nuestro ser incendiado por la pasión del 
bien universal, la palabra de enseñanza, la palabra de verdad 
que debe encarnar el pueblo soberano!— he ahí mi deseo, mas no 
realizado. 

Lo pido al hombre ante todo, que me siga con el espíritu al 
desierto. — No hai revelación, ni verdad rejeneradora, q\ie no exija 
del lector, del oyente, un momento al menos de absoluta soledad 
e independencia. — Olvidemos por un momento el movimiento 
del dia, desatendamos por un momento la rutina diaria, olvi- 
demos el murmullo del pasado que nos acnsa como enemigo 
inexorable. Sepamos el nombre de Dios ; os conjuro hermanos 
mios, escucharnos nosotros mismos. 

Tengamos audacia para conocernos, audacia para atravesar las 
tinieblas. Rompamos la piedra que impide nuestra resurrección, 
i libres en nosotros mismos, trasfigurados sobre las ruinas del 
mundo envejecido, recibamos directamente, sin intermediarios o 
mediadores fementidos, el testamento puro, la palabra viva de 
la eterna vida, la centella de la fuerza i el inmenso amor. 

Mi libro es evocación de esa palabra, hermano mió. 



II 



Revele, pues, el hombre la palabra del hombre. 

Esa palabra, en virtud de la esencia de la humanidad, brilla 
desde el principio en la conciencia i en la intelijencia de cada 
uno. La primera palabra del hombre en conciencia de su yo, de 
su persona: es la revelación de la soberanía del hombre. 

A todos se dirije. Sea recibida por todos como el jérmen de 
luz lanzada por la Potencia — Suprema, para encarnar en to- 
dos el esplendor de la verdad. 

Sea trasmitida por cada uno en sn palabra i con sus actos. 
Resuene en los clubs permanentes de los pueblos. 



— 173 — 

Sea proclamada en los grandes meetings de la democracia. 
Que se enseñe en las escuelas; que torne las alas de la prensa, i 
sea la inspiración i la lei de todo majistradó. 

Que el artesano en su taller, el mercader ea su tienda, el peón en 
su faena,el campesino en su soledad, le presten un momento diario 
de atención. Permita el cielo que las filantropías de las Repúblicas 
i el interés de todos los gobiernos, haga llegar esa palabra al salva- 
je en el desierto, al bárbaro en su tribu, al proletario en el seno 
de su prole desgraciada. El letrado i el roto tenebroso, el rico 
i el pobre, el sano i el enfermo, el feliz i el desgraciado, vean 
en ella la unidad de esencia, la fraternidad de la especie, la 
identidad del derecho i la gloria del deber. 

Sea recibida i aceptada esa palabra, i prometo remunerar la 
hospitalidad que reciba, dando intelijencia al lerdo, ideas al ig- 
norante, corazón al rico, i bendición del Soberano a la concien- 
cia de todo hombre soberano. 

Porque esa palabra no es mia, sino de todos, i no solo de 
todos, sino del todo, del gran Dios que presencia el desarrollo 
de la creación. No es de hoi, ni de ayer, sino eterna. Ella res- 
plandecía en el principio, porque es la virtud intelijente de la 
potencia divina iluminando el yo, la personalidad del hombre. 

I es de luz, no de tinieblas. 

Es la palabra que funda la distinción del bien i del mal, del 
amor i del odio. 

Es la palabra que hace de la fraternidad humana el egoísmo 
de cada uno. 

No es solo la palabra del derecho heroico, sino también la 
del deber — santificante. 



III 



Tú, que vives sin mas horizonte que el desierto de la pampa, 
o la inmovilidad de la montaña, i que no esperas el bien, ni el 
bienestar, ni la justicia de los hombres; 

Tú, que te ves rodeado de tus hijos i que al besar sus frentes 

13 



- 1U - 

infantiles, invocas al Padre con angustia, por la garantía de su 
vida i de sus almas; 

Tú, que al contemplar a la vírjen, o a la mujer sin mancha, 
quisieras cambiar con el aliento de tu pecho la atmósfera envi- 
ciada que la envuelve; 

Tú, al contemplar a tu Patria, la ves, como la túnica de Je- 
sús, disputada i destrozada por los traficantes i soldados; 

Tú, que amas la justicia, i ves a la injusticia especialmente 
cargando sobre el débil, so!»re el pobre, sobre el ignorante, i a 
la maldad triunfante ostentar su impudor, i arrastrar su carro 
sobre la lei burlada; 

Tú, que amas ante todo la verdad, i tienes que vivir presen- 
ciando el reinado de los fariseos hipócritas, i escuchar la mas 
escandalosa prostitución de la palabra yo, espero que aunque 
indirectamente, ha de llegar la buena nueva para todos. 

Tú, que amas la gloria, i solo ves el sacrificio como digno; — 
i vosotros todos lo que queréis i trabajáis porque el hombre tenga 
su pan, su hogar, su honor i su derecho garantidos; vosotros los 
que amáis, mantenéis al Sol vivificante a despecho de los indife- 
rentes, de los indolentes, de los egoístas que cifran su felicidad en 
«.preparar un festín a los gusanos del sepulcro,» pensamiento sino 
en el cuerpo i para el cuerpo. 

Vosotras almas selectas que sentís la misión del apostolado 
de la justicia i libertad, i a quienes atormenta el insaciable deseo, 
la sed inestinguible del infinito, vosotros «sal de la tierra,» insti- 
tutores de la personalidad, soldados de la causa de la Providen- 
cia, apoderaos del divino testamento, anunciad el Evanjelio Ame- 
ricano, arrancad el fuego sagrado del altar para incendiar los 
corazones e iluminar la intelijencia de todos los que esperan el 
dia de justicia, el fin de toda tiranía, i la sauta alegría de la paz. 



_ 175 — 
II 

£1 Soberano 



Hombre de América, tu honor es ser republicano, tu gloria es 
haber conquistado la República, tu derecho de gobernarte a tí 
mismo es la República, i tu deber es serlo siempre. No permitir 
jamas otro gobierno, ni otra autoridad sobre ti mismo que la 
propia autoridad de la conciencia, el propio i personal gobierno 
de la razón individual, he ahí la República, he ahí la democracia, 
he ahí la autonomía, he ahí lo que se llama el Self Governement. 

I no hai otro gobierno verdadero. 

¿Porqué? — Porque el hombrees soberano. 

Si el hombre es soberano, no puede haber otra forma lejítima 
de gobierno que la que consagre e instituya i realice la soberanía 
del hombre. 

Si el hombre no es soberano, entonces la monarquía, el impe- 
rio, la teocracia, la aristocracia, la feudalidad, las castas sacerdo- 
tales, militares, propietarias, toda forma de tiranía o despotismo 
es no solo posible, sino justa. 

Metafísica o teolojia, moral o relijion, política o administra- 
ción, sistema de economia sobre la propiedad, el trabajo, el cré- 
dito, la producción, repartición i consumo de la riqueza, tienen 
que resolver del mismo modo la cuestión: o reconocer la sobera- 
nía del hombre o negarla. 

La metafísica o teolojia que niegue la libertad, es la raiz de 
toda esclavitud. 

La moral o relijion que niegue la libertad, es moral i relijion 
de esclavos. La política o administración que niegue el derecho de 
gobierno i de administración en todos, es política i administra- 
ción de esplotacion i privilejio. Distribución de la propiedad, 
organización del trabajo, repartición de los productos que niegue 



— 176 — 

la libertad i el dererecho al crédito de todos, es feudalismo i pro- 
letariado, despotismo i miseria. 

La soberanía es pues, el criterio de todas las ciencias sociales. 

Examinemos lo que es soberanía. Veamos si es el principio 
bumano por esencia. Demostremos el axioma si es posible. 

El hombre es individuo. Gomo individuo es él i no otro. Co- 
mo individuo no se puede dividir. La individualidad es condición 
fundamental de su existencia. 

¿Qué es lo que constituye la individualidad del hombre? su 
pensamiento, su conciencia, su razón, su voluntad. 

Un individuo cuyos atributos esenciales son la razón i volun- 
tad, es una persona. La personalidad ea la conciencia de la pro- 
pia individualidad. 

Sé que soi yo, por mi propio pensamiento. Si otro pensase por 
mí, no seria yo, seria otro o parte de otro; i está probado que - 
soi indivisible, e impartible. 

Sé que soi yo i no otro, por la conciencia de mi propia volun- 
tad. Si otra voluntad operase en mi, no seria yó, sino instrumen- 
to de otro, seria cosa de otro, que es lo que se llama esclavitud. 

Si yo soi individuo, persona, propiedad consciente de mi yó, 
porque yo soi el que pienso, el que ejecuto los actos de mi per- 
sonalidad, yo soi soberano. 

Es decir que soi libre. La libertad es mí soberanía. Soberanía 
es pues, autoridad propia. Yo me mando, yo me gobierno. El 
gobierno verdadero del hombre es pues, la soberanía del hombre. 
El gobierno falso es el que niega o no conoce la igualdad de to- 
do lo soberano. 

El fondo, la esencia del verdadero gobierno, es pues la liber- 
tad. La forma, la organización, la manifestación del verdadero 
gobierno es la igualdad. 

La libertad sin la igualdad es el privilejio. 

La igualdad sin la libertad es la nivelación de los esclavos. 

La libertad era la fuerza, es el elemento fundamental e indes- 
tructible de la asociación. La libertad es el derecho individual. 
La libertad como fuerza necesita dirección, es decir, que tiene 
una lei de su acción o movimiento. 



— 177 — 

La igualdad es la lei o determinación de esa fuerza. Puede 
formularse la lei de libertad de este modo: 

Ser libre en todo hombre. Yo soi el hombre, todos los hom- 
bres. Mi libertad es la libertad de todos. 

Si ser libre es mi derecho, ser libre en todos, es lo que se lla- 
ma mi DEBER. 

Aspecto positivo. Conciencia práctica, desarrollo, vida libre e 
íntegra de la personalidad: goce pleno i perfectible del derecho. 
Gobierno absoluto de mí mismo. 

Aspecto negativo. Privación o negación de todo lo que pre- 
tenda dividir mi individualidad, apropiarse mi personalidad, so- 
meter la independencia injénita de mi propio pensamiento. Ne- 
gación de toda autoridad pública o individual, de todo gobierno 
estraño o estranjero que pretenda usurpar la propiedad de mi 
gobierno propio. 

Aspecto legal: Gobierno de cada uno: Independencia de cada 
ciudadano. Personalidad de todo hombre. Razón individual so- 
bre todo. Este es el derecho, que no tiene derecho de suicidio. 
Esta es la base de toda constitución. Este el dogma que ningún 
hombre, ni partido, ni pueblo, ni sacerdocio, ni gobierno puede 
negar. 

La soberanía: Es la verdad del hombre, por la que el hombre 
es. Si la humanidad se conjurase para negarla, la misma nega- 
ción seria la prueba de la blasfemia i de la mentira i de la co- 
bardía de la especie humana; — porque al negarla, diria que esa 
humanidad envilecida hacia un acto de soberanía para negar la 
soberania; — así como el hombre que negase el pensamiento al 
negar que piensa, está ¡robando que piensa. 

I como esa individualidad, esa personalidad, esa soberania propia, 
ese derecho del hombre, ese gobierno de sí mismo, esa libertad rea- 
lizada en mi conciencia, en mi voluntad i en lo esterior que me ro- 
dea, depende de mi razón individual, del pensamiento propio,de la 
conciencia que se dá cuenta de la verdad que preside sus determi- 
naciones, es evidente que el derecho, la libertad i la soberania 
dependen del libre, propio, i personal ejercicio de la razón indi- 
vidual en cada uno. — Si creo porque otro cree, no soi soberano, 



— 178 — 

Si creo, si pienso lo qne se me mande pensar, sin juicio propio, 
no soi soberano. — En la independencia de tu juicio, en el pensa- 
miento libre, en la razón pura, está pues la esencia de tu sobe- 
ranía. El soberano es Libre Pensador. No lo olvides. 

I no olvides que la condición del pensamiento libre, es juzgar 
por nuestra propia razón lo que debemos creer, lo que se nos di- 
ce que creamos, i en no ejecutar ningún acto sin la conciencia de 
que lo creemos verdadero. 

Esto quiere decir también que siendo por esencia soberanos, 
Dios ha constituido la razón del hombre con principios necesa- 
rios que nadie inventa, que nacen con el hombre. Esos principios 
forman la soberanía, i nos hacen jueces de todas las ideas, cono- 
mientos o principios que se nos quieren enseñar. 

Un ejemplo. Si te dicen a tí, pobre e ignorante plebeyo, i 
quieren hacerte creer que Pedro o Juan o el santo tal han esta- 
do i se les ha visto, al mismo tiempo, en el mismo instante en 
Buenos Aires i en Santiago de Chile, tu dirás que eso es imposi- 
ble, i dirás bien. 

Haz juzgado, haz hecho un acto de libre pensamiento, un acto 
soberanía i haz declarado con incontrastable verdad que es im- 
posible. 

¿En virtud de qué principio haz dicho ser imposible que un 
hombre esté aquí i allí al mismo tiempo? 

En virtud del principio innato, injénito, que viene con tu 
razón, aunque que no puedas esplicarlo, principio que se formula 
de este modo; una cosa no puede ocupar dos espacios a la vez , 
lo que está aquí no está allí; o de este otro modo: todo movi- 
miento se verifica en el tiempo, el antes no puede ser ahora ni 
después. Todo movimiento supone pasado, presente i futuro; to- 
do movimiento supone posesión, es decir, un lapso de tiempo. 
Luego es imposible que un objeto, aunque sea la luz, recorra al 
mismo tiempo dos puntos diferentes. Tú no te darás cuenta de 
estos principios, pero son esos principios los que te hacen juzgar 
i razonar i gobernarte a tí mismo. 

Ahora. Suponte, que no juzgaras, que no pensaras. Entonces 
te puedo hacer creer lo que quiero. I si gobierno tu pensamiento, 



— 179 — 

podrás gobernarte a tí mismo? — Imposible. — El que no piensa 
tiene que ser esclavo. Para ser libre i soberano, es pues, necesario 
pensar por sí mismo, porque pensando por nosotros mismos, juz- 
gamos según los principios eternos de verdad i de justicia que 
constituyen la razón del hombre. Pensando te gobiernas, i eres 
libre. 

No pensando, te gobiernan i eres siervo de ajeno interés o 
pensamiento. Es por esto que la justicia, la libertad i el derecho, 
son el gobierno de sí mismo (self-governement) la soberanía in- 
dividual de cada uno. 

El gobierno de si mismo, es pues el gobierno de la verdad en 
cada uno (1). I como la verdad es la lei, pensando i gobernán- 
donos, gobierna la lei. El self-governement puede ser llamado 

ÍÍOMOCKACIA. 

¿Comprendes ahora porqué todos los despotismos relijiosos i 
políticos condenan i persiguen el libre pensamiento? 

¿Comprendes ahora que no puede haber libertad, derecho ni 
justicia, sin la libertad absoluta del pensamiento propio i que la 
libertad de pensamiento i de conciencia es la base de toda liber- 
tad? 

Comprendes ahora que pensando por tí mismo i teniendo de- 
recho de gobernarte por tu razón propia, juzgarás si hai justicia 
en tomarte a la fuerza para soldado, en hacerte trabajar por ne- 
cesidad o por fuerza sin la justa retribución de tu salario; juzga- 
rás si hai derecho para que tu trabajo enriquezca al mas rico, 
cuidándole sus ganados a toda intemperie, labrando la tierra, 
derribando los bosques, cavando las rocas en las minas, sin que 
tú puedas acumular lo necesario para mantener a tu familia i 
no vivas esclavo del hombre. 

Entonces comprenderás, que tú, igual al rico, al poderoso, al 
sabio en derecho de soberanía, debes ocuparte, interesarte, en 
todo lo que se llama el ejercicio de los derechos del ciudadano. 
Tienes el voto. Con el voto puedes nombrar al que conozcas co- 
mo hombre honrado que te represente para hacer la lei. Es por 



(1) Tronquinche. 



— 180 — 

esto que debes votar con pensamiento propio, porque de otro 
modo, será otro el que haga la leí que te hará soldado, que te 
impondrá contribuciones, que te hará justicia oinjusticia. Hoi tie- 
nes el voto para nombrar hombres que te representen, pero no 
olvides que debes aspirar a ser tú, el que se vea representar a sí 
mismo, que eres tú el que ha de llegar algún dia a serlejislador. 
Estos ejemplos te harán comprender la importancia del dere- 
cho del pensamiento. Hai hombres de relijion que te dirán que 
debes creer sin razonar. Estos son tus principales enemigos. 
¿Porqué temen tanto que pienses? — porque no serás gobernado, 
ni esplotado, ni vejado, ni humillado;— porque no serás instru- 
mento de nadie, sino verdadero soberano. Detesta pues como se 
debe detestar la mentira, a esa doctrina que llaman de obedien- 
cia ciega. La obediencia ciega es la decapitación de la libertad. 
Ser soberano es pues, la lei de tu esencia humana, es tu dere- 
cho. 

No hai soberano si no piensas libremente por tí mismo. 
No hai soberano si no te gobierna tu propio pensamiento. 
Tu propio pensamiento es la revelación o visión de la verdad 
que Dios encarnó en todo hombre. 

Abdicar tu pensamiento es abdicar tu soberanía. 
De modo que el gobierno de tí mismo es el gobierno de la 
verdad o de la lei. 

I como esa lei brilla en todos, todos son soberanos. Esto es lo 
que se llama igualdad. Atacar la soberanía de otro, es violar la 
lei por la cual eres soberano. Respetar la soberanía de tus seme- 
jantes es tu DEBER. 

I como tú te amas, así debes amar a los hombres, pues son 
como tú, soberanos i hermanos. Hijos del mismo Padre, ilumi- 
nados por la misma lei, los hombres deben amarse como se ama 
el bien i la belleza de la existencia propia. La fraternidad es el 
complemento del derecho i del deber, la corona de bendición que 
el Eterno ha colocado sobre la frente de la humanidad. 

Conoces la lei. Es eterna. No hai felicidad sin ella, hai degra- 
dación. Riqueza sin la posesión de esa lei, es podredumbre. Vi- 
da sin la lei de soberanía viviendo en cada uno, es vilipendio. 



— 181 — 

Ser siervo por ignorancia es perdonable, pero no te absuelve de 
u neglijencia para pensar, del olvido de la dignidad nativa. 

Ser esclavo voluntario es merecer servir como presidario. Ser 
esclavo i lejitimar su propia esclavitud con sofismas, disculpas 
cobardes, o mentiras, es hacerse digno de ser bestia. 

Así pues, hermano mío, no olvides tu soberania, no te abatas 
bajo el peso de la conjuración de todos los intereses de los mal- 
vados. Tu causa es la de Dios que te hizo soberano. Tu sobera- 
nia es la relijion sacrosanta, que te hace digno de recompensa 
o castigo, de gloria o ignominia, de ser ájente i cooperador del 
Ser Supremo para la felicidad de la tierra, o ájente i cooperador 
de los malvados, para la degradación i esclavitud de la especie 
humana. — I un dia tendrás que responder a la Justicia eterna 
del uso de tu soberania. I esa Justicia te juzgará con la lei de 
tu propio pensamiento, diciendo: vosotros los libres, los que 
habéis sufrido por la libertad a mi derecha, i sed los bendecidos 
del Padre; vosotros los esclavos, instrumentos de toda tiranía, 
a mi izquierda i recibid el castigo de la purificación. 

III 

Del Oríjen de la Soberania 

(Continuación). 

Empezad a comprender la importancia de la existencia repu- 
blicana de la América. Mucho hai que hacer todavía, pero jamas 
en la historia se ha visto a todo un gran continente consagra- 
do a realizar la República, a despecho del mundo conjurado. 

¿Cuándo apareció esa- lei de la soberania, en dónde brilló esa 
palabra? Esa lei, ese gobierno, esa república fundamental i pri- 
mitiva, esa soberania, ese self-gove? , ?iement, aparecieron con el 
hombre, desde el primer momento de su conciencia: es por esto 
que la República es eterna. Así como todo cuerpo realiza las 
tres dimensiones, por el hecho solo de existir, i en su esencia, 
desarrollo, transformación o movimiento, realiza las leyes de la 



— 182 — 

atracción, de la afinidad, i de la mecánica; así como el ave nació 
para el vuelo, el pez para nadar, así el hombre por su esencia 
racional i libre, nació para la soberanía, realizando en su ser la 
lei de la moralidad o del gobierno propio. 

Así pues, la República domina a los tiempos, i desprecia o 
maldice lo que los tiempos pudieran enjendrar para negarla. 
Siendo la República al hombre lo que la atracción es a los cuer- 
pos, lo que la dirección es al movimiento, lo que la luz a la 
visión, es pues la República la esencia i forma gubernamental 
constitutiva e inmortal de la humanidad. Aun suponiendo al 
universo esclavo, el nacimiento de todo hombre es una revolu- 
ción en jérmen. El pensamiento de todo hombre, es la posibili- 
dad de la revolución, porque todo hombre que nace, todo pensa- 
miento puro, llevan el sello i atributo de la lei del Eterno 
Soberano. 

En consecuencia, si te preguntan ¿cuándo se dio o promulgó 
la lei de la República? dirás que se dio en el principio! 

I si te preguntan, en dónde se dio o promulgó, dirás que en 
todo punto de la tierra en donde el hombre apareciera. La Re- 
pública se dio en el principio, para todo lugar i tiempo. 

Es así como deben ser interpretadas aquellas palabras: «Yo 
era en el principio ,» — ¿Quiéu las dijo? — El hijo del hombre. 

Todos somos el hijo del hombre, asi como todos somos el hijo 
de Dios. Todos éramos en el principio soberanos por la virtud 
típica de la eterna esencia de la humanidad. Eso mismo signifi- 
can aquellas palabras con las cuales Jesús desmintió a los Judíos 
que le decían que blasfemaba porque habia afirmado que Dios i él 
eran una, cosa. — «.Dioses sois», les repitió con sus libros sagrados. 
I si Dios llamó dioses a los buenos, porqué no me he de llamar 

«.hijo de Dios», porqué no hemos de decir Dios i nosotros somos 
unos? 

En efecto, hijo de Dios es el que vive con la lei eterna: «Dio- 
ses sois». — Atributo i calidad divina es la soberanía. Somos dio- 
ses en el sentido de que somos soberanos, es decir, participan- 
tes de la esencia soberana;- -i Dios mismo para hacerse oir i 
obedecer de los mortales, tiene que aparecer en el pensamiento 



— 183 — 

propio del hombre bajo las leyes de la razón del hombre. Se vé 
que Dios sublima nuestra soberania. Se vé que nuestra soberanía 
i razón independientes son condiciones fundamentales, no solo 
para obedecer a Dios, sino hasta para conocerlo. Sin soberanía 
propia, ni el deber existe, ni el conocimiento de Dios se verifica. 

IV 

La Caída 

Comprendéis ahora que ese hijo del hombre, es decir, cada uno 
de nosotros;— que esos Dioses hijos de Dios, es decir, cada uno 
de nosotros; que el hombre reuniendo así lo que se llama natu- 
raleza humana, con sus apetitos, instintos, pasiones i deseos, i 
lo que se llama naturaleza divina con su razón, amor i libertad; 
que el hombre realizando en sí la encarnación de la palabra di- 
divina para ser soberano ¿pueda ser esclavizado? 

No, me diréis. I en verdad, imposible seria, si todos creyesen 
en su oríjen, si todos no olvidasen su esencia, si todos escucha- 
sen su razón o pensamiento puro. 

¿Comprendereis que ese hijo del hombre, hijo de Dios, es de- 
cir cada uno de nosotros, pueda ser crucificado? 

¿Comprendereis que pueda ser embrutecido, domado, escla- 
vizado, engañado, pervertido, i esplotado a nombre del Sobera- 
no, a nombre de Dios, cuya visión es nuestro pensamiento, es la 
visión de la justicia? 

¿Comprendereis que el fuerte con su fuerza, el rico con su 
riqueza: el malvado con su intelijencia al servicio de su interés; 
que el sacerdote con su mentira, con su farsa, o con la 
complicidad del fuerte; que es el tirano i toda tiranía con el 
terror político i relijioso, presente i futuro hayan podido conju- 
rarse contra la soberania del hijo de Dios? 

Así ha sucedido. Esta es la trajedia de la historia. Ha habido 
eclipse de la luz, terjiversacion del pensamiento, trastorno radi- 
cal de la razón. 



— 18é — 

Antes de hablaros de como cayó el hombre, de cómo la razón 
se oscurece i el derecho se pierde, queremos recordarte el primer 
día de la humanidad, que es lo mismo que la visión de la so- 
beranía, para todo hombre que vuelve así mismo en su razón. 
En su razón pura, en su corazón puro brilla el primer dia de la 
humanidad con la sublimidad de la revelación divina, i con toda 
la orijinalidad del mas grandioso i permanente prodijio de los es- 
pectáculos creados. 

V 

La Luz 

I 

Imajinaos la primera mañana del primer dia de la humanidad. 

Acompañadme con vuestra imajinacion i vuestro amor. Des- 
pertad todas las ideas de bondad i de belleza que dormitan 
en nosotros. Eecordad todas las visiones, i los puros i grandio- 
sos deseos de los años de juventud e inocencia. Fijad las ideas 
del infinito que como rayos atraviesan la rejion del pensamiento. 

Dad palabra a vuestro amor inmenso, cuando ajitaba, sin de- 
sengaños i sin cálculos i sin egoísmo, los magníficos dias de 
vuestra iniciación a la vida; — i veréis como yo, en vuestra alma, 
i en el fondo del pasado sin memoria, levantarse la primer ma- 
ñana de la humanidad, como si la hubieseis presenciado. La razón 
pnra i el amor, arrancan del sepulcro de la historia sin anales, 
la revelación de la lei que fué, i la permanencia incontrastable 
de esa lei: que es la visión de la soberanía del hombre desbor- 
dante de amor i libertad. 

Solo así en ese estado moral, os pido, me acompañéis para 
que asistamos, unos a la resurrección del primer dia, i otros a 
su revelación inmediata. 

I presento este cuadro porque la inocencia i las instituciones 
de la juventud, son corroboradas por la esperiencia i por la 
ciencia, de tal modo ajuicio mió, que he creido que hai una ecuación 



— 185 — 

o identidad entre las visiones, ambiciones, petulancias i amores 
de los primeros años de todo joven que piensa, i las visiones i 
amores de la humanidad primitiva, con las ideas de la razón 
pura, con el producto de la reflexión mas austera, con la con- 
ciencia en fin del derecho, del ideal i del destino del hombre. 
Así es que para mi, primer dia de la humanidad, o de la con- 
ciencia de todo hombre, revelación primitiva o filosofía del 
sentido común, forman un todo, una misma cosa, diferentes tan 
solo por la forma mas o menos perfecta de su manifestación. 

Justificando de este modo la evocación de la intuición prime- 
ra, i la resurrección del primer dia, de ese dia que puede brillar 
i levantarse todos los dias para la conciencia humana, dándonos 
diariamente un destello de la alegría de los cielos i del pan 
sustancial del espíritu, entremos en el recinto de nuestro templo 
interno para contemplar la aurora. 



II 



Dia de lá aparición del hombre! Los siglos sobre los siglos 
trabajaban al estrépito de los cataclismos que se sucedían en 
medio del universo sin oido. 

Todos los resplandores del éter inmenso fulgurante, en au- 
sencia de todo ser intelijente se apagaban. — Los ruidos, la 
creación sin límites, desde el vejetal arraigado hasta el pájaro 
viajero con sus alas, formaban el murmullo o el sonido sin de- 
terminación, como elementos dispersos de la palabra futura. La 
música de las esferas se fatigaba en las órbitas del firmamento . 

— La creación quiere ser escachada i contemplada: he ahí su 
deseo; — quiere ser comprendida i se prepara como entraña 
maternal para la incubación del hombre. 

El inmenso caos ajitado por la mano omnipotente se apasi- 
gua. Ya la corteza terrestre con la atmósfera purificada, i bajo 
la bendición del calor i de la luz, ha construido la cuna que vá 
a mecer los inmortales átomos humanos, que vagaban esperan- 
do la hora i la condición de aparecer sobre la tierra. 

I al fin apareciste, tú ; resultante de todas las fuerzas, de to- 



— 186 — 

das las formas, de todos los amores, bendito del cielo i de la 
tierra: Gloria in exelsis Deo!... 

Coronación de la obra, cabeza del inmenso organismo, verbo 
del lenguaje mudo de las cosas, iluminación de la esencia de loa 
seres, pensamiento de Dios comunicado como esplicacion i lei 
del universo en la conciencia, tal es el hombre. 

III 

La noche precursora que ha cobijado con sus tinieblas la 
trasformacion progresiva del jénero humano, hasta llegar en 
su completo desarrollo a manifestar la humanidad en la cima 
de la serie de los seres, llega a su fin. Ya los hombres sembra- 
dos en los continentes, por la mano del que derramó los bosques 
en la tierra i las estrellas en los cielos, despiertan, al anuncio 
precursor de una diana de la creación entera. Estáticos ante el 
firmamento indefinido con sus astros; casi sin conciencia ante 
la maravilla de ese asomo de conciencia que al universo estre- 
llado en el yo embrionario se refleja, una interrogación sublime 
de alegría i de misterio, bulle en su verbo impaciente que crea 
la primera palabra callada del pensamiento. I sus ideas que se 
iluminan vagamente, a medida que las estrellas se eclipsan, 
acompañan con su luz creciente, la creciente luz del horizonte... 
Luz de luz, lumen de lumine, el pensamiento, ese dia del alma, 
i el dia, ese pensamiento de la creación, se levantan, se unen, 
aparecen, i confundiendo las luces de la materia i del espíritu 
prorrumpen en el himno fundamental i sacrosanto de la alegria, 
del amor i de la libertad. 

¿Soi yo ese todo? — ¿Ese todo es yo? — Somos unos! I la hu- 
manidad repite <lEI Padre i yo somos una cosa"». Somos unos, 
somos una cosa, pero el yo se distingue sintiéndose nadar ' en el 
océano de los seres. 

Oh! momento sublime, cuando las últimas sombras disipán- 
dose, como los velos misteriosos que encubren las obras de la 
naturaleza en el momento de la jeneracion, la luz del cielo 
emerje por los espacios del Oriente! 



- Í87 — 

Una bendición infinite penetra en las criaturas que se ven, se 
aman i se admiran. 

Las cumbres de las cordilleras con sus nieves perpetuas, re- 
ciben ese bautismo, i se coloran, como sonrosadas por un ósculo 
divino. Los mares se trasformau en una cristalización estupen- 
da que refleja los cielos i montañas. Ya el valle, como evocado 
del abismo tenebroso, se revela por la dispersión de la luz. Los 
bosques sacuden sus húmedas melenas colosales. 

Los rios delinean sus corrientes al través de los valles i mon- 
tañas, cavando el cauce al torrente de las futuras sociedades. 
Ya el calor ha puesto en movimiento las masas atmosféricas, 
para producir el círculo perpetuo de los vientos. Los ruidos de 
la creación, desde la vida microscópica i la jerminacion de las 
plantas, hasta el de la voz de los torrentes, se unen al canto de 
las' aves i la palabra del hombre, que en grito estalla estupefacto 
a la viste del Sol que se levanta como soberano del espacio. I 
tiembla la naturaleza sacudida por la fibra del amor que la 
suspende al seno fecundo del Padre de las cosas! 
Es el primer dia! Es la luz! 

Es la conciencia de todo lo que existe, que en la medida de 
iluminación relativa a cada objeto, se despierta, como palabra 
de todo ser, colocando en la frente de cada uno su número de 
orden en la serie, con la significación en el encadenamiento de 
las partes i elementos que componen la armonia universal. 

Es la luz! — Es el esplendor visible de la faz divina, iluminan- 
do al mundo. 

Es la luz! — Es lo sublime — eterno derramado con la prodiga- 
lidad inmensa e inagotable del que posee la inmensidad como 
lugar de su existencia. Ver a la inmensidad palpitante como uu 
latido de amor i de esplendor, he ahí, mortales, el espectáculo 
que Dios estiende a la contemplación del hombre soberano. I la 
luz es la lei en movimiento. La jeometria delinea su camino. I 
el pensamiento es la luz con conciencia. La jeometria del pensa- 
miento es la lei de la soberanía, el derecho a la luz con concien- 
cia, o pensamiento libre, la jeometria de la justicia que desde el 
primer dia delinea la ciudad del bien. 



— 188 — 

Luz de luz, revelación del yo, de Dios, de la creación. La hu- 
manidad recuerda por momentos el éxtasis del primer dia, i cree 
escuchar en el fondo de la tumba de los siglos, el eco de las 
estrofas del primer himno del Sol mensajero, a la tierra revesti- 
da, i al Arquitecto de los mundos. 

- He ahí la revelación primitiva! Belleza, amor, fuerza, concien- 
cia, del yo que se revela en las entrañas mismas del Infinito. I 
ese infinito que lo atrae con su amor i lo sublima con su inteli- 
j encia, lo consagra soberano por la encarnación de la razón ade- 
cuada a la verdad. 

Es la paz en la integridad de todas las facultades satisfechas. 
Tal es el Edén, el Paraíso, o la gloria que indican los libros que 
se llaman sagrados; i ese es el ideal del filósofo i poeta. 

Es la armonía en el amor. El dolor i el mal no se conciben. 

Es la justicia: todos son libres. Es la fraternidad, pues el yo 
es el tu i es el nosotros.. 

Es la intención del destino, porque es la alegría del bien pre- 
sente, prolongándose al futuro i afirmando la felicidad como 
principio i fin de la existencia; i en una palabra que todo lo resu- 
me: es la afirmación de la bondad de Dios por la personalidad 
del hombre. 



IV 



Tal es la revelación del primer dia. Tal es también la visión 
intuitiva de toda intelijencia. Idéntica palabra es la de toda ra- 
zón independiente. — El primer diavive en tí, hombre, cualquie- 
ra que tú seas. Si vives en las tinieblas, pensar es iluminarse. 

Piensa i ama, i poseerás la revelación del primer dia, que es 
la revelación integral de la verdad: derecho, deber, amor, gloria, 
aspiración del infinito, deseo insaciable del bien, acción i prácti- 
ca de la fuerza libre del hombre autónomo, del hombre sobe- 
rano. Oh, América! yo busco, i evoco el dia de tu revelación. 

Puedes crear ese dia i lanzarlo en la historia como el mensa- 
jero del Edén. En tí se anida la identidad de la palabra acción. 



— 189 — 

Tu puedes preparar la muerte del siglo mas mentiroso i mas 
sofista. Sea tu palabra pura, la purificación de la atmósfera de 
hipocresía i falsia que corrompe el aliento de las jeneraciones 
nuevas. Tu puedes principiar la historia de la humanidad reje- 
nerada. Callen las educaciones del Viejo Muudo, i con el esplen- 
dor, con la juventud, con la pureza de tu dia, reciba el mundo 
la inspiración de la virtud perdida. 

VI 

Diferencia entre América i Europa, El Doctrina- 
rismo, El Mal. 

La alegría ha desaparecido! — La paz no existe. — La revela- 
ción ha sido negada, como revelación universal, i suplantada por 
una multitud de llamadas revelaciones, hijas del egoísmo del 
error, de la mentira i del odio. I en la historia, como institución 
permanente de la humanidad, levanta su trono la injusticia! He 
ahí la caída. La caída es la mentira. 

Es por esto que una denlas grandes diferencias que caracteriza 
el espíritu, el injenio, el modo de raciocinar i de sentir del hom- 
bre americano digno de ese nombre, en su rebelión contra la 
historia. — ¿De cuándo acá, doctrinas falaces de espíritus decré- 
pitos del Viejo Mundo, han de venir a consagrar como leí fatal 

DEL HUMANO DESARROLLO, EL CONTINUO, PERMANENTE I UNIVER- 

sal matrimonio de la especie? — No! Tal doctrina es la preten - 
sion a justificar la cobardía, o la torpeza, o la perversión de las 
sociedades bastardas que doblan el cuello a todo yugo, el pensa- 
miento a todo error, el corazón a toda falsía? Tal doctrina hace 
al Ser Supremo cómplice de la tiranía, e institutor soberano del 
despotismo sobre la superficie de la tierra. Tal doctrina, afirma 
que el despotismo es necesario para fundar la libertad; — i que 
toda libertad que sucumbe, todo derecho que se sostiene con la 
sangre de sus héroes, es libertad prematura, i es derecho dudoso 
hasta no recibir la confirmación del éxito. Si no hubiésemos 

triunfado en Maipú i Ayacucho, no hubiéramos tenido justicia 

14 



— 190 — 

Begun ellos. Raza imbécil de escritores sin pensamiento propio, 
que mantienen la infatuación de la Europa en la injusticia, 
afuera! Pedagogos serviles de tiranos i de pueblos siervos, no 
vengáis a mancillar la intelijencia americana! — Nosotros cono- 
cemos la historia para saber maldecirla, para apreciar nuestra 
civilización americana, para despreciar la satisfacción del error 
en que vives i para venerar sus mártires! 

El Viejo Mundo ha coronado su pensamiento con la doctrina 
del éxito. El Viejo Mundo ha llenado su corazón con el amor ■pre- 
dispuesto a todo lo que triunfa; i practica en sus instituciones, 
doctrinas, costumbres i en sus actos la doctrina de la fuerza, la 
del egoismo nacional como lei suprema, la de la centralización, 
como forma administrativa del despotismo, porque cree de ese 
modo, producir mas fuerza. Su palabra falaz se llama Estado! 
La fuerza del Estado es su relijion. I la palabra americano, la 
relijion americana se llama self-governement. 

He ahí el fin de eso que se llama civilización Europea. Ya ha 
abierto su marcha coronada de estrellas, la civilización ameri- 
cana! — Si la Europa quiere rejenerarse, deje esos antiguos obser- 
vatorios en donde se adoraba el sol de la monarquía, i venga a 
observar, a amar, a comprender, ese firmamento de soles que se 
llama self-governement, pléyade de soberanos que se estiende por 
todas partes, i siembra con su palabra las nebulosas futuras de 
la historia, esos jérmenes de futuras sociedades para trasfor- 
marlas en sistemas armoniosos de mundos que se equilibran a 
sí mismos. Tal es la lei de la omnipresencia de la libertad. Allí 
donde vé el átomo humano, cobija al hombre; — donde vé al 
hombre, consagra al soberano; i en donde vive el soberano se 
tiende una mano a los mundos misteriosos de la inmortalidad. 

Hijos de América, no olvidéis que lleváis la responsabilidad de 
la civilización americana! 

No olvidéis que lo distintivo, lo característico de esa civiliza- 
ción es el gobierno propio, según nuestra propia razón, en todo 
acto de la vida. Tenéis pues, que ser jueces, lejisladores, ejecuto- 
res. Tenéis que vivir como jueces i lejisladores con la visión per- 



— 191 — 

manente del derecho universal, que consiste en ser siempre libre- 
en todo el hombre. 

No olvidéis, porqué ha sido el olvido de nuestra calidad de 
soberanos, lo que aun perpetúa el mal sobre la tierra. Ha sido 
el olvido. 

¿Cómo ha sido posible? — ¿Porqué ese eclipse de la luz? — 
¿Quién se interpuso entre el hombre i Dios? — ¿De qué infierno 
ha salido ese cuerpo opaco que descarga sobre la humanidad esa 
lluvia de tinieblas? 

Hombre! — de tí mismo! cuando por vez primera acariciaste en 
tu mente la mentira, cuando por vez primera diste entrada en tu 
corazón a la codicia del bien ajeno o a la envidia. 

Es decir, cuando ya no viste tu soberanía i tu derecho, en la 
soberanía i derecho de tu hermano. 

Cuando el hombre dijo: ¿si pudiera hacer que el hombre me 
sirviese, me obedeciese, me evitase el trabajo, i trabajare por mí, 
i me colmare de bienes que en toda mi vida no podré aglomerar? 

Si pudiera llegar a dominar una familia, una tribu, un pueblo, 
i con este pueblo a otros pueblos, ¿hasta dónde llegaría mi poder? 
¿Si llegare a ser Rei? — ¿I si después de dominar con la fuerza, 
consiguiese ser adorado como un Dios? — Si llegare a poder decir 
el «.Estado soi yon>, la lei es mi voluntad, la tierra es mi heren- 
cia, el dominio universal es mi misión? Una cabeza para el 
mundo! 

He ahí la tentación que sometió al primero que mintió. 

No todos llegan al ideal del mal, pero lo practican en la limi- 
tada escala de su intelijencia i de sus fuerzas. 

I esa historia, es en gran parte el deseo i la idea de esas cabe- 
zas que pretenden ser la cabeza del mundo. I lo que es peor, es 
que hai pueblos en que para decapitarlos, se les ha propuesto la 
reyecia, o ser la cabeza de los otros pueblos. E imbéciles han 
caido en el lazo de los tiranos, abdicando su libertad para domi- 
nar con la fuerza de la unidad a los otros pueblos. Pero lo han 
pagado. Se han quedado sin libertad i sin monarquía universal, 
o sin teocracia universal. Dicen que se contentan con la gloria. 
Sabéis lo que es esa gloria? el haber muerto mayor número de 



— 192 — 

nuestros semejantes. He ahí otro de los caracteres del Viejo 
Mundo: el culto de la gloria que mata o asesina. I he aquí otro 
de los contrastes de la civilización americana: la gloria para 
los americanos no es mas que el esplendor que proyecta la 
práctica de la justicia i del amor. 
Volvamos a indicar el mal existente. 

VII 

Cuadro rápido del Mal. Indicación de Reformas 

I la alegría ha desaparecido! La paz no existe. La revelación 
ha sido eclipsada. La injusticia se fevanta sobre la humanidad a 
la vista de ese sol que nos revela diariamente la alegría i la so- 
beranía del primer dia de la humanidad. 

Oh, hijos de la América, oh, hermanos todos que conserváis el 
recuerdo. ¿Cómo ha sido posible semejante olvido? 

Entre las multitudes de seres humanos que habitan la super- 
ficie de la tierra, el dolor se llama millones; i el bien, uno, qui- 
zás por un millón. 

La tierra jime desde los siglos de los siglos. I si las lágrimas 
humanas pudieran reunirse, formarían ríos; i si la sangre injusta 
i torpemente derramada pudiera reunirse, la superficie entera 
de este globo aparecería como un mar de sacrificios i martirios. 

Oh! como sufre la humanidad del frió i del hambre, en una 
tierra que tiene pan i fuego para muchas veces el número de 
hombres que la pueblan! I como sufre del látigo del amo, pues 
hai millones de esclavos, i del Knout (1) de los emperadores. 

Pueblos enteros conquistados en su sangre. Cáucaso, India, 
Argelia, Habana, Santo Domingo, Polonia, Hungría, i tú Méjico, 
Méjico! 



(1) — Knout — Instrumento ruso de tormento. Azote de tira de roue con 
alambre torcido en las estremidades. Este es el castigo mas común en Ru- 
sia. Es uno de los instrumentesde la civilización en Europa. 



— 193 — 

I conquistados para robarle sus bienes materiales i morales, 
su hogar, su patria, su nombre i hasta el idioma de sus padres! 

Continentes enteros sometidos a la voluntad de familias que 
se trasmiten como herencia divina el poder del robo, del asesi- 
nato i de la usurpación! 

Jeneraciones i jeneraciones de masas humanas, a quienes se les 
educa para que beseü la mano del que maneja la cuchilla del 
Estado. Educación relijiosa de obediencia ciega al poder cual- 
quiera que sea; ella es la que eclipsa el primer dia de la huma- 
nidad en los pueblos, haciéndoles creer que la soberanía de cada 
uno es la tentación del demonio. 

Prostitución de la palabra al servicio de todas las tiranías i a 
nombre del Dios que os hizo soberanos. La soberanía tiene dog- 
ma. 

Perversión de la razón trastornada en sus nociones esenciales, 
imponiéndole a nombre del terror, del infierno, las creencias mas 
absurdas que sirvan para confundirlo, humillarlo i entregarlo a 
disposición de los sacerdocios, de las cortes, de los reyes i de 
todos los caudillos. 

Degradación del noble carácter del hombre soberano, ense- 
ñándole a mentir, propagando la ciencia del engaño. 

Inmoralidad sancionada en los actos i costumbres, para con- 
fundirse en ella i nivelarlo todo con el envilecimiento de la 
personalidad indómita del hombre. 

I estos son los males permanentes. No puedo referiros los 
tormentos, peculiares a cada siglo, con los que la teocracia, la 
inquisición, la conquista, las castas, el feudalismo, los reyes, los 
emperadores, han martirizado a la especie humana. 

Todas las heridas dolorosas que imajiuarse puedan; todos los 
tormentos del hambre i del frió en jeneraciones estenuadas; — 
todas las llamas del infierno en los autos de fé de los cató- 
licos, — todas las argucias imajinables para enloquecer la hu- 
manidad i desesperarla ante un Dios implacable que la revelaban; 
— todos loa crímenes, asesinatos, engaños, terrores i persecu- 
ciones contra el libre pensamiento, todo eso cuya esposicion 



— 194 — 

exijiria volúmenes, todo eso poco a poco la filosofía lo ha ido 
haciendo desaparecer con sus pensadores i mártires. 

Pero, no ha desaparecido el dominio del hombre sobre el 
hombre; no ha desaparecido la esplotacion del hombre por el 
hombre; no ha desaparecido la edncacion del engaño. Las teo- 
cracias i sacerdocios caducos del Dios de ira implacable, aun 
pesan sobre la frente de una gran parte de la humanidad. 

La soberanía del pueblo proclamada en nnestras constitu- 
ciones, aun no ha proclamado la soberanía integral del hombre. 

Los gobiernos representativos, no representan los dolores de 
las masas. En la estension de América la bella, hai propieta- 
rios de cien leguas, de doscientas leguas, de trescientas leguas, 
de quinientas leguas; — i la raza viril de los campos vaga a 
merced de los instintos i los vientos, sin un pedazo de tierra 
donde levantar una familia. 

Colonización, inmigración, gritan los políticos! — ¡Porque no 
colonizáis vuestra tierra con sus propios hijos, con vuestros 
propios hermanos, con sus actuales habitantes, con los que de- 
ben ser sus poseedores i propietarios! 

I habláis de caudillaje! 

— Dadme parias, es decir hombres sin patria, en su patria sin 
tierra en su tierra, i tendréis siempre los elementos flotantes del 
caudillo! 

Dadme siervos del Estado, en un Estado que miente decla- 
rando a todos iguales i soberanos; — dadme siervos del hambre 
como institución permanente para favorecer al rico propietario; 
— dadme siervos del Estado i de la Iglesia, siervos del juez de 
paz o camandate, o del cura i del señor capitalista, i tendrás cau- 
dillos i revoluciones hasta llegar a la paz del Paraguay. 

I la justicia! — No existe radicalmente para el pobre. 

El pobre no puede costear los gastos que exije la reparación 
de una injusticia. 

Sin tierra, sin justicia, sin educación, sin crédito, el pobre, 
raza viril del sacrificio, defensor de la patria, nervio de sus ejér- 
citos, contribuyente a pesar de su pobreza, ese pobre, ese gau- 
cho, huaso, roto, plebeyo, peón, mano de obra, artesano del dia, 



— 195 — 

ese hombre en fin, es el que soporta el edificio social sobre sus 
hombros, como en los templos i otros edificios antiguos las ca- 
riátides. I a ese hombre, a ese millón, a esa masa, es a quien 
arrancar debemos del lugar en donde lo ha incrustado el egoís- 
mo i la injusticia. He ahí el punto estratégico de las evoluciones 
de la gran política rejeneradora de la América. La cariátide 
será estatua, la estatua será hombre! 

I si hoi, después de la revolución, hai tanto mal que hacer 
desaparecer, ¿qué seria para iniciarla? — I qué seria la América 
antes, durante la conquista i coloniaje de tres siglos? — Acom- 
pañadme en la peregrinación al través de los círculos que for- 
man el infierno de la España. 



FIN DE LA PRIMERA PARTE. 



SEGUNDA PARTE 



LA CONQUISTA 

Aversus Hostem esterna autoritas. 
Garantía eterna contra el enemigo. 

VIII 

Mala hora de Colon 

I Todo el mal se desprendió sobre la América. Pero el mal, así 
como todas las cosas revisten el sello del ájente. El mal no solo 
fué la conquista, sino además la conquista española. 

Colon, lleno de sublimes esperanzas, no descubre sino qne 
encuentra la tierra de América. Es necesario no olvidar que una 
de las intenciones de Colon (quizás la principal), fué encontrar 
un camino mas fácil para llegar a la conquista del sepulcro de 
Jesucristo. Esta funesta pretensión, ese error, esa intención de 
revivir las absurdas i terribles cruzadas (en las que hasta hoi 
han sido vencidos los cristianos, pues el sepulcro, Jerusalem, 
Palestina i aun casi todo el Oriente están en poder de Lamistas, 
Mahometanos, Porasis, Brahmistas i Budistas), produjo malísi- 
mos resultados. 

Colon no descubrió ese camino, i entregó el continente descu- 
bierto al poder español que le habia habilitado para acometer 



— 188 — 

la empresa. El doctrinarismo podría sacar estas dos terribles con- 
secuencias; primera, era necesario que así sucediera, para que un 
día los americanos supiesen estimar la libertad; segunda, la 
Providencia castigó a Colon por su intentona de cruzada i por 
haber entregado el Mundo Nuevo a la rapacidad i al fanatismo 
de la mas cruel i atrasada de las naciones de aquel tiempo. Eu 
efecto, Colon fué el mas desgraciado de los hombres. 

Tremenda fué su caida, pues cayó desde la altura de su jenio. 

Comprendió la responsabilidad en que habia incurrido. Asi lo 
atestiguan las palabras de su tribulación. Pocas veces escucha 
la tierra semejantes acentos: 

«Que el cielo tenga piedad de mí! llore sobre mí la tierra! llo- 
re sobre mí todo el que conoce la caridad, la verdad, la justicia!» 

¿Quién no vé en esas palabras, la visión de los horrores que 
se van a desprender sobre la América? 

En efecto, habia entregado, puede decirse, una tercera parte 
de la tierra, con sus riquezas, con sus razas, con sus ideas, con 
sus idiomas, con sus monumentos, con sus instituciones al poder 
mas forajido i a la raza mas supersticiosa de la Europa. 

La España conquistó a América. 

Los ingleses colonizaron el norte. 

Con la España vino el catolicismo, la monarquía, la feudalidad, 
la inquisición, el aislamiento, el silencio, la depravación, i el 
jenio de la intolerancia esterminadora, la sociabilidad de la obe- 
diencia ciega. 

Con los ingleses vino la corriente liberal de la reforma: la lei 
del individualismo soberano, pensador i trabajador en completa 
libertad. 

¿Cuál ha sido el resultado? 

Al norte, los Estados Unidos, la primera de las naciones anti- 
guas i modernas. 

Al sur los Estados Des Unidos, cuyo progreso consiste en 
desespañolizarse. 



— 199 — 



IX 



Distinción entre el Dogma i la Moral— La Vida de 
los Pueblos es la acción de sus Dogma3. 

¿Qué es lo que determina la voluntad? El pensamiento. 

Los pensamientos del hombre son muchos, varios, diferentes 
i aun contradictorios. 

En medio del torbellino de ideas, de móviles, de motivos de 
atracciones que acosan a la voluntad i la solicitan con sentidos 
diferentes ¿cuál es el mas profundo de los pensamientos,- el mas 
' poderoso de los motivos que en la mayoría de los casos i en la 
mayoría de la especie humana determina la dirección de sus 
acciones? 

La creencia relijiosa. 

La relijion es pues, el elemento principal que debe tomarse en 
cuenta para comprender la historia o dirijir la vida de los pue- 
blos. 

La relijion consta principalmente del dogma, de la moral, de 
un culto. 

De esos tres elementos, el dogma es el principal, porque es la 
creencia fundamental, la razón de la moral i la esplicacion del 
culto. 

Hai relijiones que contienen muchos dogmas, verdaderos los 
unos, falsos los otros. 

Estas son las relijiones que llevan la contradicción en su 
esencia. Por ejemplo: 

Mi Dios es el Dios de la Gracia. Entonces no es el Dios de 
la Justicia. Mi Dios es el Dios de la Justicia. Entonces la Gra- 
cia es inútil i contradictoria. 

Pero siempre hai en todas las relijiones, apesar de las contra- 
dicciones que contienen, un dogma o principio superior que so- 
mete (sin resolver,) las dificultades i aun contradicciones, a la 
unidad del dogma supremo. Por ejemplo; al frente de una con - 



— 200 — 

tradiccion entre dos dogmas, digo: tu primer deber es creer sin 
examen. Es claro que así se puede imponer lo que se quiere sin 
temblar ante la lójica i la sinceridad de la conciencia. 

Una relijion puede ser falsa en sus dogmas, i verdadera en las 
leyes de la moral que proclama. 

Si la contradicción entre el dogma i la moral se presenta, 
¿cuál es mas fuerte en la conciencia de los pueblos? — El dogma. 

Hai relijiones, como el Catolicismo, el Mahometismo i el Pro- 
testantismo en la gran mayoría de sus sectas, que viven en la 
contradicción; — i esa es la lucha sorda o manifiesta que trabaja 
a los que piensan i aun a los pueblos; obedeciendo con esa lncha 
i examen a una leí de la razón que exijen la armonía de la mo- 
ral i el dogma. 

Aclaremos con ejemplos estas diferencias, pues su intelijencia 
resolverá esta tremenda interrogación: ¿Si la moral es la misma, 
cómo es que hai guerras relijiosas i prácticas de moral contra- 
dictorias? — Vamos a probar que la diferencia de los dogmas es lo 
que decide como causa principal, la suerte o condición de los pue- 
blos. Son numerosos i sublimes los preceptos de amor, de frater- 
nidad, de igualdad que la relijion Brahmínica proclama; i 
entonces ¿cómo esplicar la profunda miseria de unas castas, el 
despotismo de las otras i el privilejio entronizado? 

Es porque el dogma establece como verdad fundamental, la 
existencia de las castas. Brahma dice que la raza sacerdotal na- 
ce de su cabeza, la militar de su brazo, la comerciante de sus 
muslos i la servil de sus pies (1). 

I este dogma mantiene hasta hoi su imperio sobre trescien- 
tos millones de habitantes. 

La gran revolución Budhista, tuvo por objeto la abolición de 
las castas i cuenta desde hace tres mil años con quinientos millo- 
nes de creyentes que practican la caridad mas pura. 



(1) ePara la propagación de la raza humaDa, dé su boca, de su brazo, de 
su muslo, de su pie, produjo el Brahma, al Kchatriva, al Vaisya i al Sou- 
dra.» 

(Leyes de Manou, libro I.) 



— 201 — 

Dice la moral musulmana: 

«Oh, creyentes! dad limosna de los bienes que os hemos re- 
partido, áütes de que llegue el dia en que no habrá ni contratos, 
ni amistad, ni intersecion. los infieles son los malvados (1). 

Este ejemplo reúne en un testo las pruebas de la contradic- 
ción entre el dogma i la moral. Caridad, limosna; — pero viene 
la declaración dogmática de que los infieles han de ser malva- 
dos. ¿Quién no ve en esa declaración un semillero de guerras in- 
terminables? 

Dice la moral: la virtud consiste en acciones, en la práctica 
constante del bien. 

Dice el dogma católico: «¿Dónde está pues el motivo de la 
gloria?» — Escluida queda. — ¿Porqué lei? ¿De las obras? No: 
Sino por la leí de la fé. 

I así concluimos que es justificado el hombre p o?- la fé sin las 
obras de la lei» (2). 

En virtud de este principio dogmático, es que se ve ese furor 
de practicar todas las ceremonias del culto i repetir creo, creo, 
en bandidos de campaña, i en los grandes bandidos de ciudad. 

Los hombres mas licenciosos que he conocido, i aun conozco, 
hacen ostentación de su fé. 

Si la fé salva ¿hai algo mas acomodaticio al egoísmo? ¿Qué 
cuesta creer? Escuchad esta terrible confirmación de lo que ve- 
nimos demostrando. Hago observar que es un católico el que 
toma la palabra, pero cuya virtud no podia esplicarse la corrup- 
ción de la moral, porque no podia creer en el error del dogma i 
en la supremacía del dogma sobre la moral. Dice así: 

«Esta corrupción práctica de la moral cristiana, mantenida 
por la ignorancia, no de los dogmas de la fé, sino de los princi- 
pios del Evanjelio, su relación con las acciones humanas, aso- 
ciadas a preocupaciones caprichosamente superticiosas, es la 
gran llaga del catolicismo en España. Se permite todo contra 



(1) El Koran, cap. II, v. 255. Traducción del árabe por Kasimirscki. 
París, 1862. 

(2) Pablo, Epístola a los Romanos, cap. III, v. 27, 28. 



— 202 — 

los preceptos refugiándose al abrigo del culto, del culto mal 
comprendido. Las compensaciones imajinadas por ciertas concien- 
cias entre tal crimen i tal devoción, el poco horror que los aten- 
tados mas enormes les inspiran, su sencilla seguridad en la ha- 
bitual del vicio o en resoluciones de venganza, los estraños 
motivos de esta seguridad, la mezcla indefinible de un desarreglo 
a veces estremo de una aparente piedad, esas almas llenas de 
infierno tranquilas ante el altar, esas manos sangrientas que se 
juntan para orar, sin que ningún temblor las ajite; todo esto, 
asombra i consterna. Una falsa confianza en la protección de 
tal santo, de tal vírjen, en el efecto mismo de los sacramentos 
que no justifican sino con el concurso de la voluntad convertida, 
han alterado profundamente la noción del bien i del mal i aun la 
noción del arrepentimiento. Hai en esto, uno debe decirlo, un 
deplorable debilitamiento del sentido interior cristiano, una cla- 
se de vuelta a las ideas paga'nas. Solo en algunos cantones de 
Italia se encuentra algo de semejante, particularmente en los 
Abruzos en donde el bandalaje no tiene nada que choque i aun 
se practica devotamente. Reflexionando en estos prodijiosos estra^ 
víos de la imajinacion, uno se pregunta lo que es el hombre i 
uno se espanta de sí mismo» (1). 

Creemos de la mayor importancia la transcricion que acaba- 
mos de hacer, por lo que justifica nuestra tesis, aun contra la 
voluntad del autor, i por su aplicación al estado relijioso de las 
masas en América. Observaremos sí, a nuestro maestro, que 
lo que en la conciencia de católicos entonces, se les presentaba 
como «prodijiosos estravíos de la imajinacion, » era nada mas que 
la deducción lójica del dogma, de la superioridad de la fé para 
salvarse, deducción brutal si se quiere, pero que en el sentido 
común i las pasiones que los fanáticos ponían i aun ponen en 
vergonzosa práctica. 

Dice el mahometano: mi moral es la mas pura, es la miseri- 
cordia, la limosna, la beneficencia i el amor. 

Dice el católico: mi moral es la del Bvanjelio. 



(1). Lamennais: Des Maux de l'Bglise.— Bruselas, 1837. 



— 203 — 

Todos los protestantes jnran por la moral de Jesas. 

Un sectario de Confucio dice qae no hai moral mas pura que 
la del perfeccionamiento, el sacrificio i la práctica de todas las 
virtudes. 

Sin entrar aquí en la razón de obediencia a esa moral univer- 
sal, porque unos dicen que debe obedecer por la gloria, por la 
salvación del alma, por la posesión del cielo, por interés en una 
palabra, i otros, los mas puros, los estoicos, por ejemplo, que 
debo obedecer por la razón pura del deber, es claro que los prin- 
cipios son los mismos. 

Pero viene el dogma i adiós identidad de la moral. 

Igualdad. — Pero el dogma funda el privilejio. 

Libertad. — Pero viene el dogma fatalista. 

'Fraternidad. — Pero el dogma funda la distinción de la jerar- 
quía, la preferencia de razas, de naciones, de relijiones i deter- 
mina castas o pueblos escojidos. 

Responsabilidad personal dice la libertad i la moral. — Qué 
significa entonces aquello de un pecado orijinal, que destruye 
la noción de la justicia? 

Tu moral es caridad, ¿Pero qué significa aquello de atormen- 
tar i quemar por caridad? — ¿Qué significa aquello de la fé 
salva"? 

La Moral dice: No Mentirás. 

Pero hai un dogma que el fin lijitima los medios para la 
mayor gloria de Dios. 

Es claro que puedo mentir, pues la razón de la lei me 
autoriza para ello. 

Ama a tu prójimo. Esterrninad a los herejes. I el dogma de 
la esterminacion prevalece sobre el santísimo principio de moral. 

Hablas de libertad. — ¿Pero qué significa aquello de la obe- 
diencia ciega, i la esclavitud del pensamiento? 

Sois hermanos, hijos del mismo padre, — sois hijos de Cham, 
de Sem o de Jafet. Los hijos de Jafet han de dominar a los 
hijos de Sem i de Cham. 



— 204 — 

Guerra a los moros. Entre moros i cristianos a.ha de haber 
guerra eterna*» (1). 

No penséis que soi yo, es la España de hoi, la que habla 
todavía con el corazón de la Edad Media (2). 

Así pues para conocer i juzgar a un pueblo preguntad por su 
dogma, — No os dejéis alucinar con las palabras evanjelio, el 
crucificado, caridad, humanidad, sacrificio, martirio. Preguntad 
por su dogma sobre Dios, sobre la naturaleza humana, sobre la 
razón de la obediencia i la libertad del pensamiento i veréis co- 
mo todo cambia. Asi tendréis el secreto de la vida de ese pueblo. 

Creemos pues haber demostrado: 

1.° Que el dogma domina a la moral. 

2.° Que el dogma constituye las diferencias radicales. 

3 .° Que la vida de los pueblos debe ser dominada por la 
acción de sus dogmas. 

Vamos aplicar esto a la España que conquistó a la América. 

¿Qué era la España? 

X 

Definición de la España. Filosofía de su Historia 

I 

i - 

No hai pueblo que presente una historia mas lójica i fácil- 
mente intelijible que la España. 

La España es la encarnación del catolicismo. 

El catolicismo es su intelijencia, su amor, su pasión, su tra- 
dición, su presente i su esperanza. 



(1) Castelar. 

(2) En el Senado español, un Molins, marqués de la ignorancia i de 
la torpeza, ha sostenido que los españoles siendo hijos de Jafet, deben 
dominar a los moros porque son hijos de Cham o de Sem. Esto ha pa- 
sado como tcoria en aquel .recinto, en este año de 1864, i con motivo de 
la cuestión del Perú. 



— 205 — 

Hai analojias' entre Jas razas, los climas i ciertas creencias. 
¿Quién no vé nna analojia entre la naturaleza portentosa de la 
India i el Panteísmo? ¿Entre la Arabia, el árabe, el desierto, i el 
mahometismo solitario i sombrio de Mahoma? 

Pues esa analojia parece presentarse con mas fuerza entre el 
pais, la raza i el clima de la España i el catolicismo. 

No se crea que, siguiendo a Montesquieu, demos al clima una 
influencia suprema i decisiva, pero es innegable que hai razas 
que se adaptan a tal clima o tal forma de territorio, i que sus 
crencias relijiosas se resienten de esa influencia. — ¿No es verdad 
que un pais en que la tierra tiembla, como en Chile, i en donde 
se siente con frecuencia la acción terrible i desconocida de los 
elementos, debe haber una predisposición a la superstición? — I 
si la educación relijiosa esplota pérfidamente esos hechos ¿no es 
verdad que la ignorancia, el terror i el fanatismo serán las con- 
secuencias directas e inmediatas? 

La España por su clima es ardiente i esto hace predominar 
en el carácter nacional la pasión. La raza española es inferior 
en intelijencia a las razas europeas; o si se quiere su supersti- 
ción ha hecho que lo sea. La forma de su frente revela mas bien 
la fortaleza de la tenacidad que la habitación de la intelijencia. 
El español es dado a la sensación, a la pasión, a la imajinacion, 
no a la razón. No cuenta un solo gran nombre en filosofía, en la 
gran poesia, en la política, en las ciencias. La humanidad no le 
debe un sistema a no ser el de Ignacio de Loyola; una escuela, 
una teoria, ni ninguno de los graudes descubrimientos indus- 
triales o científicos. No ha dado una institución, a no ser la In- 
quisición. La España puede tener todas las buenas cualidades 
morales que sus hijos le atribuyen, — pero no se puede negar que 
es la raza europea mas limitada en cuanto a desarrollo intelec- 
tual. No se crea que exajeramos. 

Todo lo que hace doscientos años ha pasado en el mundo 
científico e intelectual, es casi como si no existiese para este 
pueblo cuyo jenio fecundo i orijinal hubiese podido contribuir 
tan poderosamente a los progresos del espíritu humano i de la 

15 



— 206 — 

civilización en jeneral. Eii vez de esto, nada en Europa ignala a 
su apatía, como tampoco a su ignorancia (1). 

Son hoi sus estudios lo que eran hacen tres jene'raciones des- 
pués de Carlos V. Ningún cambio, ningún adelanto; todo por 
el contrario, ha ido decayendo dia a dia. La iutelijencia que vive 
de movimiento, se ha aletargado con un pesado sueño. Eclesiás- 
ticos, laicos, todos, apesar de los esfuerzos de algunos hombres 
inútilmente celosos del bien de su patria, están aun en el si- 
glo XV. Un poco de filo-ofia i teolojia escolástica, un poco 
de derecho civil i de derecho canónico, todo apoyado sobre 
un poco de latin, he ahí el fondo de la enseñanza. Inmóviles ea 
los viejos métodos, en las viejas opiniones, en las viejas ideas. 
Aristóteles reina aun entre los descendientes de los Cántabros i 
de los Visigodos. Por otra parte sin recursos para el estudio de 
las lenguas, de la filolojía, de la historia, de las ciencias positi- 
vas i naturales: sin escuela donde puedan formarse nuevos ar- 
tistas: la poesía misma apagada. Qué le queda pues a la España? 
Su fé, la espada del Cid, i con ellas la esperanza de renacer» (2). 

Cae sobre ese pais, sobre esa raza, la relijion católica, emi- 
nentemente conservadora, inmovilizadora, enemiga del pensa- 
miento libre, del trabajo de la investigación, i soberanamente 
supersticiosa; — i la raza española la recibe como la espresion de 
su jenio, como la fórmula de sus aspiraciones. El catolicismo es 
la relijion para la España. La España es la tierra predilecta 
para el catolicismo. Ambos jéneros, el de la relijion i el de la 
raza, se comprenden, se estrechan, se abrazan. El catolicismo 
es eminentemente español. 



(1) Ha quedado de tal modo estraña al movimiento intelectual que em- 
pezó en el siglo XVI, que ningún español se ha creado un nombre en las 
matemáticas, la astronomía, la física, la química, la fisiolojia, la medicina 
la filolojía, en una palabra en ninguno de los rumos de la ciencia. 

(Nota de Laniennais.) 

(2) Lamennais: Des maux de l'Eglise. — I obsérvese que cuando Lamen- 
.nais escribia esto era católico, i que siempre ha manifestado simpatías por la 
España. Es claro que poco tiempo después no hubiera podido fundar espe- 
ranzas en la España por Bufé, pues es esa fé la causa de sus males. — Hé 
ahí mi diferencia de opinión con el maestro. 



— 207 — 

La España es eminentemente católica. La tenacidad del carác- 
ter nacional recibe el sello de la fé; — La fé recibe la enerjia que 
le dá el carácter. No pienses, le dice la Iglesia. No pensaremos 
dicen los pueblos. Obedece, manda la relijicm. Obedeceremos i 
obedeceremos por los siglos de los siglos. El pacto ha sido terri- 
ble, pero ha sido, i es popular. La España baja al abismo: ha 
pasado por la tribulación de la historia mas cruenta; i no vé el 
abismo, porque la fé le prohibe examinarlo. La historia de sus 
'desgracias en vez de correjirla, es un timbre que ofrece a la 
«.mayor gloria de Dios.» Entre tanto es el pais mas atrasado i 
esclavizado de la Europa. «Erudimini.yn 

El estudio i el conocimiento de la España es de la mayor im- 
portancia, no solo para el filósofo i el historiador que ve desarro- 
llarse los principios de una relijion en todas sus consecuencias, 
sino especialmente para los pueblos de América. La España nos 
educó para la muerte i para la servidumbre. 

Conozcamos esa educación para rechazarla i entrar a la vida 
i a la libertad. 



II 



Voi a corroborar la importancia de este estudio, citando a dos 
notables escritores de la filosofía de la historia, que aunque de 
educación i de nacionalidades diferentes, convienen perfecta- 
mente en este punto. 

Decia el señor Edgardo Qninet en la cátedra del Colejio de 
Francia en 1844: 

«¿Qué es la España desde hace dos siglos i medio? Es un pais 
« que ha sido reservado para servir de teatro a la esperiencia 
« mas decisiva que uno pueda imajinarse sobre la eficacidad de 
« las doctrinas ultramontanas abandonadas a si mismas. Todo 
« proyecto particular de reacción desaparece ante esta reacción 
« de una raza de hombres. 

«A la faz de la Europa moderna, del protestantismo, de la 
« filosofía, el jénio del pasado se concentra en el siglo diez i seis 



— 208 — 

« i se arraiga en España, toro acosado en el circo encara a la 
« multitud. 

«El pueblo i el rei se entienden. Durante doscientos años, este 
« pais jura que ninguna idea nueva, que ningan sentimiento 
« nuevo pasará sus fronteras, i ese juramento es cumplido. A 
« fin de que las doctrinas del nltramontanismo i del Concilio de 
« Trento revelen lo que pueden hacer por si solas para la salva- 
« cion délos pueblos modernos, este pais les es entregado, aban- 
ce donado sin reserva; los ánjeles mismos de Mahoma, velarán 
« desde lo alto de las torres árabes de Toledo i del Alhambra 
« para que ningún rayo del verbo pueda penetrar en el recinto. 
« Se preparan las hogueras; todo hombre que llame al porvenir 
« será allí reducido a cenizas. Sevilla se vanagloria de haber 
«. quemado ella sola diez i seis mil hombres en veinte años.» 

«No basta esto! es necesario que este pais así recluso sea ocu- 
« pado por un gran rei, Felipe II, un alma imperturbable, en 
« quien se personifica el jenio de la reacción. Los pinceles del 
« Ticiano i de Rubens no han podido iluminar con un solo rayo 
« de sol esta pálida, esta siniestra figura, este espectro en el 
« monarca inflexible de una sociedad muerta» (1). 

Escuchemos ahora al sabio autor de la Historia de la civiliza- 
ción Europea, Enrique Tomás Buchle, en su famoso capítulo 
sobre la Civilización en España (2). 

«Según el plan anteriormente bosquejeado i con el fin de di- 
« lucidar los principios a que la historia de Inglaterra no facilita 
« sino una insuficiente e inadecuada esplanacion, el resto de la 
« Introducción contendrá un examen de las historias de España, 



(1) Edgardo Quinet. L'Ultramcntanismo. Prémiere lejon. 

(2) Buckle es uno de los mas grandes historiadores de este siglo. Se pu- 
blicó su obra en Londres en 18G0, i desgraciadamente el autor no pudo 
terminarla, pues la muerte lo atacó en Siria donde habia ido en busca de 
salud. Si mal no recuerdo, tenia 36 años. ¡Qué porvenir perdido para la 
ciencia de la historia! El capítulo sobre la Civilización en España, forma 
un tomo de cerca de 200 pajinas, i ha sido traducido al español. Han He - 
gado a Buenos Aires varios ejemplares i recomendamos mucho su adquisi- 
ción. 



— 209 — 

« Escocia, Alemania i los Estados Unidos de América. I así 
ce como yo creo que España es el pais en que de un modo masfra- 
« grante se han violado las condiciones fundamentales de la leí 
« del progreso nacional, así también encontraremos que es el 
<t que mas terriblemente ha pagado la violación de la lei, i por 
<r lo tanto que el es el mas apropósito para servir de estudio, i 
« para justificar la idea de que la influencia de ciertas opiniones 
« causa la ruina del pueblo en que predominan fl). 

Es pues, el estudio de la filosofía de la historia de España, 
uno de los mas útiles i necesarios, porque tenemos en ese pueblo 
el cuerpo muerto de una nación que se presta de una manera 
admirable a la autopsia del filósofo. Es la encarnación de una 
relijion, de un sistema político, social, económico en perfecta 
consonancia con su dogma. 

Asi es que podemos preguntar al catolicismo: ¿qué haz hecho 
de tu pueblo idolatrado? i al pueblo idolatrado podemos pregun- 
tarle: ¿qué te ha dado el catolicismo en ciencia, en costumbres, 
en progreso, en moral, en poderío, en simpatía de los pueblos, 
en bienes físicos, morales e intelectuales? 

No se ocultará a los americanos, la importancia de este estu- 
dio, para conocer las causas de la vida o de la muerte, del atraso 
o progreso, de la servidumbre o libertad. 

Volvamos a la definición de la España. 

Los hechos de su vida local, individual i nacional son de una 
uniformidad terrible a favor de la obediencia ciega. — Inductiva- 
mente podemos pues, elevarnos a este principio que se desprende 
de los hechos de su historia: 

La España, el español, ha abdicado el pensamiento, su sobe- 
ranía primitiva, en mano de la Iglesia i Monarquía. 

Bajad después deductivamente i veréis el principio de la ab- 
dicación esplicando los hechos, revelando la razón de la lei de su 
historia. Ambos métodos me dan el mismo resultado: la servi- 
dumbre intelectual • i moral del pueblo español, impuesta como 
dogma ha producido su terrible historia i decadencia. 



(1) Buckle. Historia de la Civilización en España. 



— 210 — 

Espongamos algunos ejemplos que corroboren lo que afirma- 
mos. 

¿Porqué son enemigos del pueblo español, o porqué el pueblo 
detesta, persigue o mata a todo el que ajita una reforma? —Por- 
que se le ha dicho que la novedad es el mal, i debe creerlo, 
i lo cree, 

¿Porqué adora a sus reyes mas crueles i tiranos, hasta decla- 
rarlos inviolables i castigar con arrancar los ojos al que hubiese 
dicho que deseaba ver al rei muerto? 

Porque se le ha dicho que es el representante del poder de 
Dios i que toda desobediencia es pecado. 

¿Porqué ninguna de las grandes instituciones de la libertad 
ha podido arraigarse en ese pueblo, que hasta hoi persigue a los 
herejes? 

— Porque toda institución de libertad es en el fondo una rebe- 
lión contra la Iglesia i la Monarquía, que exijen obediencia pasiva 
en la relijion i en la política. 

¿Porqué se persigue a la ciencia? — Porque la investigación es 
libre. ¿Porqué se persigue ala prensa? — Porque es el movimien- 
to de la intelijencia. 

¿Porqué se proscribe al disidente, i se prohibe la' libertad de 
propaganda? Porque tiemblan ante la libertad de la palabra. 

¿Porqué se ha visto en España este fenómeno inaudito: «los 
diputados de las ciudades conspiran contra las mismas libertades 
que representan? (Sempere i Antequera, citados por Buckle). 
Porque inmolar la soberanía en aras de la monarquia o de la 
Iglesia, es obra meritoria i relijiosa. 

¿Porqué el pueblo español ha festejado con alborozo el resta- 
blecimiento de la Inquisición? — ¿Porqué ha apoyado i cooperado 
a que se quemen vivos millares de seres humanos? — ¿Porqué ha 
aplaudido i cooperado i justificado el tormento de los judíos, 
la atroz espulsion i esterminacion de los moriscos, la sin ejem- 
plo conquista de la América, la esclavitud i tráfico de negros 
hasta hoi dia, la inmolación, de Santo Domingo? — Porque un 
pueblo sin razón es una fiera. I en fiera lo ha convertido su 



— 211 — 

iglesia i monarquía siempre que se trataba de herejia o libertad. 
Que responda la relijion de la obediencia ciega. 

Bastan estos hechos. 

En todos los años de su historia, la vida es en el fondo la mis- 
ma. 

Una analojia revela estos hechos: la abdicación de la razón, 
de la justicia, de la humanidad, de la nobleza del hombre. 



III 



Los hechos lejítiman la proposición inductivamente presenta- 
da. Ahora, decidme, cual es el dogma de ese pueblo, i todos esos 
hechos reciben la autoridad i la esplicacion deductiva de un silo- 
jismo irreprensible. Creemos haber preparado la demostración de 
nuestro principio de filosofía de la historia. La vida de los 

PUEBLOS ES LA ACCIÓN DE SUS DOGMAS. 

Los hechos culminantes i trascendentales de su historia la pre- 
cipitan al catolicismo i el catolicismo a su vez enjendra la vida, 
la costumbre, la tradición, el pensamiento, la pasión dominante, 
las instituciones idólatras de la monarquía, Inquisición e Igle- 
sia, confiscando hasta sus deseos i esperanzas para el porvenir. 

Su porvenir es confundirse mas i mas con su relijion i su go- 
bierno. 

Esta pasión de la obediencia ciega se ha elevado en España a 
la categoría de virtud : se llama lealtad— fidelidad. 

Hai dos grandes hechos en su historia que prepararon i contri- 
buyeron de una manera poderosa a la abolición de la libertad, a 
la identificación del patriotismo con la relijion, i en fin al réjimen 
absoluto de la teocracia i monarquía. 

Después de la avalancha de las razas setentrionales que destru- 
yeron al imperio romano, los visi-godos pudieron establecerse 
en España, í sobre los elementos celto-ibéricos i aun romanos 
que quedaban, pudieron organizar una nación. Ya el catolicismo 
había sido introducido. 

Los visi-godos eran arríanos. El arrianismo fué esa gran he- 
rejia de la unidad de Dios, contra el dogma católico de la Trini- 



— 212 — 

dad de las personas divinas, herejía que casi dominó a la Europa, 
sino hubiese sido la acción de la política, de la diplomacia i de la 
fuerza. 

La iglesia' arriana puede decirse que gobernaba a la nación. 
Los reyes estaban bajo su dependencia. Sus concilios eran tam- 
bién asambleas lejislativas. 

La iglesia católica consiguió levantar a los francos católicos 
para esterminar la herejía de los visi-godos. Se siguió una gue- 
rra que duró cien años. 

Los visi-godos perdieron la Galia. ¿Qué fenómeno moral se 
produjo? 

La independencia de la patria amenazada haria causa común 
con la relijion atacada. El pueblo visi-godo, el rei, el noble, el 
sacerdote se unieron bajo ese vínculo que puede llamarse indes- 
tructible. 

La iglesia arriana fué patria. La patria fué la iglesia. El go- 
bierno fué pueblo, el pueblo visi-godo fué espontáueo en la obe- 
diencia i entusiasta en la defensa. Esta vida, esta educación, este 
ejemplo i durante cien años de combate, sembraron en el pueblo 
visi-godo el jérmen terrible de la obediencia ciega hacia la 
Iglesia. 

La supremacía del clero arriano, i su superioridad en el Esta- 
do, enjendra los males subsiguientes. La abdicación del individuo, 
la supremacía de la Iglesia. 

«Ya aun en aquel período eran terribles en España los manda- 
tos de la Iglesia o las leyes obtenidas por su influencia. Los ma- 
les desplegaban un carácter altanero que degradaba a las clases 
bajas i las arrastraba a la rebelión contra su propio rei. 

El pueblo se complacía en la efusión de sangre i solo mani- 
festaba enerjia i constancia en el desenfreno de sus pasiones- 
Los ministros del culto conseguian arraigar en sus conciudada- 
nos el odio a los herejes con tanta mas facilidad cnanto las 
volcánicas imajinaciones de los españoles habían enjendrado en 
España varias opiniones que introducían la confusión en el dog- 
ma. Adoptóse un culto penoso por la multitud de sus minu- 
ciosas ceremonias, imponente empero por su magnificencia i 



— 213 — 

pompa. «Las leyes de los visi-godos,» dice con mucha razón 
Montesquien, pueriles, inoportunas i necias, estaban llenas de 
figuras retóricas i vacias de sentido, i eran por último tan 
frivolas en su tenor como jigantescas en su lenguaje (1).» 

Después de esa guerra, el arrianismo de los visi-godos, 
tuvo que luchar con el catolicismo de la mayoria de la nación. 
La monarquía visi-goda aspirando a la conservación de su do- 
minio sobre la España ya católica, i perdido el arrianismo en 
el resto de la Europa, comprendió la necesidad i utilidad de 
convertirse. 

Es sabida la influencia que han ejercido las mujeres en las 
conversiones de los reyes bárbaros. I como en aquel tiempo 
convertir al rei era convertir a la nación, o a la tribu, o a la 
'raza, además de los milagros que inventaban los obispos para 
someter la intelijencía de los bárbaros, los obispos, prelados, 
confesores o papas, negociaban ante todo la amante o la mujer 
del rei que querían convertir. Así pasó con Clodoveo, en la 
Galia, i así pasó con Recaredo en la España el año 586. Edu- 
cado en la fé católica, convierte voluntariamente a su na- 
ción (2). 

« Nació en él, el Padre de la patria, la delicia de los Españo- 
« les, la piedad i la relijion católica; pues logró desterrar la ma- 
« nia i frenesí del arrianismo que dominaba a los Godos (3)». 

No sorprenda la facilidad de las conversiones. 

Un interés, una presa de territorio a conquistar, una dona- 
ción de tierras a condición de combatir a los herejes o paganos, 
la seducción del culto materialista del catolicismo, la superiori- 
dad intelectual de la Iglesia, la invención de milagros, las 
grandes recompensas en este i en el otro mundo presentadas, 



(1) Historia Universal por Juan Muller, traducción de A. Calderón de 
la Barca. Tomo II. páj. 155 (Boston, 1843). 

(2) La conversión voluntaria de los Visi-Godos restableció la fé cató- 
lica de España (Gibbon, cap. XXXVII. Historia de la Decadencia del 
Imperio Romano). 

(3) Frai Enrique de Flores. Clave Historial, páj. 108.— Madrid, 1769. 



— 214 — 

todo esto era mas qne suficiente para trastornar las rudas inte- 
ligencias de los bárbaros. 

. Se convertían a millares en un dia de bautismo por la túnica 
blanca de que los vestían. 

Agregábase también el terror, la fuerza de las armas, las 
guerras esterminadoras. Tenia pues, gran interés la monarquía 
visi-goda en convertirse, porque corria el peligro de perder la 
España i no tener a donde ir, o someterse. ¿No hemos visto a 
Enrique IV de Francia, el jefe de los protestantes entrar 
triunfante en Paris, i abjurar su fé i tomar la fé de los venci- 
dos?— Esto prueba que la traición es uno de los elementos de 
la monarquía o de todo poder lejítimo. Esto es lo que hoi se lla- 
ma diplomacia. 

Ya está la España unificada en su fé. El Hijo es consubs- 
tancial al Padre i el Espíritu Santo procede de ambos. Des- 
pués de completada la divinidad, la tarea del pueblo español 
consiste en unificar, en arrancar toda desidencia de su suelo. 

« Recaredo abjuró la herejía arriana, — i concedió a los mi- 
« nistros de la Iglesia una influencia en el gobierno del Esta- 
4. do, que vino a ser en adelante ilimitada i absoluta (1). 

La Iglesia gobierna, lejisla, juzga, pero deja al brazo secular 
el privilejio de cumplir sus decisiones de muerte, de proscricion 
i de tormento, porque ella no puede derramar sangre: La 
inocente! 

La Iglesia omnímoda se enriquece. Celosa de la pureza de 
la fé debe purgar el territorio de todo elemento disidente, apro- 
vechando sí de ¡a confiscación de bienes. Los judíos eran ricos 
i numerosos. Se decreta su persecución. Es necesario conocer 
la escuela de lo atroz desde su oríjeu. Oigamos a la historia: 

«Se obligó a noventa mil judíos a recibir el sacramento del 
es. bautismo; los que rehusaron fueron despojados de su fortuna, 
«i se les aplicó el tormento, i parece que no obtnvieron la liber- 
« tad de salir de su país. Fue tan excesivo el celo de Sisebuto, 
« que el clero de España quiso moderarlo, i pronunció la sen- 



il) Antequera (Historia de la lejislaoion, páj. 31), citación de Buckle. 



— 215 — 

« tencia mas inconsecuente. No se debia, decían ellos, forzar a 
« recibir los sacramentos; pero era necesario para el honor de la 
« iglesia, que los judios que habían sido bautizados persevera- 
ai sen la práctica esterior de una relijion que creian falsa, i que 
« les era odiosa. Sus frecuentes apostasías determinaron a uno 
« de los sucesores de Sisebuto a desterrar a toda la nación de sus 
« estados; i el decreto de un Concilio de Toledo decidió que 
« todos los reyes de los godos jurarían mantener este edicto sa- 
« ludable. Pero los tiranos no consintieron en alejar las vícti- 
« mas a quienes se complacian en perseguir, ni en privarse de 
a esclavos industriosos, cuya opresión satisfacía su avaricia. Los 
« judios permanecieron en España bajo la férula de las leyes 
í civiles i esclesiásticas, que han sido fielmente trascritas en 
«'el Código de la Inquisición. Los reyes de los godos i los obis- 
« pos conocieron en fin que la injusticia i las injurias enjendran 
« el odio, i que el odio aprovecha ansiosamente la ocasión de 
« vengarse. La nación enemiga del cristianismo se multiplicó 
« en la esclavitud i las intrigas de los judios facilitaron la con- 
« quista rápida de los Árabes (1). 

I vino en fin esa conquista, el hecho culminante de la historia 
de España i que ha decidido hasta hoi de sus creencias, de su 
literatura, de sus instituciones, de sus hábitos serviles, de sus 
odios inveterados a la razas o creencias diferentes. 

Apareció el Islamismo — i en tres años, arrolló, mató, sometió 
i se apoderó de casi toda la Península. 

Dos razas, dos relijiones, dos nacionalidades se disputan du- 
rante mas de setecientos años el dominio de la tierra de España. 

El catolicismo era la intolerancia i juraba la esterminacion del 
moro. , 

El Islamismo mucho mas humanitario, pedia tan solo el so- 
metimiento a su gobierno. 

El cántabro, el ibero, el godo, el vasco, forman en la comu- 
nidad del peligro la unidad del castellano o español. Sus razas 
se unifican bajo el credo — lidiador del catolicismo. 



(1) Gibbon. Cap. XXXVIII 



— 216 — 

Sus clases se amalgaman en la identidad de interés, de situa- 
ción, de fé i de salvación. La tierra debe ser arrancada a los 
infieles para tener una patria. La patria debe ser el santuario de 
la relijion. La relijion debe ser la batalla de la fé. Todo amor 
a Dios. La Iglesia es Dios sobre la tierra. El brazo de la 
iglesia es la monarquía. Todo odio al musulmán. El odio es santo. 
La guerra es sagrada. Todo hereje es enemigo, — i de aquí la 
consecuencia que todo enemigo es hereje. Iglesia, rei i pueblo, 
todo es uno para la santa cruzada. No hai otro pensamiento, ni 
otra educación, ni otro deseo, ni otra pasión que la guerra. Las 
jeneraciones se suceden i se trasmiten el mismo legado, el mismo 
deber. El bonor es la fé i la obediencia. La gloria es el triunfo de 
esa fé. Patria, independencia, soberanía, se confunden en la 
mente del español con la relijion, con la guerra i con la condición 
del sometimiento individual para vencer. La España es un cam- 
pamento. La lei del campamento es la obediencia. 

Es así como el dogma ya arraigado de la obediencia, viene a 
ser remachado en la esencia del español por las necesidades de la 
guerra. 

I hasta hoi la España no ha podido salir de esa confusión, de 
esa obediencia. La iglesia para ella es el santuario de la Patria 
i la Monarquía su guardián. 

Ese tiempo funesto, oríjen de pestes, de miserias, de calami- 
dades, de pobreza, sin otra idea que la guerra, acabó por parali- 
zar el pensamiento i estender la mas profunda ignorancia en to- 
das las clases. La ilustración, el trabajo, la industria, eran des- 
preciadas. Para qué quiere ciencia un caballero de la fé? — ¿Ni 
qué otro trabajo digno del soldado de Dios que el ejercicio de las 
armas? 

De aquí nacen todas esas preocupaciones estúpidas que con la 
conquista nos legaron: el desprecio al trabajo, la nobleza de la 
ociosidad. 

Después de cerca de ochocientos años de guerra, el Islamismo 
es espulsado. 

La España celebra en las mezquitas sus victorias. Empieza la 
ruina de la civilización de los árabes en odio a la herejía. Es en 



- 217 — 

este momento del paroxismo que producía la victoria del cato- 
licismo i de la monarquía, que Colon se presenta para ofrecer 
una nueva ruta por el occidente para reconquistar el sepulcro de 
Cristo. Colon, en mala hora, se encuentra un continente: 

Lo ofrece a la España en el momento de la mayor exaltación 
del fanatismo victorioso. La conquista se esplica. 

XI 

El Nuevo Mundo. Porqué la Raza Española ha per- 
dido el sentimiento poético de la Naturaleza 



Ahí está en fin ese Mundo! Oh, paisajes del mar de las 
Antillas! Navegando entre las islas, revestidas de la vejetacion 
mas poderosa, que sombrea sus canales con sus palmas i monta- 
ñas, i llevados por el soplo de las brisas tropicales, hoi i todos 
los días la imajinacion del viajero deslumhrado, reciente las 
emociones de los primeros dias. Costas de Venezuela descubiertas 
por Colon, él dijo que creia encontrar allí el Paraíso. 

Méjico i Nueva Granada descritos por Humboldt i me ca- 
llo; — Istmo de Panamá, una de las travesías mas grandiosas i 
fantásticas del mundo; navegación interior del Orinoco, del Mag- 
dalena, del Amazonas i sus afluentes, del Plata i sus afluentes 
hasta las entrañas de la América del Sur; soledades asombrosas 
en que se escucha bajo el imperio del sol el murmullo de la crea- 
ción infatigable; — aspecto délos Andes, desde la cadena secunda- 
ria de las montañas de Chile, encajonando los valles que habitan 
los descendientes de los Aucas, cuantas veces al contemplaros no 
he creído sentir la huella sublime, intacta, de los cataclismos 
mas grandiosos del planeta, revelados por la mano del que lanza 
los planetas a sus órbitas. 

Mesetas andinas de Bolivia donde están las poblaciones mas 
altas de la tierra, al pié del Illimani o del Sorata, distribuyendo 



— 218 — 

las aguas del Sur del continente; todos los climas, todos los ma- 
tices del colorido, todos los grados del calórico, todas las den- 
sidades atmosféricas; todos los ruidos de las aguas desde el arro- 
yo hasta la catarata, todas las voces de las selvas vírjenes, todos 
los aspectos, desde lo risueño hasta lo sublime en nuestros valles 
i montañas, nada de eso vio el conquistador. 

Su himno, su palabra, su admiración, su indagación se redu- 
cían a una sola palabra: ¿Dónde hai Oro? 

Es una nueva creación. Nuevas plantas, nuevos alimentos, 
nuevos frutos esquisitos, nuevos productos magníficos para la 
alimentación, la medicina i la industria; — aves desconocidas, 
animales nuevamente descubiertos, riquezas arrojadas a manos 
llenas para todas las ciencias naturales: nada de esto vé el con- 
quistador. — ¿Dónde hai Oro? 

Eazas inocentes, hospitalarias, nuevos hombres, nuevos her- 
manos que abren sus brazos a los recien venidos. El conquistador 
los esclaviza o asesina. 

Pero este es un fenómeno estraordinario de estupidez o de 
maldad. 

¿Cómo esplicarlo? — Vamos a intentarlo, porque creemos no se 
le ha dado la importancia que merece, i creemos ademas que 
este es un punto trascendental para comprender la devastación 
de España, la devastación de América, i la tendencia a la devas- 
tación que existe en los americanos que descienden de España. 

Es necesario no olvidar (permítasenos esta interrupción) que 
la mayoría de la población de América es indíjena i resultante de 
americana i español. Entre los españoles que vinieron hai que 
distinguir, los descendientes de los godos, de los moros i de los 
flamencos, predominando el tipo árabe-andaluz en la República 
Arjentina, el flamenco i vizcaíno en Chile, el andaluz en el Perú, 
el godo en Méjico. 

Volviendo al asunto, formulamos en esta proposición, de ese 
fenómeno moral que presenta la conquista: 

La raza española ha perdido el sentimiento poético de 
la naturaleza. 

Veamos modo de probarlo: hai una razón metafísica, profun- 



— 219 — 

da. Cuando un sistema de creencias sobre Dios, la creación i el 
hombre, subordina todo a la noción de un Dios arbitrario, que 
puede, hacer i deshacer, contradecirse, pulverizar sus obras en 
un momento de su ira, sin que las leyes establecidas por él mis- 
mo tengan el carácter eterno de ana verdad que no pueda variar 
porque es lei de las existencias, entonces la creación i sus mara- 
villas, la creación i sus leyes inmutables, el hombre mismo con 
su libertad i noción de lo justo i de lo injusto, todo esto bambo- 
lea en la intelijencia, pues lo habéis despojado del carácter eter- 
no de la lei. 

Si el dogma declara a la materia, a la creación, al hombre 
mismo como miseria, i nada mas que miseria con el objeto de 
hacer resaltar mas i mas la noción de la omnipotencia, que ha de 
ser representada por la Iglesia, cómo queréis que el hombre o 
pueblos educados en esa creencia, aprecien i sepan apreciar la 
creación, la belleza, la justicia! — Quién no vé ya en jérmen el 
odio al bosque, la crueldad con los animales, el desprecio por las 
maravillas de la creación? 

Si. Empieza la devastación de la intelijencia. — De allí bajará 
a las costumbres, a las instituciones, a los hechos. 

Es esto tan cierto, que siempre el catolicismo ha sido enemi- 
go jurado de las ciencias naturales. No puede por su dogma dar 
consistencia científica a las ciencias naturales. — Después, en 
este ramo, como en otros, copia, plajia, acepta, i siendo ilójico, 
pretende presentarse con algún sistema. Pero el catolicismo tan 
fecundo en teolojia especulativa, es lójico i naturalmente estéril 
en las ciencias. La relijion que no pueda unir de una manera 
necesaria a la creación con Dios, no puede tener lójicamente 
ciencia de la creación. El catolicismo dice que Dios quiso i «fué 
la luz.» Nada mas. Todo depende en esa creencia de la voluntad 
omnipotente i sin leyes del eterno. ¿Cómo queréis que se funde 
una ciencia sobre la. noción de un arbitrario omnipotente? Toda 
ciencia se apoya en la inmutabilidad de las leyes, de los seres. 

Yo bien se que el pueblo no se da cuenta de esto; pero es asi 
como se verifica el fenómeno moral que procuramos esplicar. El 
pueblo no conoce la mecánica, pero va en ferro-carril. 



— 220 — 

Dada la razón metafísica del fenómeno, los hechos i reflexio- 
nes siguientes confirmarán lo que decimos. 



II 



Volvamos ahora al encuentro de la España i de la América. 

Ya el conquistador ha zarpado. El conquistador español es el 
subdito fiel del Rei i de la Iglesia. Su inteligencia no tiene mas 
ideas que el credo bárbaro i sangriento del esterminador de los 
herejes. Su corazón anida las pasiones ardientes del aventurero 
codicioso, que no reconoce valla ni regla. Su imajinacion solo 
busca medios de ser rico, o de propagar la fé por la espada. El 
español de la conquista i el español en jeneral habiendo abdica- 
do su intelijencia, abdica hasta la facultad de ser impresionado 
por lo bello, por lo orijinal, por lo grandioso. Es por esto que el 
desierto se estiende en España; porque el espíritu del español es 
de devastación i ociosidad. Es por esto que predomina el pasto- 
reo sobre tierras incultas. Es por esto que es enemigo de la na- 
turaleza, i que ha trasmitido ese instinto a casi todos sus descen- 
dientes en América. El español es enemigo del árbol. Casi me 
atrevo a decir lo mismo del americano descendiente de español. 

No tiene un gran poeta. — Vedlo llegar a América. Su impasi- 
bilidad ante tanta maravilla, ante esa naturaleza vírjen i variada, 
impasibilidad ya observada por el mismo Colon, ante esas razas 
inocentes i afectuosas que los recibieron como a hermanos, ¿qué 
prueba todo eso? 

I esa crueldad, i traición i matanza desde los primeros dias 
en la primera colonia, tan pronto como Colon regresó a España, 
•qué prueba todo eso? 

¿Ese silencio de sus cronistas, lejistas, informadores, historia- 
dores, versificadores, de sus cartas privadas, de sus documentos 
públicos, ese silencio sobre tanta maravilla, ¿qué^prueba? 

Prueba todo eso que es una raza disecada, una raza avezada 
al instrumentalismo de la opresión ; con su corazón seco, sin amor, 
infecundo, muerto para lo grande, vivo tan solo para la esplota- 
cion i el odio. 



— 221 — 

Perdida su imajinacion en las rejiones del infierno, sin haber 
igualado al Dante, ya no hai receptivilidad para la belleza de la 
creación qne es amor i movimiento. Eu cuanto a raciocinio, es 
pueblo verdaderamente muerto. 

Colon-en su cuarto viaje, i costeando las tierras de lo que hoi se 
llama Venezuela i entonces Paria i Camaná, se imajinó «haber 
encontrado el Paraíso que el Todo-Poderoso lia elejido para la 
residencia del hombre.» Pero el español no siente. El historiador 
Robertson pintando las causas que podían entusiasmar al hom- 
bre, en todo lo que veia en América, lanza esta frase únicamente. 
« The Europeans mere hardly less amazed al the wene now befo- 
« re them.D. 

(Los Europeos se sorprendieron mui poco del espectáculo que 
presenciaron) (1). 

El Sr. Edgardo Qninet, dice con la profunda elocuencia que 
acompaña a su jenio para la filosofía de la historia: 

«En vez de esa grande alma de Cristóbal Colon, que parecia 
« salir de las entrañas del universo, sabéis que espíritu llevó el 
« catolicismo. Hernán Cortés juzga en sus relaciones a los sa- 
« cerdotes españoles mui abajo de los sacerdotes mejicanos. Que 
« esto sea una exajeracion de vencedor, quiero creerlo; pero en 
<t fin, lo que hai de incontestable, es que una creación entera 
« surje del Océano; i esta maravilla de las maravillas no dice 
€ nada, no inspira nada a la Iglesia. El Papa Borjia se contenta 
« en señalar con su dedo el meridiano que separa las factorías 
« de los españoles de las de los portugueses: he ahí todo. Por lo 
« demás, ni nn cántico celebra esta última jornada del creador. 
« Los abismos se entreabren; reaparecen los dias del Jénesis; 
« nadie se apercibe de ello. El ruido de la política de los peque- 
« ños príncipes de Italia cubre el murmullo del universo na- 
cí cíente : 

<t ; 

« Nadie mostrando un signo de porvenir en esta ocupación de 
« una tierra nueva, empleó, enesprimir ese suelo para sacarle 



(1) Robertson. History of América. London — 1835. 

16 



— ¿22 — 

« el oro, el entusiasmo, que debía haber producido el descubri- 
« miento. En lo que debia ser una comunión entre Europa i 
« América, los españoles no ven ya sino una ocasión de despojar 
<e en una noche a todo un universo. Parecía que ese continente 
« fuese a desaparecer en su antiguo abismo, tan apurados esta- 
<í ban por arrancarle su mas pura sustancia. De grado o de 
« fuerza, los sacerdotes tomaban el alma, los soldados tomaban 
« el oro; lejos de celebrar esta creación nueva, no se ocupaban 
<i sino en agotar la fuente. 

«Si hai algo de evidente para mí, es que la España de la 
« Edad-Media ha faltado, en el tiempo del descubrimiento de la 
« América, a la mas grande misión de los tiempos modernos. 
« Ha maldecido la tierra inocente que no habia conocido otra 
« mancha que el roció del Edén; ha herido hasta la muerte a 
« las razas que salían del abismo pidiendo el bautismo del por- 
« venir. Cuando todo invocaba, por la boca de los indíjenas, en 
« el fondo de las selvas, al grande Espíritu, no ha traído con 
« ella sino al mas pequeño de los Espíritus del pasado. A una 
« naturaleza nueva vinculó una alma envejecida: todo se ha es- 
« terilizado. Debe pues la España haber cometido sobre este 
« mondo nuevo algún gran atentado por haber sido tan dura- 
« mente castigada por su propia conquista. Esta confesión cons- 
« tituye la principal belleza poética de la Araucana de Ercilla. 
« Aun hoi las piedras de Chile sangran (1) i claman contra los 
« Godos. Si preguntáis en España desde cuando ese llano está 
« inculto, despoblado ese valle, casi siempre la primera causa 
« refluye a la conquista de la América. El oro arrancado por la 
« violencia ha arruinado a los saqueadores; sale del Nuevo Mun- 



(1) El resentimiento de la América contra las rapiñas de la España i del 
catolicismo de los inquisidores estalla de una manera casi oficial en una 
Memoria eminentemente dirijida a la Universidad do Chile. — véase — In- 
vestigaciones sobre la influencia social de la conquista i del sistema colonial 
de los Españoles en Chile, por J. V. Lastarria, p, 11, 22, 113, 134. (Nota de 
Quinet). 



— ¿23 — 

« do engañado una voz de condenación contra sus conquistado- 
« res. Compensación sorprendente! (1). 

Humboldt, a quién ]a América debe las pajinas mas brillantes 
que sobre su territorio, su aspecto, su jeografía, i riqueza se han 
escrito, eu su juicio sobre la poesía española de aquel tiempo, 
se sorprende del silencio de los hombres sobre la naturaleza que 
a cada paso les presentaba las mas sorprendentes maravillas. 
Pero no esplica la causa de esta esterilidad; i en su juicio sobre 
Ercilla (2) se le escapa el lado profundamente moral que con- 
, tiene ese poema, que Quinet supo apreciar, i que es la causa de 
que sea el libro favorito de los chilenos. 

Pero ni Eixilla mismo, que es un héroe, i de intelijencia nota- 
ble, ve tampoco la naturaleza. Digo lo mismo de toda la poesia 
española que conozco. Hai pues, en este hecho permanente i 
constante de una raza que cuenta versificadores por millares, 
algo mas que un hecho: una lei se desprende, — i esa lei, es que 
la educación i vida de la España ha muerto el sentimiento de 
la naturaleza en su raza. 

Con. esta lei, podéis esplicar su literatura, i aun en gran 
parte la literatura de la América. 

La raza educada en esa relijion, fortalecida en sus creencias 
por la guerra de 800 años por la misma causa, ha producido de 
la esterilidad poética, la esterilidad de la ociosidad. Toda la edu- 
cación, todo trabajo converjia a la guerra. El trabajo fué natu- 
ralmente despreciado, por un pueblo que se instituye en caballero 
de la Inmaculada Concepción i en soldado de lafé. El trabajo fué 
despreciado. ¿Cómo enriquecerse? Haciendo trabajar a los otros: 
he aquí el oríjen de la servidumbre de los indíjenas i de la in- 
troducción de la esclavatura. 



(1) B. Quinet, El Cristianismo i la Revolución Francesa, oncena lección, 
1845. 

(2) But in the wohole epicpoem of the Araucana, by Don Alonso de 
Ercilla,the aspect of volcanoes covered with eternal snow, of torrid «sylvan 
valleys, and of armatthe sea extendig far into the land has not been pro- 
ductive of any descriptions whioh may be regarded as graphical. 

«Humboldt, Cosmos.» 



— 224 — 

El desprecio al trabajo, la idea de nobleza unida a la idea de 
ociosidad, ¿qué resultados debían proel ncir?— Los palpa la Espa- 
ña con sn pobreza, los palpa la América con la conquista: los 
palpamos hasta hoi dia en nuestro atraso del cual vamos sa- 
liendo a medida que nos desespañolizamos. 

Un pueblo acostumbrado a obedecer en todo, pierde la inicia- 
tiva individual que es la salvación, la vida i el vigor de los Es- . 
tados. Se acostumbra a ver venir toda idea, toda la iniciativa de 
la autoridad, — i esta es otra de las causas de nuestros males, 
que cada dia combatimos. 

I si sobre todo esto agregáis la estúpida reglamentación de la 
unidad centralizante, ¿qué mas queréis para esplicar a priori los 
trescientos años de atraso de la América? 

Abdicada la razón, paralizado el pensamiento, muerto el sen- 
timiento de la naturaleza, el trabajo despreciado, la centraliza- 
ción en todo su poder, la muerte de la iniciativa personal repo- 
sando sobre el crimen de la esplotacion del continente, he ahí el 
conquistador i la conquista. Tal cansa, tal efecto: esclavitud del 
ciudadano, esterilidad física i esterilidad intelectual. 

¿No esplica esto hasta la evidencia, porque no tenemos cien- 
cias, ni industrias, ni poesía, en el mundo del paraíso de Colon? — 
No ciencias, porque el pensamiento ha sido mal dirijido i some- 
tido. No industria, por el desprecio al trabajo i la inseguridad. 
No poesía, porque la raza ha perdido su unión con la natura- 
leza. 

XII 

La Conquista.— Hechos principales 

Las crónicas i las historias están llenas con todos los horro- 
res, con todos los atentados, con todos los crímenes cometidos 
por los españoles en la conquista de América. 

No presenta la historia de la humanidad, aun saliendo de la 
barbarie, un sistema de barbarie mas sostenido que el de la 
conquista de América, i esto solo dista cuatrocientos años de 



" ' — 225 — 

nosotros. Los romanos conquistaron, pero qué diferencia! El 
pais conquistado, convertido en provincia romana,? era respetado 
en sus creencias, aceptada su población, poblados los lugares in- 
cultos o desiertos: no esterminaban. Los griegos eran civiliza- 
dores i f nerón los menos conquistadores. Honor eterno a esa 
raza, la mas grande lumbrera de la humanidad, del pueblo re- 
velador por excelencia, el pueblo de la filosofía i de la demo- 
cracia. 

Pero la España! — Ni los Cinabrios, ni los Hunos han sido 
mas bárbaros que los esterminadores de los moriscos, de los he- 
rejes i conquistadores de la América. ¿Cómo esplicar ese fenó- 
meno? — Creemos haberlo hecho. El dogma de la intolerancia. 
El catolicismo encarnado en el español todo lo esplica. 

Violación de la palabra, engaños, violación de tratados, per- 
jurio, matanza de millares a traición. 

La Española, hoi Santo Domingo, tenia un millón de habitan- 
tes. En diez i seis años solo habia setenta mil habitantes. Es decir 
que los españoles mataron novecientos cuarenta, mil individuos 
en 16 años, lo cual hace una matanza por año de 58,750 perso- 
nas, i esto en una isla, en la misma isla en que hoi a nuestra 
vista está renovando los mismos horrores.jEs el mismo pueblo 
<iAdversus hosten ceterna auctoritas esto.D 

Se descubren riquezas i les dicen que hai oro en las monta- 
ñas de Puerto Rico, otra de las grandes islas descubiertas por 
Colon. Se espediciona. 

Servidumbre de los habitantes, i cual seria el tratamiento, 
que la raza, «fué pronto esterminada.» 

Se descubren perlas en la isla de Cubagua. Se obliga a los 
idios de las Islas Lucayas a hacer el oficio peligroso de buzos, 
esto contribuye a la estincion de la raza. 

Hai un hecho que puede servir de símbolo, para manifestar 
la reprobación que siempre debe excitar la conquistaren todo 
corazón honrado. Es mui conocido, pero no está demás esponer- 
lo de nuevo. 

Es el suplicio del cacique Hatuey, hombre heroico que com- 
batió i tomado prisionero fué condenado a las llamas. 



— 226 — 

A ningún español se le ocurre preguntar con qué derecho se 
hacia todo esto. 

Llevado al suplicio un fraile franciscano le promete el cielo — 
si se hace cristiano.— Hatuey le pregunta, «¿hai allí españoles?» 
— «Sí, pero solo los dignos i buenos».— «Los mejores de ellos no 
« son ni dignos, ni buenos: .No quiero ir a un lugar en donde 
a pueda encontrar alguno de esa execrable raza.» Este cacique 
era de la heroica raza de los Haitianos, pero fué supliciado en 
Cuba a donde se habia refujiado para continuar la guerra. 

En fin la conquista como incendio alimentado por los ele- 
mentos vírjenes de un mundo desborda sobre Méjico, para de 
allí continuar triunfando sobre la América del Sur hasta que 
llegó a estrellarse, atónita, de verse retroceder ante el empuje 
del corazón de Arauco. 

Méjico valia mas i era mas civilizado que la España. Se per- 
dió por la inferioridad de las armas i traición esplotada de unos 
pueblos contra otros. 

Se perdió por las mismas razones que hoi se pierde: la trai- 
ción i la inferioridad militar. Pero Juárez que es de la misma 
raza que Moteczuma, no tendrá la misma suerte. Quien sabe 
si su pujante brazo no arroja un dia la cabeza de Maximiliano 
a la Europa, al través del Atlántico asombrado ! (1) 

Sobre la civilización de Méjico, leed a Prescott, i os conven- 
cereis de la superioridad de su civilización. 

Pero llega a la conquista: sus monumentos magníficos, testi- 
monios silenciosos del oríjen del culto, de la peregrinación de 
las razas, de la cronolojia de su historia, son arrasados; sus 
bibliotecas incendiadas. 

Ciudades admirables, por su comodidad, belleza, policía, 
ricas, florecientes, tan bien administradas que en Europa no 
habia nada comparable, son arrasadas. Sobre las ruinas se 



(1)— En este pensamiento, como en otras de sus obras, Bilbao fué profe- 
ta. Su predicción se cumplió en Méjico i el usurpador austríaco Maximi- 
liano fué ajusticiado en el cadalso de Querétaro, a pesar de las peticiones 
de los reyes de Europa que solicitaban su perdón a Juárez. — Nota del Edi- 
tor de esta publicación ^1897) 



— 227 — 

arrojan algunos millones de cadáveres, i la civilización mejicana 
es arrancada de la superficie de la tierra. 

Para iluminar este espectáculo i como ejemplo de la luz que 
traia España al Nuevo Muudo, se introduce la Inquisición, 
recien autorizada por Fernando el católico. Al terror de la 
fuerza bruta se agregó el furor del terror relijioso por quemar 
vivos a los hombres. Este ha sido el estreno de la civilización 
española para ilustrar a los habitantes esclavizados. El crimen 
queda autorizado; la crueldad permanente se instituye en cos- 
tumbres, códigos i leyes. Se anonada el alma de los dueños de 
la tierra i sobre el derecho asesinado i la caridad vilipendiada, 
la España se sienta a gozar de su conquista a nombre de la fé. 

I tú, dulce tierra de los Incas, ¿cuál fué tu crimen? 

Vastísimo imperio poblado, rico, organizado i en camino de 
progreso, desaparece con seis millones de sus hijos. Hasta hoi 
se llora en el Perú cuando se recuerda la conquista. Todo esto 
para enriquecer a España. 

Preguntad después por las causas de la despoblación de 
América. 

En el rio de la Plata, en el territorio hoi de Buenos Aires, 
ha sido esterminada la raza de sus habitantes primitivos. ¿En 
dónde están los valientes Querandís? — Preguntadlo al desierto 
i a la llanura de Matanzas. 

Los que habitaban los territorios de Paraguay i Corrientes, 
se salvaron. 

Los G-uaranis, quizás la raza que cubría toda la zona oriental 
(1) de América desde el Plata hasta el Orinoco, no tuvieron 
minas que esplotar en aquel tiempo, i el ensayo pacífico de los 
jesuítas surtió un efecto terrible, pues era como un sistema de 
castración de la humanidad. Salvaron la raza, pero dejaron una 
colmena jigantesca de siervos, un seminario de fecunda hipo- 
cresía, un espíritu de comunismo, una educación servil que ha 



(1) Magallanes solo encontró en Rio Janeiro, entonces cabo frió, (án- 
<t dios Tupinambas, tribu pacifica de la raza Guaraní que poblaba aquellas 
<c costas.» Barros Arana, — Vida de Magallanes. — Chile. — 1864. 



— 228 — 

irradiado e irradia aun sobre estas rej iones en donde vuelven a 
presentarse hoi dia. Los jesuítas avanzan en Buenos Aires. 

Triunfa la conquista en el vasto continente, desde California 
hasta Valdivia, desde Venezuela hasta el Rio Negro. 

Solo, en medio de la devastación i de la muerte que lo en- 
vuelve, el Arauco indómito sostiene trescientos años la guerra i 
salvó su independencia. Tú, Anca de Chile, eres monumento vi- 
vo del heroísmo americano. 

Nada pudo domarte. Ni las matanzas, ni los prisioneros a 
quienes los españoles cortaban los puños para escarmiento. Los 
mutilados volvían al combate, animando a los suyos con los 
troncos de sus brazos mutilados (1). 

La conquista reina, administra, lejisla, juzga, enseña, esplota. 
La España es dueña absoluta de un mundo. 

¿Qué hace de ese mundo? ¿Es para devorarlo o hacerlo desa- 
parecer en su sangre que Dios lo ha creado? — ¿No hai alguna 
responsabilidad para un pueblo que roba, mata, tortura, humilla 
i despoja de su patria a todas las razas que la mano de Dios 
sembrara en las rejiones antes felices de América la bella? — 
¿Bastará un sofisma, una doctrina, el pretesto de la fé, o una 
mentira, para justificarse? 

Eso es lo que se llama civilización española. No se crea que 
hemos recargado el cuadro. Si fuésemos a citar a Las-Casas, a 
Ercilla, a Ulloa, a los cronistas, al historiador Garcilaso, al 
mismo Colon, i puede decirse a casi todos los que han escrito 
sobre la conquista, se veria tan espantosa acumulación de crí- 
menes i una barbarie tan sostenida i sistemada como no tienen 
ejemplo las historias. Para corroborar lo que digo, voi a termi- 
nar este capítulo, con las palabras de un historiador americano, 
i las del primer poeta de la España. «Bajo el mando de Cortés, 
€ de los Pizarro i varios otros aventureros ide la mas execrable 
4 memoriaisubyngaron partes del Norte i del Sur de América. 



(1) Ercilla, testigo ocular, episodio de Galvarino. Molina, Historia de 
Chile. Góngora Marmolejo, cronista de aquel tiempo, citado por M. L. 
Amunátegui en gu Historia de la Conquista de Chile. 



— 229 — 

« Mataron atrozmente muchos millares de sencillos naturales 
<í de estos países, i exhibieron tales escenas de horror i crueldad, 
« como jamas sin duda se cometieron en el viejo continente; mos- 
« trando ellos mismos, en todas ocasiones/ser una raza de mons- 
« traos en figura humana, privados de humanidad, misericordia, 
« verdad i honor. Fué demasiado vejatorio que la tierra soporta- 
« se su iniquidad o que los cielos la mirasen sin enfado. 

«La mano de la Providencia los ha perseguido con varias 
« maldiciones, i ha castigado la misma España con la consup- 
« cion e irreparable decadencia, por haber consentido i perpetra- 
« do tan horribles i enormes crueldades» (1). 

Escuchad al gran Quintana, el insigne poeta i patriota es- 
pañol. 

El poeta se dirije a la América: 

«Oyéme: si hubo una vez en que mis ojos, 
Los fastos de tu historia recorriendo 
No se hinchasen de lágrimas; si pudo 
Mi corazón sin compasión, sin ira 
Tus lástimas oir, ¡ah! que negado 
Eternamente a la virtud me vea, 
I bárbaro i malvado 
Cual los que así te destrozaron sea. 

«Con sangre están escritos 
En el eterno libro de la vida 
Esos dolientes gritos 
Que tu labio aflijido al cielo envia 
Claman alli contra la patria mia, 
I 'vedan estampar gloria i ventura 
En el campo fatal donde hai delitos.» 

— Yo soi parcial, yo me sieDto herido por la conquista, pero 
que decir de la indignación de Quintana, el hombre de virtud, 
el poeta coronado, el mejor de los ciudadanos españoles. 



(1) Samuel Whelpley: A. Compend of History. New York, 1856. 



— 230 — 

Hé ahí la civilización española. 

Hemos visto como se introdujo; veamos ahora como se orga- 
niza i perpetúa. 

XIII „ 

La organización de la Conquista 

Monarquía absoluta era la España. Natural era que su poder 
al estenderse aplicase el brutal absolutismo que la constituía. 
En España no habia ninguna institución, ninguna costumbre, 
ninguna creencia, i lo que es mas ninguna esperanza de lo que 
se llama derecho, garantías, soberanía, libertad. Bajo Felipe II 
entra esta nación, cuerpo i alma, en el sepulcro tenebroso de to- 
das las abdicaciones. Mucho hablan de sus fueros i Cabildos. Los 
fueros eran concesiones de los reyes a las ciudades que recon- 
quistaban para atraer allí la población i avanzar con privilejios 
la frontera sobre los musulmanes, como hoi hacemos aquí, 
cuando queremos alentar la población en el camino del desierto, 
al frente del peligro. Sus Cabildos o instituciones municipales 
fueron superfetacioues contrarias a la índole i tendencias del 
pueblo español. ¿Cómo esplicar esta contradicion: instituciones 
libres que se inutilizan i abdican? 

El sabio Buckle dice que era porque «en lugar de nacer tales 
« instituciones en España de las necesidades del pueblo, fueron 
<t hijas de un acto político de sus reyes, siendo mas regaladas 
« que solicitadas» (1) i a mas agrega: aunque tales instituciones 
« tengan el poder de conservar la libertad, no tienen el de crear- 
ce la. España tuvo la forma i no el espíritu de la libertad, i ■ de 
« aquí que la perdiera fácilmente, a pesar de lo mucho que pro- 
el metia. En Inglaterra, por el contrario, el espíritu precedió a la 
« forma, siendo por consecuencia, duradera.» 

Sólo agregaremos una palabra a tan sabia esplicacion, i es 
que ese espíritu de libertad que faltaba, babia sido arrebatado 



(1) Buckle. La civilización en España, paj. 104. 



— 231 — 

por el catolicismo, arrebatando al hombre el principio de toda 
libertad del pensamiento. 

No olvidemos los americanos la lección. Poco vale tener ins- 
tituciones libres i magníficas denominaciones como democracia, 
sufrajio universal, etc., si ñolas vivifica el espíritu de libertad, la 
relijion de la soberanía individual del hombre. Es por eso i pa- 
ra esa relijion, para fundar, desarrollar, ese espíritu que nosotros 
escribimos. Porque sin ese espíritu por base, los tiranos, las sec- 
tas, las iglesias, las castas nos pueden esclavizar democrática- 
mente con el sufrajio universal prostituido: ved la Francia. 

Volviendo a nuestro asunto, esas instituciones municipales, 
fueron destruidas por la corona i aquí hai que citar dos hechos te- 
rribles. 

El primero, íes que los diputados de las ciudades que debian 
« haber sido los mas celosos defensores de sus derechos, conspi- 
« raron abiertamente contra el tercer Estado, i procuraron ano- 
<í nadar los restos de la antigua representación nacionah (1). 

Qué mas prueba. El pueblo aquí se precipita al despotismo 
como a la forma esencial de su ser. 

La monarquía recoje la abdicación i de este modo es el abso- 
lutismo mas popular que se conoce. El despotismo está pues, en 
la esencia de la España, tal cual lo ha formado la relijion de sus 
hijos. 

El otro hecho es la parte que tomó la monarquía para acabar 
o prostituir las formas municipales. «Al fin la autoridad real lo- 
« gró alcanzar un gran predominio en el gobierno municipal de 
« los pueblos, porque los correjidores i alcaldes mayores llegaron 
^ a eclipsar la influencia de los adelantados i alcaldes elejidos 
« por los pueblos» (2). 
No habia pues ninguna libertad en la nación que conquistaba. 
De aquí se deduce, que la organización de la conquista no de- 
be ser sino la jerarquía de poderes esplotadores que tiene su 



(1) Sempere. Historia de las Cortes de España, citado por Buckle. 

(2) Antequera. Historia de la Lejislaeion Española. Madrid— 1849, paji- 
na 287. Cita de Buckle. 



— 282 — 

orfjen en el rei. En efecto, las autoridades emanaban de él. El 
territorio conquistado fué dividido en Virreinatos i Capitanías 
Jenerales. Estos en provincias gobernadas por intendentes o go- 
bernadores. 

Virrei, capitán jeneral, gobernador eran nombrados por el rei. 
Era una escala de servilismo al servicio de la opresión. Escolta- 
ban a ese poder el ejército, la escuadra, las milicias, los frailes, 
el terror de las matanzas, de los patíbulos frecuentes, coronando 
todo la Santa Inquisición i el terror del infierno, pues la desobe- 
diencia al rei o a su representante era un pecado. 

Los Cabildos eran compuestos derejidores que compraban sus 
empleos. 

Ellos elejian a los alcaldes i otros jueces que administraban 
justicia civil i criminal. Como se ha metido tanta bulla con los 
tales cabildos, oigamos a uno que conoce la materia: 

« El poder municipal español habia sufrido el primero los 
« redoblados i sordos ataques del trono, i en la época a que me 
« refiero habia sido despojado de su independencia i de sus atri- 
« buciones: no existia entonces sino como un simulacro ridícu- 
« lo. Antes estaba reconcentrada en él la soberanía nacional, 
« era el órgano lejítimo de la espresion de los intereses sociales 
« de cada comunidad, i al mismo tiempo el mejor custodio de 
« estos intereses; pero la fusión de las diversas monarquías i 
« señorías, en que estaba dividida la Península i el plan de cen- 
« tralizacion desarrollado por Fernando el Católico i consumado 
« por Carlos V, completaron al fin la ruina de aquel poder pre- 
« cioso, de manera que al tiempo de la conquista de Chile no 
« quedaban siquiera vestijios de él en los cabildos que antes eran 
« sus depositarios. La lejislacion de Indias posteriormente redujo 
« estas corporaciones a una completa nulidad e invirtió el orden 
« de sus funciones sometiéndolas del todo al sistema absoluto i 
« arbitrario de gobierno adoptado por la metrópoli i sus repre- 
a sentantes en América. De consiguiente, los cabildos de las po- 
(í blaciones chilenas no tenían otra esfera de acción que la ju- 
«c risdiccion cometida a los alcaldes i los cuidados de policía 
« encomendados a los rejidores en los casos marcados por la leí 



— 233 — 

«c o por el capricho del funcionario que gobernaba la colonia, a 
« nombre i por representación del monarca. No era por tanto esta 
« institución en manera ninguna ventajosa al pueblo, antes bien 
« estaba consagrada al servicio del trono, del cual dependía su 
« existencia, era propiamente un instrumento, aunque mni se- 
« cundario, de la voluntad del rei i sus intereses. Podemos, pues 
« establecer como fuera de duda que la monarquía despótica en 
« toda su deformidad i con todos sus vicios fué la forma políti- 
<í ca bajo la cual nació i se desarrolló nuestra sociedad, porque 
« esta fué su constitución, su modo de ser durante toda la época 
« del coloniaje. 

« Esta forma política desenvolvió su influencia corruptora en 
« nuestra sociedad con tanta mas enerjia, cuanto que a ella sola 
« estaba reservado crear, inspirar i dirijir nuestras costumbres, 
« í cuanto que se hallaba apoyada en el poder relijioso, forman- 
ce do con el una funesta confederación de la cual resultaba el 
« omnipotente despotismo teocrático que lo sojuzgaba todo» (1). 

La justicia era administrada por tribunales llamados Reales 
Audiencias. Los virreyes i capitanes jenerales adminitraban jus- 
ticia, i se podia apelar a las Audiencias, i de las Audiencias al 
Consejo de Indias en Madrid. En todo esto, ni sombra de pue- 
blo, ni aun los americanos eran Oidores. — Que justicia podría 
esperarse de esa organización? 

Agregad a la lejislacion, amalgama de leyes contradictorias, 
la multitud de códigos, pues había Leyes de Partida, Recopila- 
ción castellana, Autos acordados, Código de Indias, Ordenanza 
militar, las ordenanzas de Bilbao, las reales cédulas, las orde- 



(1) Lastarria. Memoria sobre la influencia social de la conquista i del sis- 
tema colonial de los españoles en Ohile. Impresa en los Anales de la Univer- 
sidad de Chile, correspondientes al año 1844. 

Esta obra es, a juicio mió, el mejor ensayo de historia filosófica ameri- 
cana que conozco. Quizas es también el timbre mas brillante del ilustre 
Lastarria, autor de la declaración de la Cámara de Diputados de Chile 
para no reconocer ningún gobierno debido a influencias europeas. Ha per- 
feccionado la doctrina de Monroe. Reciba nuestro aplauso i el de la Amé- 
rica entera. 



— 234 — 

nanzas del ministerio (1). Agregad el monstruoso código crimi- 
nal, impregnado por la barbarie de la Edad Media, prescribiendo 
el tormento, la mutilación de miembros, la pena de muerte aun 
por delitos leves. Agregad la chicana, la rutina, las estúpidas 
formalidades dispendiosas que aun hoi dia nos aquejan, para 
prolongar los pleitos, «los traslados, rebeldías, términos proba- 
torios, consultas con letrados, » i la embrolla de escribanos, de 
procuradores i abogados. La justicia arruinaba i aun arruina. 
El pobre no puede luchar en ese terreno. Desigualdad monstruo- 
sa, que aun existe i que los lejisladores no se cuidan de arreglar. 
¿Qué era el pobre ante la lei i la justicia? — Nada. ¿Cómo habia 
de obtener justicia contra el rico que era el noble? — Imposible. — 
El pobre, el plebeyo, el hijo de la raza mista, el indíjena, eran 
hombres de otra esfera, de otra creación, i hacerle justicia contra 
el rico, el español o el noble, hubiera sido un escándalo, una in- 
justicia, que pudiera conmover la organización de la conquista. 
Justicia legal en su oríjen, torcida en sus procedimientos, bár- 
bara en su códigos, torpe, criminal, prolongada, absurda en su 
laberinto de fórmulas, ¿cómo podia ser justicia? Don José Joaquín 
de Mora, refiriéndose a la organización de la justicia en España, 
esclama: «Qué cosa tan injusta es la justicia.» 

¿I no esplicaeste antecedente el poco respeto con que se mira 
entre nosotros la justicia? — íbamos a decir el odio. 

I sobre todos estos tribunales, se cernía casi omnipotente, el 
nombre terrible del tribunal de la Inquisición. No se conocía 
al delator. Incomunicación del acusado. El tormento era de lei 
para arrancar la confesión. Sin apelación, sin recurso, sin espe- 
ranza. El fuego terminaba el proceso. El reo era quemado vivo, 
a nombre de la caridad, para el bien de su alma, por el dogma 
de la comunión de los santos, solidaridad católica que obligaba 
al creyente a quemar a su semejante por el bien de todos. 

A mas de estas desigualdades, de estas ilejítiuias i bárbaras 
instituciones i leyes, habia los fueros: fuero eclesiástico, de real 
hacienda, de comerciantes i fuero militar que administraba hasta 
la justicia civil a los militares. 



(1) Véase: Restrepo i Lastarria, obras citadas 



— 235 — 

Educación de la conquista. La educación limitada a la teo- 
lqjía, la jurisprudencia i el latin. Ignorancia de las ciencias físi- 
cas. En filosofía, una miserable escolástica, que se servia del 
silojismo de Aristóteles para procurar dar una apariencia de 
raciocinio al dogma supremo i soberano, que era indiscutible. Se 
educaban charlatanes ergotistas, que bien caro cuestan a la 
América hasta hoi dia. 

A esa educación no llegaban sino los pocos privilejiados. 
En cuanto al pueblo ninguna educación, sino la del culto, el 
rito, la ceremonia, la forma, la palabra interminable del rezo sin 
sentido. La ignorancia de las masas en América, en campos i 
ciudades, ha sido una de las herencias mas transcendentales de 
la España. Pero la educación fundamental de la conquista ha 
sido la' enseñanza i la encarnación de la relijion de la conquista. 
Hubo medios de enseñar a todos la obediencia. Aprendamos hoi 
a enseñar a todos la rebelión sublime del derecho. 

La educación de la conquista, era la relijion de la conquista; 
la relijion de la conquista era el catolicismo. Los dogmas funda- 
mentales del catolicismo i que lo constituyen en la mas apta i 
favorable de las relijiones para conservar perpetuamente una 
conquista, son la obediencia a la^aufcoridad en lo que debo creer, 
en lo que debo amar, en lo que debo hacer. Se impone la creen- 
cia sin juicio ni raciocinio, sin atender al convencimiento. 

El sacerdote debe pensar por todos en materia de relijion. Es 
por esto que el catolicismo es el mayor enemigo del libre pensa- 
miento. 

Se teme toda espontaneidad del alma humana, como se teme 
un acto de rebelión; i de ahí nace que es necesario sofocar los 
instintos, los sentimientos i las grandiosas pasiones de la huma- 
nidad. Es necesario aislar, separar, no solo a los pueblos, sino 
a los individuos. Para ello se introduce el espionaje, la delación, 
el terror en el hogar. El movimiento, la asociación, el trabajo 
intelectual son declarados enemigos. Los libros no existen, se 
prohiben. La lectura es castigada. No hai prensa. No hai ense- 
ñanza, sino la doctrina de la obediencia i del terror. 

Las intelijencias inmovilizadas se embrutecen. Los corazones 



— 236 — 

estancados se corrompen. El vicio campea desde las altas clases 
hasta los plebeyos. La ociosidad, la espantosa ociosidad de la 
raza española decapitada de su pensamiento, se estiende, se 
hace hábito, costumbre, orgullo, lei social. 

El catolicismo que comprendía el inmenso vacio que deja en 
las almas, se apresura a ocupar la vida con el culto, con las 
fiesta relijiosas, con las novenas, las procesiones, la vía sacra, las 
oraciones para todas las horas, con el somnoliento rosario. Es 
así como se apaga el espíritu, es así como la brutal conquista se 
reclina durante trescientos años sobre América. 

I la Iglesia desde sú trono de terror i de misterio dice a los 
pueblos de América: obedeced. I el Estado desde España por 
medio del virrei hasta el alcalde en su barrio i el propietario en 
su tierra, dicen a los hombres: obedeced. I la madre en el hogar, 
el maestro en la escuela, el fraile en el confesionario i en el pul- 
pito, el doctor en su cátedra, el juez en su tribunal i el verdugo 
sobre la víctima, todos en coro repetían: Obedeced, Obedeced! 

Proscricion del pensamiento. La América no hablará. No hai 
derecho a la palabra. La América será ciega. No hai derecho al 
libre estudio, a la lectura, a la visión de lo que pasa en el mun- 
do. La América será sorda. No hai derecho a escuchar la pala- 
bra libre, ni aun las noticias del esterior. No hai prensa. No re- 
cibirá libros, ni periódicos. 

No se imprimirá ningnn libro. Pena al que imprimiese o 
circulase algún libro sin permiso. Nuestros padres se escondían 
para leer. No se enseña sino lo que la iglesia autorizare. 

No olvidéis que la América recibió esa educación durante 
trescientos años, para ser civilizada por la España. 

No olvidéis que habia ejércitos permanentes, fortificaciones 
poderosas que hiciesen efectiva la reclusión de América. 

No olvidéis que habia clases interesadas i divisiones fomenta- 
das para conservar ese réjimen. Los empleos en manos de los 
españoles. Aristocracia, por el hecho solo de haber nacido en 
Galicia o en etc. 

Los americanos, aun los hijos de españoles, considerados infe- 
riores i despreciados. Los hombres i pueblos sin pensamiento, 



— 237 — 

sin palabra, sin voto, sin voluntad. Esta es la civilización que la 
España introdujo a sangre i fuego en América. 

No olvidéis, en fin, que se habia identificado en las creencias, 
la relijion i el Estado, el catolicismo i la monarquía: Dios i el 
Eei. 

He ahí la fórmula. El pecado, según la Iglesia, debia ser cri- 
men según la lei. No pensar como la Iglesia era un crimen que el 
Estado debia reprimir. 

I pensar mal del Eei o de la autoridad, o del réjimen, era 
ademas de rebeliou, un pecado que la iglesia castigaba. 

I en medio del aislamiento en que vivíamos, separados del 
movimiento del mundo, sin noticias, ni viajeros, ni comercio, ni 
papelee, ni libros, ni enseñanza, en medio de ese espantoso si- 
lencio tenebroso, comprended, americanos, el prodijio de la in 
tuición del derecho que vive en todo hombre, pues llegó a ha- 
cerse escuchar, llamándose la Revolución de la Independencia! 
Comprendamos la magnitud de la obra i el mérito de nuestros 
padres. 

Para mitigar la sofocación espantosa que tal orden de cosas 
debia producir, el catolicismo enseña el dogma de la gracia, 
promete el resarcimiento en otra vida, i procura inocular en las 
multitudes el principio que todo en la tierra es vanidad, e im- 
pone el dogma de que la fé salva. 

Con el dogma de la gracia se dice que muchos son los llama- 
dos i pocos los escojidos. Si tú eres de los llamados porqué te 
inquietas? 

I si no eres escojido, aguanta, pues te revelarías contra la 
predestinación divina. 

Con el resarcimiento de la otra vida i de que todo en la tierra 
es vanidad hago mirar con desden el derecho, la justicia; i el 
deseo ák, mejorar, base del adelantamiento i del progreso de los 
pueblos, viene a ser despreciado por los pueblos católicos. 

Esto también esplica un atraso i ociosidad. Todo es vanidad? 
Tu noble orgullo, tu autonomía, es la mas grande de las vani- 
dades. 

¿Por qué te ajitas? dBn polvo te has de convertir.-» 

17 



— 288 - 

¿I mi derecho, mi individualidad, mi pensamiento, se conver- 
tirán también en polvo, santísimos padres. — A esto no contes- 
táis, ¿o aplicáis a la libertad la calificación de vanidad? 

Pero el rico, el noble, el gobernante, el fraile, el canónigo no 
miran las cosas de esta vida como pura vanidad. 

Con esas máximas se hacia afluir las riquezas a la Iglesia, 
i la Iglesia las gozaba ánfes qne se convirtieran- en polvo. I 
hasta hoi dia hai imbéciles qne legan sus bienes a la Iglesia! 

Si el rico, el poderoso, el fraile gobernaban, atrapaban i go- 
zaban, era porque así estaba predestinado. El pobre buscará su 
revancha en la otra vida; pague entre tanto su matrimonio, su 
bautismo, su entierro, sus misas, las bulas, las licencias, etc. 
Contribuid con vuestras dádivas al esplendor del culto. 

Esta es la fé. Ella os salvará aun que robéis o matéis, o min- 
táis todos los dias. 

I vosotros, plebeyos, no os cuidéis de nada. — Vivid tranqui- 
los. — Eso de derecho, de remuneración del trabajo, que importa, 
si Dios que se ocupa en abatir a los soberbios i en ensalzar a los 
humildes, os ha de ensalzar (en la otra vida se entiende,). 

No cuidéis, pues del dia de mañana. La vida es corta. Dejad a 
vuestros amos tranquilos i sobre todo, Dios ha dicho, i lo garan- 
timos bajo nuestra palaDra: «.obedeced a todo poder i a todo amo 
por duro que sea~s> (1). Obedeced. La salvación eterna es a ese 
precio. — Hemos creido esponer claramente el espíritu, el medio, 
el fin, la índole i el jénio de la conquista. 

Jenio de América! ¿Cómo pudo hacerse la revolución en me- 
dio de ese infierno, i con esa educación? Comprendamos el pro- 
dijio del siglo. 

Después de esa educación que mataba la personalidad, des- 
pués de esa organización política que era la usurpación monár- 
quica del derecho de los pueblos, de esa lejislacion embrollada 
que anulaba la justicia e instituía crímenes permanentes, como 
las encomiendas, la repartición, la mita, la capitación, venia 



(1) Epístolas de Pablo i Pedro. 



— 239 — 

el réjimen económico, el sistema de contribnciones a coronar 
la obra condenando a la América a la reclnsion perpetna. 

Incomunicación comercial. Prohibición de trabajar i producir 
en América lo que la España produjera, para obligarnos a con- 
sumir sus productos o miserables artefactos. 

Puede decirse que no había en América mas industria que la 
de las minas i una atrasadísima agricultura. Sin esportacion 
posible, mas que las de algunos ramos privilejiados, sin mas 
importación que la española, con las tarifas que querían impo- 
ner; sin estímulo a la industria i muchas de ellas perseguidas, 
estancando las producciones naturales de los diversos climas, 
he ahí la civilización económica de la España. Gremios para 
los oficios i patentes. Contribución sobre casi todo lo esplotable. 
Contribución para el Eei, para la Iglesia, para la santa cruza- 
da, para redimir cautivos, para el Papa, i contribuciones direc- 
tas e indirectas, sobre el capital, sobre la renta, sobre el consu- 
mo, sobre la venta i traspaso de propiedad. Bienes mostrencos, 
vinculaciones de una gran parte del territorio a manos muertas, 
destinados a conventos de monjas i de frailes, a los canónigos, 
al culto. 

Mayorazgos, títulos de nobleza vendidos, — i en medio de 
todo esto, las masas, el pueblo en la feraz América, hambriento , 
rotoso i sin hogar. 

Mas he aquí la lista de las contribuciones. 
Las Contribuciones. 

Nos referimos a la América en jeneral, porque algunos países 
en razón de su clima no produciendo los mismos productos, no 
recibían el azote de todas las contribuciones. Algunas subsisten 
en algunas de las Repúblicas, que por eso mismo necesitan 
desespañolizarse. 

— El Estanco. Especies estancadas: el tabaco, el aguardiente 
caña, el guarapo, los naipes, la pólvora (1). 
— Derechos de Importación i Esportacion. 
— La Alcabala, derecho de dos por ciento sobre las compras 



(1) Restrepo. Historia de Colombia. I, páj. 230, 260. París, 1827. 



— 240 — 

i ventas de toda clase de mercaderías, bienes muebles i raices, 
que se pagaba siempre por el vendedor. 

—Los Quintos de Metales. Impuesto sobre los metales 
que se estraian. 

— La Amonedación. 

— El Papel Sellado. 

— Derechos sobre la vknta de terrenos baldíos. 

— Composición i Venta de Tierras. 

— Derecho sobre las mikles. 

— Derecho de pulpería. 

— Derecho de Lanzas. Esta era una contribución sobre los 
tontos i podia disculparse. Este derecho consistía en la venta de 
títulora de marqueses, condes, etc. Ha habido imbéciles que sacri- 
ficaron su fortuna por un título. 

— Medias Anatas de Empleos. Obligación de entregar la 
mitad del sueldo de un año de cualquier empleo. 

— Venta de Oficios. Se vendían los empleos de los cabildos, 
o las plazas de rejidores perpetuos, los de escribanos, notarios, 
procuradores, receptores, tasadores, etc. 

— Eenta de Salinas. 

— Los Diezmos! 

— Los Derechos Parroquiales. Matrimonio, bautismo, en- 
tierro etc. «Los excesos de los curas en el cobro de los derechos 
« parroquiales, absorbiéndose los bienes de los indios moribun- 
« dos, o reduciendo a esclavitud a los hijos de estos que no tienen 
« con que pagar los entierros» (1). 

— Los Repartimientos. Distribución de indios a los conquis- 
tadores. 

— Las Encomiendas. Distritos de grande estension distribui- 
dos con sus habitantes i entregados a la rapacidad de los posee- 
dores; «to gratify the utmost extravagance of their wishes, ma- 
ce ny seized distriets of great extent, and held them as encomien- 
dasD (2). 



(1) Manuel Bilbao Compendio de la Historia del Perú. Lima — 1852, Li- 
bro aprobado por el Gobierno para las escuelas. 

(2) Robertson. History of América. Lib. VIII 



— 241 — 

— La Mita. «Consistía (en el Pera) en la obligación impues- 
« ta a cada pueblo de proporcionar para el laboreo de las minas 
« i cultivos de los campos un individuo de cada siete... 

«Cuando se agotaba el número de operarios se repetía el sorteo 
« i de este modo, los desgraciados naturales, seguros de perecer 
« al entrar en el turno, se despedían de las familias como si 
« marchasen para el otro mundo» (1). — En la Nueva España 
« (Méjico), donde los indios eran mas numerosos, estaba fijada a 
« cuatro en el ciento» (2). \ 

— Capitación. Tributo anual sobre cada varón desde los diez 
i ocho hasta los cincuenta. «Variaba desde tres pesos hasta seis 
« anuales por cabeza» (3). 

Las Bulas. Eran cinco i aun algunas subsisten en Chile. Esta 
es una contribución sobre la estupidez del fanatismo: que la 
pague el estúpido. Las cinco que se introdujeron en América dice 
Eestrepo, i que aun subsistían en tiempo de la revolución eran: 
la bula común de vivos, la de lacticinios, la de dispensa para 
comer carne en los dias de abstinencia, la de difuntos, i la de 
composición. Esta contribución sobre el fanatismo, arroja tal 
desprecio sobre la imbecilidad humana, que si no fuese una pér- 
fida esplotacion de la ignorancia, era de desear se aumentase i 
se hiciere sentir con mas fuerza sobre la torpeza de los creyentes. 
Los pobres sacrificaban i en algunas partes todavía sacrifican el 
fruto de su trabajo para comprar una bula de difuntos, porque 
creen sacar con ella, con un poco de oro, a sus amigos o parientes 
del purgatorio. En Chile es un ramo aceptado, tolerado, admi- 
tido. 

Las beatas i beatos compran las bulas para comer carne, para 
induljencias de pecados, etc. 

Esto existia, americanos! — Podéis perdonar, si queréis, pero ol- 
vidar, es propio de seres que no sienten la dignidad de la justicia. 
Es necesario que cqmprendais a la conquista para odiarla, i 



(1) M. Bilbao id. 

(2) Robertson id. 

(3) Restrepo. Hist. id. 



— 242 — 

para amar la revolución. Era necesario que supieseis, pues, cual 
era esa civilización de España. No le debemos sino males. Ha 
cambiado por ventura? Vedla en Cuba, en Santo Domingo, en el 
Perú, boi dia! I en su propio suelo suprimiendo la libertad de la 
palabra i enviando los protestantes a galeras. 

¿Quién al leer ese cuadro de una veracidad inferior a la rea- 
lidad de la crueldad (porque quién podría espouer todos los 
atentados, todos los crímenes consuetudinarios instituidos, como 
cosas justas i legales que han cubierto de llanto, de sangre, de 
devastación i oprobio a la América durante tres siglos de con- 
quista), quién es aquel que no se pregunta, si ha sido posible 
bajo el sol, tanta infamia hidalgamente practicada por una na- 
ción para esplotar sin misericordia un continente? — Es de dudar, 
pero es indudable. 

— Ved de donde hemos salido, americanos. — I eréis por 
ventura, que reconozcan el crimen de sus antepasados? No, 
se vanaglorian, i creen que nos han traído la civilización 
i absuelven (1) la conquista. Se hacen pues, los españoles de 
hoi, que no protestan, solidarios del crimen de sus antepasados. 
— Ya sabemos cual debe ser nuestra conducta: continuar la 
obra de Desespañolizacion que empezó con la revolución de 
la independencia. Pero es necesario que la obra de la desespaño- 
lizacion no consista solamente en abolir las leyes e instituciones 
de la conquista. No es sino una parte, que podemos llamar la 
desespañolizacion esterior. La grande obra, el trabajo magno, 
consiste en el nuevo espíritu que debe animar a la nueva per- 
sonalidad del americano. La desespañolizacion del alma es pues, 
lo principal. Si la relijion, las creencias, las costumbres, las 
supersticiones, los malos hábitos de abdicación, obediencia, ser- 
vilismo, ociosidad, formaban el espíritu, constituían la índole, la 
lei de la conquista, determinando el carácter de ios colonos, es 
pues necesario ante todo el cambio, la reforma, la revolución 
en el espíritu, en el pensamiento, en la creencia radical, que es 



(1) D. Emilio Castelar contra P. Bilbao, en aLa Democracia» da 
Madrid, con notivo de mi artículo sobre la Desespañolizacion, 



— 243 — 

lo que forma la esencia de la personalidad i funda la verdadera 
autonomía del hombre soberano. — Asi: nada de España en 
relijion, en política, en hábitos sociales, en enseñanza, en cos- 
tumbres i creencias relativas a la sociabilidad del Nuevo Mundo. 

La España es la Edad Media. 

Nosotros somos el porvenir. 

Adelante! — I «.dejemos a los muertos que entierren a los 
muertos». La revolución no ha terminado. Arrojamos ala Es- 
paña a punta de lanza. Hoi se trata de arrancarla del organis- 
mo para que no quede vestijio de conquista. 



FIN DE LA SEGUNDA PARTE. 



^G 1 



TERCERA PARTE 



La Revolución 



One common cause makes myriads of one breast, 
Slaves of the east, or helots of the west: 
On Andes'and on Athos'peacks nnfurl'd, 
The self-same standard streams over either world : 
The Athenian wears again Harmodius sword; 
The Chili chief abjures his foreign lord; 
The Spartan knows hinself once more a Greek, 
Young Freedom plumes the crest of each cacique. 

Byron. 

The age of Bronze. 

Traducción literal.— Una causa co- 
mún hace millares de un corazón, 
esclavos del oriente o ilotas del occi- 
dente; (1) el mismo estandarte des- 
plegado en los picos de los Andes o 
del Ahos corre sobre uno u otro 
mundo: El ateniense carga de nuevo 
la espada de Harmodio; el caudillo 
chileno abjura su señor estranjero; 
el Espartano sabe otra vez que es 
Griego, la joven libertad plumajea 
en la frente de los caciques. 



(1) Una causa común hace que sientan del mismo modo millares de 
hombres, sean esclavos del oriente o ilotas del occidente. 



— 246 



XIV 



Doctrina Ante-Histórica del Evanjelio America- 
no. Jenealojia de la Revolución. Negación de la 
Filiación Doctrinaria. Crítica de la Revolución 
Francesa. Elementos de la Filosoña Americana. 

r '"'■-. 

La libertad es de esencia omnipresente. La historia de la li- 
bertad, no es la historia de la civilización como vulgarmente se 
entiende. 

La revolución en su significado filosófico e histórico es la 
reacción de la justicia contra el mal. La historia de la libertad 
no puede recibir la lei del fatalismo histórico, pues entonces no 
habría historia de la libertad. Libertad i fatalismo se escluyen. 

En donde hai violación de alguna lei natural allí existe el 
jérmen de la revolución. Restablecer el curso progresivo del 
humano desarrollo, detenido, contrariado o mutilado por la 
fuerza, por el error o el engaño i aun por el consentimiento de 
pueblos embrutecidos o degradados, tal es el fin de todo movi- 
miento revolucionario que debe consignarse como victoria del 
derecho. 

La revolución en este sentido no es histórica. Como esta 
opinión es enteramente nueva i contradice las opiniones i teorías 
aceptadas, vamos a procurar justificarla. 

Se llama doctrina histórica la esposicion de los aconteci- 
mientos humanos, como producidos por un principio fatal i ne- 
cesario, para llegar a un fin, fin que no es el mismo en la variedad 
de las teorías que a este respecto se presentan. 

Así, para Bossuet todos los acontecimientos anteriores a la era 
cristiana, se encadenan de una manera fatal para preparar el 
cristianismo. Si antes conocíamos la historia de Sesostris, de Cyro, 
de Alejandro, de César como la de grandes conquistadores o mal- 
vados, según la doctrina histórica, esos personajes, esos imperios 
con todas sus ruinas, grandezas i desastres, conspiraban fatal- 



— 247 — 

mente al nacimiento de Jesns de Nazaretb. — De modo, que se- 
gún la doctrina histórico-católica, ha sido necesario se acumulen 
las osamentas de las jeneraciones de mil siglos para que sirvan 
de pedestal al catolicismo. 

Pero desde que se trata de acomodar los hechos a una teoría 
o fin preconcebidos; el campo queda libre. Los alemanes afirman, 
unos, que todo ese movimiento de pueblos i de imperios ha teni- 
do por objeto traer a las razas jermánicas al teatro de la his- 
toria para que ellas dirijiesen i asignasen el destino de los pue- 
blos; otros afirman, prueban i demuestran que todo ese movi- 
miento ha tenido por objeto la eclosión de la reforma sobre el 
catolicismo; i otros en fin que todo lo acaecido, todos los hechos, 
toda la serie de ideas, instituciones i palabras de los pueblos, se 
ha hecho en virtud de una lei fatal del pensamiento propio de la 
humanidad según los diversos momentos de la idea en sus 
trasformaciones necesarias. Esta es la gran doctrina de Hegel. 
Vienen después los franceses doctrinarios; i no quieren quedarse 
atrás de los alemanes. Si estos han dado la teoria del desarrollo 
de la idea para aplicarla a la Alemania, i ponerla a la cabeza de 
la civilización, como pueblo favorito del pensamiento, que encar- 
na i representa el último momento de las trasformaciones de 
la idea, los doctrinarios franceses aplican la teoria a la Francia; 
— i Cousin termina su célebre curso de filosofía de la historia, 
diciendo, que todos los acontecimientos de la historia, inclusive 
la batalla de Waterloo, habian tenido por objeto producir la Cons- 
titución otorgada de Luis XVIII. — Da grima. 

Se ve en esto algo mas que error. 

Hai algo que indica debilidad o la prostitución del pensa- 
miento pretendiendo dominar los hechos para lej ¡timarlos ¡acep- 
tarlos. — Es increíble, es incalculable, la estension i la profundi- 
dad del mal a este respecto. Con esta fácil teoría, hai respuesta 
para todas las dudas, justificación para todos los errores, i abso- 
lución délos crimines. Esa teoria es laque ha producido la 
doctrina del éxito, la condenación de todas las grandiosas tenta- 
tivas de los hombres libres que han sido desgraciados; en fin, la 



— 248 — 

teoría de la libertad prematura, para justificar Ja serie sostenida 
de los déspotas i reyes. 

Doctrina falaz, enervante, doctrina de la cobardía, que arran- 
ca la responsabilidad a los pueblos i gobiernos. No solo entor- 
pece la inteligencia, sino que corrompe lentamente la conciencia. 
No solo justifica el mal, sino que es una tentación para produ- 
cirlo, pues si triunfa, será el bien. 

Señalo el peligro a las jeneraciones de América. El Viejo 
Mundo ha querido justificarse: no nos dejemos engañar. El doc- 
trinarismo es doctrina para esclavos i retóricos que quieren ocul- 
tar o engañar sobre la cobardía moral que los devora i que no 
pudiendo salvar la esclavitud perpetua de sus naciones, buscan 
como justificarla. El Viejo Mundo ha querido aparecer rejuvene- 
cido. La América no necesita vindicarse. La América libre tiene 
su historia sin sofismas. La teoría histórica de América es la 
omnipresencia de la libertad. 

El Nuevo Mundo. Así, no aceptemos, por Dios, el viejo ropa- 
je de la Europa. No contaminemos el espíritu libre con las teorías 
de los esclavos. Somos libres por nosotros mismos a despecho de 
la Europa. I la Europa vuelve hoi a renovar la época de la con- 
quista presidida por la vanguardia de los doctrinarios, que forman 
la escuela de los traidores. Pero nosotros repetimos i repetiremos 
a despecho de todo ese Viejo Mundo famélicamente conjurado. 

CAUSA VICTRIX DÜS PLACÜ1T, SED VICTA CATONI 

La causa vencedora agradó a los Dioses (el éxito o la fortuna,) 
mas la vencida a Catón. 

Volviendo al asunto de este capítulo, ya se comprenderá por 
que decimos que la revolución americana no es una consecuen- 
cia de la teoría asignada ai Viejo Mundo en su desarrollo. El 
restablecimiento de la justicia no es consecuencia de un desa- 
rrollo histórico, no es consecuencia fatal del desarollo de la his- 
toria. La revolución .en este sentido es innata, omnipresente , 
no es histórica. Sentir el mal, odiarlo, atacarlo, no es conse- 
cuencia de la tradición encadenada de los siglos. Es un Hecho- 
Leí de la autonomia del hombre: 

Es así como arrancamos nosotros a la Europa el servilismo 



- 249 — 

tín que querían colocarnos hasta para nuestra emancipación. Esta 
es la nueva teoría que presentamos como digna de la América. 

Así, asegurar (por ejemplo), que todo viene de la revolución 
de 1789 — es ajuicio mió negar la omnipresenciade la espontanei- 
dad en los pueblos, la virtualidad del espíritu humano en todo 
tiempo i lugar, i circunscribir el movimiento de la humanidad 
no solo al mundo europeo, sino a la historia de la Fraucia. Los 
franceses han querido dar a su revolución el carácter de una es- 
pecie de consumatum est del progreso. I los doctrinarios de la re- 
volución pretenden someter el desarrollo del espíritu humano a 
la miserable Convención que temblaba ante un Robespierre. 

Los descubrimientos filosóficos, relijiosos, lejislativos, litera- 
rios i artísticos que con el nombre de orientalismo se revelan 
cada dia, han avergonzado a la ciencia europea. Han producido 
una revolución en la cronolojia de la especie humana, una revo- 
lución en la filiación de las razas, en las tradiciones i emigracio- 
nes de los pueblos i en la filolojía. — 1 las teorías doctrinarias, 
las teorías históricas, desde el discurso de Bossuet sobre la his- 
toria universal, hasta Herder, han empalidecido ante los hechos 
que desbordan i confunden los límites estrechos que habían 
asignado a ese pasado desconocido i tan grandioso. 

Ni la jeografia, ni la tradición, ni el pensamiento humano pre- 
sentado como reflejo de la naturaleza, o como adorador de sus 
propios hec/ws que convierte en leyes de la historia, es la verdad. 
— La verdad es la visión de la justicia que determina la vida. 
Esta es la base de una nueva filosofía de la historia que presen- 
tamos al Nuevo-Mundo. 

Lo que sucede en la ciencia, sucede en la historia de la revo- 
lución. Se habia ya dado una fórmula cómoda, una filiación de 
las ideas, una deducción forzoza i forzada de la paternidad del fa- 
moso 89. Cuando mucho, se remontaba hasta el Renacimiento, 
se aceptaba de paso la Reforma, se olvidaban de los Estados Uni- 
dos i se decia: la revolución francesa es la rejeneracion de la hu- 
manidad. 

Como una consecuencia, se dio a la revolución americana el 
mismo oríjen. 



—"'250 — 

Es decir, que emancipados físicamente de la España, la mayor 
parte de los escritores caiau bajo el yugo del doctrinarismo 
francés . 

En primer lugar, la famosa revolución francesa no pudo reje- 
nerar ni a la misma Francia: he ahí en cuanto a hechos; — i en 
cuanto a verdad, está mui lejos de ser el ideal de la libertad del 
hombre i de los pueblos. Esa revolución desconoció i negó la 
integridad del derecho individual, i cambió de despotismo lla- 
mando Estado, Sociedad o Unidad, al monstruo a quien sacrificó 
la libertad. — La revolución francesa fué tirania para la concien- 
cia, tirania para el individualismo, tirania para la vida de las 
localidades. I la Francia sigue hoi el derrotero de la revolución 
unitaria, centralizadora, despótica. La Francia presenta con or- 
gullo la unidad de la centralización, administrando hasta el 
último de los departamentos, sub-prefecturas, cantones i comu- 
nas. Esto es de orden admirable, dicen sus publicistas. En efec- 
to, es tan grande i tan fecundo ese orden, es tan poderosa i vital 
la acción de la administración central, que no hai nación moder- 
na de la Europa, esceptuando a España, que sea mas atrasada i 
con menos personalidad en sus fracciones territoriales i políticas. 
Escuchad a Tocqueville: «veo ala mayor parte de esas comunas 
«; francesas, cuya contabilidad es tan perfecta, sepultada en una 
« profunda ignorancia de sus verdaderos intereses, i entregados 
« a una apatía tan invencible, que la sociedad parece mas bien 
« vejetar que vivir; por otra parte en esas mismas comunas 
« americanas, cuyos presupuestos no se hallan formado bajo 
« planos metódicos, ni sobre todo uniformes, veo una población 
a ilustrada, activa, emprendedora; contemplo en ellas a la socie- 
« dad dedicada siempre al trabajo» (1). 

La revolución francesa no fué la declaración, ni mucho menos 
la práctica de la soberanía integral del individuo, ni la de los 
grupos fundamentales de toda asociación política. Hablaba mucho 
de libertad, i no la recouocia en los ciudadanos para administrar 
sus intereses en sus localidades respectivas. Federalismo i Fe- 



(1) Tocqueville. Democracia en América. T. I, nota 110. 



■ — 251 — 

deracion llegaron a ser una injuria que llevaba a la muerte. Uni - 
dad absoluta del Estado, tirania del Estado no era tirania. — 
Todavía no comprenden esto los franceses. El francés ha sacrifi- 
cado su vida, su libertad, i lejítima ese sacrificio de la historia de 
patria, en aras de la unidad absoluta del Estado. — Se ve en esto 
la superioridad de la tradición americaua, i mas aun la supe- 
rioridad de la revolución qne columbramos. 

Así al presentar la cuestión destruyó la jeneracion, pater- 
nidad o filiación que los doctrinarios han querido dar al movi- 
miento del mundo. 

El árbol jenealójico de la libertad está en todo hombre i en 
todo pueblo. 

La revolución francesa promulgó la declaración de los dere- 
chos del hombre. — Calle la tierra después de estas palabras! — 
¿Pero creen acaso, los que creen qne la declaración de los dere- 
chos del hombre es el timbre de la Francia i de su Revolución, 
que la Francia los ha inventado o descubierto esos derechos? — 
¿Ignoran que esos derechos vivían (lo que es mas que declarar- 
los) en todos los paises qne habian recibido i aceptado el soplo 
rejenerador de la Reforma? — ¿Ignoran que ya los ingleses tenian 
su magna carta hacia siglos, i que las colonias de la Nueva 
Inglaterra vivian bajo el réjimen de la república democrática? 

No ha inventado, ni descubierto, ni desarrollado ningún dere- 
cho esa revolución. Escribir en el papel esa declaración que llevó 
el viento de todos los despotismos, desde el de la Convención i 
Comité de salud pública, hasta el imperio de los Bonapartes, no 
es un timbre histórico, ni mucho menos un antecedente para 
pretender a la paternidad del movimiento rejeneradorJ «Los 
« emigrados que crearon el Estado de Rodhe-Island en 1638, 
« los que se establecieron en New-Haven en 1637, los primeros 
ce habitantes de Couneticnt en 1639 i los fundadores de Pro vi- 
re dencia en 1640, principiaron igualmente por redactar un con- 
« trato social que fué sometido a la aprobación de todos los in- 
« teresados» (1). 



(1) Historia de Pitokin, p. 427-47. cita de Toequeville. 



— 252 — 

— «En 1641, la asamblea jeneral de Rodhe-Island declaraba 
« ya por unanimidad que el gobierno del Estado consistía en 
« una democracia i que el poder descansaba en el conjunto de 
« los hombres libres, únicos que tenían el derecho de confeccio- 
« nar las leyes i velar por su ejecución.— Código de 1650» (2). 

¿I qué punto de vista tan estrecho, es ese, de querer someter 
el movimiento revolucionario de la humanidad a la fecha de 
1789, i a esa nación, la Francia, que ha sido la que hasta hoi 
escarnece su propia declaración de los derechos? — ¿Cuáles son 
los pueblos rejenerados por la acción de la nación francesa?— 
¿Qué ha hecho en Asia, en África, en América? — Sangre, escla- 
vitud, conquista, o saqueo, he ahí las rejeneraciones de la Fran- 
cia en otros pueblos. Hoi continúa matando árabes i mejicanos 
en nombre de la civilización, i no tiene una palabra para la Ru- 
sia que degüella a una nación heroica, la Polonia! 

¿I sabemos acaso lo que significan esas estupendas revolucio- 
nes del Asia, en la ludia, en la China, en la Tartaria?— ¿I qué 
supieron de 89 i de revolución francesa, los inmortales bohe- 
mios hijos de Juan Huss, que a las ordenes de Zisca, el jamas 
vencido, proclamaron i practicaron la libertad en el heroismo, 
en medio i a despecho de las imperios conjurados? — ¿Qué supie- 
ron de 89 i de la Francia, las Repúblicas de Suiza, de las Pro- 
vincias-Unidas de Holanda, i los Estados Unidos constituidos 
años i siglos antes en repúblicas? — Si mañana el Japón se de- 
clarase en República, creéis que debemos darle la filiación de 89, 
i agradecer a la Francia el movimiento? — Si la Arjelia, como 
es probable, si la India, como es probable, si los sublimes hijos 
del Cáncaso reconquistan su tierra, i como es justo qiie así sea, 
dan en tierra con la dominación de la Francia i de la Inglaterra 
i de la Rusia, diréis que es el 89 que ha brillado en el desierto 
o en las pagodas subterráneas o en las montañas del Cáucaso? 
Ved, pues, cuan falsa es la pretensión doctrinaria. 

Han querido imitar a Bossnet que torturó a la historia para 
que fuesen todos los hechos una esplicacion o preparación del 



(2) Nota de Tocqueville, t. 1. 



— 253 — 

cristianismo. I como no se podia repetir latíntativa se cambió 
de sujeto, i en lugar del cristianismo se tortura a la historia para 
hacerla coronar por la revolución francesa. 

Los alemanes doctrinarios habianhecho ya lo mismo a favor 
del jermanismo, o de las razas jermánicas. 

Los españoles, empiezan hoi también, a ensartar su lamenta- 
ble historia en nna teoría semejante a favor de la España. No 
queda, sino que los gascones o andaluces, hagan la suya, para 
esplicar que todo lo que han hecho, ha sido en servicio de la hu- 
manidad. 

En el fondo, ese error del doctrinarismo es el mismo, que 
pretende hacer venir todas las razas de una sola pareja, to- 
dos los idiomas de un idioma. Cuando es sin duda mas cien- 
tífico i mas conforme a las intenciones de la Providencia, ver a 
la especie humana con idiomas i razas brotar en multitud, en el 
momento apropiado por incubación de la tierra para la eclosión 
de los átomos humanos; así como brotaron las selvas, i la in- 
definida variedad de todas las existencias, donde quiera que es- 
tuvo pronta la cuna del inmenso ovario que flotaba sn el éter. 

Sepan los de la mania de la unidad, que la variedad, i la eter- 
na variedad de los tipos de los seres, es un pensamiento eterno i 
constitnitivo de la intelijencia divina. 

Ese error puede ser llamado, el error unitario, la mania de la 
unidad. Es el principio de unitalizar, uniformar la indestructi- 
ble variedad, i de someter la asombrosa fecundidad de lo creado, 
al despotismo de un centro. — Ignoran hasta hoi que la inmensi- 
dad no tiene centro, i que no puede tenerlo. No hai capital en 
los cielos. El individualismo se equilibra (es decir peso-igual, li- 
bertad-igual) i esa lei es la única capital, la sola unidad posible, 
la única centralización imajinable. Pero esa lei es relación, no 
es un objeto, un ser, un individuo. 

Esa lei vive en todos, no está aquí, ni allí, es omnipresente. 

Así pues, la lei suprema de todo lo creado, es la ponderación, 
el equilibrio, la justicia, en una palabra, la medida (]). Locali- 

(1) En el idioma araucano justicia i medida aon sinónimos. Ambas ideas 
se espresan con la palabra Troquinche. 

18 



— 254 — 

zar, centralizar la libertad! — Capitalizarlo omnipresente! Error 
que al presentarlo se revela en su deformidad despótica. 

El Viejo-Mundo es unitario. De ahí las teorías de la monar- 
quía universal, de las conquistas, de la centralización, del 
despotismo del Estado, del horror al individualismo. 

El Nuevo Mundo es federal. De ahí deben nacer i ya en parte 
se practican las teorías de la soberanía universal, de la descen- 
tralización, la negación del Estado en el trabajo, en la concien- 
cia, en la vida local i en la administración. De ahí nacen los 
prodijios del individualismo libre i creador en todas las esferas 
de la vida. Unitarismo es despotismo. Federalismo es equili- 
brio. 

América pertenece a la ponderación de los derechos, al equili- 
brio de las fuerzas, a la justicia de las relaciones. La América 
toma la medida en la historia. 

Tu doctrina ¡oh! América, será el movimiento natural de la 
fuerza libre, determinado por la visión de la verdad-princi- 
pio: es decir, la doctrina, no de la amalgamación, confusión, 
unidad, comunismo, pantheismo, o cantidad continua insepara» 
ble como la masa oceánica, pero si la doctrina de la individua- 
ción, personalidad, soberanía, independencia. De Dios, el indi- 
viduo-infinito, sale la lei de individuación de todas las exis- 
tencias domitantes aun, en el eterno pensamiento del progreso- 
La metafísica americana resolverá el problema terrible de 
la creación, dando el ejemplo de ser todo americano un crea- 
dor. 

Oh! Libertad: tú no eres idea pura, lei o relación, fantasía de 
la felicidad o del orgullo: eres tú — yo — nosotros, individuos, 
existencias personales, tipos eternos realizados de todo momento 
de soberanía del Eterno. 

Individualismo inmortal de los seres, pues nada vuelve a la 
nada; — indestructible autonomía de la razón, realizando al self 
governement, siendo la justicia, la medida de la fuerza concien- 
te tú, hombre lei, ideal humano de intelijencia, de amor i de 
enerjia, sé pues la palabra-acto, de la iniciación de la humani- 
dad por órgano de América! 



— 255 — 

I tú historia, partiendo de esa base, desarrollando i encarnan- 
do ese principio, será, no la sucesión de los hechos brutales de la 
humanidad esclavizada, no será el encadenamiento de los años i 
de los siglos encorbados bajo la presión del despotismo, o de la 
doctrina de la fatalidad despótica sino la perpetua improvisación 
del jenio emancipado, la inspiración fecunda i permanente del 
espíritu creador del hombre reintegrado. Prometeo justificado, 
ya rompiste tus cadenas! Becibe pues, el rayo de la mano Om- 
nipotente para derribar el cielo antiguo i pulverizar los falsos 
dioses. — América, América: — es tn hora! 

XV 

Causa-Causas- Variedadas de Elementos. Antece- 
dentes i circunstancias que produjeron la Revolu- 
ción de la Independencia. 



De los principios espnestos en el capítulo anterior, resnlta qne 
la revolución de la independencia americana, tiene una causa 
esencial, propia, autónoma. Esa causa es la protesta contra el 
mal, protesta que jamás desaparece de la conciencia de la hu- 
manidad. Ella puede jerminar latente, como el fuego del pla- 
neta; — puede no aparecer visible, pero existe. 

A la causa esencial, se agregan cansas secundarias, i circuns- 
tancias que pueden favorecerla mas o menos. 

Bajo este punto de vista comprensivo de todos los elementos 
revolucionarios, puede decirse qne [la revolución americana ni 
es europea, ni es completamente espontánea a la América: la 
revolución americana es esencialmente humanitaria. 

La revolución se liga con la historia de Europa, por la con- 
quista de España por la Francia, que debilitó el poder de enviar 
socorros a las autoridades rebeladas, dio nn pretesto legal a los 
criollos para exijir gobiernos, i fué la ocasión sincrónica del 
estallido. Pero la revolución existia. La prueba directa i ter- 



— 256 — 

minante fué la aceptación popular que desbordó; La lójica de 
la justicia en la intelijeucia del pueblo, traspasó los límites hi- 
pócritas de los iniciadores, quienes detenían el movimiento que 
nos llevó a la independencia. 

En cuanto a ideas, teorias o influencias de la revolución fran- 
cesa, esa influencia espiritual, si bien existió en una minoría 
maquiavélica i plajiaria, esa influencia en el encadenamiento cro- 
nolójico de los acontecimientos, i en la filosófica deducción de 
los principios, no puede compararse con la influencia que tuvo 
la independencia de los Estados- Unidos, practicando victoriosos, 
i con asombroso progreso, el elemento relijioso de la libertad de 
pensar de la Reforma. I es necesario no olvidar, i repetir con- 
tra los que no hacen sino repetir la lección de los doctrinarios, 
que antes de la revolución francesa, la Suiza, la Holanda, la 
Inglaterra misma, i particularmente la independencia de los 
Estados-Unidos, que influyó en la revolución francesa, fueron 
los ejemplos, la enseñanza viva i victoriosa de la libertad. El 
mismo contrato social de Rousseau, que ha sido la Biblia de los 
revolucionarios de la escuela francesa, ¿cómo puede compararse 
con los pactos realizados i fecundos de las colonias de la Nueva 
Inglaterra? 

La grande influencia moral fué la de la filosofía del siglo 
X VIII, i en particular la de Voltaire, el jenio, el coloso del siglo, 
el sepulturero del pasado, el atrevido zapador de la humanidad i 
del buen sentido. Pero esa influencia se ejerció en una minoría, 
reducida, fué influencia literaria, no fué influencia de institucio- 
nes o creencias conquistadas. 

La América llevaba en sí, en la variedad de sus elementos, en 
sus condiciones jeográficas i topográficas, en sus condiciones 
peculiares de aislamiento, en la diferencia de intereses industria- 
les con la España, en la variedad de sus razas, en el odio acu- 
mulado de las jeneraciones sometidas, en el odio i protesta de los 
mismos criollos deshechados como elementos incapaces de go- 
bierno; en el ejemplo de los americanos libres como los Aucas; 
en la necesidad moral i física que existe de constituir el mundo 
bajo la lei de las nacionalidades, lei suprema como la de la fa- 



— 257 — 

niilia, lei de individuación i de progreso, verdadero fuego inter- 
no de la humanidad. 

Todas estas causas influenciando intereses, odios, necesidades 
físicas i morales, ejemplos, ideas, necesidad de satisfacer a la 
justicia, todo esto formaba la tácita conspiración de la indepen- 
dencia. I 

He ahí pues, los móviles i motivos. En seguida se presentan 
las tentaciones de la oportunidad, ocasionadas por el trastorno 
de la España. 

II 

Entre los elementos de la revolución hai que distinguir loe 
diversos elementos de que consta la población americana. 

Razas indíjenas sometidas. 

Razas indíjenas sueltas. 

Razas indíjenas libres. 

Raza mista américo-española. 

Raza mista américo-africana. 

Raza descendiente de españoles o criollos. 

La revolución jerminaba de distinto modo en los diversos ele- 
mentos. Habia el mismo objeto, la independencia; no habia el 
mismo móvil : el interés i la venganza; visión de su antiguo do- 
minio i poderío ajitaba a los mejicanos i peruanos; — i tener una 
patria independiente era el deseo i la idea que unificaba las 
intenciones i pasiones. 

Las razas indíjenas sometidas, esos millones que forman la ma- 
yoría de la población en Méjico, Perú i Bolivia, han conservado 
siempre la tradición de su independencia i bienestar perdidos. 
Aunque convertidos al catolicismo, nunca ba muerto el estímulo 
de la venganza i la esperanza de una restauración de su antiguo 
poderío. I este es un ejemplo de lo profundo que es el íntimo secre- 
to de la individualidad de las razas, pues supera muchas veces al 
principio relijioso impuesto. 

Las razas indíjenas sueltas, influían indirectamente, dando 
asilo a los fujitivos, aliándose a veces con los esclavizados que se 



— 258 — 

sublevaban, i presentando el espectáculo de su vida independiente, 
sin mitas, sin encomiendas, sin repartimiento, sin capitación, sin 
esclavitud ninguna. 

Las razas indíjenas libres, como las del Chaco, los Charrúas, 
ya esterminados por los criollos, los Ranqueles, los Puelches, los 
Tehuelches, los Pehuenches i sobre todo los Aucas, conocidos en 
la historia con el nombre de araucanos, combatiendo siempre, 
sin rendirse jamás, volviendo mal por mal a los que se llaman 
cristianos, han llegado a ser un elemento de la independencia, 
i por su conducta, i mas que todo, por su derecho a la tierra 
que poseen, hicieron que los hombres de la revolución los llama- 
sen, los invocasen, i los reconociesen como soberanos del pais que 
habitan i poseen con el derecho de propiedad i de dominio. 

La raza mista américo-española por la inferioridad en que 
era tenida i desprecio con que era mirada, no simpatizaba ni 
con los gobiernos ni con los españoles. Ha constituido lo que 
puede llamarse el plebeyanismo en América i ha sido la que 
ha sobrellevado el peso de la organización de la conquista. Ha sido 
también el semillero de nuestros ejércitos, la prole de las bata- 
llas, el soldado, el héroe, el hombre desprendido, el entusias- 
mo puro, la espontaneidad de la revolución. La raza mista 
américo-africana i criollo-africana, ha sido en Colombia donde 
ha brillado, produciendo los terribles llaneros de Bolívar. 

La raza negra africana fué en la República Arjentina i en el 
Perú un continjente poderoso i valiente de nuestros ejércitos. 

La raza descendiente de españoles o criollos, como los llama- 
ban, han sido los iniciadores, la palabra, la dirección i también 
la ejecución del vasto plan de la revolución. Esta raza ha pre- 
sentado un fenómeno raro en la historia de las conquistas i que 
no ha sido notado, ajuicio mió. He aquí la observación: 

Todos los ejemplos que la historia nos presenta de invasiones 
de razas i conquistas, son, puede decirse, uniformes en cuanto al 
resultado. La raza iuvasora que triunfa, se instala, se apodera i 
divide la tierra, i ella i sus descendientes se constituyen sobera- 
nos. Así los Longobardos en Italia, los Francos en Galia, los 



— 259 — 

Normandos en Inglaterra, los Visi-Godos en España, los Azte- 
cas en Méjico, los Incas en el Perú. 

Pero en ese fenómeno hai, puede decirse, una identificación 
entre el conquistador i la tierra conquistada. 

En la colonización española en particular, sucede que la raza 
dominante gobierna, administra, esplota, no como si fuese cosa 
propia, o la misma patria, sino como cosa ajena que puede per- 
der i de la que es necesario sacar el quilo. 

Así, para apropiarse e incorporarse una tierra conquistada i 
no temer una separación, los hechos históricos nos indican que 
es necesario identificarse con el destino de la tierra conquistada 
convertirla en patria i que las nuevas jeneraciones, descendien- 
tes de conquistadores i conquistados se consideren como unos, 
como hijos del mismo suelo i sometidos a la misma lei i destino. 
Es así como gran parte de las naciones modernas de Europa se 
han formado. El hecho injusto ha ido desapareciendo bajo la 
progresiva aplicación de igualdad, sin distinción de raza. El 
oríjen fué un crimen: la conquista. Los vencidos se sometieron, 
tanto peor para ellos. Los descendientes de unos i otros llegan 
a formar poco a poco una nueva sociedad: esto es, la aparición 
de las nacionalidades modernas como Inglaterra, Francia, Espa- 
ña. En Inglaterra, el Anglo, el ¡íajon, el Danés, el Normando, 
forman una descendencia sui-generis, que Crea su lengua, el 
gran idioma ingles, espresion nueva de una nueva sociedad. En 
Francia, el Galo, el Romano, el Franco, constituyen hoi una 
masa indivisible uniformada. En España, el Ibero, el Vasco, el 
Africano, sea Cartajines o Moro, el Árabe, el Visi-Godo, forman 
bajo el nombre de Castellanos o españoles la unidad de patria 
bajo la diferencia palpable del oríjen. 

Mas la América no fué considerada como una agregación de 
territorio sino como una esplotacion. 

El español, aunque se instalase en América i tuviese descen- 
dencia, se consideraba siempre como dominador i estranjero. 
Pero en sus hijos se verificaba el prodijioso fenómeno de la 
autonomía instintiva de la patria, producido por el nacimiento, 



— 260 — 

por la naturaleza, por la necesidad, i al fin por el convenci- 
miento. 

Existia profunda diferencia entre el español de nacimiento i 
el americano, annque descendiente de español. 

No se verifica este fenómeno en la India con los hijos de los 
ingleses. Son ingleses, no asiáticos. 

Esta diferencia era caracterizada, fortalecida i enconada, por 
la superioridad, i soberanía que las costumbres i leyes de Indias 
daban al español de nacimiento, i por el desprecio con que este 
miraba a los criollos. 

Se produjo pues, este hecho no común en la historia de las 
conquistas que consiste, en que los hijos de los conquistadores se 
inclinan a simpatizar, i a identificarse con la causa, con las pasio- 
nes i esperanzaste los conquistados, i de los indíjenas libres. 

Este hecho, nos esplica naturalmente, sin necesidad de acudir 
a teorías preconcebidas, la invocación, el derecho i el llamamien- 
to que se hizo en tiempo de la independencia a las razas indíje- 
nas, la simpatia que se desplegó por su suerte, la solidaridad 
que se declaró existir entre los Indios i criollos. Los escritores 
i poetas de la época así lo manifestaron; — i los lejisladores así 
lo intentaron, pidiendo en Chile a los araucanos un representan- 
te, i la Junta de Buenos Aires del mismo modo, en sus decretos 
libertadores a los indíjenas del alto Perú, i particularmente en 
el dirijido a los indios pampas, pidiéndoles representantes para 
el congreso nacional. 

Cuanta superioridad moral no demostraba el gobierno de Bue- 
nos Aires, de aquel tiempo, sobre los gobiernos posteriores! La 
Humanidad no era una palabra. Se llamaba al indio a la con- 
gregación de las razas, la justicia no era una palabra: se recono- 
cía la lei : suum cuique tribuere. A cada uno lo suyo. I vive Dios, 
que es del indio su libertad i su derecho a la tierra en que nació. 



III 



La revolución jerminaba: es un hecho. Jerminaba es verdad, 
de diverso modo según la variedad de los elementos que acaba- 



— 261 — 

mosde enumerar, i que si se hubiesen podido combinar, hubieran 
anticipado de muchos años la independencia de América. 

Los historiadores americanos tienen a este respecto que hacer 
prolijas indagaciones, para no perder el hilo conductor de la 
protesta siempre viva, i presentar completa la tradición de la 
revolución. 

Nosotros vamos a rejistrar los hechos que conocemos. 

— Los indios del valle de Calchaqui, en Tucuman, se sublevan 
capitaneados por Pedro Bahorques, que se decia descendiente de 
loe Incas. Dura la sublevación once años. Los cabezas fueron 
ejecutados.— 1 660 . 

— Sublevación de los indios de la Paz. 1660. 

Sublevación de los indios de Andahuaylas (Perú). — 1730. 

Sedición de los indios de Cochabamba, dirijida por un mestizo, 
Alejo de Cayatalud. 

Termina con su decapitación i la de 28 compañeros. — 1730. 

— Revueltas en el Paraguai — 1726 — 1731. 

«Se vivía en comunidad de bienes siendo cada pueblo una 
« copia amplificada de la orden de San Ignacio. Reinaba la paz 
(i i la abundancia i las tropelías de los colonos i mestizos ambi- 
« ciosos no tenian lugar. 

«Un sistema tal tuvo por enemigos a los obispos i autorida- 
« des civiles, de cuya enemistad se suscitaron disputas que pron- 
« to tornaron en luchas sangrientas. Los jesuítas por conservar 
« las reducciones tales como las habían fundado i sus enemigos 
« por arrebatarles el poder para esplotarlas. A la cabeza de estas 
« se hallaban el gobernador Reyes i el obispo Palos. Para apaci- 
« guar estas discordias se mandó a don José Antequeda, que 
« tenia el carácter de- protector de Indias en Charcas, el cual, 
<t trasladándose al Paraguai, arrojó a los jesuítas del colejío de 
« la Asunción, levantó tropas para batir a Reyes, consiguiendo 
« derrotarlo en Tivideari después de haberle muerto a mas de 
« 600 de sus afiliados 

* Cinco años después reaparecen los -disturbios. Antequeda 



— 262 — 

<r preso i acusado de promover esos disturbios desde la cárcel 
« de Lima. El virreilo fusila» (1). 

— Revuelta de los indios de Quito, que asesinan a los colec- 
tores de tributos, diezmos o de otras contribuciones. — 1741. 

— Revolución del pueblo en Quito. Victoria de los indios que 
matan en batalla a 400 españoles. Se aplacó por la intervención 
de la Iglesia i promesa de amnistía jeneral. — 1765. 

Conspiración en Chile descubierta, i fin misterioso de sus ini- 
ciadores. Esta conspiración fué iniciada por dos franceses en 1780. 

Revolución de los Comuneros en Nueva Granada. Principia eu 
Bogotá i cunde como incendio a las provincias de Tunja, Pam- 
plona, los llanos de Casanare i Maracaibo, se propaga a la pro- 
vincia de Mérida hasta las cercanías de Trujillo. Triunfan los 
comuneros en el primer encuentro. Viene un ejército de 4,000 
hombres a sofocar la revolución, i Berbeo, su jefe, presenta 18,000 
hombres armados de palos, hondas, i solo con 400 armas de fue- 
go. Interviene el Arzobispo, i se estipulan capitulaciones que 
consignan la victoria de los revolucionarios, quedan abolidas todas 
las gabelas, i concede amnistía. 

El Arzobispo i el clero consiguen aplacar el incendio i se dis- 
persan los comuneros. Se violan después los juramentos, i se 
decapitan i descuartiza a los jefes que se conservaron en armas. 
1781. Esta revolución no se manchó con ningún crimen. 

— Sublevación de los indios del Darien (Nueva Granada.) 
Destrucción de poblaciones españolas. Degüello de sus habitan- 
tes. Fueron sometidos, i después abandonados por la dificultad 
de contenerlos. 

Sublevación de los Chunchos, llanuras de Chunchamayo en el 
Perú, capitaneados por Juan Santos que se decia descendiente 
de Atahualpa. Hizo una guerra de esterminio. Destruyó las po- 
blaciones de Uchubamba, Monobamba e invadió la provincia de 
Canta. Fueron dispersados a los bosques. — 1740. 

Se sublevan después los Chunchos de Anaybamba i Cuillo- 
bamba. Son batidos i ejecutados dos de sus caudillos. 



(1) M. Bilbao: C. de.la H. del.Perú. 



— 268 — 

— Sublevación de la provincia de Chayanta, en el Alto- Perú.— 
1780. 

Sublevación en el Cuzco. 

Es sofocada con la decapitación de 7 de los cómplices. 1780. — 

Gran sublevación de Tupac-Amarú. Llama a las armas a la 
nación peruana. Los pueblos acuden. Estermina a 600 españoles 
que fueron a atacarlo. Pierde un tiempo precioso en hacerse co- 
ronar. Aglomeran contra él sus fuerzas los virreyes del Perú i de 
Buenos Aires. Es batido i martirizado con su mujer i con sus hi- 
jos.— 1780. 1 

A las proclamas de Tupac-Amarú los indios de Charcas se 
sublevan. Tupac-Catari sitia a la Paz. 

Destruyen poblaciones i destacamentos españoles. 

Sublevación sobre Puno. 

Toma de Sorata. Sublevación en Huarochiri. Todo este gran 
movimiento iniciado por Tupac-Amarú fracasa ante los ejércitos 
de los virreyes del Perú i Buenos Aires. Mueren en la horca los 
caudillos.— 1783. 

— Revolución de las colonias inglesas, uno de los mas grandes 
movimientos de la historia, por su justicia, por su influencia en 
América i Europa, por sus magníficos i trascendentales resulta- 
dos. Este acontecimiento coexistió con el de Tupac-Amarú en el 
Perú, 1780. La revolución de los Estados Unidos, fué ausiliada 
por Francia i España en odio a la Inglaterra. Las naves de 
Carlos III que llevaban esos ausilios, tocaron de arribada en al- 
gunos puertos de la América del Sur i comunicaron la noticia 
del incendio que empezó sordamente a propagarse. 

La Francia monárquica con esa alianza revolucionaria, recibió 
la profunda conmoción eléctrica del republicanismo americano; 
i Lafayette, el amigo de Washington, fué el héroe de dos mun- 
dos i el protagonista de la revolución francesa. 

Empieza a circular con misterio la Constitución de los Estados 
Unidos, — i la España reconoce el peligro de perder sus colonias, 
habiendo protejido la emancipación de las ingleses. 

Justicia divina! 

Trabajos de la Inglaterra para sublevar las colonias españolas, 



— 264 — 

con el objeto de tomar la revancha i abrirse el mercado de un 
continente. 

Pitt, en 1797, habia mandado derramar proclamas en América, 
« asegurando socorro en dinero., armas i municione$r> a cuantos 
quisiesen intentar revolucionarlas. 

Invasión de los ingleses a Buenos Aires, que despierta el es- 
píritu del pueblo, i le hace pensar en la independencia. — 1805- 
1807. 

— El gran contrabando de los ingleses, que revelaba a los 
americanos la existencia de una nación libre i poderosa, con su 
superioridad industrial i el bajo precio de los objetos de con- 
sumo. 

— Eevolucion Francesa en 1789. — Habia en Europa juventud 
americana que estudiaba i participaba de las ideas revoluciona- 
rias. 

Los principales caudillos estuvieron en Europa: Miranda, Bo- 
lívar, San Martin, Alvear, O'Higgins i Carrera. Los venezola- 
nos son ,los primeros en levantar el estandarte de la rebelión. 
Esta primera tentativa fracasó i murieron casi todos los jefes, 
escepto el joven Marino que fué a abogar por la causa ante los 
gobiernos de Inglaterra i Francia. En seguida se presenta el 
grande, el inmortal Miranda, héroe de ambos mundos, jeneral 
en Venezuela i en Francia. La Inglaterra lo proteje, organiza 
una espedicion sobre Caracas. Es rechazado, pero despertó el in- 
cendio. Miranda funda en Londres la famosa Lojia Lautarina, 
verdadera colmena de la revolución. De allí parten los princi- 
pales conspiradores para todas las colonias. Se funda también 
la Lojia sucursal en Cádiz. 

Primera revolución en la Paz. — Ya en 1809. 

— Primera revolución en Quito. — También en 1809. 

— Decadencia notable del poder de España, aunque fuerte en 
América. 

Invasión en fin de Napoleón I. — La incomunicación i acefalía 
del poder en España, a causa de la conquista francesa, fué la 
ocasión suprema. El establecimiento a las Juntas españolas, fué 
el pretesto hipócrita de los Cabildos revolucionarios, para dar 



— 265 — 

una apariencia legal a la revolución. Las primeras actas aver- 
güenzan: — Mienten! El fin no lejitimalos medios. Esa mentira 
de organizarse en Junta reconociendo la soberanía de Fernando, 
demuestra la poca fé en la verdad, el pálido republicanismo, la 
falta de heroísmo en los iniciadores del movimiento. Funesto 
ejemplo de doblez qne ha corrompido a casi todos los políticos 
de América. Cuántas perfidias i crímenes se han creído autori- 
zadas con ese ejemplo de 1810, dado por los primeros revolucio- 
narios. Oomo se vé, no sentían ni comprendían la virtud de la 
verdad-principio. 

Pero los pueblos la comprendieron. Los pueblos no se alzaron 
sino por la independencia i la República. 

Muchos de esos iniciadores claudicaron. Los pueblos fueron 
fieles a la causa que abrazaron. 

Unid las causas latentes radicales que tarde o temprano de- 
bían producir la esplosion a las causas ocasionales qne apunta- 
mos, i tendréis la esplicacion de la simultaneidad de la revolu- 
ción desde Caracas a Buenos Aires, desde Méjico a Chile. 

La invasión francesa que fué la señal de alarma, se verificó 
en 1800. La revolución estalló en 1810. 

Los conspiradores americanos tuvieron pues, nueve años para 
preparar el golpe. 

Caracas, Abril 19 de 1810. Buenos Aires, Mayo 25 de 1810. 
Santa Fé de Bogotá, Julio 20 de 1810. Méjico, Setiembre 16 de 
1810. Santiago de Chile, Setiembre 18 de 1810. 

Así se esplica, puede decirse, la coexistencia i sincronismo de 
la revolución (1). * 



(1) Muchos de los hechos revolucionarios enumerados en la tercera di- 
visión de este capítulo, son conocidos i aun populares: otros no. Me he 
servido para estractar ¡os no conocidos dol público, de Restrepo; Historia 
Colombia; — de M. L. Amunátegui, Una Conspiración en Chile; — de Claudio 
Gay, Historia de la Independencia de Chile; — de Manuel Bilbao, Compendio 
de la Historia del Perú. 



— 266 — 



XVI 



El espíritu de la Revolución. Diferencias entre la 
Revolución de los Estados de la Nueva Ingla- 
terra i la Revolución de las Colonias españolas. 
La Libertad de pensar. Principio de los Princios. 
Una inconsecuencia sublime que favorece la Re- 
volución de la América del Sur. Solución de la 
contradicción que presenta la Revolución fran- 
cesa. Quienes han sostenido el libre Pensamiento 
durante la Conquista. 

Fué el año 1810, el año cíclico de la América del Sur. En él, 
empieza la gran revolución que continúa, i que uniéndose a la 
revolución de 1776 de la América del Norte, combinando los je- 
nios de los dos grandes grupos del continente, el jenio Sajón- 
Americano, al jenio Américo-Enropeo formará la síntesis de 
la civilización Americana, destinada a rejenerar el Viejo Mundo, 
i a cumplir sobre la tierra los destinos del bombre soberano. 

Dime, jenio de América, ¿cómo pudo verificarse el prodijio? 

Ese prodijio de sentir, concebir, comprender i revelar el dere- 
cho en la América sumisa, — i lo que es mas, de electrizar los 
pueblos 'abatidos, — i lo que es mas, de triunfar sin tradición 
militar, ni armas, ni recursos a la mano, creándolo todo para 
triunfar en mar i tierra, sobre ejércitos, escuadras, gobiernos, 
autoridades civiles, militares i eclesiásticas, i triunfar sobre la 
educación de la conquista. Ese prodijio, con sus diez años de 
guerra, desde Méjico al Plata, se llama la revolución de la in- 
dependencia. 

Es a ese prodijio, americanos, que debemos un nacimiento 
libre, en» tierra libre: he ahí nuestra nobleza. Es a la revolución 
a quien debemos el orgullo del hombre dueño de sí mismo; — es a 
ella a quien debemos no vivir, ni haber vivido bajo castas, bajo 



— 267 — 

reyes, bajo aristocracias del terruño, bajo señores de horca i cu- 
chillo, dependoni caldera; — es a ella quien debemos la ciencia de 
la igualdad, el baustismo de soberanía, el entusiasmo por lo heroi- 
co, el amor a las virtudes patrias i sociales, las fantasías de lo 
ideal, las deducciones radicales de la justicia que han de llegar 
al último rancho i a la toldería del salvaje. 

El pensamiento de la revolución, como cráneo del Júpiter 
Tonante, contenia la independencia del territorio, la soberanía 
del individuo, la soberanía del pueblo, la forma republicana de 
gobierno, el advenimiento de la democracia desde la aldea hasta 
la capitales, la separación de la Iglesia del Estado o indepen- 
dencia de la política i el culto; — la abolición del réjimen econó- 
mico, financiero administrativo i pedagójico de la conquista: la 
libertad de los cultos i la libertad de industria, la comunicación 
con el mundo, i el esplendor de la palabra humana por tantos 
siglos comprimida, que al fin estalla ' envolviendo en manto de 
de luz el continente; la igualdad de las razas, reconociendo sus 
derechos a la tierra que poseen. 

Independencia de todos los intereses i derechos locales en lo 
relativo a sus localidades; movimiento federalista en un princi- 
pio, anulado después por la reacción unitaria en toda América, 
i que hoi vuelve a continuar triunfante en Méjico, en los Estados 
Unidos de Colombia, en Venezuela, en la República Arjentina i 
que ajita a Chile i al Perú, con esta diferencia entre el federa- 
lismo del Norte i el del Sur: — en el norte principió por la comu- 
na que votaba sus impuestos, elejia sus majistrados i lejislaba 
en plaza pública como en los mejores tiempos de Atenas. — I en 
el sur ha principiado el movimiento federal por dislocaciones de 
la centralización. Los pueblos por medio de revoluciones han 
pedido, i conseguido, sea con pactos precursores, o con grandes 
Convenciones, llegar hasta el federalismo de réjimen. 

Pero todas las reformas, todos los derechos nacen de un de- 
recho fundamental i primitivo: la libertad de pensar, la inde- 
pendencia de la razón, la soberanía del individuo revelada en su 
conciencia. 

Es necesario no olvidar i tener mui presente, que sin la con- 



— 268 — 

quista dé la libertad del pensamiento, no hai derecho que no 
sucumba, tiranía que no se establezca, injusticia que no se ins- 
tituya: ni soberanía en la comuna, ni ea la nación, ni en la so- 
ciedad, ni en los derechos mas sagrados de la palabra, del estudio, 
de la propiedad, de la familia. Sin la libertad de pensamiento 
puedo arrancar al mundo moral de su destino. El mundo no pesa 
sin pensamiento: el soplo de cualquier despotismo se lo lleva, la 
aspiración de cualquiera potencia se lo traga. 

En Estados Unidos, la libertad de pensamiento coexistió 
con sus oríjenes. 

El individuo libre, la comuna libre, el Estado libre, nacieron 
i se desarrollaron por la virtud de los sublimes puritanos, que 
quisieron vivir bajo el réjimen lójico de la integridad del derecho 
del hombre. Los hijos de los inmortales peregrinos vinieron a 
buscar una tierra para la libertad de pensar, dejando ese Viejo 
Mundo que resistía al movimiento rejenerador de la reforma. 
Eran hombres libres i libres fueron las sociedades que fundaron, 
las mas libres de la tierra i de la historia. 

Completaron su libertad declarando, el 4 de Julio de 1776, la 
independencia del territorio para tener la personalidad nacional. 

Esta es la gran diferencia que carecteriza a las revoluciones 
de los dos grandes grupos sociales del continente americano. 

La libertad de pensar, como derecho injénito, como el derecho 
de los derechos, caracteriza el oríjen i desarrollo de la sociedad 
de los Estados Unidos. 

La libertad de pensar sometida, la investigación libre limita- 
da a las cosas esteriores, a la política, administración, etc., — fué 
la mutilada libertad proclamada por los revolucionarios en el 
Sur. 

Esto quiere decir que el Norte era protestante i el Sur ca- 
tólico. 

El hombre del Norte emancipando su pensamiento hará inter- 
pretar individualmente el libro que ha creído revelado, es sacer- 
dote, es concilio, es iglesia, es el soberano en el dogma, i no hai 
pontificado que pueda someter a su razón. Reconoce el mismo de- 
recho en su semejante, i de ahí nace, esa tolerancia, esa discusión 



— 269 — 

vivificadora, esa libertad práctica. De su soberanía conquistada 
en el dogma nace su soberanía en la política. ¿Oómo podrá ser 
esclavizado el hombre que no reconoce autoridad dogmática 
sobre su propio pensamiento? I el que es soberano en la Iglesia 
tiene que serlo en el foro; el soberano en el pensamiento es so- 
berano en la tierra. 

Las conveniencias prácticas, visibles, de esa sociedad de los Es- 
tados Unidos, corroboran i cofirman el principio. Esos puritanos, 
o sus hijos, han presentado al mundo la mas bella de las Cons- 
tituciones, dirijiendo los destinos del mas grande, del mas rico, 
del mas sabio i del mas libre de los pueblos. Es hoi en la his- 
toria esa nación lo que fué la Grecia, el luminar del mundo, la 
palabra de los tiempos; la revelación mas positiva de la divini- 
dad, en la filosofía, en el arte, en la política. Esa nación ha dado 
esta palabra: self-governement, como los griegos la autonomía; i 
lo que es mejor, practican lo que dicen, realizan lo que piensan, 
i crean lo necesario para el perfeccionamiento moral i material 
de la especie humana. 

Convencido de esa verdad que es un principio el self-governe- 
ment, i que esa verdad-principio es el derecho, i lo que es mas 
aun, la garantía del derecho porque es la práctica i el ejercicio del 
derecho, ved como su principal cuidado, su atención primera, es 
la educación i la enseñanza de las nuevas jeneraciones en el dog- 
ma de la soberanía individual. No hai nación que lea mas, que 
imprima mas, que tenga mayor número de escuelas i de diarios. 
Hoi es la primera nación en la agricultura, en la industria, en 
la navegación. Es la primera nación en la guerra. Ha revolu- 
cionado la guerra marítima. Su literatura es la mas pura i la 
mas orijinal de las literaturas modernas. Tiene los primeros 
historiadores como Mottley, Prescott, lrving; los primeros filó- 
sofos como Emerson; los primeros grandes predicadores del ad- 
venimiento del evanjelio puro como Chaning, Parker; los mas 
grandes jurisconsultos i políticos como Kent, Story, Grincke, 
Wheaton, Hopkins. Es la nación que hace mas descubrimientos, 
que inventa mas máquinas, que trasforma con mas rapidez la 

naturaleza a su servicio. Es la nación poseída del demos, del de- 

19 



— 270 — 

monio del perfeccionamiento en todo ramo. Es la nación creado- 
ra i lo es porque es la nación soberana, porque la soberanía es 
omnipresente en el individuo, en la asociación, en el pueblo. 

Su vida libre, individual i política i todas sus maravillas de- 
penden pues, de la soberanía individual i de la razón de esa so- 
beranía: la libertad del pensamiento. 

¡Qué contraste con la América del Sur, con lo que era Améri- 
ca española! 

Todavía no se ha llegado a comprender en toda su estension i 
trascendencia lo que es la soberanía de la razón en cada uno. 

Los Estados Unidos no tuvieron que hacer una revolución re- 
lijiosa para fundar la libertad del pensamiento. La revolución 
de su independencia no vino sino a dar una personalidad nacio- 
nal independiente a la libertad instituida. La relijion del libre 
examen, podia ser la base dogmática de la libertad política. El 
que es libre en la aceptación del dogma, tiene que ser libre en 
la formación de la lei. El despotismo es imposible. 

Pero en nosotros, he aquí una contradicción que parece ines- 
plicable i hace inintelijible la revolución. Vamos a esponerla i 
llamamos sobre ella la atención. 

¿Cómo pudo la América del Sur, revelarse contra España, 
fundar la república, proclamar la libertad del pensamiento i de 
la palabra, afirmando i sosteniendo el dogma católico de la obe- 
diencia ciega? 

No puede haber contradicción mas notable. ¿Cómo esplicar 
entonces la revolución de la independencia? 

Porque se buscaba nada mas que la separación de la metró- 
poli, podría argumentarse. 

Esto es falso en los hechos i en teoría. 

Es falso en los hechos porque se proclamó la soberanía del 

pueblo, la libertad del pensamiento, la República. 

I esos hechos no van comprendidos en la idea de la sepa- 
ración. 

Es falso en teoria, porque la soberanía del pueblo, que no es 
mas que la asociación de la soberanía individual, contiene la ne- 
gación de la relijion de la conquista. 



— 271 — 

Agregad qae la conducta de la Iglesia fué al principio de lá 
revolución hostil, profundamente hostil a la revolución. — Des- 
pués, cuando vio que la revolución triunfaba por no perderlo 
todo, de goda se convirtió en patriota. 

La contradicción subsiste. ¿Cómo hacerla desaparecer en unos 
pueblos católicos que se lanzan a la revolución? 

No encontramos otra esplicacion que la siguiente: 

Esa contradicción de un dogma esclavizante i de una política 
libertadora fué salvada, a juicio nuestro, por una sublime incon- 
secuencia de los pueblos. 

¿Cómo esplicar la inconsecuencia? Así como ha habido ideólo- 
gos que han negado la materia, i que al caerles encima una viga 
han apartado su cuerpo, i otros que negando el movimiento, ca- 
minaban; así los pueblos creyentes del dogma de la esclavitud, 
por medio del instinto sublime de la naturaleza i de la intención 
sin lójica ni raciocinio deductivo, de la revelación de la libertad, 
la han aceptado, sobre todo en el momento de la lucha, sin pre- 
guntarse si podria armonizarse con la relijion que profesaban. 

Esto sucede casi siempre que profesamos doctrinas erróneas, 
absolutas. Las negamos instintivamente con los hechos i las re- 
conocemos en teoria. 

En el corazón de los pueblos de América se sintió la centella eléc- 
trica de la fraternidad. La intelijencia de los pueblos vio reaparecer 
en la conciencia, la aurora del dia de la regeneración. Vieron la 
idea, vieron la verdad- principio i se alzaron ilumidados por sus 
resplandores. La imájen de la realidad de una patria indepen- 
diente i soberana, se apoderó de todas las fuerzas, de todos los 
amores de que es capaz de sentir el corazón humano sublimado, 
i los pueblos se lanzaron a las inmortales batallas de la inde- 
pendencia. El dogma católico desapareció, no existió por algu- 
nos años en la mente. Otro dogma instintivo i verdadero lo 
reemplazaba: la necesidad de satizfacer la dignidad humana 
conquistando una patria independiente para ellos i sus hijos. 

De ahí nació que las primeras leyes promulgadas, fueron las 
mas liberales i las mas humanas. El dogma desaparecía. Pero 
después el jérmen latente, la levadura despótica depositada i 



— 272 — 

aceptada por los nuevos imbéciles gobiernos que bascaban apo- 
yo en las preocupaciones, volvió a aparecer, i vino la reacción, 
i se reanudó la lójica del dogma. La contradicción, salvada por 
el entusiasmo revolucionario i la intervención del dogma verda- 
dero, se presentó de nuevo en la marcha política de los nuevos 
Estados, hasta hoi dia. 

¿Porqué? Por la razón de que no tenemos la relijion del libre 
examen. Por la razón de no haber conquistado la soberauia 
de la razón en materia relijiosa. 

Esta es pues, mi tarea desde que pensé por mi mismo. Hace 
20 años ( 1 ) que trabajo en el mismo sentido, porque creo que la 
libertad, sin la soberanía absoluta de la razón de cada uno no 
puede subsistir ni manifestar las maravillas del espíritu creador 
del hombre libre, i contribuir voluntariamente a su propio sui- 
cidio como en España i Francia con la perfidia. I agregaré: los 
hechos que en todas las repúblicas presencio confirman la ver- 
dad de mi punto de partida. — Dos terribles citaré: ¿Quién abrió 
el camino de la conquista en Méjico? La iglesia. ¿Quién hace 
traidor al gobierno del Ecuador? Los jesuítas. 



(1) Me permitirá el lector presente aquí dos testimonios notables de 
mi consagración a la causa de la soberanía de la razón. El señor Edgardo 
Quinet, en su obra el "Cristianismo i la Revolución Francesa," publicada 
un afio después de mi condenación en Chile, dice lo siguiente: 

«J'ai sous les yeux un morceaux plein d'élévation et de logique sur les 
« rapports de l'Eglise et de l'Etat dans le Chili, par M. Francisco Bilbao, 
« Sociabilidad Chilena; il est vrai que cet écrit a été condamnc comme 
« hérétique par les tribunaux du Chili: Ce peu depages montreraient seu- 
« les qu'en dépit de toutes les entraves on comencé á penser avec forcé 
« de l'autre cóté des cordilliéres. Le bapte'me de la parole nouvelle (el bautismo 
« de la palabra nueva), voilá des mots qui ondú étouner dans une brochure 
<t écrite aux confines des Pampas». 

El gran Lamennais, en una carta que me escribió tres meses antes de su 
muerte, eu 1863, me decia: «Tenez pour certain qu'il n'y rien a espérer de 
a l'Amérique espagnole, tant quelle restera asservie a un clergó imbu 
« des plus detestables doctrines, ignorant an delá de toutes bornes, 
<l corrompu et corrupteur.» 



— 273 — 



III 



Esplicacion del Despotismo de la Revolución 
Francesa 

Vamos a resolver otra dificultad histórica relativa a la libertad 
del pensamiento. 

¿Porqué la revolución francesa que proclamaba libertades i 
derechos, fué esencialmente despótica, i entregó la causa de la 
Francia al despotismo imperial? 

A juicio nuestro, este es uno de los puntos mas trascendenta- 
les de la historia moderna, i que según sepamos, es una dificul- 
tad no resuelta, es una contradicción no esplicada. 

Observo que todos los fanáticos por la causa de la revolución 
francesa, creen por los discursos, por las palabras i por las leyes 
promulgadas, que es la causa máxima e íntegra de la libertad. — 
Pero no se preguntan ¿cómo es que toda esa retórica de la 
Montaña i de la Jironda, que no juraban sino por la libertad, 
produjo i producía el despotismo en manos de todos los parti- 
dos, i de todas las formas, fuesen los franciscanos, los jacobinos, 
el Comité de salud, la Comuna, la Convención, o los círculos mas 
i mas reducidos en quienes el poder absoluto se concentraba? 

La esplicacion ajuicio nuestro es la siguiente: 

El hombre es libre, dijo; — la libertad es el primero de los 
derechos. Pero los hombres que eso decian i los partidos i las 
masas que seguían el movimiento agregaban: la libertad es la 
verdad. La verdad debe imponerse. Imponerla es un deber. 

Desde el momento en que se acepta como un deber i un de- 
recho, la imposición de la libertad o de la misma verdad abso- 
luta que se hubiese creído revelada, la libertad ya no es liber- 
tad. La imposición de la verdad es mentira; la imposición de la 
libertad es esclavitud — i vamos a probarlo. 

La verdad reclama el libre consentimiento de la razón indi- 
vidual. 



— 274 — 

La libertad reclama la libertad de comprenderla i aceptarla. 

Imponer (i yo doi por hipótesis que se imponga la verdad) 
un principio, un dogma, una moral, sin la libre aceptación, es 
imponer al individuo que resiste o no comprende, es imponerle 
un principio, que cree falso, un dogma que cree mentira, una 
moral que cree sea injusta. 

¿I hai derecho para imponer a ningún ser humano, lo que la 
intelijencia de ese ser humano no comprende, o no acepta? 

No lo hai. — Entonces todo partido, toda secta, toda relijion 
aunque fuesen manifestaciones evidentes de la verdad i de la 
justicia, no tienen derecho de imponer su política, su culto, o 
su sistema por la fuerza, la violencia, o el terror. 

He ahí pues, el vicio capital de la gran revolución francesa. 

Proclamó la libertad i proclamó en sus actos el deber relijioso 
de imponer lo que se creía libertad según la intelijencia, las 
pasiones o intereses de un partido o de un malvado esplotador 
como Marat o Eobespierre. 

La acusación de federalismo llegó a ser una sentencia de 
muerte. La mania de la unidad llegó a ser la teoría de un des- 
potismo insoportable. 

He ahí una manifestación espléndida del dogma católico de 
la comunión de los santos i de la solidaridad de justos i pe- 
cadores. Es por eso que el verdadero católico se cree con el de- 
recho de lo qu ! llama salvar las almas, por la fuerza, por el 
tormento, por el fuego. I es por esto que la Inquisición decia 
que obraba caritativamente cuando quemaba a los herejes. 
Ejemplo terrible de la perturbación que produce un dogma falso. 

La revolución francesa del mismo modo creia salvar la liber- 
tad suprimiéndola, cuando la libertad jirondina pensaba de 
distinto modo que la libertad jacobina. El otro sofisma san- 
griento consistía en decir que se aplazaba la libertad, por no 
decir que se suprimía. 

¿I qué supone todo eso? 

— Eso supone que no se profesa la relijion de la libertad del 
pensamiento, i no se la respeta eu todo ser humano. — Es mui 



— 275 — 

acomodaticio para todos los partidos, creerse con el deber de 
pontificado absoluto de la revelación de la verdad. 

Véase pues, cuan lejítima i lejitimada es nuestra fé en el fun- 
damental principio de la soberanía. 

Compréndase también porque el mas precioso de los derechos, 
ha sido en todo tiempo el mas persegnido por la Iglesia i por 
las castas dominadoras. — En la desgraciada España, hasta el 
mismo pueblo. — Cuánto ha sido el poder del catolicismo en Es- 
paña, lo prueba el odio, el furor del pueblo español contra el 
hombre libre- pensador que se sacrificaba por salvarlo. El auto 
de fé llegó a ser fiesta, i ver quemar a los herejes un motivo de 
alegría. 

¡Con qué pagará el catolicismo la trasformacion de ese pue- 
blo! 

Es por esto que la humanidad por instinto, ha mirado a la 
España como tierra africana, inspirada por el simonn del de- 
sierto; i es por eso que el norte-sajon se identificó con la revo- 
lución de la reforma, cuya base era constituir a todo cristiano 
en sacerdote, en soberano, en intérprete del libro que creen 
revelado, el Viejo i Nuevo Testamento. 

De esta última consideración nace también una diferencia en 
el carácter i en el modo de pensar libremente entre los hijos de 
los puritanos i nosotros los racionalistas. 

El protestante busca la verdad base de los derechos, en la 
libre interpretación de las escrituras cristianas. De ahí nace 
que su emancipación es en cierto modo teolójica i de erudición. 
De ahí debe nacer nn furor de interpretación i discusión. 

El racionalista no busca la verdad en testo alguno, i somete 
todo testo a la palabra viva, a la permanente revelación de la 
razón emancipada. 

Para el protestante hai revelación. 
El racionalista la niega. 

El protestantismo en la mas avanzada de sus sectas que es la 
secta unitaria, (1) llamada así, porque niega la trinidad católica 



(1) Chaming, Cristianismo Unitario. 



— 276 — 

i la encarnación de la divinidad en la persona de Jesús, es la 
mas avanzada, la mas pura, la que mas se acerca a la filosofía. 
La única fundamental diferencia entre esa secta i nosotros con- 
siste en que ella cree en la revelación i en la misión escepcional 
de Jesús. 1 aceptando la palabra del Evanjelio como palabra re- 
velada, se vé en la necesidad de sostener sus ideas con el testo 
de los Evanjelios. 

Despnes de conquistada la virtud del pensamiento, i de haber 
arrancado a la Iglesia católica el privilejio de decisión i de in- 
terpretación infalible del testo reputado por divino, la libertad 
del pensamiento tiene que completar su evolución en el protes- 
tantismo hasta llegar a la filosofía; i de abolir todo testo, o a no 
reconocer testo algnno que no reciba la sanción del pensamiento. 
La razón tiene que llegar a ser sn propio testo. Esta es la gran 
revolución que continúa. En las naciones del Norte de la Euro- 
pa esa revolución también se desarrolla. Apesar de haber vivido 
bajo el peso de todos los despotismos, siempre hubo hombres 
heroicos, pensadores profundos, que de tiempo en tiempo, en In- 
glaterra con Wicklof, en Bohemia con Juan Huss, en Alemania 
con Latero, despertaban a los pueblos hasta llegar al espléndido 
triunfo de la Reforma. 

La Italia, por el contrario, así como nosotros se lanza al ra- 
cionalismo, sin pasar por el intermediario protestante. 

Cuantas guerras no ha costado conquistar ese derecho. El 

pueblo a quien primero le tocó la gloria de realizar la revolución 

* relijiosa en el mundo moderno, es la Alemania del Norte, la 

patria de Lutero, heredero de Juan Huss que fué quemado vivo 

por sentencia del Concilio de Constanza. 

Pero ya no pudo apagarse el fuego del libre pensamiento. 
Nació la República de las provincias unidas de Holanda. 

Se consolidó en Suiza la República. En Francia consiguen 
los protestantes garantías en el edicto de Nantes, despnes de 
una guerra desastrosa. 

La revolución vá a Inglaterra, i allí los heroicos puritanos 
no pudieudo encontrar una tierra libre para adorar a Dios en 
libertad, emigran a la América del Norte i fundan por vez pri- 



— 277 — 

mera en la historia la asociación libre de los hombres libres. 
Este fué el jaraten de la mas portentosa nación de todos los 
tiempos conocidos i que se llama Estados Unidos de la Amé- 
rica del Norte. 

He ahí puede decirse el itinerario de la emancipación del pen- 
samiento, en su desarrollo histórico europeo. 

Ese movimiento no alcanzó con sus ondulaciones a la América 
del Sur, sino de una manera indirecta i en un número reducido 
de individuos. 

El libre pensamiento en la América del Sur, fué estallido, 
espontaneidad, entusiasmo, revelación inmediata de la libertad 
en el alma de los pueblos, elevada a la potencia del sublime por 
el toque eléctrico de la revolución. No fué deducción, raciocinio, 
consecuencia, sucesión fatalista, o desenvolvimiento de un ante 
cedente conocido: No. Fué pasión o intuición. 

El libre pensamiento en América ha sido sostenido por las ra- 
zas indíjenas libres que combatieron i combaten; he ahi su 
tradición. En donde no pudo penetrar el dogma católico, no pu- 
do penetrar la esclavitud. No ha habido misionero que no re- 
renuncie a convertir al araucano. Los jesuítas mismos, los mas há- 
biles domadores de la especie humana, han fracasado en Arauco 
con su ciencia i con su arte, así como había fracasado la conquista 
con sus armas en los trescientos años de guerra que sostuvo. I 
casi admiro mas ó lo mismo, la resistencia a la relijion católi- 
ca esclavizante por esencia, que el indómito coraje hasta hoi dia 
desplegado en la frontera. Una raza que siente, que percibe, que 
adivina el error i sobre todo el error que esclaviza, por mas 
encubierto que se presente con las promesas de las recompensas 
celestiales en cambio de la sumisión del pensamiento i la acep- 
tación de un credo absurdo, es una raza que merece bien de la 
humanidad i que tiene porvenir. Arauco, sin pasar por la crisis 
de la catolizacion, por la que pasa Chile, recibirá la buena 
nueva de fraternidad apoyada en el respeto de la antonomia de 
las razas. 

Han sido pues, los araucanos los acosados permanentemente 
por las armas i las misiones; 



— 278 — 

A las armas han opuesto la resolución de vencer o morir; i a 
las misiones de todas clases, una negativa tan tenaz que han 
desesperado de poder convertir al catolicismo el araucano. In- 
tuición sublime! 

XVII 

Confluencia de los Elementos Revolucionarios 

Jamás desapareció el deseo, nunca se perdió la esperanza de 
la independencia. Ha jerminado en todas las razas, i todas las 
razas dieron su continjente de sacrificio. Ha sido la Idea del 
Nuevo- Mundo: dar un Nuevo-Mnndo al espíritu de amor, de 
verdad i tolerancia. 

Todos los intereses hablaban de esa idea, proclamaban i pe- 
dían esa independencia: nosotros i los europeos, i los asiáticos, 
i los africanos, i los habitantes de las Islas. Nuevos mercados 
para las grandes naciones productoras, nuevas tierras para la 
emigración. Invasión de capitales productores para nuevas em- 
presas. Multiplicación de los objetos que aumentan el bienestar 
de las masas. Creación del crédito, aumento del trabajo del 
hombre, introducción de industrias, de máquinas, de métodos 
perfeccionados de labranza. 

Baja en el precio de los objetos mas necesarios i aun de con- 
fort, al alcance de los pobres. 

Iluminación creciente en los espíritus, aumento prodijioso de 
movimiento en todo ramo. I decir que todo ese mundo vivia 
enclaustrado por la España! No: la revolución era de interés 
universal, i de egoísmo, de honor i de deber americanos. 

I todo eso jerminaba en los espíritus como corrientes de elec- 
tricidad subterránea que anuncian la proximidad de un es- 
tallido. 

— Los americanos descendientes de españoles, i que de nin- 
guna manera aceptaban, ni se les reconocía la ciudadanía espa- 
ñola, se creían i amaban ser americanos. Se comparaban coa 



— 279 — 

los godos, i no podían comprender la superioridad que estos se 
atribuían por el hecho solo de nacer en España. Ya no podían 
comprender porque no habían de tener una patria, siendo esta 
una lei de la naturaleza; — porque la tierra de su nacimiento i de 
su hogar había de ser patrimonio de estranjeros, tierra de los 
hombres de horca i cuchilla; porque los instintos, las nobles 
pasiones i las facultades del alma habían de ser comprimidas i 
suprimidas; porque siendo hombres no habían de gobernarse 
por sí mismos; — porque las rejiones de América habían de ser 
gobernadas por un reí del otro mundo, i sacrificadas con sus 
deseos, esperanzas i derechos al oprobioso réjimen de la con- 
quista. 

— I además, ¿no tiene límites el padecer, no hai un término 
a las horribles injusticias que diariamente presenciamos? 

I todo esto se revolvía en la conciencia de los americanos. 
Todo esto ardía en las entrañas del volcan revolucionario. La 
hora de la justicia i de la venganza se aproxima. 

I circula envuelta en el misterio i con peligro de la vida la 
noticia de la independencia de los Estados Unidos. Poseer 
una copia de la Constitución fué un tesoro. 

En fin, i como ya lo hemos indicado, llegó una época, vino el 
día en que todas las corrientes de la emancipación, la venganza, 
el recuerdo, los derechos de las razas indíjenas; el instinto e in- 
tuición de la soberanía en los americanos de raza mista i espa- 
ñola; los intereses del mundo que se habían conjurado; esa luz 
del cielo de Washington; la impaciencia i el despecho que al 
fin produce toda tiranía; la inmortal protesta de todo espíritu 
que piensa; la conjuración de los pensadores, — todo esto vino a 
formar esa confluencia de la desesperación, de la justicia, del 
ínteres, con las visiones de un mundo libertado. — I esa resul- 
tante de todas las pasiones comprimidas, de los derechos pisotea- 
dos, de las esperanzas concebidas, estalló como la esplosion de 
un cataclismo. 

Ese año, resultado del martirolojio de la América, — ese año 
heredero de las luces i victorias del derecho, — ese año que con- 
vierte en naciones a las antiguas i miserables colonias de la 



— 280 — 

España i levanta la ciudadela mas grandiosa de la libertad en 
el continente americano, cuando la causa de la libertad habia 
desaparecido de la Europa bajo el peso de las monarquías ven- 
cedoras, es el año 1810 de la llamada era cristiana i el primero 
de la América del Sur. 

Otros libros os describen la guerra beróica de la indepen- 
dencia hasta enterrar el poder español en Ayacucbo. — Aquí 
solo debo esplicar, o manifestar el mérito de la empresa, qne 
nuestros padres con decisión de vencer o morir acometieron. 

I para comprender la importancia de la victoria, es necesario 
no olvidar, americanos, que ha sido necesario combatir: 

1.° La educación de la conquista. 

2.° La política de la conquista. 

3.° La administración de la conquista. 

4.° La lejislacion de la conquista. 

5.° El terror de la conquista, 

6.° La fuerza material de la conquista, ejércitos, escuadras, 
fortificaciones, organización, armamento, disciplina etc., etc. 

XVIII 

El «Espíritus Intus» i el «Sursum Corda». — 
Idea, fuego i fuerza de la Revolución.— El Almo Día. 

cíRempublicam, populosque cano» canto ala República i a los 
pueblos, diriamos si fuésemos poetas, al principiar este capítulo 
que contiene el derrumbe del poder de España, 

«ruit alto a culmine Troja.» 

i la prodijiosa victoria de la independencia, que abrió el ca- 
mino de la rejeneracion de un continente. 

Oh, pensamiento libre! fuerza inagotable de movimiento, po- 
tencia de luz i calórico de la humanidad para la jerminacion, 
desarrollo i aplicación de la verdad, til eres la musa del histo- 
riador, así como eres la verdadera providencia de la historia i 
la visión de la lei por el filósofo. — No hai esclavitud que no se 
apoye en la negación, o negativa voluntaria o en la indiferencia, 



— 281 — 

de la libertad de pensar. Cuantos pueblos, cuantos partidos, 
cuantas sectas i caudillos de sistemas, reconocen la libertad del 
pensamiento, negándose a examinar la verdad o no verdad, la 
justicia o injusticia de lo que creen i sostienen! Los llamados 
ultras en las divisiones políticas de los partidos, que son los que 
mas gritan libertad, son los que menos examinan la verdad de 
su credo, porque viven esclavos de la autoridad del círculo en 
que abdican. I sino practican la independencia del jnicio, la liber- 
tad del pensamiento respecto de sí mismos, ¿cómo queréis que 
la respeten en los demás? 

La libertad de pensar independizó a la América. 

La libertad de pensar integrará su libertad, i entonces será el 
dia de la pacificación. 

El libre pensamiento es nuestro libertador. El libre pensa- 
miento es nuestra gloria. 

Los tiranos, i las escuelas de la tiranía han enseñado la men- 
tira capital, diciendo que es necesario sacrificar el libre pensa- 
miento. Esta mentira es verdadera decapitación de la humanidad. 
No contentos con someter la voluntad i el cuerpo por la fuerza para 
hacer a los hombres instrumentos de esplosion i esbirros de sus 
semejantes, no han reposado tranquilos hasta no llegar a per- 
vertir la razón, i suprimir con el terror relijioso el pensamiento. 
El americano siervo, esclavo, despotizado en su persona, em- 
brutecido en su pensamiento: tal fué la conquista. 

Compréndase, pues, nuestra relijion por la libertad de pensar. 

Pero tu, pensamiento, misterio divino de la luz eterna en la 
conciencia humana, tú como el átomo indivisible, indestructible, 
eres por esencia el derecho, eres el elemento consciente de la 
existencia i del destino de los seres. 

Tú, pensamiento eres la independencia. Tu eres la condición 
esencial de la individualidad. Si no pensases, u otro pensase 
por tí, no serias individuo, serias parte de otro. Tu eres la 
personalidad. Sino pensares, u otro pensare por tí, no serias 
persona, serias cosa. 

Tu eres la justicia. Si no pensares u otro pensare por tí, se- 
rias instrumento de todo lo malo. Pensando, eres la justicia, 



— 282 — 

porque pensar es ver la lei, i ver la lei constituye la responsabi- 
lidad i el deber. Pensando habla en tí Dios. 

Es por esto que los sacerdocios te alejan de tu pensamiento i 
hacen creer lo que ellos quieren. Pensar es ver la lei. La lei es 
la verdad de las relaciones humanas. Las relaciones verdaderas 
i reales son la igualdad de los individuos libres. 

Lei es la forma necesaria de las relaciones de los individuos. 
El individuo es la libertad. La lei de la libertad, es la libertad 
de todo lo libre. Lo libre es el hombre. La lei del hombre es 
la libertad del hombre. 

Ven pues, oh libertad! Un coutinente sumido en los abismos 
implora la luz del pensamiento libre. 

El dolor ha llegado hasta producir en las masas embrutecidas 
la insensibilidad del paciente. Despierta, oh luz, la fibra de la 
venganza que dormita. 

Las tinieblas cubren el cielo de la América, i solo de vez en 
cuando los resplandores de un infierno de tormentos, iluminan 
con espanto la esperanza de un mundo! 

Perdidas, estraviadas bajo el látigo i el fierro i el anatema, 
las diferentes razas se preguntan en su desesperación si hai un 
Dios? — I ese Dios se revela fulminante en todo hombre sin 
miedo de pensamiento libre. 

Ese Dios empieza a revelarse, i aparece en la conciencia con 
el nombre de la Revolución. 

Ese Dios fué el revelador del primer dia i de todo dia de 
conciencia pura en todo hombre. Ese fué el que nos legó el 
testamento de alegría cuando nadie pensó el mal. 

El es, el que nos habla en la soledad de la conciencia, i es en 
la conciencia en donde lo encontramos como esencia indómita 
de la soberanía del hombre. De Dios venimos: «Dioses somos». 

A ese Dios invocamos! — No para que nos liberte, porque eso 
es degradante, sino por sentir en nosotros la divinidad de la 
justicia;— iluminaruos i libertarnos por nuestros esfuerzos. 

Esa conciencia es nuestra profesía. El hombre libre profetiza 
su suerte. 



El hombre libre hace su destino. El hombre libre hace su fe- 
licidad. El hombre libre es el santuario de la divinidad. 

Salve, pueblo americano! Dominarás a tu enemigo. Arranca- 
rás de tu ser, de tu sangre, i de tus entrañas al enemigo encar- 
nado; i sobre el altar de la patria ensaugrentado ofrecerás el 
holocausto de tus miedos, de tus egoismos, de tus indolencias i 
de todas tus miserias trasmitidas. 

Salve, pueblo americano! Consumarás el sacrificio sobre el 
cadáver de la conquista. — Desatarás los vientos, porque no 
temes tempestades i buscas la purificación. Desencadenarás los 
elementos, porque provocas una nueva creación en las afinida- 
des naturales de las cosas. I como un sol, o centro de vibración 
luminosa en el espacio, irradiarás la vida, el derecho, el movi- 
miento del individualismo, la enerjia i virtud desplegada de todo 
ser humano. I volverán los espectáculos del océano popular 
siguiendo la corriente predestinada a su evolución magnífica. — ■ 
I se verá a los pueblos llegando a ser la identidad de la lei i del 
gobierno, al «.hombre -lei» como al sol-luz. 
«Lo que es Eterno» 

«Santa verdad, quien apagará tu llama! decían los Husitas en 
Bohemia en el siglo XV combatiendo por la libertad del pensa- 
miento, a la luz de sus pueblos incendiados por los imperiales 
católicos del Austria. «Quien puede levantarse contra tu fuerza 
« i combatirla. — Que tus enemigos, numerosos como la arena se 
« adelanten; que en las convulsiones del error, con las armas 
«. en la mano arrasen todo con la muerte i el incendio. 

« Dios te ha hecho mas fuerte que la roca petrificada en 
4 medio de las olas del mar, i mas fuerte que una brillante es- 
« trella en la bóveda de los cielos, i mas fuerte que la masa 
« de las montañas, i mas fuerte que los abismos del mar, que 
ningún ojo humano puede sondear. 

« I si caemos todos, así sea! Moriremos por la verdad, i por 

« el bien del mundo! La felicidad del cielo regocijará entonces 

« nuestros corazones. Libres nos veremos de toda tristeza e in- 

« quietud! 

« Cuando la negra tumba encierre nuestros cuerpos, la fe- 



— 284 — 

a cunda coaecha de nuestras obras brotará de sa jérmen. Lo 
« que hubiéramos tentado fielmente i con valor para la salva- 
ce cion de la tierra, brillará con viva luz para nosotros i se enla- 
« zara a nuestra vida!» 

Hé ahí como habla el convencimiento de los hombres libres. 

La santa verdad brilló en América. — ¿Quién fué el emisario 
misterioso que desde Méjico al Plata, en el mismo aüo, trasmi- 
tió la palabra de la gran conjuración? ¿Quién hizo que los hom- 
bres de Caracas i Buenos Aires, de Bogotá i Santiago, de Méjico i 
Charcas, de Quito i La Paz lanzasen al mismo tiempo la misma 
palabra? ¿De qué centro partían esas órdenes para toda la cir- 
cunferencia americana? ¿Quién estableció ese gobierno invisible 
que presente en todas partes dictaba las mismas providencias? 
¿Quién redactó el mismo programa para arjentinos, chilenos, 
peruanos, bolivianos, granadinos, venezolanos, centro- ameri- 
canos i mejicanos? ¿Quién levantó en el firmamento de la Amé- 
rica el astro cuya evolución todos siguieron? 

¿De dónde venias, centella prepo'tente, que encarnada en los 
espíritus trasformabas a los hombres, rejenerabas pueblos i don- 
de antes asclavos naciones levantabas? 

¿De dónde venias, sabiduría inmanente, que por los labios de 
la infancia, con su ciencia i con sus libros en su templo a los 
viejos doctores confundías? 

¿De dónde venias, iluminación resplandeciente, que como co- 
meta de bendición pasando sobre la frente de la América, hauti- 
zas a los pueblos siervos que vacian sentados a la sombra de la 
muerte? 

Eras justicia, i venias de la fuente de la justicia. 

Eras libertad i venias de ía personalidad divina. 

Eras la individuación de un mundo que venia a pedir su lugar 
en el congreso de las naciones. 

Eras la humanidad que pedia la instalación de su gobierno 
llamado democracia! 

Santa verdad! fué el pensamiento libre que vio la misma leí 
de libertad en cada uno. Fué la pasión humana comprimida que 
produjo idéntico estallido. Fué la misma esperanza que animó 



— 285 — 

a todos los oprimidos. Fué la represalia del indíjena, fué la dig- 
nidad abatida del hijo de América, fué la venganza contra la 
conquista, la solidaridad del indio i del criollo vindicando el 
mismo derecho a la soberanía de la tierra. Moctezuma i Man- 
co Capac, Oaupolican i Lautaro se estremecieron en su tnmba. 
Tupac Amarú i Washington precipitaron el torrente. La pala- 
bra del derecho en fin, como verbo de una nueva creación, sopló 
sobre el continente para reproducir los dias primeros de la ale- 
gría i de la justicia. 

I en las rejiones de la zona tórrida, i de la zona templada, en 
los llanos de Venezuela, en las Pampas Arjentinas, en los valles 
de Nueva-Granada, en las montañas de Chile, el hombre, cual- 
quiera que fuese su color, su oríjen, proclamó la misma humani- 
dad, la misma necesidad, el mismo credo: La soberanía del 
pueblo: La igualdad. ¿Cuándo, en qué tiempo, en qué lugar, se 
ha visto a todo uu continente, dividido, incomunicado, avasalla- 
do, levantarse como un hombre? 

Desfile la historia con sus siglos, i diga, cual siglo ha visto 
una maravilla mas grandiosa! ¡Conciencia del humano destino, 
en qué tiempo has aparecido mas visible, mas llena de la inmen- 
sa caridad para abrazar a todas las razas i naciones? Si la lei 
del movimiento humano es la aproximación al goce del derecho 
universal, esa lei fué el movimiento de la revolución america- 
na, heredera de las luces de las grandes revoluciones de la his- 
toria. 

El pobre vio el fin de su pobreza, el oprimido el fin de su 
opresión, el despreciado el término de su oprobio, el desgraciado 
el alivio de sus males, el filósofo la realidad de sus ensueños por 
la felicidad del j enero humano. 

I esa visión fué el programa que hoi mismo nos ajita i nos 
hace completar la obra no terminada de la rejeneracion. 

Puede pues, regocijarse el mundo! « Voz fué oida en América.» 

«Lloro i mucho lamento». — Mas llegó el buen mensaje, el evan- 
gelio, la buena nueva. 

Se alza el espíritu, se ilumina el pensamiento, se enciende el 
corazón, la voluntad se electriza. 

20 



— 286 — 

El espirita insurrecto crea el jénesis de una nueva humani- 
dad. Las emociones sagradas de la creación estremecen al con- 
tinente. 

Voz fué oida en América: No mas conquista. 

Los pueblos asentados a la sombra de la muertes, se levantan. 
La conciencia del derecho proclamado trasforma a los Estados; 
i en las alturas del espíritu trasfigura a los pueblos que deslum- 
hran con el brillo de su paz. 

I tú, América, <a.Niño profeta del Altísimo, serás llamado: 
« porque irás ante la faz del Señor, para aparejar sus caminos: 
(í Para dar conocimiento de saluda su pueblo para la remisión 
« de sus pecados. 

a Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que 
« nos visitó de lo alto del Oriente: para alumbrar a los que están 
« de asiento en tinieblas, i en sombra de muerte: para enderezar 
« nuestros pies a camino de pazT>. 

Oh, revolución! oh, libertad! os debemos la patria, el honor del 
hombre libre, las garantías de la vida soberana, los resplandores 
de la fraternidad, la exaltación profética, los triunfos de la ver- 
dad sobre tanta mentira acumulada. 

La justicia ha dicho al hombre: «.Bienaventurados los que 
<t han hambre i sed de justicia, porque ellos serán JiartosD. I to- 
davía no nos hemos hartado de justicia, Padre de los hombres i 
de las cosas! Pero los pueblos hambrientos i sedientos de justicia 
se lanzaron a las batallas. 

Fué en su tiempo que la revolución se atrevió a señalar el 
deber de una victoria. Esa victoria era el ideal de la vida nueva, 
formando la serie triunfante de los años futuros, un itinerario de 
sacrificios para alcanzar una patria, un corazón social, un pen- 
samiento soberano. Esa patria no existia. Se veian tan solo los 
perfiles magníficos de las demarcaciones naturales. Era la cana, 
faltaba el habitante; — era el templo, faltaba el sacerdote. Aisla- 
do, solitario e indefenso vagaba el espíritu futuro. Una jerarquía 
de fierro, un cielo de tinieblas mantenía en el encantamiento del 
miedo al pueblo americano. Para levantar a los Andes ha sido 
necesario la exaltación del fuego interno del planeta. 



— 287 — 

Para levantar una patria fué necesario la exaltación del fuego 
divino en las entrañas de la humanidad doliente. 

I se alzaron los Andes delineando el molde! I se alzó el espí- 
ritu animando el cuerpo! A los portentos de la creación oprimida > 
responden los milagros de la resurrección de la verdad. 

Llegó el momento de la lid tremenda. Cortés, Pizarro, Valdi- 
via, Garay, han oido en sus sepulcros el paso de las lejioues i se 
levantan desplegando al viento sus banderas. Se toca la llamada 
jeneral del Orinoco al Plata; i los Andes iluminan a los guerreros 
con sus antorchas de volcanes. En grandioso palenque la Améri- 
ca se presenta convocando a sus soldados i revistiendo su arma- 
dura invulnerable. — A mí lanceros de Colombia, araucanos de 
Chile, gauchos de la pampa Arjentina: es el dia de los funera- 
les de los siglos. — A mí los negros, i los indios, porque la igualdad 
es mi causa. — A mí los deseos i las aspiraciones de los siglos, 
porque la filosofía es mi causa. — A mí la tradición de la luz 
omnipresente, porque la libertad es mi causa. — A mi la esperanza 
i earidad, porque la fraternidad es mi causa. — A mí el porvenir, 
porque la soberanía del hombre i de los pueblos, en armonía di- 
vina, es mi programa. I los viejos campeones, los hijos de aque- 
llos hombres de fierro que encadenaron la América a la España, 
contestaban: a nosotros subditos fieles del rei i monarquía. So- 
mos la autoridad i la paz. 

La independencia es deslealtad, insurrección i rebeldía. Eterna 
obediencia es el mandato, i la salvación de las almas será vues- 
tra recompensa. 

1 fué la batalla! — Oh, si viviera en nosotros el espíritu de esos 
años de gloria! — Cada soldado era un programa i llevaba la con- 
ciencia de la justicia de la causa. — En el campo de la muerte se 
formó la pira con el cetro quebrantado, el trono destrozado, las 
cadenas cortadas con los códigos tenebrosos, con las costumbres 
caducas del Viejo Mundo, i la mano vencedora de la libertad le 
puso fuego: i de las llamas de esa pira salió el renacimiento del 
Fénix. Siete repúblicas proclamaron sus nombres. I las viejas 
naciones, testigos de la lucha, aplaudieron e inscribieron esos 
nombres. La gloria cubrió con su manto a las jóvenes naciones, 



_ 288 — 

■ — i todas como vestales inspiradas sobre la trípode de los despo- 
jos enemigos, alzaron sus brazos vencedores, entonando al Grande 
Espíritu el himno de la rejeneracion del mundo. 

Salve, América, patria mía, campamento de la idea, herencia 
de todas las esperanzas, testamento de todas las verdades. 

Yo veo en tí la tierra de la justicia porque eres el continente 
de la República, porque es tu relijion la democracia, porque es 
tu honor la igualdad, i tu aspiración la paz excelsa del amor i 
del derecho. 

I tu, hombre de América, pobre o rico, sabio o ignorante, de- 
samparado o privilejiado, no olvides ese dia, porque ese día con- 
tiene tu derecho, tu bienestar, i el porvenir libre de tus hijos. 
Ese dia es la luz de tu pensamiento libre. Haz que brille en tí, 
en tu hogar, en las horas de tu trabajo como aliento, en las ho- 
ras de descanso como recompensa. 

Ese dia, que es la revolución, es tu fuerza, tu dignidad; i sus 
resplandores te pondrán en comunicación con la fuente de la 
fuerza i déla verdad. Tributa culto a ese dia, porque así jamás serás 
envilecido, ni oprimido. Sea tu guardián, tu guia, tu compañero, 
i en los tristes momentos de la vida, será tu consuelo. Si ese dia 
vive en tí, hará que no seas conducido por nadie, sino que serás tu 
conductor. Ese dia iluminará tu conciencia en los actos solemnes 
de la vida cuando tengas que votar, que obedecer o gobernar. Las 
malas pasiones huirán de tí, porque te encontrarán como un li- 
bro de la lei, con el fuego de la revolución igualitaria, i con la 
decisión de ser fiel al testamento de tus padres. 

Oh, Revolución! Gomo quisiera, oh, lector hermano mió, que 
te penetrases de lo que es la reivindicación del derecho en la pe- 
regrinación dolorosa de la historia! Como quisiera que el cuadro 
de los martirios de la humanidad en todo tiempo, estuviese pre- 
sente a tu memoria, para que por su contraste sintieses el valor, 
comprendieses la importancia de la filosofía i de la espontanei- 
dad del hombre libre, que produjo la revolución de la indepen- 
dencia! — Si hai prodijio, este es. Si hai revelación de la Provi- 
dencia en la historia, esta ha sido la mas grande, la mas fecun- 
da i la que lleva el sello de la inmortalidad de su existencia. 



— 289 — 

Nanea se ha visto mejor a la lójica de la soberanía del hom- 
bre producir sus consecuencias en los hechos, en las costumbres, 
en las instituciones, en el pensamiento de los pueblos con ma- 
yor alcance i lejitiniidad.— Esa lójica del principio de la libertad 
fué mas sabia, fué mas consecuente, fué mas preciosa, fué mas 
heroica, que la ciencia i conciencia de todos los caudillos, guias o 
conductores de los pueblos. Los pueblos que nada sabian, supie- 
ron mas al otro dia que los promotores. Los ignorantes i las 
masas sin saber lo que es un principio, desde que principiaron a 
la libertad, fueron los verdaderos salvadores de la revolución. 

Los grandes caudillos, los hombres de Juntas, de universida- 
des, i congresos vacilaron i temblaron sobre el suelo candente de 
la revolución, i aun volvieron sus ojos al pasado, que ardia, como 
una hija de Lot. 

Pero la idea habia iluminado; los americanos habían mordi- 
do el fruto de la ciencia; los plebeyos columbraron en sí mismo 
la revolución de la grande humanidad, i entonces ya no hubo 
sino marchar a la victoria garantida por la resolución de vencer 
o morir. 

Esta es la epopeya americana que espera su Homero. Esta 
es la^historia de la independencia que espera su Heródoto. Estos 
son los hechos i elementos que bullen en la hornaza esperando el 
molde de un Fidias para la estatua de la libertad. Estos son los 
pueblos de América que esperan la filosofía para declarar la lei 
de la historia presidiendo el movimiento humano. 

La creación es la gloria de Dios — la revolución es la gloria de 
los pueblos. La revolución es la creación del hombre, cooperador, 
continuador de la obra de la fatalidad que en sus manos se tras- 
forma en Providencia por la posesión de la libertad. Traicionar 
a la obra de la revolución es abdicar la Providencia divina para 
la administración i gobierno de la tierra. 



— 290 



XIX 



Peligro de la Revolución. —La Civilización.— La Ci- 4 
vilizacion Europea. 

I esa revolución, esa causa, ese porvenir, peligran, ame- 
ricanos. 

Nuestro derecho de la tierra, nuestro derecho de gobierno, 
nuestra independencia, nuestra libertad, nuestro modo de ser, 
nuestras esperanzas, nuestra dignidad, nuestro honor de hombres 
libres, todo es hoi amenazado por la Europa. La conquista otra 
vez se presenta! La conquista del Nuevo Mundo! — Las viejas 
naciones piráticas se han dividido el continente, — i debemos 
unirnos para salvar la civilización americana de la invasión 
bárbara de Europa. 

La Conquista, americanos! He ahí porque he querido pre- 
sentaros lo que fué, es decir el mal de la esclavitud. 

He ahí porque también os he presentado la revolución que 
acabó con la conquista. La causa del mal, del error, de la men- 
tira, de la tirauia, de la degradación; es la conquista. 

La causa de la verdad, del bien, del derecho, de la dignidad 
es la causa de la revolución. La causa de la verdad relijiosa, de 
la verdad política, de la verdad social, es la causa de la América. 
La América es la causa de la civilización sintética producida por 
la filosofía del derecho i del sentido común, para salvar toda 
raza, para garantir todo derecho, para satisfacer toda necesidad, 
para desarrollar el principio inmortal de la autonomía, i llevarlo 
hasta sus últimas consecuencias. 

La América es pues, la gran causa de la humanidad, porque 
representa la causa de la justicia. La América es hoi el represen- 
tante de la civilización americana, contra la civilización europea. 
Causa de la civilización es la causa de la idea de lo justo, es 
la causa del derecho i de la integridad del humano derecho; en 
política, relijion i sociabilidad. Es la causa de la dignidad i de 
la justicia. 



— 291 — 

Pero, si por civilización se entiende la cansa de lo útil, de la 
riqueza o de lo bello mal entendido, i no se toma en cuenta la 
idea de lo justo, tal civilización la rechazamos; — i es esa la civi- 
lización qne la vieja Europa representa. 

Qué bella civilización aquella que conduce en ferrocarril la 
esclavitud i la vergüenza! — Qué progreso, el comunicar una in- 
famia, un atentado, una orden de ametrallar a un pueblo por 
medio del telégrafo eléctrico! Qué confort! alojar a multitudes de 
imbéciles o de rebaños humanos, en palacios fabricados por el 
trabajo del pobre, pero en honor del déspota! Qué ilustración! 
tener escuelas, colejios, liceos, universidades, en donde se apren- 
de el servilismo relijioso i político, con todas las flores de la re- 
tórica de griegos i romanos! Qué magnificencia! esos teatros 
suntuosos, escuelas de prostitución! Qué amor al arte! esos pala- 
cios, esos templos, esas bastillas, esas fortificaciones para enga- 
ñar o aterrar a los hombres! Qué adelanto! esos caminos, esos 
puentes, esos acueductos, esos campos labrados, esos pantanos 
disecados, esos bosques alineados i peinados, esas magníficas 
praderas bien regadas, para que pastoree contenta la multitud 
envilecida del pueblo soberano, convertido en canalla humana, 
para aplaudir en el circo, para sufragar por el crimen, para ser- 
vir en los ejércitos, para esclavizar a sus hermanos, para contri- 
buir a la gloria i prosperidad i civilización de los imperios! 

Que civilización tan admirable, que coloca en primera línea, el 
vestuario, el albergue, la cocina! — las pelucas, los guantes, los ta- 
les, los encajes, los cristales, los vinos, los pasteles! Oh, civiliza- 
ción! que se confunde con la moda, hasta hacer que sea moda des- 
preciar lo justo! — Oh, civilización! que hace consentir el decoro 
humano en la toilette, en las palabras de saludo, en los jestos de 
salutación, en el modo de tomar un cubierto, en la manera de 
sonreír— Oh, civilización! que cree tener manos limpias con po- 
nerse guante blanco, i corazón puro con una camisa bien lavada, 
i brillo intelectual con ostentar diamantes, i sabiduría con la ac- 
titud del desprecio del asno! i virtud social con la ostentación 
del egoísmo i mérito personal con la corrupción de la mujer! 



— 292 — 

I civilización se llama la indiferencia por la cansa pública, i 
gran discusión sobre la corbata o sobre el cocbe. 

I es civilización europea sentirse libre de la soberanía bajo el 
despotismo de los imperios; — sentirse libre de la responsabilidad 
bumana, haciendo a los gobiernos únicamente responsables de 
las matanzas que cometen con las contribuciones i ejércitos del 
pneblo. 

I es civilización europea la ciencia de la mentira que se llama 
diplomacia! 

I es civilización europea la doctrina de la esclavitud necesa- 
ria, i del despotismo histórico, la doctrina del éxito, la moral 
del resultado, la táctica de todo medio para conseguir un fin, la 
doctrina de las libertades prematuras, del tutelaje de los pue- 
blos, de la cúratela de la libertad, del pupilaje de la soberanía, 
de la infancia de la autonomía, de la suspensión del derecho, de 
la postergación de la justicia. 

¿I no es humillante para la dignidad humana que al hablar 
de civilización, que debe entenderse se habla del derecho, de la 
dea de lo justo, se pretenda suplantar esa idea, con la riqueza, 
comodidad, etc? 

Los déspotas i los tiranos i todos los despotismos i todas las 
tiranías, hablan hoi de vapores, de ferrocarriles, de telégrafos 
eléctricos, de máquinas, de construcciones, de hospitales i pala- 
cios i museos. 

Pero grandes estúpidos, o corrompidos, que confundís la idea 
de lo justo con la idea de lo útil, o que queréis dar a entender 
lo uno por lo otro, para apagar el resplandor exijente de la idea 
del deber, i disculpar o disimular el servilismo en que vivís o 
en que viviríais si llegase el caso, ¿no veis que el despotismo se 
fortifica con eso mismo que alegáis para su jhonra? — No veis 
que por medio del telégrafo i del camino de fierro se puede sofocar 
mas rápidamente las insurrecciones? — No veis que todos los 
progresos materiales son armas de dos filos, i que los cañones 
rayados sirven del mismo modo a la libertad o a la opresión? 

¿I no veis que presentar como símbolo o idea de la civiliza- 



— 293 — 

cion, ]o que se llama progreso material, es hacer consistir la 
civilización en la trasformacion de la materia? 

Ahí tenéis un hombre habilísimo. Ha satisfecho todos sus 
exámenes: es injeniero, agrimensor, pero mideei robo. 

Ahí tenéis un sabio médico. Es la*esperanza i consuelo de los 
enfermos, — pero posterga la enfermedad para ganar. 

Ahí tenéis un gran jurisconsulto. Es el hombre de la ciencia 
del derecho. Pero defiende el pro i el contra i todo lo embrolla 
por dinero. 

Ahí tenéis un hábil maquinista, pero falsifica las llaves. 

Un grabador de primera nota, pero es monedero falso. Un 
matemático sublime, i presenta los planos estratéjicos para so- 
meter las poblaciones. Un químico profundo, i adultera todas las 
sustancias. 

Ahí tenéis comerciantes en masa que cooperan a aumentar la 
producción i circulación de la riqueza, — pero sacrificarán aute 
el temor de un bloqueo el honor de la patria. Ved a ese artista 
portentoso, pero prostituye la belleza. 

Ved pues i comprended: la ciencia no es la civilización, la in- 
dustria no es civilización, el arte no es civilización, el comercio 
no es civilización. Todo esto son fuerzas que deben ser dirijidas 
por la idea de la justicia. 

La fuerza pura, aun la mas sublime que es la ciencia, es fuer- 
za i nada mas, es fuerza intelectual, i toda fuerza \)iúe forma o 
determinación, i esa forma de la fuerza, esa determinación de la 
fuerza, es la justicia. 

Así, ciencia, arte, industria, comercio, riqueza, son elementos 
que pueden producir el bien i el mal, — i son elementos de la 
barbarie científica de la mentira, si la idea del derecho no se le- 
Tanta como centro centrípeto de todas las irradiaciones de la 
fuerza. 

No caigamos, americanos, en el grosero sofisma de la Europa: 
la civilización sin la justicia. No lleguemos jamás a titubear 
entre riqueza i moralidad. No permita Dios penetre en nuestras 
costumbres la balanza de comercio, para pesar honor, dignidad, 
patriotismo, sacrificio, abnegación, al lado de las entradas i sali- 



— 294 — 

das, de las rentas, del debe i el haber. Ese materialismo, ese 
egoísmo, esa preferencia suprema al interés del cuerpo, de la 
sensación, a la codicia, supone ya pueblos decrépitos, aunque 
sea de ayer la fé de su baustismo.l 

Cuando yajlos individuos empiezan a decirse en sí mismos, o 
empieza a circular misteriosamente como palabra de orden del 
egoismo «.después de mí el diluvio», entonces se acerca la hora 
de la abominación de la desolasion, — entonces ya las cadenas 
están forjadas, i el déspota no tarda en presentarse. El esclavo 
de sn egoismo material i corporal, es ya esclavo del tirano que 
se alza. La libertad tiene esto de sublime; no permite la degra- 
dación moral del individuo. La justicia tiene esto de sublime: no 
reina en hombres animalizados. El honor tiene esto de sublime: 
no brota en el organismo embrutecido. La conciencia de la ver- 
dad, la visión del destino sublime de los seres, la soberanía del 
hombre, resplandores del Eterno en la razón, desaparecen por la 
mentira bestial que la jente degradada interpone entre Dios, el 
deber, i nosotros, eclipse satánico para disfrazar las orjías de la 
tierra, la prostitución de la libertad, i el sálvese quien pueda de 
la desesperación. 

I todo eso, i mucho mas, es lo que se llama civilizasion eu- 
ropea. Tal es su espíritu, su lejislacion moral, su insolencia en el 
vicio, su escándalo en la justificación del despotismo. 

El Viejo Mundo ha proclamado la civilización de la riqueza 
de lo útil, del confort, de la fuerza, del éxito, del materialismo. 
— Esa es la civilización que rechazamos. Ese es el enemigo que 
tememos penetre en los espíritus de América, verdadera van- 
guardia de traición para preparar la conquista i la desesperación 
de la República. 

I ademas de esa vanguardia de descomposición que nos envia, 
i que ya puede personificarse en los Almontes, Mejías, Santa- 
Anas, Márquez, ■ Gutiérrez-Estrada, Miramon, nombres consig- 
nados a la excecracion de América, i que no permita el cielo, se 
aumente esa lista con otros nombres que ya se pronuncian en la 
América del Sur; — además de su organización despótica, esas 
naciones profesan i'practican el principio de conquista, en este 



— 295 — 

siglo XIX que según los escritores de pacotilla, que repiten 
vulgaridades aceptadas, no es ya el siglo de las conquistas. 

Esas viejas naciones i que se titnlan grandes potencias, dicen 
que civilizan conquistando. Son tan estúpidas, que en esa frase 
nos revelan lo que entienden por civilización. Decapitar a un 
pueblo, arrancarle su nacionalidad, su personalidad, someterlo, 
esclavizarlo, esplotarlo, es civilizarlo según ellas. Por confe- 
sión propia, admiten una civilización sin libertad, sin justicia, 
sin el derecho sagrado de las razas i de las nacionalidades a la 
soberanía e independencia de la justicia. 

Os habéis pues revelado, grandes potencias, grandes prosti- 
tutas, a quienes hemos de ver arrastradas a los pies de la revo- 
lución o de la barbarie, por su barbarie i su mentira. Queréis 
devorarnos, para no devoraros. 

Veamos que hacen hoi dia esas grandes potencias de la civi- 
lización europea! 

La bárbara Rusia arranca de su suelo o estermina a la raza 
heroica de los Cáucasos, i destroza, descuartiza i martiriza a 
la Polonia. El Austria crnel i jesuítica, roba a la Italia un frag- 
mento, i esclaviza a la Hungría, a la Bohemia i a una parte de 
la Polonia. La pedantezca Prusia roba un fragmento a la Polo- 
nia, i hoi en alianza con el Austria acaban de consumar el an- 
tentado de la Dinamarca. 

La Francia sienta en el trono de su imperio a un Bonaparte, 
sobre las ruinas de la República traidoramente derribada i sobra 
el escándalo del perjurio mas estupendo de la historia. Sobre la 
lei i la moral ha elevado al despotismo bautizándolo con siete 
millones de snfrajios. I al esterior, Francia que tanto hemos 
amado, qué has hecho?— La destrucción de la República Roma- 
na, la ocupación de los Estados del Papa que impide la integri- 
dad territorial de Italia. Conquistar a la Arjelia, saquear en 
China, traicionar i bombadear en Méjico. — Méjico habia llegado 
al momento supremo de su rejeneraciou. 

Lo Bumerjes en los horrores de la guerra en alianza de 
frailes i traidores i colocas sobre las ruinas de Puebla la farsa 
de un imperio. 



— 296 — 

— La Inglaterra, oh, la Inglaterra! — ¿qué hace en la ludia, 
la libre nación de las pelucas empolvadas, i de los lores rapaces? 
Sangre i esplotacion, despotismo i conquista. También aparece 
un momento en Méjico i ofrece tres naves a Maximiliano. 

Ha llegado el dia de tomar cuenta i de llevar libro abierto a 
las industrias vandálicas de las viejas naciones. 

He ahí las que se llaman grandes potencias de la Europa. — La 
España, ya la hemos definido, i apesar de sus pretensiones a pri- 
mera potencia, no quieren admitirla en ese número las naciones 
que se creen arbitras de la humanidad. No obstante, quiere dar 
pruebas de que es una potencia i se sacrifica por consumar la 
conquista de Santo Domingo, — i a pesar de la pobreza de su 
erario, fecundado por el huano de las islas de Chincha, no puede 
acabar de esterminar a los heroicos republicanos. 

Ya conocemos los pactos antiguos i secretos de sus diabólicas 
alianzas para acabar con la república en el mundo. — Ya vemos 
en práctica el principio de un nuevo repartimiento de la Amé- 
rica. 

He ahí el enemigo estenio. Es el Viejo Mundo que ha entre- 
visto su fin al resplandor de las estrellas de América, constela- 
ción del Nuevo Mundo que no puede arrancar del firmamento 
de la humanidad, i que ilumina las mansiones tenebrosas de la 
Europa. 

Atrás pues, lo que se llama civilización europea. La Europa 
no puede civilizarse i quieren que nos civilice. La Europa con 
su acción social i política, con su dogma, su moral, su diplo- 
macia, con sus instituciones i doctrinas, es la antítesis de la 
América. 

Allá la monarquía, la feudalidad, la teocracia, las castas i fa- 
milias imperantes; acá la democracia. 

En Europa la práctica de la conquista, — en América su abo- 
lición. 

En Europa todas las supersticiones, todos los fanatismos, to- 
das las instituciones del error, todas las miserias i vejeces de la 
historia acumuladas en pueblos serviles o fanatizados por la 



— 297 — 

gloria i por la fuerza ; en América la purificación de la historia, 
la relijion de la justicia que penetra. 

Se dice: pero hai libros, hai teorías, hai sabios, hai museos, 
hai ciencia a manos llenas, industrias estupendas, administra- 
ciones admirables. Está bien, pero esos libros, esa ciencia, esos 
sabios, esos museos, esa industria no impiden que los pueblos 
sean los verdugos de los pueblos. Esas teorías no han podido 
conseguir que las naciones practiquen la justicia, que responsa- 
bilicen a sus gobiernos, que respiren con libertad, qne respeten 
la moral. 

Esa civilización de libros i museos no ha podido evitar que 
una nación corone a un perjuro, las naciones hablan, hacen el 
bien o el mal por el órgano de sus gobiernos. Esas naciones 
aplauden a sus gobiernos. 

Esas naciones aman a sus gobiernos, dan sus tesoros i su san- 
gre para todos los atentados. Esa es pues, la acción total, la re- 
sultante de la civilización europea. — I queréis que no le diga- 
mos atrás? 

He ahí pues, el enemigo i el enemigo qne invade, el enemigo 
que quiere hacer desaparecer del mundo a la república, porque 
ella es el jaez de sus atentados, la protesta latente contra el 
despotismo, la prueba refuljente de la verdad, de la utilidad, 
de la justicia de la democracia, sin reyes, emperadores, ni pon- 
tífices. 

Ese es el enemigo esterno: Adversus hosten esterna auctoritas. 

Combatiremos con la unión i solidaridad. (Este punto ya ha 
sido tratado en la «.América en Peligro», i otros escritos). Com- 
batiremos el espíritu traidor, servil, de su vanguardia doctrina- 
ria i jesuítica. Combatiremos sobre todo el elemento de alianza 
que pueda encontrar el enemigo, en los resabios que aun quedan 
de la conquista. Combatiremos sobre todo a ese enemigo ester- 
no, arrancando de nuestro modo de ser toda injusticia, toda de- 
sigualdad, todo privilejio, todo atraso en las instituciones i cos- 
tumbres, todo escupido orgullo de ociosidad, de inacción; i el 
espíritu de crueldad i superioridad respecto a las razas indíje- 
nas tan solo porque las reputamos inferiores, i mas que todo 



— 298 — 

triunfaremos, si real i sinceramente practicamos las institucio- 
nes democráticas, qne son la forma de la enerjia total de una 
nación. 

EL ENEMIGO INTERNO. 

El enemigo interno consta de todo aquello que sea contrario 
a la relijion del pensamiento libre, a la soberanía universal, al 
culto de la justicia con nosotros mismos, con los pobres, con los 
indios. El enemigo interno es todo jérmen de esclavitud, de des- 
potismo, de ociosidad, de indolencia, de indiferencia, de fanatis- 
mo de partido. El enemigo interno es la desaparición de la creen- 
cia de las nacionalidades inviolables, la desaparición del patrio- 
tismo severo i abnegado que prefiere ver a la patria pobre i 
digna i en la via indeclinable del honor i del derecho, a la patria 
rica i mancillada con el adulterio de las intervenciones estran- 
jeras o dirijiendo su política, segnu el temor de un bloqueo. 

El enemigo interno es la abdicación de la soberanía individual 
en manos de gobiernos a quienes se les erije en infalibles, o de 
círculos o partidos que profesan el principio de imponer su cre- 
do por todo medio, o de conseguir sns fines por cualesquiera 
medios. El enemigo interno es sobre todo nuestra cobardía para 
declarar i sentir i ejecutar el pensamiento sincero, la creencia 
radical, la intención escondida por nuestras palabras. El enemi- 
go interno es la prostitución de la palabra, la prostitución de las 
instituciones buenas, torcidas al servicio de intereses o de pasio- 
nes del dia. 

Eeasumiendo, podemos decir que el enemigo interno es la 
educación, las malas instituciones, la corrupción de los hombres, 
o la desaparición progresiva del espíritu de abnegación por el 
deber i por la patria. 

El remedio! La educación, es decir, el nuevo testo, la nueva 
enseñanza purificada de todos los errores de la educación antigua: 
esto es en cuanto a las jeneraciones nuevas. 

La práctica de la3 instituciones libres, comunales, judiciales, 
descentralizando la administración i la justicia haciendo que 



— 29» — 

cada dia acudan mas hombrea a practicar el oficio de jurados 
en materia civil, política i criminal, i a administrar sus propios 
intereses locales, departamentales, etc. Esta es la gran educa- 
ción de las instituciones, la mejor i la mas segura. \ 

El que practica la soberanía, o que sabe que debe practicarla 
como juez, elector, lejislador, municipal, etc., ese es un soberano 
indestructible. 

La reforma de la administración de justicia. Este es otro punto 
capital. El que no obtiene justicia es enemigo. I es preciso decirlo: 
El Pobre está fuera de la Justicia! 

La desigualdad social mantenida por los partidos i las malas 
leyes. 

La colonización del pais con estranjeros, cuando los hijos del 
pais se mueren de hambre. 

El desconocimiento i negación del derecho en los hombres 
libres, llamados los indíjenas, i la suprema injusticia, la cruel- 
dad hasta la esterminacion que con ellos se practica: esta es 
herencia española. Todo hereje es enemigo, i al enemigo, la 
muerte. El indio es hereje, luego debe desaparecer. 

Si después de haber estudiado la conquista, hacemos una 
comparación con la actualidad; un justo motivo de alegría llena 
de esperanza al corazón. Pero si después de habernos compa- 
rado con el pasado, nos comparamos con el ideal, con el deber, 
con la verdad, un justo motivo de excitación revolucionaria nos 
anima. 

No ha desaparecido enteramente ese pasado. Nuestro pre- 
sente es lucha. Nuestro porvenir nos acosa por precipitar el 
advenimiento de la justicia, antes que los traidores i el Viejo 
Mundo se desprendan. 

Ha desaparecido la esclavitud de los negros en todas las re- 
públicas (no en el Brasil). 

Han desaparecido las desigualdades legales de las razas. 

Ya no hai capitación, ni mita, ni encomiendas ni reparti- 
mientos. La aristocracia fué abolida, aunque todavía en Chile 
hai mayorazgos. 

Ya no estamos en incomunicación con el mundo. Subsisten 



— 300 — 

las aduanas como monumento universal de la torpeza de todas 
las naciones, — pero el comercio ha ganado en franquicias. La in- 
dustria es libre. El pasaporte abolido. 

Han desaparecido, aunque no completamente, los estancos. 

He ahí algo bajo el aspecto social i económico. 

Bajo el aspecto penal, se ha abolido el tormento judicial, la 
pena de muerte por causas políticas, el testimonio personal con- 
tra si mismo. 

Bajo el aspecto civil, casi todas las repúblicas tienen ya su 
código civil en concordancia civil en concordancia con las ins- 
tituciones políticas, declarando las Constituciones ser nula toda 
lei que esté en contradicción con ellas. 

Bajo el aspecto relijioso, la tolerancia en Chile, la libertad de 
cultos en la República Arjentina, Oriental, Peruana, Vene- 
zolana, — la separación de la Iglesia i del Estado en los Estados 
Unidos de Colombia, i era esta reforma relijiosa la que Méjico 
consumaba cuando la Iglesia trajo de la mano la invasión. 

Bajo el aspecto político, todo en palabras, algo en realidad, 
nada respecto a lo que hai que hacer para la libertad integral 
del hombre i del pueblo. 

En cuanto a costumbres, disminuye la ociosidad, el trabajo 
se ennoblece en la opinión, cunde la idea de la necesidad de la 
iniciativa industrial, se siente la necesidad del movimiento, la 
necesidad de aumentar las comunicaciones i abreviar las distan- 
cias, se conviene en la necesidad de la instrucción, pero todavía 
no se puede comprender la educación. 

Nos quedan resabios de la España: el abuso de la palabra, 
el culto del oropel, el charlatanismo del valor, del coraje, de la 
bravura, del tambor i del clariu, — ese desden u odio instintivo a 
las ciencias, — esa vocación detestable por la abogacía, — la em- 
pleomanía, la exajeracion para todo, la admiración para lo este- 
rior, para lo que es sensación, para la brocha gorda;— la poca 
disposición para la concentración fecunda del espíritu, la ningu- 
na orijinalidad, la poca personalidad, el despotismo de la moda 
absurda, el poco respeto recíproco del hombre por el hombre, la 
vulgaridad vacia i estupenda de nuestras relaciones sociales. 



— 301 — 

I los hábitos de obediencia, gran Dios! — Esperarlo todo de la 
autoridad! 

Disposición hereditaria, monárquico-católica, a convertir en 
infalibilidad al poder! Intolerancia miserable, en relijion i en po- 
lítica, que revela el terror de la no posesión del poder. Porque 
estar con el poder, es ser todo, i no estar en el poder o con el po- 
der, o con el partido del poder, es sentirse desamparados del cielo 
i de la tierra. 

En verdad os digo: el dia en que todo hombre i sin contar con 
nadie se crea i se sienta iglesia, partido i poder, ese será eldia de 
la libertad. 

Libertad! cuantos te aclaman i proclaman i niegan la sobera- 
nía de la razón. 

Libertad! cuantos presidentes o ministros te aclaman, procla- 
man i pisotean o dejan pisotear a la justicia. 

Libertad! Hasta los jesuítas te invocan ya en nuestros dias! 
Nadie mejor que ellos quisieran abrazarte con mas amor, para 
sofocarte con mas gusto. 

No confundáis, americanos, el charlatanismo de la libertad, 
que es una especie de pasaporte para hacerse escuchar en nues- 
tro siglo, con la realidad del espíritu, i con los actos verdaderos 
que la libertad exije con su lójica inflexible. 

No hai libertad sin el dogma de la libertad, sin la lei de la 
libertad, sin la práctica de la libertad. 

El dogma de la libertad es la soberanía de la razón. 

La lei de la libertad es ser libre en todo. 

La práctica de la libertad son los actos cuotidianos de la vida 
para esteuder la acción de todos al gobierno de todos los inte- 
reses i derechos. 

Así pues, el que habla de libertad i niega su dogma, ese mien- 
te o no sabe lo que dice. 

El que habla de libertad i desconoce la igualdad en todo ser 
humano, ese miente o no sabe lo que dice. 

El que habla de libertad, i la desconoce en sus actos, violando 
la justicia, limitando la acción del pueblo a todos los actos de so- 
beranía, humillándose a los gobiernos, o favoreciendo la absor- 

21 



— 302 — 

eion de los derechos populares, con la máscara de las delegacio- 
nes i centralizaciones, ese miente o no sabe lo que dice. 

He ahí un criterio, americanos, que os servirá para arrancar 
la piel del cordero de las espaldas del lobo o del zorro, del tirano 
disfrazado, o del jesuita encubierto, fiada mas grande que la 
santidad de la palabra. Nada mas infame que la prostitución de 
la palabra. 

La palabra de verdad es el de ser, es la acción, es la virtud. 

La palabra de doblez es la nada, es la muerte, es el crimen. 

La fé instintiva de la humanidad en la rectitud de la palabra 
es un hecho que honra a la especie humana. La humanidad cree 
instintivamente que el que habla dice la verdad. 

¿Qué decir del que se aprovecha de esa fé instintiva para ense- 
ñarle la mentira! 

Es la felonía de las felonías. I es una de las mas grandes co- 
bardías disfrazada hipócritamente con el pretesto de que no se 
puede decir todo, o de que la verdad puede dañar en ciertos 
pueblos, o en ciertas ocasiones. 

— El engaño es una de las mas grandes cobardías. 

— Monarquista, papista, jesuita, católico, imperialista, aristó- 
crata, esclavócrata, ¿porqué no dices claramente lo que sientes, 
lo que eres, lo que tienes conciencia de ser? No se atreven. Hai 
pues, cobardía. 

— Pero quieres introducir tu garra, tu error, tu mentira, co- 
bijándote bajo la palabra libertad. 

De ahí nace que vemos papistas, jesuítas, católicos, imperia- 
listas, monarquistas, doctrinarios, esclavócratas, hablar de li- 
bertad i de derecho i de justicia! 

En verdad os digo: jamás ha habido mayor eclipse de la 
rectitud de la intelijencia i de la sinceridad de la conciencia. 

I vosotros, americanos, si queréis ser los hombres libres, los 
hombres de la sinceridad i de la verdad, no contaminéis el Nue- 
vo Mundo con la gran cobardía del sofisma, con el adulterio de 
la libertad i de las formas o dogmas del error político i relijioso. 



— 303 -* 
XX 

Resumen.— Reformas. 



Hemos procurado en este libro dar la forma del espíritu del 
hombre americano. 

Otro mundo, otro tiempo, otra vida. 

Hemos evocado la intuición de la verdad-principio, porque 
toda libertad, todo derecho en ella se contienen. 

Hemos espuesto los errores principales.- los que niegan en 
teoria, en la práctica, directa o indirectamente el principio re- 
publicano de gobierno. 

Hemos premunido a las intelijencias desbaratando los sofis- 
mas de la civilización europea. 

Hemos querido preservar al hombre-americano de la conta- 
minación del Viejo Mundo. 

Hemos evocado las potencias del hombre en la integridad de 
sus manifestaciones, para armarlo de la soberanía invulnerable. 
Hemos intentado dar al hombre americano la conciencia de su 
grandioso deber en el espacio i en el tiempo, en América i en la 
historia. 

Ahora vamos a indicar los elementos i condiciones fundamen- 
tales de la vida del derecho, de la práctica de la libertad, de la 
organización social de la soberanía. 

Es una verdad que no todos los derechos, ni todas las garautías, 
ni todos los progresos, han recibido su sanción. 

Pero la lójica de la idea continúa su trabajo. Hai discordancias 
entre los doctores de los pueblos. Pero cada dia avanza la refor- 
ma, sea en el orden político, relijioso, pedagójico, económico, 
administrativo. Los males se revelan, se ostentan, la libertad de 
la prensa es el ajitador permanente. 

El principio está en América afirmado, i dará todos sus fru- 
tos. La revolución no pudo de golpe realizar su ideal. La ver- 



— Soá - 

dadera revolución inflexible en cuanto al derecho que debe de- 
fender i salvar a costa de la vida, no impone su verdad por la 
fuerza; — conspira con el tiempo, espera i trabaja por la conver- 
cion lenta desús enemigos. 

La libertad debe empezar por respetar la libre creencia aun 
en sus enemigos. Si hai esclavos que se gozan en su ignominia, 
la libertad puede arrojar sus perlas a los puercos. 

Esperar que esos déspotas i siervos se revelen, minen o ata- 
quen el principio de libertad por el cual los respetamos, para 
entonces cumplir con el deber de la defensa propia, i el que exi- 
ja la incompatibilidad de la existencia del enemigo, que haya 
jurado nuestra muerte, la muerte de la libertad del pensamiento, 
de la soberanía de la razón de cada uno, del derecho inalienable 
del gobierno propio. Entonces si: uno u otro — i no hai mas: 
<ipor la razón o la fuerza*. 

Hai otra creencia funesta que es necesario recordar porque es 
capital. Los hombres tímidos de pensamiento, creen que el ca- 
tolicismo puede ser liberal, la Iglesia fraternizar con la Repú- 
blica, el papado teocrático presidir a la soberania del pueblo i la 
doctrina de la obediencia ciega (hoi limitada por ellos al dogma 
solamente), fundar o armonizarse con la independencia absoluta 
de la razón. 

Otros creen, para librarse de la terrible exijencia de la lójica 
de la libertad, que el catolicismo, la relijion, la iglesia por un la- 
do i el Estado o la política por otro, nada tienen que ver entre sí. 

Esta cuestión es de vida o muerte para la República o el cato- 
licismo. Los que creen en la armonía posible de la libertad i el 
catolicismo, han de desaparecer por la fuerza de la lójica. Tienen 
que llegar a profesar, i practicar el principio de la soberania teo- 
crática, el dominio absoluto de la iglesia, la prepotencia del sa- 
cerdocio. 

Los que creen que nada hai de coman entre la relijion i la polí- 
tica, — que el dueño de mi creencia no ha de ser el dueño de mi 
voto, — esos necesitan empezar el abecedario de la filosofía i de 
la historia. 



— 305 — 

Esta última opinión es para formar la indiferencia, enervar la 
fuerza de la opinión i dar un protesto al egoísmo. 

El gran sofisma de los tiempos modernos es el de esa secta 
neo-católica que el catolicismo lejítimo condena. 

La pretendida alianza de la libertad i de la relijion católica 
es una pretensión tan falsa, que el mismo pontífice infalible la 
rechaza. 

El mundo va a la libertad, i es necesario invocar la libertad 
aun para destruirla. El neo-catolicismo quiere embarcarse en la 
nave de la libertad para aprovechar la fuerza de la corriente li- 
beral del siglo. Es por esto que dice el catolicismo ser liberal. 
Este es el último sofisma del paganismo moderno agonizante. 

Esta cuestión la hemos tratado mas in-estenso en la «Amé- 
rica en Peligro:» agregaremos una apreciación histórica. 

Ya, durante la decadencia del imperio romano, un espectácu- 
lo semejante presenciamos. El sacerdocio pagano vio que la filo- 
sofía, el progreso de las luces, el contacto de todas las relijio- 
nes de la tierra en su panteón iban descorriendo los velos del 
misterio, i creyeron no en la fabulosa, sino en la verdadera gue- 
rra de los titanes, espíritus libres que asaltaban en realidad el 
Olimpo envejecido. Júpiter desaparecía con su brillantísimo 
cortejo — i antes que desapareciese la fé de los creyentes que ali- 
mentaban el altar, hubo tentativas de esplicacion, de reformas 
de trasformacion en mitos, las que antes creían realidades exis- 
tentes en el cielo. El Evehmerismo (doctrina de Evehmero) 
dijo que los dioses eran grandes hombres, inventores, fundado- 
res i lejisladores de pueblos, que habían sido divinizados. Otros 
dijeron que los Dioses no eran sino las fuerzas de la naturaleza 
o las causas segundas. Otros procuraron reformar las antiguas 
concesiones revistiendo a los Dioses de todas las virtudes que el 
progreso de la moral' exijia. Procuraron conciliar el espíritu nuevo 
con la forma caduca de los dogmas, i consiguieron detener o es- 
torbar el movimiento rejenerador del estoicismo, del idealismo 
i del Evanjelio de Jesús. Pero no hubo remedio. El paganismo 
fué arrasado por la alianza del gobierno con la iglesia. 

Hoi del mismo modo. 



— 306 — 

El neo-catolicismo, pretende terjiversar los dogmas católicos 
para conciliarios con la razón, con la justicia, la libertad i la 
república. Pero no se (Lecha, vino nuevo en odres viejos». El ca- 
tolicismo esencialmente milagroso, pontificial, teocrático, some- 
tiendo la razón i la libertad del ciudadano, al credo absurdo, 
cuya adquiesencia exije con fé ciega, jamás será la relijion de la 
justicia i de la sublime independencia del hombre soberano. 



II 



La soberanía, o self-governement, da a todo hombre, villorrio, 
cantón, provincia i Estado, la conciencia de su dignidad, i el 
espíritu de iniciativa. 

No reconocemos naciones patronas. Rechazamos la civilización 

europea que su acción social nos presenta, sin que esto quiera 

decir que rechazaremos sus hombres, sus productos o su ciencia. 

Pero en sociabilidad, relijion, política, justicia, nada, afuera, es 

el Viejo Mundo. 

No reconocemos relijion de Estado. Relijion de Estado es el 
Estado imponiendo o decretando o sosteniendo un dogma. 

Esto es tiranía, parque al Estado nadie le ha dado ese privi- 
lejio i no tiene derecho de hacer declaraciones dogmáticas como 
espresion de la conciencia de los pueblos. 

Es robo porque sostiene un culto con la contribución indirecta 
que me arranca i que no puedo consentir se apliquen al sosteni- 
miento de lo que juzgo una mentira. 

La iglesia libre? — qué mas quieren? El Estado libre, sin culto, 
sin presupuesto de culto, sin enseñanza de relijion alguna. 

En la separación absoluta de la Iglesia i del Estado hai un 
grandioso progreso, a la justicia, a la economía i a la libertad. 

— No mas enredos de patronatos, concordatos, recursos de 
fuerzas, pase de bulas, obispados, fueros eclesiásticos, diezmos i 
primicias. 

— Disminución de los dias festivos o feriados. 

— No mas prohibición de libros. 

--No mas censuras eclesiásticas. 



— 307 — 

— No mas derechos de sepultara. 

—No mas inmunidades eclesiásticas respecto al servicio per- 
sonal como ciudadanos i contribuyentes. 

— No mas derecho de asilo. 

— No mas bautismo obligatorio como inscripción en el rejistro 
cívico. 

— No mas matrimonio obligatorio ante la iglesia. 

La lei del matrimonio civil es exijida a todo trance. 

— No mas derecho de rechazar del cementerio al no creyente o 
al hereje. 

— Autoridad sobre el toque de campanas sobre las ceremonias 
esteriores del culto en los lugares públicos. 

— Organización del rejistro civil. — Presento aquí el ejemplo 
dado por la república Peruana, lei de Enero de 1863. 

«El Congreso de la República Peruana.» 
Considerando: 

Que es necesario dictar las disposiciones convenientes para 
que se lleve a cabo la organización de los rejistros civiles. 

He dado la lei siguiente: 

Art. l-.° Las partidas parroquiales que se estiendan en ade- 
lante, no harán fé para probar el estado civil de las personas. 

Art. 2.° Los párrocos al sentar en sus libros las partidas de 
nacimientos, matrimonio i defunciones, exijirán un certificado 
de haberse hecho la respectiva inscripción en el rejistro civil; lo 
que anotarán al márjen de las partidas parroquiales. 

Art. 3.° Los párrocos remitirán semanalmente a las autori- 
dades municipales, una razón de las partidas que carezcan del 
requisito a que se refiere el artículo anterior, señalando al mis- 
mo tiempo el domicilio de los interesados, para que se les im- 
ponga la correspondiente multa i se les compela a que se presen- 
ten con el objeto de que se haga la incripcion en el rejistro 
civil. 

Art. 4.° Los gastos que cause la organización del rejistro civil, 
se harán con los fondos municipales; i en su defecto con los fon- 
dos jenerales de la Nación. 



— 308 — 

Comuniqúese al Poder Ejecutivo para que disponga lo necesa- 
rio a su cumplimiento.— Lima, etc.» 

administración de justicia. — Es aquí que es necesario entrar 
hacha en mano o con la tea del incendio. Oh, administración de 
justicia! 

Si algo se ha inventado para hacer detestable la justicia, odiar 
la lei, no respetar la autoridad, desesperar del derecho, es la ad- 
ministración de justicia, tal como subsiste todavia en muchas de 
las repúblicas. 

Es embrollada, prolongada, costosísima. — No nace del pueblo, 
—el pueblo no nombra los jueces. Es pues, mala en su forma, 
ilegal en su oríjen. Toda justicia debe dimanar del pueblo. 
El hecho positivo es que el pobre no puede litigar. 
El hecho positivo es que el pobre i el débil están fuera de la 
justicia. 

El hecho positivo es que el partido político imperante tiene 
al poder judicial entre sus manos i el juez es intrumento de 
partido. 

El hecho positivo es que el derecho de litigar no es libre, por- 
que se exije firma de abogado. 

No existe el jurado! He ahí, salvo una que otra escepcion, la 
ilegalidad i la desigualdad, porque el jurado es la verdadera 
institución de la justicia. 

No mas escribanías, ni escribanos, no mas procuradores ni 
abogados, no mas tramitaciones ni apelaciones. Oh, simplificación 
de la justicia! — he ahí tu advenimiento. 

La reforma de la administración de justicia, es a nuestro juicio, 
uno de los puntos radicales para hacer una verdad de la re- 
pública. 

Todo juez nombrado por el pueblo. El Jurado en materia civil 
i criminal con el juez único. 

Una sentencia. No hai apelación. 

La lei determinará la escepcion, como la prueba del sobcrno 
por ejemplo. Sea libre la jestion, la licitación, sin firma de abo- 
gado. 

Abolición del papel sellado. 



— 309 — 

Todo ciudadano pndiendo ser juez, o ser juzgado, i teniendo 
que intervenir en el conocimiento de los hechos, en el conoci- 
miento de las leyes, por el juez que las espone i conservando al 
mismo tiempo la soberanía de la Constitución sobre la lei, he 
ahí la grande escuela práctica de la libertad i la justicia. 

A juicio mió, nada ennoblece mas al hombre, que ser revesti- 
do por el pueblo con el carácter de majistrado judicial. 

El juri aplicado en materia civil, criminal i política es la 
acción mas grande de la soberanía i la mas sublime aplicación 
del self-governement. 

— ¿I qué mayor garantía de todos los derechos contra los po- 
deres i contra las leyes mismas que la práctica de la soberanía 
del jurado, invalidando las leyes injustas o contrarias a la Cons- 
titución, con motivo de un hecho particular a que se apliquen, i 
siendo una muralla contra todo acto arbitrario del poder? 

— ¿I qué mayor educación para todo hombre, para el gaucho, 
para el pobre, para el peón, para el artesano, que ser llamado 
para juzgar ségun su conciencia a un igual, que puede juzgarlo 
a él mismo en otro día? 

¿I qué mejor evocación de todos los instintos nobles de la 
naturaleza humana que el carácter de jurado? 

He ahí pues, la práctica de la libertad. I si se alega que los 
hombres no están educados para ello, se puede contestar que 
nadie ha sido educado para ser libre, pero somos libres i es ne- 
cesario nos dejen libres. No hai educación para la república, 
dicen también los sofistas para lejitimar el despotismo, dejad 
pues, que los hombres se eduquen practicándola. 

La República hace republicanos. La justicia hace justos. La 
libertad hombres libres. La República es el molde eterno. 

Dejad que se amolde el millón i el individuo. 

Alegar la falta de educación para practicar el derecho, o las 
instituciones liberales o para justificar la falta de justicia, es 
como lejitimar el robo contra el que no ha estudiado las pandec- 
tas. La práctica de la soberanía, el hecho de ser soberano es la 
educación de la república. La escuela viene después. 

La práctica de la libertad es la mejor educación de libertad. 



— 310 — 

Todo poder viene del pueblo, pero nuestras Constituciones falsean 
el principio. 

¿Porqué no nombra el pueblo los jueces de paz, i todos los 
jueces, los oficiales de la guardia nacional, Jos majistrados de 
campaña, de cantón, de municipio, de ciudad, de provincia i de 
nación? 

Vemos al poder Ejecutivo revestido de la facultad de nombrar 
jueces, majistrados, oficiales. Es necesario que esa facultad 
vuelva al pueblo. Los majistrados de la Corte Suprema i de 
los demás tribunales federales inferiores son nombrados por el 
Ejecutivo con acuerdo del Senado. Esos nombramientos per- 
tenecen al pueblo. 

No hacemos un examen de las Constituciones. Esponemos 
tan solo las principales consecuencias lójicas de la soberanía del 
pueblo, cuya práctica es la garantía i educación de la libertad. 

Sea pues, todo hombre soberano en su creencia, soberano en 
la localidad, soberano en la patria, soberano en la elección, 
soberano en el poder de lejislar, de juzgar, de ejecutar. 

Sea todo hombre participe de la formación de la lei, o mas 
bien sea todo ciudadano lejislador. 

La delegación de la soberanía es abdicación. 

La representación absoluta de los representados, es abdicación 
de parte de unos i usurpación de parte de otros. 

No reconozco, no puedo reconocer en nadie el derecho de le- 
jislarme, sin que yo haya participado, intervenido, o sancionado 
la lei. — Las leyes actuales no tienen sino la lejitimidad que les 
dá la aquiesencia de la ignorancia. 

El sistema de la delegación es falso i atentatorio de la sobe- 
ranía del pueblo. Delegar la soberanía es absurdo. 

El sistema parlamentario actual, o sistema representativo 
tan decantado, no me representa, no representa voluntad del 
pueblo. El sistema representativo con mandato imperativo, se 
comprende porque entonces el diputado que nombra el pueblo 
promete o jura cumplir el programa del pueblo le impone o le 
presenta a su aquiesencia. 



— 811 — 

La Educación Escolar. No existe la educación de la re- 
pública. 

No hai escuela de la república. — No hai libro de la república 
para testos. — No hai un cuerpo de profesores de la república. 
Los gobiernos no deben enseñar ninguna relijion, sino la moral 
universal, i el dogma universal de la justicia. 

1 los gobiernos enseñan el error, el dogma caduco. Dan por 
testo el libro mismo de los enemigos de la libertad i favorecen 
la educación de los enemigos de la razón i de la autonomía. I se 
llaman gobiernos liberales 



XXI 

El Hombre Integral 

Las relijiones se van. — La relijion viene. 

Las revelaciones histórico-locales, desaparecen ante la revela- 
ción omnipresente en el espacio i en el tiempo. 

Los terrores de los elementos, la ignorancia de las causas 
segundas, esplotadas por sacerdocios falaces, ante la concepción 
del Dios de amor i de justicia, se evaporan. 

El hombre se afirma en su Dios, desde que concibe al Dios 
de la justicia sobre la muerte del Dios de la Gracia. 

Una santa alegría, una confianza sublime le acompañan, 
desde que comprende la eternidad inmutable de la lei i de las 
leyes. 

N6! Este mundo, este universo, ese cielo, que ven mis ojos 
con todas las armonías de los seres; — i ese mundo que llevo en 
mi alma, ese porvenir que contienen las sociedades, ese derecho, 
esa razón, ese amor, esa pacificación en la armonía de las facul- 
tades i derechos, no son fantasías caprichosas de un déspota 
supremo que juzgará su omnipotencia intentando el suicidio, 
con la destrucción de sus obras i la mutación de sus leyes. 

Nó. Son realidades inmortales, ideas eternas realizadas, con- 
ciencia de la inmutabilidad de la lei. 



— 312 — 

I es realidad inmortal la libertad, es idea eterna realizada la 
soberanía, es lei inmutable la justicia. 

Con razón temblaban i se sometían los pueblos infelices que 
han creido en un Dios que puede anonadar su obra. 

Que fé podía baber en la justicia si la lei que la establece, 
puede variar o depender de la voluntad de un déspota supremo, 
a quien llamaban Dios los sacerdocios. 

— No así nosotros. Nos afirmamos en lo eterno, en lo inmu- 
table i necesario. Hemos colocado al mdndo moral sobre sus 
ejes. El milagro es el Dios que se enmienda. El milagro es el 
golpe de Estado trasportado a la divinidad. 

La república se encarna en el Nuevo Mundo. El Nuevo Mun- 
do representa a la república. La república en fin, prepara su 
dogma, después de haber organizado la anarquía, i 

La república con su dogma de la individuación eterna, de la 
autonomía universal de las intelijencias; — con su moral del de- 
recho i del deber, de la equidad i del amor; — con su política de 
la igualdad i del gobierno propio en todo tiempo i en todo lugar 
i para toda función indelegable; con su administración descen- 
tralizada; — con la libertad absoluta del comercio, es pues la 
ciudad del Edén, la patria de la justicia, la tierra del ideal. 

I todo eso es América, todo eso se elabora en nuestro conti- 
nente, todo eso espera el Viejo Mundo para convertirse a la ci- 
vilización americana. 

El hombre americano es sacerdote i ciudadano, es obrero i 
pensador, es soberano en su iglesia, soberano en el dogma, so- 
berano en el foro, soberano en el trabajo. Soberano en el trabajo 
quiere decir que no será esplotado por el capital i que gozará 
del crédito social hipotecado sobre la asociación de los trabaja- 
dores. 

El indíjena libre se identificará con nuestra vida, desde que 
vea la simplificación de la justicia i la práctica de los derechos i 
deberes. 

Véase pues, lo que siguifica la causa que defendemos, que 
deseamos América defienda, porque es su deber i su gloria i su 
felicidad i la felicidad del j enero humano. 



— 313 — 

Salvar la verdad comprometida por el sofisma, salvar la liber- 
tad amenazada por la traición i la ignorancia, salvar la justicia 
desconocida i violada en el Universo respecto a la autonomía de 
los pueblos, restablecer la integridad de la personalidad del 
hombre mutilado, dividida por la vieja civilización de Europa. 

Respecto a la integridad de la persona humana escribíamos 
en París en 1856: 

«¿Qué es lo que se pierde en Europa? la personalidad. ¿Por- 
qué causa? — por la división. Se puede decir, sin temor de asen- 
tar una paradoja, que el hombre de Europa se convierte en ins- 
trumento, en función, máquina o en elemento fragmentario de 
una máquina. Se ven cerebros i no almas; se ven intelijencias i 
no ciudadanos; se ven brazos i no humanidad; leyes, emperado- 
res i no pueblos; se ven masas i no soberanía; se ven subditos i 
lacayos por un lado, i no soberanos. 

«El principio de la división del trabajo, exajerado i trasporta- 
do de la economía política a la sociabilidad, h¡i dividido la indi- 
visible personalidad del hombre, ha aumentado el poder i las 
riquezas materiales i disminuido el poder i las riquezas de la 
moralidad; i es así como vemos los destrozos del hombre flotan- 
do en la anarquía i fácilmente avasallados por la unión del des- 
potismo i de los déspotas. 

«Huyamos de semejante peligro. Salvar la personalidad en la 
armonía de todas sus facultades, funciones i derechos, es otra 
empresa sublime digna de los que han salvado la república a 
despecho de la vieja Europa. Todo pues, nos habla de unidad, de 
asociación i de armonía: la filosofía, la libertad, el interés indi- 
vidual, nacional i continental. Basta de aislamiento. Huyamos 
de la soledad egoísta que facilita el camino a la misantropía, a 
los pensamientos pequeños, al despotismo que vijila i a la inno- 
vación que amenaza.» (Iniciativa de la América por F. Bilbao). 

I para corroborar lo que afirmamos, trascribimos la siguiente 
i profunda observación: 

« Nous avons perdu le sentiment de l'unité de notre étre; toutes 
« nos convictions consistent justement a n'y pas croire, á ne pas 
« reconnaítre que nos ceuvres de poete, de savant, de penseur, ne 



— 314 — 

(í sauraient étre avivées que par notre vie, ennoblies que par 
« notre noblesse, qu'lles ne seront jamáis q'une grimace, un 
<r cérémoniel appris an un travail de manceuvre en tant qu'elles 
<r ne seront pas la manifestaron de notre caractére entier du 
« méme homme central ^ou déooulent á la fois nos actes, notre 
« morale, nos affections et nos convictions de tout genre.» 

J. Milsand. fRevue des Denx-Mondes. — Aont 15 — 1861. 

Lo que nosotros llamábamos integridad, el señor Milsanad lla- 
ma carácter completo, hombre central; viene a ser lo mismo. I 
asi como nosotros tenemos que dar i mncho que enseñar al indio 
americano, el indio americano tiene que enseñarnos i nos ense ■ 
ña un carácter mas completo, un bombre central, un hombre 
que conserva mas la integridad de las facultades. El indio libre 
americano es lejislador, juez, soldado. Delibera. El parlamen- 
to no es representativo: todo indio se representa así mismo i se 
exime de la obligación que impone una determinación que no 
consiente. El indio que opina contra la guerra, no vá a la guerra. 

Conservar i desarrollar esa integridad del ser humano es otro 
de los deberes de la América. Comparado bajo este aspecto con 
la Europa, su superioridad es incontestable. Cualquiera que co- 
nozca las masas de Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia i lo 
mismo decimos de las clases que llaman elevadas, verá cuan mu- 
tilada se presenta la personalidad del hombre. El obrero, el pro- 
letario de los países iudustriosos, es un fragmento del rodaje de 
una máquina. Las jeneraciones se suceden trasmitiéndose el 
mismo oficio, el mismo trabajo; i la mayoría vive i muere sin 
haber hecho otra cosa que eleborar del mismo modo, el mismo 
detalle de un tejido o la cabeza de un alfiler. Los campesinos 
son los verdaderos rústicos i rutineros que resultan de la pobre- 
za permanente, del 'aislamiento, de la iguorancia de la mala 
distribución del capital desde ab- eterno. Los siervos, i son mi- 
llones, que aun subsisten, son multitudes de rebaños humanos. 
La burguesía es el bomhre-Mercurio. La nobleza o aristocracia 
feudal, es el hombre-orgullo. Los sabios son pura intelijencia. 
La mayor parte de los letrados, son retóricos. Los monarcas i 
sus familias son la raza de la usurpación i del crimen. 



— 315 — 

Eacepciones hai, i mas diré, partidos hai, i tal es el partido 
republicano, que procuran dar al hombre el goce de la plenitud 
de su derecho. Pero aun entre los utopistas, cuan difícil es en- 
contrar hombres despreocupados de la herencia histórica, que 
acepten i comprendan las condiciones individuales, sociales i po- 
líticas del derecho completo i de la integridad del hombre! 

Comprendamos pues, los americanos la importancia de la sal- 
vación de la América. 

Ser sabio es cosa sublime i veneranda, pero no debe dejar de 
ser ciudadano, no debe perder su corazón i la idea del deber en 
la pura vida de la intelijencia. 

Ser industrioso, agricultor, comerciante, es necesario, pero no 
debe la intelijencia perderse en la aritmética, ni el corazón me- 
talizarse. 

Ser letrado, artista, jurisconsulto, es cosa buena, pero la retó- 
rica no debe ocupar el lugar de la realidad, de la sinceridad, de 
la verdad; la idea de lo bello no debe separarse de la idea de lo 
justo: la causa del derecho no debe convertir al lejista en el 
corruptor de la justicia. 

La visión del ideal supone la integridad del hombre. El que 
solo analiza no verá el conjunto. El que no ama no verá la lei 
completa del deber. La ciencia pura no ha podido hasta hoi sa- 
tisfacer completamente al problema del destino. 

Las relijiones satisfacen por medio de la fé, i suprimen la 
exijencia de la racionalidad de la naturaleza humana: mutilan 
la integridad. 

Se halla disperso el haz humano, descompuesta su síntesis, 
anarquizadas sus facultades, inutilizadas o suprimidas las fnn- 
ciones que en acción presentan al hombre completo. — -Es así 
como desaparece el ideal, como se rompe el vínculo divino, como 
se suprime el principio de ascensión o de gravitación al infinito 
que constituye el móvil i principio del progreso indefinido de la 
especie. I es así como en vez de remontarnos, en vez de escu- 
char la armonía de las cuerdas de la lira, vemos el peso de la 
naturaleza animal que precipita el equilibrio i el grito discor- 



— 316 — 

dante de la inmoralidad o del engaño, en vez de la palabra hu- 
mana hija del verbo. 

En la visión, en el amor, en la práctica de la Verdad-Prin- 
cipio, está la reconstitución de la ciencia, la integridad del 
hombre, la línea derecha al infinito. 

Es necesario que la síntesis de la verdad, que la visión de la 
verdad, no se descomponga al pasar por el hombre, como si fue- 
se un prisma que descompusiese la laz. Es necesario conserve 
la revelación de la verdad como idea, como fuerza, como amor. 

Como idea, en justicia i belleza: como fuerza en acciones; — 
como amor en todos sus sentimientos. 

El hombre integral es intelijencia en posesión de la verdad- 
principio. Comprende el principio, ama lo bello, practica lo 
justo. 

/ El hombre integral es ciudadano i sacerdote, pensador i obre- 
ro, artista i poeta. 

I el ciudadano integral es lejislador, juez i ejecutor. 

Es intelijencia de lo justo, amor del j enero humano, voluntad 
decidida en la via del deber. 

La verdad es una síntesis de la unidad i variedad. 

El hombre es una síntesis de intelijencia, de amor i de ener- 
jia, así como su organismo es una síntesis del cerebro, del cora- 
zón, del pulmón, etc. 

Familia, patria, humanidad es la síntesis de la unidad uni- 
versal, i Dios, libertad i amor, la síntesis que todo lo resume, la 
integridad de lo creado palpitando en el seno del amor infinito. 

Pan i abundancia, luz i justicia, fraternidad de lo creado, he 
ahí Ser Supremo el grito de la humanidad que implora. 

He ahí lo que la América presenta en la gruesa redondas del 
Nuevo Mundo, convidando a todas las naciones, a todas las razas 
al banquete. \ 

Triste el alma, triste el pueblo, triste la humanidad, se deba- 
ten en las tinieblas de la descomposición de la verdad. La en- 
fermedad, el dolor, la miseria, el frió, la ignorancia, el despotis- 
mo i el odio nos flajelan, pero ¿quién ha depositado en mi ser 
ese fondo de alegría invencible, de bendición inagotable, de es- 



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peranza sin límites? Tú, Ser Supremo! Si hai en el ser humano 
un fondo de alegría indestructible, si el amor es una juventud 
perpetua, si la ciencia cada dia nos sumerje mas i mas en el 
misterio sublime de la creación, i si la voluntad se sublima 
cuando el sacrificio es exijido — ¿qné mas visión de tu justicia 
eterna, de tn amor a tus criaturas, de la existencia de tu pater- 
nidad providencial? — ¿qué mas prueba de la inmortalidad, qué 
mayor garantía del destino? Si. Nuestro destino es feliz, pero 
bajo la condición del heroísmo. — Gracias al Ser Supremo! Sea 
la última palabra de mi libro, escrito en el dolor i con la con- 
ciencia del peligro, una palabra de alegría i de victoria. I 

FIN DEL PRIMER TOMO. 



UsTIDIGE 



Capítulos Paj. 



Dedicatoria V 

Prospecto vil 

Introducción IX 

Memorias del Destierro 1 

Sociabilidad Chilena 9 

Jurado de 1844 51 

Boletines del Espíritu 83 

El Desterrado 101 

El Libro en América 107 

Bilbao i Castelar 119 

La Lei déla Historia 131 

El Evanjelio Americano 167 



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